El ESPEJO
Aquella mañana, al entrar en el baño, me di cuenta
de que no funcionaba el espejo. Lo cierto es que ya me venía dando problemas
últimamente, pero nunca hasta el punto de dejar de funcionar. Tan preocupado
como estaba, decidí llamar al fontanero, y cuando le expliqué
mi problema, me miró como si estuviese hablando con un loco; después
se acercó al espejo y le dio tres golpes con los nudillos, comos estuviese
llamando a una puerta. Aquello dio resultado, el espejo volvió a funcionar:
el fontanero cobró lo estipulado y se marchó de casa silbando.
Pasé el resto de la tarde lamentándome por el gasto tan tonto
que había efectuado.
A la mañana siguiente, cuando entré en el baño, me di cuenta
de que aquel hombre me había hecho una chapuza: el espejo se había
vuelto loco, en vez de reflejar mi imagen, reflejaba mi voz; en él resonaban,
una y otra vez, las siguientes palabras: “yo no estoy loco”.
Carlos Carrión Guardia
UN SUEÑO FIEL
Aquella noche la inspiración vino en forma de sobresalto, interrumpiendo ese sueño, tan rutinario ya, en el que aparezco paseando a un perro por la playa. Un sueño que se venía repitiendo con asombrosa regularidad durante dos meses, justo el tiempo que llevaba intentando escribir, sin demasiada fortuna, un mísero relato por el que no mereciese ser apedreado. Eran las seis de la mañana y apenas había dormido tres horas, pero sentía ese zumbido interno que indicaba que había venido a visitarme, aún sin una forma demasiado nítida, la tan ansiada inspiración, y tenía que ser hospitalario con ella. Me levanté de la cama, me senté en mi escritorio y me sumergí de lleno en el folio en blanco. El resultado fue la historia de un psicópata que trabajaba en una fábrica de cereales cambiando el azúcar por su caspa. Cuando la terminé, fui a la cocina para desayunar algo, y al ver los cereales del desayuno, desperté. Sentía una fuerte repugnancia hacia mí, hacia esos cereales que, por supuesto, no probé, y sobre todo, hacia mis aptitudes creativas. Tiré los cereales a la basura y volví a la cama prometiéndome a mí mismo (por enésima vez) no volver a escribir nunca más. “Él nunca lo haría” fueron las últimas palabras que se me vinieron a la cabeza antes de quedarme dormido.
Carlos Carrión Guardia
COMPRENDER
¿Quién no ha probado alguna vez la sopa de letras?
Yo, de pequeño, no quería comer otra cosa. Aunque recuerdo que
las primeras veces que me pusieron un plato de sopa de letras delante, por más
prisa que me metiera mi madre para que acabara antes de que se enfriara, me
tiraba un buen rato removiendo las letras con la cuchara, intentando otorgarle
algún tipo de lógica al alimento que iba a ingerir, y que las
primeras palabras que intenté comerme fueron papá y mamá,
pero ya fuera por culpa del caldo o por mi propia torpeza (por aquella época
todavía no sabía atarme los cordones de los zapatos), me resultaba
imposible darle un sentido a aquellas palabras que me eran servidas sin orden.
Pero todo cambió tras ver en la serie “Twin Peaks” a una
mujer capaz de anudar con su lengua los rabillos de las cerezas que se metía
en la boca. En aquel momento comprendí que tenía que ser capaz
de formar palabras dentro de mi boca. En el fondo no era tan difícil;
sólo era cuestión de cerrar los ojos para ver las letras moviéndose
dócilmente al compás de mi lengua al tiempo que imaginaba la lengua
de aquella demiurga anudando rabillos de cereza y atando los cordones de mis
zapatos.
Todo sucedía muy deprisa entonces: mi corazón se aceleraba y yo
formaba una palabra tras otra hasta vaciar el plato. Entonces acompañaba
mentalmente a las palabras en su trayecto por mi esófago y mi estómago,
reconociéndolas en cada una de sus transformaciones y asintiendo con
la cabeza al ver con toda claridad como mi intestino desechaba aquellas palabras
inservibles, que son las que acaban deshaciéndose en el aire, y daba
luz verde a aquellas otras palabras que circularían siempre por mi sangre
en busca de los brazos abiertos de la mujer de las cerezas.
