una postura incómoda

“Pareces un muerto”. Eso me dijo mi compañero de trabajo. La empresa nos había invitado a un congreso y compartíamos habitación. Tras una intensa jornada, mientras él se aseaba en el baño, yo ya me había metido en la cama, boca arriba, con las manos entrelazadas sobre el pecho, con los párpados cerrados, dispuesto a descansar como todas las noches. Su inoportuno comentario (estaba casi dormido) me molestó. Un muerto, yo… Solté las manos y dejé los brazos a lo largo del cuerpo. Giré la cabeza. Crucé las piernas. No sabía qué postura elegir. Me encogí, me puse de lado, me puse boca abajo. Mi compañero ya se había acostado, y hasta había comenzado a roncar. Valiente cabrón. Di vueltas y más vueltas sin lograr conciliar el sueño, y al día siguiente mi mujer creyó que había pasado una gran juerga aprovechando su ausencia. Mi mujer nunca había mencionado mi forma de dormir. Yo siempre me tumbaba cuan largo era, entrelazaba mis manos y al instante me invadía el sopor. Ella en cambio leía, leía mucho, o eso creo, porque yo siempre me dormía primero. Hasta que volví del congreso. No quería parecer un muerto, y buscaba cada noche una nueva posición que me indujera al descanso. Pero daba vueltas y vueltas sin lograrlo. Ella empezó a creer que yo había tenido un lío aquella noche fuera de casa, y que me remordía la conciencia.

En el trabajo empecé a rendir peor, al dormir poco y mal me aparecieron ojeras, y mi habitual buen humor matutino se transformó en una cara avinagrada. Mis compañeros, preocupados, me preguntaban que si estaba enfermo. Yo lo negaba con insistencia, a mí no me pasaba nada, estaba perfectamente sano. Mi jefe quiso que me hiciera un reconocimiento, pero mentí al decirle que ya había ido al médico y había descartado cualquier dolencia. Sólo yo sabía que no había vuelto a dormir a pierna suelta desde la noche del congreso.

Una tarde, al volver a casa me dormí al volante y tuve un accidente. No fue muy grave, pero con ambas piernas rotas tuve que permanecer ingresado en el hospital. Fue un verdadero alivio, porque allí, cuando me quedaba solo, cruzaba las manos sobre el pecho y dormía plácidamente. Fue tal el descanso que me recuperé rápidamente y los médicos me dieron muy pronto el alta. Volví a casa tan contento, volvía a ser yo mismo, el de antes, el tipo que se acostaba feliz. Y con estos pensamientos me adormecía cuando mi mujer, al abrir su libro y meterse en la cama me miró raro y supe inmediatamente lo que estaba pensando.

Beatriz Alonzo Aranzábal

 

 


JERSEYS Y CAZADORAS

En el armario de mis padres las cazadoras de mi padre abrazaban los jerseys de mi madre, y los tacones de ella pisaban las botas de él. Al cabo de unos años, mis padres tiraron el viejo armario y compraron uno de dos cuerpos. De paso, sustituyeron la cama matrimonial por dos colchones de latex. Ahora cada uno tiene su propia habitación, su propio armario, y sus calcetines se enredan, muy de vez en cuando, en la lavadora.

Beatriz Alonso Aranzábal

 

 

 


EN EL MUSEO DEL PRADO

Estaba segura de que los vigilantes se habían dado cuenta de que era una intrusa. Y yo intentaba en vano disimular mi ignorancia, sin saber dónde mirar ni cuánto tiempo detenerme en cada cuadro. Empecé a sentirme como mareada, extraña, y me pregunté qué pintaba (y valga la expresión) yo allí. ¿Cómo se me había ocurrido ir al Prado? ¿Me creía que así cambiaría mi destino de hacer y deshacer cada 24 horas mi casa? Aturdida por esta desagradable sensación, fui dando bandazos de un cuadro a otro hasta que tropecé con un "perro semihundido en la arena" de Goya, que me devolvió a la realidad. La belleza de aquel instante me reconcilió conmigo misma.

Al salir compré un cenicero del Museo del Prado. Sé que nadie en casa preguntará de dónde salió. Ni yo lo contaré. No lo entenderían.

Beatriz Alonso Aranzábal

CONTESTADOR AUTOMÁTICO

Cuando descolgué el teléfono para escuchar si tenía mensajes, la voz grabada que empezaba con el habitual “El servicio Contestador de Telefónica le informa...” me sonó como triste, casi llorosa. Sentí una extraña inquietud al colgar. Debía de haber oído mal. Volví a descolgar el teléfono y esperé unos segundos: “El Servicio Contestador...” me comunicaba de nuevo, esta vez sollozando, que NO tenía mensajes. Yo también estallé en lágrimas: ¡pero si hasta Telefónica sabía que ella no me volvería a llamar!

