NECROLÓGICA, 15 DE OCTUBRE
Galf Ingels y su esposa Lúa han fallecido en accidente de tráfico cuando regresaban a su hogar desde una localidad costera. Con su desaparición, una vieja y prestigiosa lengua, el babelio, ha muerto también. Miles de adjetivos, sustantivos y verbos, algunas preposiciones, conjunciones y adverbios, y menores cantidades de otras partículas de diversa índole, se han disuelto sin remedio en la atmósfera tibia de este otoño a la vez que se extinguía la vida de sus dos últimos hablantes.
Desde hoy, ninguna madre volverá a sosegar con un antiguo cuento a su pequeño angustiado por las pesadillas, ni la vieja lengua será la elegida por el plenilunio para hablar a dos adolescentes tumbados en el verano de la playa; nadie amará en babelio, ni padecerá tampoco. Otras palabras seguirán vivas para llorar y consolar, comprar y vender, saludar y despedir, mas no por ello el vacío será menor. Mañana, en el funeral por los Ingels, no habrá quien pronuncie una oración en su antigua e ilustre lengua, pero eso casi no importa: con ellos también se ha ido el único Dios que habría podido entenderla.
LA NOCHE QUE FUI OTRO
Era ya bastante tarde. Al llegar a la habitación deshice la maleta y después, descalzo, fui hacia la cama para probar el colchón. Al voltear la almohada lo vi: era un camisón –de raso, creo– con dibujos de pequeños corazones rojos. Contrariado, tomé el teléfono; estaba claro que se trataba de un despiste del personal del hotel. Se me habían quitado las ganas de dormir allí, ¿quien me garantizaba que el despiste no incluía el olvido de cambiar las sábanas?... El teléfono no funcionaba –otra contrariedad–, así que después de calzarme me lancé hacia la puerta rumbo a recepción. Pero no salí: cuando pasaba al lado de la puerta del baño, oí la ducha; el chorro de agua se entrecortaba explicando que allí, en la bañera, había alguien. Se me iluminó la mente: era indudable que el despistado era yo, me había equivocado de habitación, Dios mío qué apuro. Reaccioné con rapidez, abrí la maleta en la cama y comencé a guardar mis cosas con urgencia. Cuando casi había concluido, la puerta del baño se abrió a mis espaldas. Incapaz de girarme aguardé dos o tres larguísimos segundos durante los cuales, con los ojos cerrados, mi organismo se parapetó dispuesto a recibir gritos e insultos. Pero la voz que oí, para mi sorpresa, no mostraba enfado: “¿Como has llegado tan tarde?, ¿se retrasó el vuelo?”. No comprendía nada, una sensación angustiosa de irrealidad me paralizó; aunque reconocí mi voz fue otro el que contestó: “Si, creo que hay huelga de celo”. Yo, que había abierto los ojos pero continuaba paralizado, sentía su presencia aún sin verla. Sabía que era joven y extranjera. Oí cómo buscaba algo en el armario y, después de cerrarlo, volvía al baño. Eché mano a la maleta y salí de la habitación tan de prisa como pude. Pagué sin dar explicaciones al recepcionista, a pesar de sus preguntas y gestos de preocupación. El aire fresco de la noche me reconfortó ligeramente. Ya en el taxi, me prometí olvidar para siempre lo que había ocurrido aquella noche.
UN TROPIEZO CUALQUIERA
Tropecé con ella en plena calle, y se paró el mundo. Fue un encuentro visceral y con banda sonora de Vangelis. Sobre la música de Carros de fuego nuestros cuerpos, en lugar de colisionar y retroceder, se traspasaron. Primero penetraron las cabezas: mi cerebro y el suyo intercambiaron pensamientos y emociones; supe, por ejemplo, que ella detestaba el calor adelantado de junio y que se moría por una caña fresca en cualquier lugar que tuviera aire acondicionado. Luego, los pulmones; ahí salió perdiendo porque soy un fumador empedernido y más tarde noté que mis alvéolos andaban más ligeros de alquitrán. Nuestros estómagos, sin embargo, se entendieron, pero ignoro el motivo, tal vez por la coincidencia de su intersección con la de nuestros corazones que apenas dejó espacio para sentimientos distintos al desconcierto. Ambos latieron una sola vez al unísono, empleando la misma cadencia, un idéntico lenguaje. ¿Cuánto duró? ¿Un milisegundo, quizá? Suficiente. Como en una gran campanada a dos metros de distancia, todo lo demás dejó de existir. No creo que nadie se haya enamorado nunca así, excepto yo. Ahora sé que ella, sin embargo, había conseguido otras billeteras usando el mismo procedimiento.
LA CONFERENCIA
En la cola, mientras esperábamos la documentación inicial del congreso, había cambiado un par de palabras con la chica de atrás, y eso me dio alguna esperanza. Oí que al llegar al mostrador sugerían la posibilidad de utilizar unos auriculares portátiles para la traducción simultánea, y vi que los tres o cuatro jóvenes que me precedían declinaron el ofrecimiento. Cuando fue mi turno hice lo propio y sólo recogí la carpeta con los distintos documentos. Remoloneé esperando a mi amiga hasta que me cercioré de que había huido hacia un grupo próximo. Entré en la sala quince minutos antes de la hora, eché cuentas y me salieron casi dos horas de aburrimiento.
Comenzó la conferencia y seguí con atención la lectura del primer folio del ponente, lo cual tuvo mucho mérito por mi parte porque no sé nada de inglés. Me confortó bastante, sin embargo, la mirada respetuosa de algunos compañeros cercanos con auriculares. Aun así, me aburría ferozmente. Pero a la altura de la mitad del segundo folio todo cambió.
Reparé en la zona izquierda del escenario donde, rodeada de penumbra, bajo un chorro de luz halógena, una intérprete explicaba la conferencia en lenguaje de signos. Era un prodigio de narración desbordante, que transmitía con todo su cuerpo un cuento maravilloso al que difícilmente se podía relacionar con las palabras del orador. Casi no pude apartar los ojos de ella en todo el tiempo. Sólo lo hice un instante, lo justo para advertir que no era yo el único que había dejado de aburrirse.
LA HERMANA DE JANO
Fue toda una revelación. Jano era mi mejor amigo, y su hermana, Alicia, la niña más guapa del universo. No se me borra el día en que supe que él la espiaba en la ducha. Me lo contó sin evitar los detalles: ella lo sabía y no le importaba, y por eso no colgaba la toalla del picaporte interior tapando el agujero de la cerradura, ni tampoco corría la cortinilla de plástico que la ocultaría si lo deseara; llegó a asegurarme entre risas que, bajo el chorro de agua, se exhibía ensayando posturas copiadas de los anuncios y las películas. No quiero olvidar el pasmo con que recibí, palabra a palabra, la revelación de aquel pequeño secreto, ni todo lo que vino después. Apagó la luz, me buscó en la penumbra del salón y susurró: “A Jano ni palabra, ¿eh?”.
