brazos

Yo había ido al cine sola, que es como más me gusta ir al cine porque al salir no tienes que decir a nadie lo que te ha parecido la película, y puedes prolongar un poco más esos momentos de confusión entre el argumento y tu propia vida. Pero ese día, durante la publicidad del comienzo, se sentó a mi lado un hombre. El hombre tenía un brazo, quiero decir que era un brazo que sentí enseguida porque lo apoyó en el mismo lugar del sillón, y me rozaba. Estaba a gusto en contacto con ese brazo. Vimos la película así, con los brazos juntos, aunque quizá él ni siquiera se diera cuenta. Quisiera haber visto a quien pertenecía, su cara, pero de reojo sólo pude descubrir que era un hombre mayor que yo, y que usaba gafas. Si yo hubiera sido invisible hubiera girado la cabeza directamente para mirarle, pero sobre todo me hubiera gustado comprobar si con la mujer que tenía a su otro costado, hacía lo mismo.

Delia Aguiar

 

 

venganza

Hace tres años que me quedé viuda, pero apenas echo de menos a mi marido. Obsesionado por el trabajo y el dinero nunca tenía tiempo de escucharme. Aún así, voy todos los domingos al cementerio. Me gusta hacerlo por la tarde, cuando casi no hay gente, y me pongo las braguitas rojas que le volvían loco y me hecho unas gotas de su perfume tan caro que nunca prestaba al niño. Le dejo las flores y me siento en la tumba de al lado, que es de un señor llamado Alfonso Crespo Urbina, que murió en 1999, y le cuento todos mis problemas como si mi marido fuera invisible.

Delia Aguiar

 

 

la mujer canguro

Entró con prisa. Todo quería verlo, todo quería tocarlo. Preguntaba precios, se probaba prendas, encendía luces, giraba velas. Cuando aquella mujer salía por fin de la tienda, la vi como a un canguro que caminase a saltos, e imaginé que en cada uno de ellos golpeaba la fila de lámparas del techo con la cabeza y las iba explotando una por una como si fueran globos.

Delia Aguiar

 

 

UNA SOLUCIÓN

¿Has sentido que se tambalean tus orígenes? ¿Has querido escuchar alguna vez tus murmullos de la infancia pero tus padres nunca los grabaron? Si es así, sigue estas instrucciones para regresar momentáneamente a tu pasado:

1. No comas nada en todo el día.
2. Al atardecer, llena la bañera de agua tibia.
3. Sumerge tu cuerpo en ella a excepción de la nariz, que dejarás fuera para evitar asfixias.
4. Espera a que tus tripas comiencen a sonar.
5. Escúchate a los pocos meses de haber nacido.

Delia Aguiar

 

 

MAMÁ

Nunca he creído del todo que yo sea una mamá. Cuando me miro al espejo no acierto a encontrar los rasgos en mí, suponiendo que los hubiera, que definan esta condición. Por ejemplo, siempre tuve la idea de que una madre tenía que ser alguien más grueso, como mi propia madre, cuyo pecho rebosara en volumen para que los hijos hundieran su rostro en él cuando llegaran del colegio, emocionados, a contar sus aventuras. Un pecho con más historia. Tampoco me veo un rostro de madre, me faltan ojeras y esa es la prueba de fuego; la mía las tiene aunque ya todos seamos mayores como si fuera el precio que tuvo que pagar por habernos traído. De pequeña solía mirarla mientras se limpiaba los ojos del maquillaje por la noche, nunca cerraba la puerta del baño para eso, y se pasaba un disco de algodón con crema que barría el producto y las ojeras emergían de nuevo, porque aunque las cubriera yo sabía que siempre permanecían debajo; tengo la impresión de que todas las madres hacen esto por las noches.

El otro día, haciendo la compra, sufrí un impulso extraño en la parte de perfumería y me vi echando al carro una bolsa de estos algodones. Era alargada y tenía en el borde un cordón fino y rosado que servía para abrirla y cerrarla, aunque no deparé en esto hasta llegar a casa y ordenar cada cosa en su sitio. En el baño probé varias veces el mecanismo, la cuerda iba por dentro de una costura en el plástico y sólo había que tirar de los bordes para cerrarla y meter los dedos para abrirla. Así de fácil. Los algodones eran bonitos, tenían algo parecido a un panal grabado en su superficie. No los he usado todavía porque no me maquillo, pero ahí están. Me hubiera gustado que ser una madre hubiera sido así de fácil, como abrir y cerrar una bolsa de algodones.

Delia Aguiar

 

 

NOSTALGIA

Adán y Eva, una vez probada la fruta prohibida, corrieron a esconderse entre los arbustos por el repentino pudor que les producía su desnudez. Algo había cambiado y allí, en compañía de algunos animales que Dios les había regalado, y atenazado Adán por el miedo y la culpa que produce el desacato de las normas, le dijo a Eva: "La nostalgia es como las patas de aquel murciélago, aquellas que quedaron suspendidas en la rama antes de que su dueño saliera volando sin ellas". Y Eva, confundida por la repentina embriaguez de sus palabras, le besó con inocencia para sentir a Dios en su boca, antes de que este llegara para castigarles a trabajar con el sudor de su frente, y patas y murciélago volvieran a ser uno solo.

Delia Aguiar

 

 

LLAVES

La red de un pescador estaba construida con huecos de cerraduras, y los peces que quedaban atrapados, espiaban a través de ellos, cómo se despojaban las sirenas de su vestido de escamas. Morían, embelesados, cuando la superficie del barco hacía la función de dedo.

