Él encendió un cigarrillo, y después puso la tele. El locutor era un ruso atlético: alto, rubio, con la cara y el cuerpo cuadrados. Ella se hizo la dormida. Aunque él no entendía ruso ella sabía que no cambiaría de canal. Le gustaba ver la tele en ruso, a pesar de no entender nada de aquella lengua. A veces ella se lo traducía, pero a él le daba igual. Era un ser raro, especial. Por eso ella lo había elegido. No solo era el amante perfecto sino también el mejor padre. Todas las mañanas se levantaba temprano, ponía el mantel en la mesa de la terraza, con flores recién cortadas, margaritas, o pensamientos, o peonías (estas últimas porque a ella le gustaba esa palabra), y preparaba el desayuno para toda la familia: leche sin nada, tortitas, zumo de mandarina y mermelada de frambuesa. Y cómo se reía por todo. Y si con los niños era un sol, aun era mejor con ella. Y la llevaba a montar a caballo, porque tenía un caballo bayo, o negro, un caballo buenísimo, elegante, siempre dispuesto, y
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