ADIÓS
Los lunes, después de cenar, repasa los suplementos del fin de semana y siempre arranca alguna hoja: le gusta conservar fotografías y artículos. Pero antes de rasgar el papel definitivamente desliza su dedo índice siguiendo el pliego hasta atravesar el doblez y encontrar la página opuesta, ya condenada a una existencia incompleta. Abre entonces la revista en ese punto y se lee cualquier cosa que allí hayan puesto: dos recetas, un par de remedios homeopáticos, las cosas de Pérez Reverte... Es una lectura que la descarga de culpa, yo creo, una silenciosa demanda de perdón a la víctima ante la mutilación inminente.
Hoy es lunes; hace un rato que ha dejado a un lado las revistas, intactas, y me ha dicho que tenemos que hablar. Allá voy.
LA DUDA
Entré en el estanco una tarde de lluvia. La muchacha pegó el sello, cobró las cuarenta pesetas y después me preguntó si quería dejar allí la carta, porque “el cartero pasa a recogerlas todos los días”. Accedí, pensando que me ahorraba el tiempo de desplazarme hasta el buzón y una mojadura más que probable. Camino del coche mal aparcado, me descubrí imaginándome en el lugar de la muchacha, sellando cartas, cobrando, preguntando a los clientes si querían dejarla allí para que el cartero la recogiera; luego, en la trastienda, yo despegaba los sellos con cuidado, quizá utilizando vapor, para volver a venderlos; y también era yo quien leía las cartas, emocionadamente, antes de quemarlas. Volví corriendo. Ella me vio llegar cuando ya echaba el cerrojo. “Tarde”, me dijo con su mirada antes de apagar la luz.
EL INDULTO
Después de 45 minutos de autobús frío y asmático, llegaba a la capital, a Pontevedra; bajaba del armatoste una vez pasado el puente, en la margen izquierda del río. Sabía que había comenzado el verdadero invierno cuando veía allí, a dos pasos, a la vendedora de castañas cuidando el fuego de un asador que tenía forma de locomotora.
Como era asiduo llegó el momento en que ya no necesitaba pedir nada; me acercaba y ella comenzaba a llenar un cucurucho mediano; al dármelo con una mano extendía la otra, enguantada humildemente, para que yo depositara los tres duros (nunca nos miramos a la cara :¡como si aquélla fuese una transacción ilegal!). Luego, yo introducía las castañas calentitas en los bolsillos de la trenca y durante los diez minutos de gélida caminata que seguían, mis dedos jugueteaban con ellas recuperando con alivio la circulación sanguínea y el sentido del tacto, aunque eso reactivaba también la molestia de los sabañones juveniles.
Ya en la entrada del Instituto (siempre llegaba mucho antes de la hora) devolvía las castañas a su envoltorio con parsimonia y, procurando que nadie me viera, las abandonaba en una papelera del vestíbulo, sin probar ni una. Tenía hambre sí, y me gustaban (me gustan) muchísimo, pero durante aquellos años nunca se me pasó por la cabeza comérmelas. De puro agradecimiento.
PALIZA
Cualquier aficionado conoce el fundamento del sonido estéreo, pero nadie hasta ahora había sido capaz de relacionarlo con algunas enfermedades –digámoslo así- especialmente delicadas. Nosotros lo hemos conseguido...
Como es sabido, para escuchar música en estéreo adecuadamente debemos situar nuestra cabeza en un punto tal que forme un imaginario triángulo equilátero con los dos altavoces; es decir, debe hallarse un lugar en el cual, al recibir el sonido, el cerebro experimente la alucinación adecuada, que dará como resultado la percepción de que la música surge, principalmente, de un lugar imposible situado frente a nuestra nariz. El más ligero error de posicionamiento eliminaría el efecto perseguido, que no es otro que el engaño auditivo. Es así como funciona. Hay luego otros sonidos menores que sí localizamos en la dirección de la fuente original, pero no son los fundamentales.
Y, ahora, la pregunta : ¿podría ser también la realidad un espejismo? Creemos que sí. Avancemos. Siguiendo el modelo explicado, ésta –la realidad- sería el fruto de una intersección entre dos proyecciones que originarían una ilusión. Puede aventurarse, por ir un poco más allá, que las informaciones que conforman nuestras vidas se alimentan así de dos procedencias equidistantes -llamémosles pasado y futuro. ¿Se dan cuenta? Igual que la recepción del sonido en una posición inadecuada anula el efecto estéreo, una sobredosis de cualquiera de los dos componentes antedichos originaría una percepción de la realidad distorsionada. Se intuye todo un campo científico apenas estrenado. ¡Eureka! Saldremos de aquí algún día.
EL TRIÁNGULO
Hoy, al final de una de nuestras discusiones, oí su voz distorsionada por el llanto y la barrera de la puerta del baño. Siguiendo su costumbre repetía secuencias de insultos como si fuesen rezos de vieja; a ratos intercalaba un “esto no es vida”.
La memoria me llevó muchos años atrás. Debía desnudarme a la luz de unas velas colocadas en la mesita de noche y luego mirar, por encima del hombro, al espejo que quedaba a mi espalda. Eso tenía que hacer (me insistió) si deseaba ver reflejada mi imagen de hombre en el futuro; lo había leído en un libro. Pasados unos días le conté que, a pesar de intentarlo, no me había atrevido por miedo, pero era mentira. Elegí un momento en el que estaba sólo en casa. Lo último que me quité fueron los calcetines, todavía con los ojos cerrados y tiritando; después me incorporé y miré al frente, hacia el crucifijo. Notaba el sudor en los pelillos del bigote, y las axilas húmedas. Comencé a girar la cabeza hacia la izquierda; en un movimiento lento fui reconociendo formas en la penumbra: la estantería, el baúl , la guitarra sobre la silla de mimbre, el comienzo del armario...; hice un breve alto para tomar aire (en la segunda hoja estaba el espejo) y me lancé en busca de mi futuro con el aliento contenido.¿Por qué tuve que hacerle caso? Desde que somos tres esto no es vida.
LA COMPETICIÓN
Los días que no venía nadie a jugar conmigo al Scalextric me aburría tanto que aprendí a manejar los dos coches a la vez. Agarraba un mando con cada mano y organizaba competiciones: yo contra yo. Lo curioso es que el coche amarillo jamás ganó una carrera, y mira que ha pasado tiempo...
AZAR
Yo era cliente porque ella trabajaba allí, porque su elegancia al girarse para buscar con eficacia la cinta solicitada en la inmensa estantería la convertía en un ser de otro mundo. Siempre estaba leyendo, cada vez un libro distinto, y con la esperanza de que se fijara en mí adopté la táctica de elegir películas relacionadas con sus lecturas. Fue inútil, jamás hubo una mirada cómplice, ni siquiera una mirada a secas. Para ella, yo también pertenecía a otro mundo.