Delia Aguiar

 

 

EL BANQUETE DE MI VIDA

Me había preparado el mejor banquete de mi vida. La comida copiosa me daba cierta tranquilidad, como si el hambre del mundo se solucionara entre aquellos apetitosos bocados. Yo no recuerdo si era mi cumpleaños, pero Jaime no me quitaba el ojo de encima. De vez en cuando levantaba la vista del plato y le correspondía la mirada por unos segundos, pero en nada afectaba ese gesto a mi voraz apetito. Cuando vi que arrancaba el coche y me invitaba a subir, tarde unos segundos en decidirme; pero creí conveniente aceptar antes de que mi estómago reventara.

Por la carretera el silencio me hacía fijarme en los árboles, que pasaban como un recuerdo mal encajado, pero un repentino frenazo me impulsó hacia delante, casi hasta el mismo borde del cristal delantero. La puerta que se abrió dejaba entrar un viento muy frío y me hizo cerrar los ojos. En menos de dos segundos estaba fuera del vehículo, en el suelo, mirando como Jaime cerraba la puerta y arrancaba sin más. Corrí tras él a velocidad ingente, con una desesperación que me angustiaba pero a la vez me daba fuerzas, aunque él se fuera convirtiendo cada vez más rápido en un punto del infinito mezclado entre las montañas de la serranía. El impacto con un camión de frente me hizo verlo todo rojo, creo que hasta vomitaba sangre, y entre la conciencia y la inconsciencia que se disputaban mis huesos troceados sobre el asfalto, pude vislumbrar una sombra de lo que fui, mi cuerpo borroso de nuevo en pie, corriendo veloz contra el viento en busca de la felicidad y mi amo. Porque los perros somos fieles hasta en la muerte

Delia Aguiar

 

 

UNA CUESTIÓN DE TRANQULIDAD

Yo no sé si será tu caso, Juanjo, pero hay muchos autores que detestan firmar ejemplares en la Feria del Libro. Lo que no saben esos autores es que muchas veces para el lector la firma es lo de menos. Conocer a la persona que ha hecho volar tu imaginación, reflexionar, llorar etc. Es como para un paciente ver su caries una vez extraída la muela, o mirar en frasco de vidrio el tumor una vez extirpado que le producía molestias. No se trata de curiosidad, sino más bien de tranquilidad.

Delia Aguiar

 

 

VER O NO VER

Todos somos invisibles cuando hablamos con alguien a través del telefonillo electrónico de los portales, antes de subir o bajar la escalera. Ser invisible en esta circunstancia, tiene su lado bueno y su lado malo. Una amiga me contó que una vez, cuando salió de casa por una discusión con su marido, caminó aburrida mirando los portales cercanos al suyo

Parece que la tecnología en cuestión de timbres había avanzado mucho por esa zona, y encontró un modelo que incluía una pantalla pequeña para observar al posible intruso desde arriba. No se creía que aquello funcionara, así que decidió probarlo apretando uno de los botones. Enseguida contestó una voz de hombre, "¿Qué desea?, y aunque ella se quedó un poco bloqueada, no había olvidado su objetivo. "¿Me estás viendo?" Le preguntó enseguida. "Claro, ¿para qué crees que está la pantalla?" Cuando iba a dar media vuelta para marcharse, el hombre dijo: "Cristina, ¿eres tú? Lo siento, tenemos que hablar", Mi amiga se llama Ana, así que salió corriendo a su portal y tocó su propio timbre, el 4ºC, que es de lo más modesto y por supuesto no tiene pantalla. Su marido descolgó enseguida y sin pensarlo, sin haberla visto ni oído, repitió exactamente la última frase que había dicho aquel desconocido de un portal cercano.

Delia Aguiar

 

 

RADIOMÓVIL

El otro viernes hablamos por teléfono, Juanjo, aunque tú no te dieras cuenta. Yo salía del metro y el programa de la Ventana había empezado ya. Sólo llevaba una radio pequeña en el bolso y me había olvidado los cascos en casa. Me la acerqué al oído, como los viejillos con el fútbol, y la tapé con el pelo para que pareciera un móvil. Como me miraban raro, a cada momento decía "ya, claro" "si, por supuesto", y tú parecías responderme desde el otro lado.

Luego he pensado que los móviles, a veces, también son como las radios, sobre todo cuando me llama Diego y yo no tengo ganas de discutir.

Delia Aguiar

 

 

SOSPECHA

Que yo sea una mosca a la que hayan dejado sin patas, con las alas torcidas y hechas jirones; que emita un sonido indigno desde mi caja de cerillas, sujeta al comentario y la crítica de los adultos con un alfiler clavado en abdomen, no creo que sea sólo cosa de niños.

Delia Aguiar

 

 

MADRE-HIJA-NIETA

Hace un par de días mi hija vomitó por la noche, sobre la cama. Supongo que le había sentado mal la cena, y al día siguiente, aunque ya estaba bien, no la llevé al colegio. A media mañana llamó mi madre, y se lo conté. Me dijo que vendría esa misma tarde a visitarnos.

Así fue. A las cuatro en punto apareció en la puerta con un regalo para la niña, un video con DVD para que se entretuviera viendo películas infantiles. Me quedé un poco perpleja, pero se lo agradecí de todos modos. Es que no lo entiendo. Cuando yo era pequeña y me ponía mala, a duras penas me traía un par de cuentos.

Delia Aguiar

 

 

UNA MUERTE INVISIBLE

La persona que muere cuando uno está lejos, en realidad no muere, sólo se vuelve invisible. Yo lo sé por mi padre.

Estaba en un país muy lejano cuando me llamaron por teléfono con la noticia: papá había muerto. No podía creerlo. En mi último recuerdo él agitaba la mano y sonreía frente al control policial de Barajas. Como no llegué al entierro, cuando volví todo parecía ser igual, pero él no estaba. Para mí no había muerto, sólo se había vuelto invisible.

Delia Aguiar