Carlos Carrión Guardia
TRANSPORTE
Cada vez que voy a soñar con ella me quito los zapatos. Cuando despierto, nunca recuerdo donde los he dejado.
Carlos Carrión Guardia
PRÓTESIS
Todos los calvos tienen por alma una peluca.
Carlos Carrión Guardia
SÍSIFO
Todavía recuerdo lo decepcionado que me sentí aquel día en el que, aún disfrazado de Superman, seguía siendo alérgico a la levadura.
Carlos Carrión Guardia
LIBERACIÓN
Soy invisible, pero aparte de eso, no tengo nada de excepcional,
así que prefiero hablaros de él. En teoría soy su voz,
pero la mayor parte del tiempo soy silencio.
He dicho que prefiero hablaros de él, aunque la verdad es que no sé
gran cosa de mi usuario. Sé que tiene forma de cuerpo humano, pero ni
siquiera conozco su cara, ya que las veces que me saca siempre me pilla de espaldas,
y como salgo tan poco, parezco tímida e insegura, y él se averguenza
de mí. La mayor parte del tiempo lo paso esperando y pensando; de hecho
pensar es lo que más me alivia, aunque al final siempre acabo pensando
que mis pensamientos son como los rayos de luz que entran por una ventana: acaban
chocando contra una pared sin más remedio. Ahora pienso que esto se va
a acabar, que mañana (siempre es mañana) le voy a abandonar; estoy
cansada de no saber nada del mundo, de no conocer orejas, de no poder estar
en ellas para cotillear, para enterarme de las cosas. Todo está en las
orejas, y él me da pena, porque sólo tiene dos, y son las suyas.
Llevo todo el día pensando en lo mismo, en que mañana lo voy a
dejar, en que estoy cansada de ser sólo silencio y en que a partir de
mañana vagaré yo sola por el aire en busca de orejas, y gracias
a esto he pasado el día más aliviada, como si este nuevo pensamiento
no fuera otro rayo de luz que entra por la ventana y acaba estrellándose
contra la pared sin más remedio.
Carlos Carrión Guardia
DRENAJE
Las victorias son líquidas, las derrotas son sólidas.
Carlos Carrión Guardia
AUTOINDULGENCIA
Rara vez el fracasado está a la altura de su fracaso.
Carlos Carrión Guardia
INSEGURIDAD
De pequeño soñaba con mucha frecuencia que había ido al colegio sin zapatos. Recuerdo que cuando me daba cuenta, intentaba irme corriendo a casa antes de que mis compañeros se percataran y empezaran a burlarse de mí, pero como no era capaz de dominar mis movimientos, me quedaba paralizado en mitad del pasillo. Veía a la gente pasar y me sentía como si estuviese expuesto detrás de un escaparate; los veía reírse, pero no sabía si se reían de mí o si se reían de sus cosas; encogía los pies e intentaba no mover ni un solo músculo para que pareciera que era un maniquí como los que había en el Corte Inglés, pero era evidente que no era otro sino yo el tonto al que se le había ocurrido ir a la escuela en calcetines. Han pasado los años y no he vuelto a tener ese sueño, pero creo que ésa es la razón por la que hay días en los que voy caminando por la calle y tengo la sensación de no haber acabado de salir de casa todavía.
Carlos Carrión Guardia
TODAS SON LA MISMA
Cuando llegué a la biblioteca municipal, había
un único asiento libre. Me senté, saqué mis apuntes y me
puse a estudiar con desgana. Frente a mí estaba sentada una niña
de unos ocho años, y cada vez que levantaba un poco la vista de los apuntes,
veía como la niña copiaba a lápiz un dibujo donde la abuela
de los Simpson aparecía sosteniendo una foto de Margie y Lisa Simpson.
Las tres sonreían y el dibujo le estaba saliendo perfecto.
Durante aquella tarde no pude evitar mirarla de reojo varias veces, aunque estaba
tan absorta en su tarea que podría haber estado mirándola fijamente
durante un minuto sin que se percatara. Había algo en ella que me recordaba
a todas las mujeres de las que alguna vez me he enamorado, y siempre pensé
que me enamoré de ellas porque me recordaban a una niña de la
que, sin saberlo, me enamoré en la guardería mientras moldeábamos
juntos figuras de plastilina. Esta niña tenía entonces la edad
de aquella.