Una tarde, al entrar, vi que leía sobre mitología romana. Me dirigí a los expositores y regresé al mostrador con “Gladiator” en la mano. Ella se volvió hacia donde las casetes esperaban desnudas y tomó una para introducirla en la carpeta plástica. Todo como de costumbre. Pero al poner el vídeo en casa, después de cenar, me di cuenta de que se había equivocado de película.
No pude dormir durante toda la noche: aquello -pensé- no podía ser una casualidad. Cuando por la mañana llegué tembloroso al videoclub me atendió una señora mayor. Ella no estaba -me informó- y no volvería... “Este no es lugar para una muchacha de doce años”... Sobre la mesa, al lado de un ejemplar del Diez Minutos, dejé la cinta de “Lolita” sin rebobinar.
LA SENTENCIA
De Salgado es conocida su afición al ajedrez y poco más. Al llegar, fotocopia la hoja de pasatiempos del periódico, y no comienza su rutinario trabajo hasta que ha dedicado alrededor de media hora al problema del día; algo del tipo: “Juegan blancas y ganan”.
Dice Salgado que el periódico trae siempre una sentencia de muerte disfrazada : “Juegan negras y dan mate en 2”, por ejemplo; y que él se afana todos los días en inventar una escapatoria para el bando desahuciado, porque resolver el problema le haría sentirse un verdugo. Eso dice desde lo de su enfermedad.
UN PAR DE ERRORES
(Para Jorge Agra)
El instituto organizaba un concurso de postales navideñas. Aquel año, el profesor X presidía el jurado y nos llegó el rumor de que si no te presentabas al certamen suspenderías sus asignaturas. Lo odiábamos.
Intenté, en el último momento, un dibujo a plumilla y tinta china negra. Casi había acabado cuando una gota minúscula aterrizó por accidente a dos centímetros de la cabeza de san José, desparramándose con escándalo. No tenía tiempo ni ganas para comenzar de nuevo, de modo que esperé a que secara y presenté el trabajo tal cual.
Días después, al entregarme el primer premio en el salón de actos, el profesor X destacó con entusiasmo “el relieve de esa estrella solitaria, innovación estética y a la vez metáfora perfecta de la llegada del hombre nuevo”. Todavía en ocasiones me lo cruzo por la calle. Tiene una salud de hierro, el muy imbécil.
LA PRESA
Ilustraban la noticia con una secuencia de caza. La cámara seguía a dos patos que habían emprendido el vuelo desde una zona oculta, a la derecha de la laguna; el cañón de una escopeta entra en plano y dispara sobre el ave que vuela detrás abatiéndola con cierta impericia... es tarde ya para ir a por el compañero, que sigue viaje quizá hasta la próxima perdigonada. Resultó inevitable la asociación: ¿cuántas veces he sido yo el alcanzado y cuántas el salvado por el azar? Mi padre era cazador. Cua.
OBSESIÓN
Me pongo el termómetro dos veces al día; la primera en la ducha, la segunda a la hora de comer. Mientras el agua me espabila, sobre todo en invierno, percibo como cada parte de mí se recoloca en su sitio lentamente, y entonces lo hago; se trata de un breve interrogatorio interior: quién soy, dónde estoy, hasta cuándo aguantaré, ¿hoy también?, ¿habrá gel de baño en el más allá?...
En función de las respuestas decido, con que a veces me cuesta salir. El proceso a la hora de comer no es muy distinto: hay algo que yo ignoro común a esos dos momentos, una conexión extraña. Muevo la cuchara para enfriar la sopa y tomo el primer sorbo de vino tinto; es bueno, tiene cuerpo, hace ya rato que pienso en él; ¿pensará él también en mi?; ¿habrá alguien pensando en mí en este instante de masoquismo gastronómico en que me abraso voluntariamente el paladar y la lengua?; ¿es la comodidad lo único que nos mantiene juntos?; ¿hay sopa hirviendo y retrogusto después de la muerte?.
Cuando me esfuerzo para entender esta misteriosa conexión encuentro que el termómetro obedece a la soledad: yo siempre como sola aunque a la mesa nos sentemos varios. Pero pienso también que esa es una explicación demasiado fácil. Creo que tengo unas décimas.
INFIERNO
El primer piso que alquilamos al casarnos tenía un enchufe mágico. Estaba incrustado en un resalte que adornaba la pared del recibidor, al lado de la puerta de entrada. Lo bautizamos así, “mágico”, porque podíamos enchufar allí lo que nos diera la gana sin preocuparnos del gasto: mi mujer –no recuerdo cómo– había descubierto que no estaba conectado a nuestro contador.
En las noches de invierno duro, cuando llegaba del trabajo y encontraba la casa caliente como un horno, me entraban remordimientos. Nosotros –pensaba entonces– nunca hubiéramos podido pagar el lujazo de seis radiadores encendidos continuamente: éramos unos tramposos. Mientras me quitaba la ropa de abrigo intentaba imaginar a quién le estarían cargando aquel confort de estraperlo, y en los peores días daba por hecho que nuestros kilowatios iban a parar al recibo de una viuda necesitada o al de un jubilado sin familia. Pero luego, ya aclimatado, en camisa, pensaba que seguramente los paganos serían los de la compañía eléctrica o el ayuntamiento. Confieso que esa idea conseguía tranquilizarme por completo.
COSTUMBRE
Daban largos paseos. Salían del pueblo y caminaban hasta el mirador -más de tres kilómetros-, cogidos de la mano casi siempre. Alternaban dos itinerarios: uno, más propio de los días cálidos, discurría cerca del río; el otro bordeaba una antigua cantera de granito. A veces, se buscaban en discusiones pueriles. Ella opinaba que la ruta del río era más corta y él, que se ganaba tiempo siguiendo la otra.
Decidieron probar. Se separarían y recorrerían trayectos distintos, y como el ritmo de sus pasos se había tornado idéntico, convinieron en que quien alcanzara antes el mirador demostraría que ésa era la senda más rápida. Llegó el día. Partieron, como de costumbre, muy temprano, pero esta vez cada uno por su camino. Jamás volvieron a encontrarse.
HAMBRIENTO
Rebuscábamos entre los estantes; ella encontró un libro de cuentos magnífico, y decidió regalármelo. Como la edición no era muy buena (creo que fue por eso) se le ocurrió añadir algo: humedeció con la punta de su lengua la página inicial de cada relato, en el ángulo superior. Después me hizo prometerle que si dejaba de amarla se lo devolvería. He pensado en enviárselo por un mensajero, pero hace tiempo que me comí aquellas esquinas, y no sé cómo lo interpretará.