Beatriz Alonso Aranzábal

 

 

 

LOS VECINOS ACECHAN

En la nueva urbanización, los pedidos del Corte Inglés, los muebles de diseño y las visitas cruzan la entrada principal hasta su portal de destino.


Cuando vienen los abuelos del pueblo, suben directamente desde el garaje.

Beatriz Alonso Aranzábal

 


EL CONCURSO

El famoso programa de televisión había llegado a su pueblo, y esa misma noche uno de sus habitantes se llevaría una enorme suma de dinero. A la hora establecida, los vecinos se congregaron en la plaza mayor esperando ser los elegidos del azar, como la señora Ana, que se puso su mejor pañuelo. Entonces los focos de las cámaras empezaron a moverse entre el público, y se detuvieron sobre ella, cegándola momentáneamente. La simpática presentadora le hizo una pregunta. Una pregunta de lo más tonto, por cierto. No tenía más que repetir un estribillo comercial, cuatro palabras encadenadas. La señora Ana se sintió emocionada y aturdida, tanto dinero en juego que iba a ser todo para ella, bueno, para sus hijos y sus nietos, el futuro y la tranquilidad asegurados, y esa maravillosa oportunidad había recaído en ella. Sólo tenía que decir cuatro simples palabras: "Compra Tien, compra bien". Y la primera no le salió, y claro, la segunda tampoco, y mientras todos la miraban (y la presentadora le sonreía) ella se quedó en blanco y no pudo articular palabra. Los focos rápidamente se dirigieron hacia otro vecino que no tuvo empacho en decir: "Compra Tien, compra bien".

De vuelta casa, una abrumadora sensación de bochorno le acompañó todo el camino, su cansancio y su reúma le dolieron más que nunca, y cuando se sentó ante el televisor se sintió una gran estúpida que había arruinado el futuro de sus hijos.

Beatriz Alonso Aranzábal

 

 

IMAGINACIONES MÍAS

Hace mucho tiempo, conocí en una discoteca a un locutor de radio que me guiñó el ojo. Mis amigas me dijeron que lo tenía en el bote. A partir de ese momento escuchaba todos los domingos su programa de radio, convencida de que las canciones de amor que emitía estaban dedicadas a mí. La decepción llegó cuando, de nuevo en la misma discoteca, su indiferencia me confirmó que todo habían sido imaginaciones mías. Ahora tengo una asistenta que recibe mensajes de amor de un juez a través de Radiolé. Jamás he logrado convencerla de que es imposible, de que debería acudir a un médico.
Ayer me contó que tiene un vecino al que cada dos por tres le encierran unos días hasta que se le pasan las ganas de coleccionar bolsas de basura; parece ser que este hombre solitario escribió un libro de género épico, y que un día lo lanzó hoja por hoja por la ventana, por si alguien lo recogía y lo quería publicar… Yo acabo de terminar un libro de relatos descorazonados, que pretendo hacer llegar, por correo tradicional, a las editoriales de este país. Me pregunto si no será más efectivo el método de este señor.

Beatriz Alonso Aranzábal

 

 

AGUA FRESCA

Yo elijo a los hombres por su nevera. Cuando me invitan a su casa, subrepticiamente me cuelo en la cocina y meto la cabeza en el frigo. El chopped y las delicatessen me hacen salir espantada. En cambio, ante un buen surtido de puerros y cebolletas, calabacines y berenjenas, apio y alcachofas, perejil, romero, jengibre… lanzo un hondo suspiro. ¡Ay, un hombre capaz de improvisar un pisto o un cuscús! Cuando me pillan en plena faena, siempre digo que buscaba agua fresca…

Beatriz Alonso Aranzábal

 

 

AVES FRÍAS

Mi novio era taxidermista y utilizaba la nevera para conservar sus presas antes de pasar a la acción. Yo procuraba no rozar la lechuza cuando cogía un yogur, y cuando metía la fiambrera evitaba tocar al pobre cernícalo. Sólo me molestó un día que no pude guardar unos helados porque estaba el congelador lleno de grajillas. Y es que se lo perdonaba todo, a mi novio. Hasta que un día descubrí a un ruiseñor moribundo mirándome desde el estante de los huevos: lo guardé en mi neceser y nos largamos para siempre.

Beatriz Alonso Aranzábal