Hubo un momento en el que me apeteció salir fuera a fumarme un cigarro,
pero como no me quedaba tabaco, tuve que ir al estanco a comprar. De vuelta,
mientras fumaba, pensaba que esta niña era la prueba de que aquella de
la guardería había existido realmente. Entré en la biblioteca,
ocupe mi sitio y retomé mis apuntes por donde los había dejado.
La niña ya no estaba.
Carlos Carrión Guardia
DENTRO DE MI ABUELO
Tengo un trozo del armario de mi abuelo dentro de mi armario.: es una bata de lana con gruesas líneas oscuras, recuadros grises y los bolsillos llenos de caramelos de eucalipto. Cuando murió, me la ofreció mi madre, y no supe decirle que no. Ahora ya no me sucede, pero durante los años inmediatamente posteriores a su muerte, solía revivirle en sueños; lo encontraba sentado en el mismo sillón, con los pies cerca del brasero, y cuando me sentaba en el brazo del sillón para darle un beso, él me ponía un puñado de sus caramelos de eucalipto en la mano. Recuerdo que siempre que me llevaba uno a la boca, me ponía a masticarlo, y que mi abuelo, al verme, me decía ¡que los caramelos no se mastican, niño!, al tiempo que me daba uno de esos pellizcos de monja tan suyos. Como dije antes, ya no sueño con él, pero sí que sigo comprando esos caramelos de eucalipto, y cada vez que me apetece uno, lo cojo del bolsillo de la bata de mi abuelo.
Carlos Carrión Guardia
ULTIMATUM
Contaré hasta 30, y cuando llegue a 30, no le esperaré más. Por lo menos, será una forma eficaz de entretener la espera. Cuento tan despacio que parezco una niña que acaba de aprender a andar, como si temiera perderme durante la cuenta, no contar exactamente 30, y además, hago una pausa entre cifra y cifra, en realidad cuento 60 en vez de 30. Termino de contar y echo un vistazo a mi alrededor: la decisión de no esperar más ya está tomada; sigo aquí, pero ya no estoy esperando a nadie. Ahora contaré hasta 15, y cuando llegue a 15, empezaré a mover las piernas.
Carlos Carrión Guardia
LA CAJA
Aquel día el Marca hablaba de la consagración de Raúl en letras mayúsculas; lo comparé un momento con una edición amarillenta del mismo diario que mi padre conservaba en su armario. Aquel ejemplar fue publicado 7 años antes, en pleno apogeo de la quinta del buitre. Al seguir indagando, encontré, detrás de una cámara de video, una caja fuerte que se abría activando una pequeña palanca. Lo primero que vi fue un sobre con sumas y restas escritas en el dorso y debajo, a simple vista, parecía haber más papeles: hurgar en aquella caja fue como ir levantando las capas estratigráficas de un yacimiento: encontré más sobres, papeles, facturas, hasta que llegué a un mazo de cartas con sobres de bordes rojos: eran cartas de su madre la mayoría; después había una carta de su primo Nacho, entre esa y otra una carta sin sobre escrita por mi padre y, debajo, una carta de una mujer que yo no conocía; era el último papel, y al levantarlo, vi varios dientes esparcidos en el fondo de la caja; uno de ellos era el diente de un niño. Han pasado 10 años y mi padre no sabe todavía que mi diente está en el bolsillo de una camisa a cuadros que ya no me pongo. La noche de aquel mismo día, una marca roja sobre el dorso de mi mano me recordaba que no se coge el dinero que no es de uno.
Carlos Carrión Guardia
NOMBRES
Cada vez que miro la lista de notas de un examen, si resulta que he aprobado, tengo la sensación de que el nombre que aparece en la lista es un seudónimo. Entonces lo miro tres, cuatro, hasta cinco veces, saco mi D.N.I, compruebo que el nombre que aparece en la lista y en el D.N.I, son el mismo y aún así, la impresión de que mi propio nombre es un seudónimo, permanece. En cambio, cuando estoy suspenso, tengo la certeza de que el nombre que aparece en la lista es el mío; lo miro una sola vez y no logro quitármelo de la cabeza en todo el día.