JACK LONDON
Cuando era un niño, entre las páginas de un libro encontré una pepita de oro. Yo, cuando escribo, en realidad escarbo.
CARTAS DE SOLDADO
El nuestro era un cuartel pequeño, y cuanto más pequeño es el cuartel con mayor facilidad se propagan las habladurías, como en los pueblos, igual. En su momento todos supimos que las cartas que recibía Benítez, en sobre perfumado y marcado el reverso con labios de apasionado carmín, se las escribía él mismo cuando se iba de permiso de fin de semana. El pueblo de Benítez era más pequeño todavía que el cuartel y no le fue difícil convencer al encargado de la oficina de correos, medio pariente suyo, de que escalonase los envíos para que fuesen llegando al destino en su justo momento.
Benítez no sabía que los demás conocíamos su secreto, o eso parecía cada vez que el cartero de la compañía gritaba su nombre casi a diario; él fingía entonces una alegría inmensa y bobalicona; abría el sobre como si ignorase lo que allí decía, ilusionado, embutido en el hueco inferior de su litera, ajeno a las risas maliciosas de los que le mirábamos de reojo, y sonreía ante los comentarios perversos: “la traes loca, Benítez”... “quien tuviera tu suerte, cabronazo".
Un día, Benítez, después de enseñarnos orgulloso el sobre perfumado que le había traído el cartero, lo abrió sentado en su litera, como siempre, y mientras leía la carta, para nuestra sorpresa, rompió en sollozos: su novia lo había dejado... Cuando nos dio la noticia, serio y afligido, no sabíamos si reír o llorar... Días más tarde, Benítez desertó.
LA GORRA
Esperé a que se hiciera de noche. El barracón de las letrinas estaba muy separado del resto de los edificios del cuartel; quizá fuera esa la causa de que la luz eléctrica no llegara hasta allí. A pesar de ello, casi todos los soldados preferíamos dejar nuestra visita más larga para cuando oscurecía, porque la penumbra nos proporcionaba una intimidad imposible durante el día: no había puertas en los retretes.
Al entrar caminé a oscuras por el corredor procurando hacer ruido. Olía a hachís. A izquierda y derecha, en algunos huecos, el brillo de un punto incandescente oscilaba a escasa altura -el cigarrillo era nuestro semáforo. Llegué a la pared del fondo y volví sobre mis pasos para hacer tiempo. Cada halo rojizo se ensanchaba por momentos. Todavía esperé unos segundos, hasta que pude distinguir el perfil de algunas cabezas.
Fue fácil. Le aticé en plena frente con la palma de una mano al tiempo que agarraba su gorra con la otra. Blasfemó al derrumbarse hacia atrás y yo corrí como una centella hasta la frontera luminosa del patio. Camino de la cantina, con paso refrenado, jadeando aún y sin atreverme a mirar el botín, me dije que no había motivo para avergonzarse: me habían robado y yo había respondido con la misma moneda. “Es casi una ley”, pensé. Y no hubo más, eso es todo; no sé ni por qué lo cuento.
SITIO DISTINTO
Desde la barriada, en los días de atmósfera limpia se ve el fin del mundo. Las viviendas, adosadas por necesidad, fueron construidas con dinero ganado en la emigración, vendiendo pollos asados en las gélidas calles de Zurich, despidiendo a los clientes en Hamburgo con la mano abierta y un “aféitensen”, o en la mar, navegando en cargueros de bandera noruega, en los que el Varón Dandy era whisky de Malta.
El del butano hace sonar la bocina del camión y con el motor en marcha reparte casa por casa. En el número 14, pegada a la puerta, hay una bombona vacía y mojada por la lluvia que ha cesado hace sólo un instante. El repartidor llama al timbre y nadie contesta. No importa. En el 12, o en el 16, o en el 15, o en la casa amarilla, alguien pagará la bombona nueva. El que paga nunca reclama: si se han olvidado, se han olvidado; si andan mal de cuartos, ya cambiará el tiempo. Y cuando cambie, en los días de atmósfera limpia, volverá a verse el fin del mundo, allá, lejos.
IMÁN
En aquel sobrecogedor experimento escolar, las limaduras de hierro se movían al antojo del imán que las guiaba bajo el folio. No recuerdo haber reflexionado entonces sobre cuáles son las fuerzas que nos mueven sin nosotros saberlo.
Cuando me vine la ciudad, cambié mi antiguo y húmedo bajo de toda la vida por este 5º A, un buen piso para una mujer sola. Fue entonces cuando empecé a percibir con intensidad que no era yo quien gobernaba mi vida. Era una sensación muy perturbadora. Han pasado los años y las cosas van ahora mucho mejor, sobre todo desde que cobré la herencia y he podido comprarme el 4º A. Saber que abajo no vive nadie me tranquiliza.
PARTO
A simple vista parecía imposible que mi cabeza pudiese salir por aquella minúscula abertura. Mi madre empujaba con fuerza. Yo, en medio de la oscuridad, intentaba colaborar a pesar de que la angustia confundía mi sentido de la orientación. Después de un impulso conjunto noté con alivio que la coronilla estaba fuera. Pero no cedimos hasta que por fin mis ojos se abrieron al otro lado, una vez traspasado por completo el estrecho cuello del jersey.
GOLPE TONTO
Pedaleaba sudoroso en la bicicleta estática del baño cuando de repente oí la bocina de un camión pegado a mi rueda trasera. Y no recuerdo más.
RETROVISOR
–¿Que se ve qué?
–El pasado.
–¿Por el retrovisor?
–Si, por el retrovisor.
–Será una broma…
–En absoluto.
El monitor de autoescuela, mientras le da las primeras instrucciones, se dice que tal vez su nueva alumna –guapísima– esté en lo cierto; a lo mejor lleva razón en lo del espejo… ¿por qué no? (Sin saber el motivo, desde hace un tiempo, acaso influido por algunas lecturas, intuye novedades extraordinarias en su mecanizada vida). Echa una mirada al retrovisor postizo.
–Y si se ve el pasado, ¿cómo es que yo no lo veo?
–Quizá no lo tengas. ¿Arranco ya? – interroga con voz serena.
Él tarda dos segundos en contestar, el tiempo de bajar la palanca del freno de mano:
–Vamos.
AQUEL DÍA
Aquel día, camino de la guardería, presentí que algo no iba bien. Diez minutos después de sonar el timbre la niña seguía sin salir. Me puse un poco nervioso; entré y pregunté a un conserje, que esta vez no era el de costumbre. Se fue hacia las aulas y volvió con la directora. Ella, que también era nueva, me pidió que pasase al despacho. Le di mi nombre, el de nuestra hija y el de la profesora. Hizo una llamada y minutos después llegaste a buscarme.
AYUDA
Cualquier historia que yo pueda contar ha sido contada ya antes, tal vez incluso con las mismas palabras, acaso en una lengua todavía por descubrir. Si digo, pues, que un coche la atropelló cuando bajaba a buscar a la librería unos lápices de colores para nuestro hijo enfermo, no estaré inventando nada; si escribo que su agonía fue tan breve que no pude escuchar su último lamento, repito lo que ya otros han dicho; suena ahora un teléfono conocido y la oigo quejarse como otras mujeres inexistentes se han quejado en miles de sueños; y yo me rompo a cada llamada, y lo veo tan triste, a nuestro hijo, tan perdido que parece querer seguirme en esta locura. Y sabido es cómo acaba el relato, excepto si, por el motivo que sea, cayera éste en manos de alguien que jamás hubiera oído semejante historia y decidiera, leyéndolo en este punto, un final distinto, en cuyo caso quizá todo tenga remedio todavía.
SOSPECHOSO
Sucedió un invierno, hace unos cuantos años. Hacia las ocho de la tarde yo bajaba la Gran Vía viguesa en busca de mi parada de bus; casi había llegado cuando reparé en varios grupos de antidisturbios que subían desde la calle Príncipe -acababan de disolver una manifestación ilegal convocada en apoyo a los GRAPO.
Cuando nos cruzamos, aminoré el paso y me fijé en el rostro de un hombre joven al que traían entre zarandeos; me pareció reconocerle y paré. De repente sentí un golpe en el pecho y un grito pidiéndome la documentación. Le digo al policía que no la llevo encima mientras oigo a otro vociferar: "¡¡Los del periódico en el bolsillo!! ¡¡La contraseña es el periódico en el bolsillo!!".
Yo llevaba en mi chaquetón un ejemplar del Marca, como todos los días a esa hora. Me cachearon en la calle, contra la pared, y después me subieron a una furgoneta con otras personas que también llevaban periódico, para dejarnos en la comisaría de García Barbón. Una vez allí, tras dos horas de comprobaciones, nos soltaron a algunos. Por suerte, a mí ya habían dejado de insultarme hacía rato, desde que, al pedirme los datos, les dije que estaba casado y tenía dos hijos. Perdí el último tren de vuelta a casa, eso sí.
IMAGINACIONES
Contaré una de mis rarezas de chaval. Cuando fallecía algún conocido o pariente, mis padres me obligaban a acompañarles a casa del difunto, para velar el cadáver hasta bien entrada la noche. No ocurría sólo conmigo, otros muchachos de mi edad sufrían la misma tortura; sin embargo, en mi caso, la obligación se hacía más llevadera gracias a un recurso secreto.
Desde el umbral de la estancia –casi nunca iba más allá– mis ojos, huyendo del ataúd, se refugiaban en todos los detalles secundarios. Recuerdo perfectamente que si se trataba de un dormitorio yo elegía –siguiendo un criterio que ignoro– a uno de los deudos, y lo imaginaba desmontando la cama y el armario horas antes, pieza a pieza, para hacer sitio al muerto, a los velones y a las sillas.
Me preguntaba entonces en qué lugares de la casa habrían colocado los fragmentos de aquellos muebles, a los que yo otorgaba una azarosa vida secreta: simples pedazos, sin sentido ahora, sufriendo una terrible separación, aguardando impacientes el gesto que les devolviera la plenitud perdida. Recuerdo haber pensado también –aunque tal vez esto se me haya ocurrido más tarde– que ya nadie sería capaz de volver a montar el mismo cuarto.
EN LA BARBERÍA
Disfrutaba cuando acompañaba a mi padre a la barbería del pueblo. Me impresionaba todo aquel ritual del agua caliente, la palanganilla, la espuma blanquísima, la fricción del filo metálico contra el cuero... y siempre el silencio, un silencio ceremonioso que dejaba entrar las risas de los niños que jugaban en la plaza, y permitía oír el sonido estremecedor y limpio de la navaja despejando de nieve imposibles valles rectangulares. Recuerdo haber creído que, al desaparecer toda la espuma, el rostro de mi padre sería otro.
LA RADIO
Bajo el volumen de la tele cuando dan fútbol y sigo la narración a través de la radio. A veces, sin embargo, la situación se vuelve incómoda porque ocurre que el comentario llega antes que la imagen. Cuando más molesta este desajuste es en las jugadas de gol: el delantero lanza desde el borde del área, pero ya una voz anuncia que el balón ha salido rozando el poste izquierdo. Podría decirse que se trata de dos partidos distintos –aunque de idéntico resultado- que se juegan en dimensiones diferentes.
Algo así le explicaba yo a Julia, cuando mencionó que lo nuestro no funcionaba. Le dije que lo que sucedía era que nuestras dimensiones no coincidían porque, como las ondas, se propagaban a velocidades diferentes. Que la solución nos exigía un esfuerzo de ajuste, tal vez más en su caso, que siempre –he de decirlo– iba un poco por detrás. “Tú eres la tele y yo la radio”. No resultó, lo dejamos, me dejó. Pero la teoría no es mala; lo sé porque décimas de segundo antes de que ella abriera la boca para preguntarme si estaba loco, oí a Manolo Lama haciendo la misma pregunta.
DISTANCIA
Me paso el día conduciendo, no es raro que se me ocurran cosas. A veces el automóvil que llevo delante es un cochazo y me digo: ése es el mío, y soy yo quien lo conduce. Cuando el tráfico es muy lento da tiempo a fijarse en sus retrovisores. Sólo consigues fragmentos, es lógico: mentón y boca; ojo izquierdo o derecho, oreja y nariz; un mechón, una mueca... Suficiente para aliviar la curiosidad y confirmar lo obvio: el de delante es otro. Pero en ocasiones su espejo refleja mi propio coche y me veo al volante. Soy yo. Cuando me sucede eso, recuerdo algunos consejos y piso levemente el freno hasta recuperar la distancia de seguridad.
EPÍLOGO
Lo que peor llevo es la sensación de que todavía dormimos juntos. Con frecuencia despierto de madrugada y lo noto en la cama, como si el tiempo se hubiera detenido antes del desastre. Sigue ahí, a mi espalda, respirando pausadamente, sudoroso a veces, huyendo del calor de mi cuerpo. Entonces me desvelo, me encuentro extraña y vuelvo una y otra vez sobre la misma idea: hay algo anormal en esto, en advertir con tanta certeza la presencia de alguien que no está, ni volverá a estar. Me digo que tarde o temprano acabará yéndose del todo, como la diadema. Me tranquiliza pensar en la diadema y en el largo espacio durante el que, después de quitármela, todavía la siento oprimiendo mis sienes.