Carlos Carrión Guardia
CAJONES
Recién salido de la ducha, enciendo la televisión y me recuesto en el sofá; entonces mi padre entra en el salón, se acerca al mueble, abre un cajón, remueve algo, lo cierra; abre un cajón, remueve algo, lo cierra, y así va a seguir con los 16 cajones del mueble. Me irrita mi padre, es una tortura tenerle delante, oírle abriendo, removiendo y cerrando los cajones. Entre tanto, en la pantalla del televisor, con el volumen a cero, Chuck Norris gesticula, junta las palmas de las manos y después separa los brazos; le acompaña una mujer rubia vestida con una malla rosa y negra, y detrás de ellos hay un aparato de gimnasia para desarrollar los abdominales. Mientras, mi padre pone cada vez mayor énfasis en la forma de manipular los cajones; yo sé que está buscando el trankimazin, y sé que no me preguntará si sé donde está: abrirá, removerá y cerrará todos los cajones del mueble; después irá a la cocina, hará lo mismo con todos los cajones y no parará hasta que mire en la cestita de mimbre que está entre el microondas y las servilletas.
Carlos Carrión Guardia
FUEGOS DE ARTIFICIO
Es 16 de julio, y con el agua del mar a la altura del pecho,
la gente del pueblo carga sobre sus hombros con la Virgen del Carmen. Después,
los fuegos artificiales imitan la forma de la cola de un pavo real y hay veces
que al explosionar, dibujan un círculo inmenso que se desmorona al instante
como si fuera confeti.
Yo estoy en casa, y en cuanto se vaya el estruendo, llamaré a Ana. “Hoy
sí que la llamo”, me vengo diciendo invariablemente desde que comenzó
el mes, pero cada vez que iba a pulsar el botón Yes, creía que
era el detonante de la bomba nuclear; “mañana sí que la
llamo”, me acababa diciendo entonces, creyendo que “mañana”
sería otro día.
Pero hoy sí que es otro día y la voy a llamar, no sé cómo
he podido esperar tanto, cómo he podido ser tan tonto, con lo fácil
que es llamar por teléfono, sólo tengo que coger el teléfono
que todavía está sobre la mesa, buscar su número y poner
el pulgar encima del Yes; lo pulsaré en cuanto se pliegue la cola del
pavo real, en cuanto finalicen los aplausos subsiguientes, en cuanto el silencio
vuelva a su lugar.
Carlos Carrión Guardia
AQUELLAS VACACIONES EN CASA DE MI PADRE
Después de volver de la compra cargado con varios kilos en cada mano y con un chorro de sudor cayéndole por la frente, mi padre se dedicaba al bricolaje con la única compañía de Radio 5 Todo Noticias. A través del teléfono supe por mi madre que había decidido pasar sus vacaciones decapando el barniz de todas las ventanas del salón. También me dijo que si estaba interesado por las cosas que hacía mi padre, que se lo preguntara a él, que para eso estaba en su casa, pero yo no le pregunté nada. Una tarde, mientras el raspaba el marco de una ventana, andaba yo aburrido delante del televisor cuando de repente me hizo una petición que sonó a largamente premeditada: me pidió que le echara una mano. Sin dejar de trabajar me explicó lo que tenía que hacer: echar el decapante, esperar a que saliera una espumilla que yo nunca llegué a apreciar y después arrancar el barniz con la espátula. Así estuve un par de días, con la viruta de barniz acumulándose en mis uñas, quemándome con el decapante corrosivo (no teníamos guantes) y clavándome alguna astilla: mi padre y yo trabajando en silencio, siempre con Radio 5 Todo Noticias de fondo: la misma voz repitiendo cada media hora las mismas noticias estivales. Pasados unos días, volví a ayudarle para dar la capa de barniz nueva, y tras la última pincelada, una vez contempladas a distancia las ventanas, me pidió mi opinión. Me pareció que habían quedado bien, pero no supe decirle que habían quedado como nuevas.
Carlos Carrión Guardia