BRIÓN (A CORUÑA)
Antes de irse a dormir, la abuela cogía en la cocina un trocito de pan que colocaba luego bajo su almohada. Nos contó que se lo comía en cuanto despertaba, antes de que cantara el cuco, porque creía que quien oyera su canto en ayunas recibía con él el anuncio de la propia muerte. Una noche, vi que subía camino de su habitación sin haber pasado antes por la cocina, sólo yo me di cuenta.
Eran casi las cinco cuando desperté. Nadie llegó a saber que entré en el cuarto de mi abuela a aquellas horas para deslizar bajo su almohada el pan que ella no se había llevado. Algo más tarde, insomne, oí cantar al pájaro, y ya en aquel instante intuí que no había hecho lo suficiente.
AMADEUS
Me duermo unido a una pequeña radio por el cordón de sus auriculares. Con frecuencia, en medio del sueño, la oigo todavía encendida y debo buscar a tientas entre las sábanas para desconectarla. Esta noche, cuando desperté, me pareció que sonaba una pieza de Mozart. Seguí el cable desde la oreja derecha, pero al llegar al extremo, en lugar del receptor, mis dedos sólo encontraron la clavija desnuda; un milisegundo después cesó la melodía. Me sobresalté tanto que tuve que levantarme. En la sala, mientras fumaba un cigarro, descubrí que había reconocido la música, y el malestar se hizo entonces insoportable: era el Requiem.
FRONTERA "CENTRAL"
Comencé a trabajar tras la barra cuando aún era un mocoso. En una de mis primeras noches, mi padre tuvo que salir y me dejó solo. Al rato, un desconocido se apeó de un taxi bajo una lluvia furiosa y entró, sacudiendo los brazos aparatosamente. El hombre, muy corpulento, acomodó su gabardina en el colgador sin decir palabra y a continuación se dirigió al baño. El bar estaba desierto. Yo me fijé en la prenda, que goteaba formando un pequeño charco.
Por entretener la espera me acerqué a limpiar el agua con una fregona. Fue entonces cuando vi la pistola en el bolsillo. Me quedé sin aliento. Quise salir corriendo, pero oí su voz: “¿Sabes hacer un café, chaval?”. “Sí, claro”, dije mientras volvía al mostrador investido de un valor que no era mío. Aquella fue la primera vez que conseguí sacar el puñetero cacillo de la vieja Faema con un solo golpe, y la primera vez también que no sentí su bocado ardiente en el pulgar al golpearlo con fuerza en el cajón de las borras. Cuando el tipo marchó, bebí mi primera cerveza.
UN INDIO
En el largo pasillo de Lusitio jugábamos con indios y vaqueros. Como el dueño era él, exigía decidir el reparto de efectivos. Recuerdo que a uno de los indios le faltaba la mitad de la pierna derecha y al encajarlo en la montura quedaba algo flojo; ambos sabíamos que eso lo convertía en un elemento fácil de derribar. Luisito siempre incluía aquel guerrero mutilado en mi lote.
A partir de una época, mi hermana Julia -no sé por qué- comenzó a asistir como espectadora a nuestras escaramuzas. Y fue casi al principio de ese tiempo cuando mi amigo decidió quedarse el indio lisiado y concederme a mí el privilegio de contar en mis filas con el comandante del Séptimo de Caballería, suyo hasta entonces. Yo no podía suponer que aquello habría de parecerme en el futuro un simple intercambio de rehenes.
CAJA FUERTE
En mi dormitorio hay una pequeña y vieja caja de caudales, empotrada en la pared opuesta a la cabecera de la cama. La instaló un antiguo inquilino, del que cuentan que un día desapareció sin más, llevándose con él las llaves y dejándola por ello inservible.
Hace unas cuantas noches desperté con la sensación de que sonaba algo dentro de la caja. Pero, al levantarme, el ruido, similar a un rumor de voces infantiles, cesó. Sólo ocurrió esa vez. Sin embargo, desde entonces, cuando intento leer en cama antes de dormir, me siento observado y acabo por apagar la luz.
JUEGO
La última vez que me dejó sin saber qué pensar fue el domingo. Hacíamos cola en los multicines para ver El pianista cuando de repente y sin mediar palabra se colocó en la fila de otra película -una de terror, creo. La seguí con la mirada, pero me ignoró. Llegó enseguida a la taquilla, pagó y se dirigió hacia la sala tras un grupo de jóvenes. Dudé un instante y estuve a punto de cambiarme también de película, pero no lo hice.
No volvimos a vernos hasta que llegué de vuelta a casa, en taxi. En el salón, planchaba con la tele encendida. Sin apartar la vista de la pantalla se dejó besar en los labios.
–¿Qué tal lo has pasado? -preguntó.
–Un poco triste la película –dije–. ¿Y tú?
–Pues ya ves, toda la tarde aquí encerrada, dale que te pego a la puñetera plancha.
No me extraña que mi madre diga que no la entiende.
TE COMO
Dicho gastronómico: "Perdónoche o mal que me fas polo ben que me sabes".
TATUAJE
Llevaba una imagen grabada en la retina; lo confirmó el forense.
SOBREDOSIS
Esto que voy a contar lo escuché en una cafetería.
Haz el favor de no mirarme así.
Lita, fíjate, desde este ventanal parece como si fuésemos en tren.
Él todavía no sabe nada, no sé que hacer.
Condal Alcoyano, equis.
Si me llaman de casa di que no estoy.
Oye, esto anótamelo en la cuenta.
¿Podría no escupir en el suelo, por favor?
El pueblo se pudre con nosotros dentro.
Echa siempre el hielo antes que el ron, así parecerá más.
Don Arturo, al teléfono, es urgente.
¡Me importa un huevo lo que diga el sargento de la guardia civil!
Este no es el coñac que he pedido.
¿Mamá?, ¿eres tú, mamá?... oiga.
Son cuatro pesetas.
Para ser el hijo del jefe haces un café intragable.
España y yo somos así.
Esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú.
No puedo, tengo trabajo.
Acuéstate tú, que mañana tienes que abrir.
Los suizos, esos sí que saben hacer las cosas bien.
A ver cuándo arregláis los servicios, que dan pena.
Para entrar en el negocio te bastan veinte mil.
El hijo de Romualdo tiene leucemia.
Hay que ver cómo te pareces a tu padre. Lo que no entiendo es que le vendierais la cafetería al banco, ¿tan mal iba?
Si mi padre no la hubiera vendido me habría muerto tarde o temprano de una sobredosis de vidas ajenas.
CORDURA
Mi padre trabajaba de lunes a viernes en un psiquiátrico, y los sábados y domingos tallaba de encargo pequeñas piezas de madera en el taller casero. Recuerdo sobre todo las máscaras.
En una caja de cartón le enviaban una pieza ya rematada y veinte o treinta tacos que debía convertir en clones del modelo. Elegía las gubias adecuadas sin titubeos y comenzaba ayudándose de una maza que abandonaba enseguida para continuar golpeando con la palma de la mano. Cuando yo la creía finalizada, aún repasaba él la talla usando las cuchillas más finas y peligrosas, con las que un desliz se convertía en tragedia. Pero nunca lo vi cometer un error y, aunque se limitaba a copiar, yo lo consideraba un verdadero artista.
El taller es ahora un garaje, y mi padre se jubiló hace tiempo. Me he ido dando cuenta de que apenas habla de su antigua ocupación de fin de semana. Sin embargo, a menudo recuerda anécdotas del otro trabajo, que incluyen nombres y apellidos de enfermos -los malos ratos cuando se fugaban durante la noche y debía salir a buscarlos, cosas así. Yo prefiero, sin embargo, aferrarme a las máscaras.
ELIMINADA
(Para Pablo, dueño generoso de esta historia)
Me hice amiga de Celia en cuarto curso porque nos sentaron juntas. Un día, durante el recreo, inventamos un juego que nos divertía mucho y que consistía en hacer creer a nuestras compañeras de clase que éramos hermanas. En realidad, yo era entonces hija única mientras que Celia tenía –y no exagero- nueve hermanas y cinco hermanos. Pues bien, yo me aprendí de memoria aquellos quince nombres, por orden de edad, y los recitaba de carrerilla en el patio, viniera o no a cuento, para que resultase más convincente el engaño del falso parentesco.
Aunque, a decir verdad, no era eso lo que yo hacía. No. Porque en la relación original de nombres, había introducido una ligera modificación: eliminé uno de los auténticos para sustituirlo por el mío. Podía haberme sumado sin más a la lista, sin necesidad de suprimir a nadie, pero no fue eso lo que hice. Al acabar aquel curso me trasladaron de colegio y nunca he vuelto a saber nada de Celia. Si la viera ahora, el temor ganaría a la curiosidad. Por eso no le preguntaría qué ha sido de la hermana que le quitéi.
REHÉN
Estábamos en sexto. La joven profesora llegaba con los exámenes que habíamos hecho el día anterior y los repartía al azar. Cada uno de nosotros debía corregir el ejercicio de un compañero; luego, ella los revisaba. En general, el sistema funcionaba bien, aunque yo elegí un camino que entonces me pareció más cómodo.
En casa, la noche posterior a la prueba escrita, llenaba un folio con las respuestas a las preguntas que ya conocía, tomando la precaución de incluir algunas inexactitudes. Cuando en el aula llegaba el momento de la corrección colectiva, me enteraba de a quién le había correspondido mi examen original...
El resto es fácil de imaginar. Nunca bajé del notable. La verdad es que ya casi había olvidado este episodio vergonzante de mi vida. Sin embargo, en octubre del pasado año me lo recordó la visita de uno de aquellos compañeros sin cuya complicidad mi engaño habría sido imposible. Supo dónde trabajaba y se acercó a saludarme. Lo invité a café; pasamos un buen rato; nos reímos. Al final, antes de irse, mencionó que su hijo se había matriculado en mi asignatura.
PUERTA
Yo estaba listo para pintar la dichosa puerta, ya tenía el suelo cubierto con periódicos y había añadido un poco de disolvente al bote de la pintura que ella había elegido. Agachado, impregnaba con delicadeza la punta de la brocha para hacer una prueba cuando la sentí llegar: “¿No quitas antes ese horrible esmalte viejo?”, dijo pasando de largo.
Tuve que cambiarme para bajar a la ferretería; compré una lata de decapante, guantes, gafas, mascarilla y varias espátulas. Volví. Ella había salido de nuevo dejando una nota que anunciaba ausencia de horas... Cuando ayer leí en una revista de decoración que las sucesivas capas de pintura acaban impidiendo que las puertas encajen en sus marcos, entendí por qué ya no estamos juntos.
CARTA AL DIRECTOR
Estimado señor García de la Concha:
Días atrás compramos en una librería cercana el modelo en dos tomos del catálogo recientemente publicado por su institución. Después de hojearlo en familia y cuando ya nos disponíamos a efectuar el encargo, comprobamos que en ninguno de los ejemplares se incluía la habitual hoja de pedido. Le ruego, por tanto, que nos haga llegar información acerca del precio de adquisición y forma de pago de las siguientes palabras, teniendo en cuenta –por si ello influyera en el importe– las indicaciones que adjuntamos: .1 “poliandria”, de la talla 40 o quizá 42. En su defecto, valdría también “resignación”; .1 “corazonada”, modelo para adolescente;.1 “psicofármaco”, sin receta;1 “delectación”.
Finalmente, dada la proximidad del cumpleaños de mi cuñado, le ruego me indique si sería posible el envío a su domicilio de la palabra “problema” en envoltorio de regalo.
Un saludo,
LO QUE ME FALTA
Yo tengo una esposa; yo tengo dos hijos; yo tengo una gata. ¿Tengo?, ¿tengo?, ¿tengo?...; yo no tengo nada.
FALSO RECUERDO
La mañana del sábado, la acera de enfrente se llenó de muebles a la altura del número 25. Había un sofá casi nuevo de tres plazas color teja, una lámpara de pie sin pantalla, la mesita con ruedas que debió albergar un televisor escaso y, despiezada, una voluminosa estantería oscura y brillante. Creí que se trataba de una mudanza y arrimé una silla a la ventana para no perder detalle. Pero pasaron los minutos sin que nada nuevo ocurriera. Hasta que, de súbito, el cielo se pobló de nubes amenazadoras y derramó a modo de aviso algunas gotas muy gruesas que rebotaron sobre el asfalto y salpicaron de charcos menudos el barniz del mobiliario. Bajé corriendo.
Desde mi portal la lluvia arreciaba ya, pero crucé sin paraguas, entre bocinazos de camión. Grité en la escalera de aquel viejo edificio pidiendo ayuda. Mi voz de niño no fue suficiente: nadie vino. Algo desconcertado, me volví hacia la calle. Miré a nuestro piso. Mi madre besaba a aquel hombre. Pero el aguacero apenas permitía ver más allá de unos metros, de modo que quizá sólo lo estaba imaginando. Me senté en el sofá y permanecí allí mucho rato.
MONOPOLY
Jugábamos a comprar calles y construir hoteles en ellas y, de paso, a arruinar a los demás. Cada uno elegía su táctica. Había quienes preferían los solares de precio módico, para poder edificar enseguida y achicharrar sin demora a los viandantes. Otros no invertían más que en las calles rojas o azules (las más caras) aunque tuvieran que aguardar dando vueltas y más vueltas al tablero en espera de la ocasión.
Pero en una cosa había unanimidad: debías ser implacable. Y así, jamás perdonabas el peaje cuando caían en tus casillas, ni siquiera les permitías demorar el pago hasta que cobraran el siguiente paso por la salida. Acababas ganando después de sangrarlos a gusto, concienzudamente, dejándolos sin blanca tras haberlos obligado a hipotecar (¡¡a los doce años!!) todas sus posesiones. Bien mirado, el haber sido jugador de Monopoly debería constar en nuestros antecedentes penales.
UN CAMBIO
Humedeció la solapa del sobre y, una vez cerrado, lo dejó encima de la mesa. Más tarde, tras haberse aseado ante el espejo, volvió a recogerlo y lo introdujo en el bolsillo interior de la americana.
Su esposa tomaba café en la cocina; la besó antes de salir. En esta ocasión, un fuerte resfriado le impedía acompañarlo, de modo que el trayecto hasta el colegio electoral transcurrió sin las discusiones acostumbradas: en política, pese a los muchos años de matrimonio (o quizá por eso), mantenían opiniones enfrentadas. Votó.
De regreso, sintió que una sonrisa le asomaba a los labios. Tendría gracia, se dijo, que un simple catarro consiguiera cambiar el color del gobierno municipal. Pero enseguida apartó ese pensamiento porque le pareció frívolo, desconsiderado e improbable.
La casa, al entrar, estaba en silencio y en el dormitorio no había luz. Se dirigió a la cocina. Cuando ya había recogido y fregado los cacharros, sin saber por qué, pisó el pedal del cubo de la basura y miró dentro.
PÉRDIDA
Le había prestado a L. una de las pocas novelas que tengo con dedicatoria del autor. Al poco tiempo nos dejamos y ya nunca me la devolvió. Supe después que se había marchado del país para colaborar con una ONG en algún lugar de Latinoamérica.
Hace unos meses me llegó la noticia de su muerte, víctima de un accidente de tráfico en el que se incendió el coche que conducía y, tras pensarlo mucho, decidí acercarme hasta su antigua casa. Cuando su madre abrió la puerta me reconoció enseguida a pesar del tiempo transcurrido; me invitó a pasar sin hacer preguntas y me ofreció un café que acepté de buen grado.
En cuanto pude le expliqué que había vuelto a por el libro. No le extrañó la petición. Se levantó y caminó en dirección al pasillo para regresar al rato con mi novela en las manos, aunque yo no le había dicho el título. Las tapas estaban ligeramente quemadas, y dentro había una foto mía con diez años menos.
JUGADOR
Si pierdes, apuesta más la próxima vez. Pero si ganas, sigue intentándolo.
JUSTICIA
La otra vida es casi igual que ésta; la única diferencia es que allí existe de verdad la poción mágica de Astérix.
MOTIVOS
Sobre el escritorio, la pequeña esfera de acero, suspendida por un fino hilo metálico, baja describiendo un arco que rematará justo en la vertical, cuando golpee a la más próxima de sus cuatro inmóviles compañeras. Un instante después, en el otro extremo de la ciudad, un hombre salta al vacío sin explicación aparente.
NUESTRO PANDA
El modelo más completo era el Marbella, pero nosotros tuvimos que conformarnos con el Seat Panda Montaña 45. Lo elegimos en color blanco; las defensas venían en gris, igual que una compacta baca de plástico a juego con la parrilla delantera que protegía los faros. Dentro tenía el espacio justo para los cuatro: los niños, atrás, sentados en un asiento muy liviano que se desmontaba con suma facilidad para convertirse en cama improvisada; delante no disponíamos de grandes comodidades, pero contábamos con lo imprescindible: tras el volante, escueto y áspero, el cuadro con sus tres indicadores: velocidad (hasta 130), nivel de combustible y temperatura. Bajo el salpicadero, muy sobrio, discurría de lado a lado un bolsón abierto en el mismo color crema de la tapicería, que hacía mucho servicio para ir guardando papeles, monedas, llaves, la linterna y un mapa de carreteras de Europa. El cenicero, de diseño, iba encastrado en el centro de la barra que soportaba el portaobjetos. En cuanto pudimos ahorrar le compramos una radio y dos altavoces. Siete años después lo vendimos por ochenta mil pesetas.
LO QUE QUEDA
Desde hace un par de días parpadea una luz roja en la impresora. Según el libro de instrucciones debo cambiar ya el cartucho de tinta negra, porque el chivato indica que se ha agotado. Pero es mentira: puedo seguir imprimiendo mis cosas durante un par de semanas más, o quizá tres, sin ningún problema. De modo que no voy a hacer caso al fabricante y lo cambiaré sólo cuando haya signos evidentes de que es necesario. No se trata únicamente de una cuestión de ahorro en este caso. Tengo la extraña certeza de que, si conservo esta costumbre, un día lograré escribir algo realmente bueno, y, entonces, la tinta de uno de esos cartuchos desahuciados será la que lo lleve al papel. No sé, tal vez paso demasiado tiempo solo.
UN CORTADO
Hay un primer movimiento en dos partes. Con un golpe seco, ejecutado sobre todo con la base del dedo pulgar, y un giro de muñeca de unos noventa grados, se extrae el cacillo y a continuación se vuelca su contenido batiéndolo en la pared interna del cajón de las borras.
Luego, colocado ya bajo la abertura del dosificador, presionamos la pequeña palanca lateral y caen unos gramos de café molido que, según los gustos del cliente o los del propietario, es posible adulterar con achicoria. Una vez integrado de nuevo el recipiente en la cafetera (golpe inverso para enroscar) se da paso al agua hirviendo, que brotará a borbotones oscuros deslizándose por dos conducciones laterales hacia el fondo de la taza; es importante atender al color de la infusión al salir pues en cuanto comience a perder densidad debe interrumpirse el flujo. En tanto no llega ese momento, debemos introducir en la jarra de la leche la varilla del difusor de vapor de agua y abrir la llave de paso; cuando el sonido se torne ronco la retiraremos.
Sobre el plato, una bolsita de azúcar u otro edulcorante, la cucharilla y la taza mediada. Depositamos el conjunto ante el cliente con suavidad. Inclinamos la jarra procurando, con un ligero balanceo, que la espuma no se quede atrás. En cuanto ha caído un chorrito ínfimo, el cortado está servido.
A CARIDAD
Querida profe:
Tú no lo sabes, pero aquel día, cuando ante una clase bulliciosa de testosterona recitabas con énfasis ardiente un poema (“Le pregunté: ¿Me dejas que te quiera?”), algunos reíamos con disimulo porque nos parecías, qué cosas, un tanto grotesca y excesiva. Hoy, después de treinta años, quiero agradecerte aquel casi delirio que, más tarde y ya solo, comprendí maravillado. Ahora, cada vez que decido leer en voz alta a mis alumnos algunos versos, te me apareces sentada en un pupitre, riendo. Gracias, Caridad.
PELLIZCO
Esto se nos acabará algún día.
Microrrelatos de Manuel González Seoane