LO QUE QUEDA

Desde hace un par de días parpadea una luz roja en la impresora. Según el libro de instrucciones debo cambiar ya el cartucho de tinta negra, porque el chivato indica que se ha agotado. Pero es mentira: puedo seguir imprimiendo mis cosas durante un par de semanas más, o quizá tres, sin ningún problema. De modo que no voy a hacer caso al fabricante y lo cambiaré sólo cuando haya signos evidentes de que es necesario. No se trata únicamente de una cuestión de ahorro en este caso. Tengo la extraña certeza de que, si conservo esta costumbre, un día lograré escribir algo realmente bueno, y, entonces, la tinta de uno de esos cartuchos desahuciados será la que lo lleve al papel. No sé, tal vez paso demasiado tiempo solo.

Dombodán

 

 

PALIZA

Cualquier aficionado conoce el fundamento del sonido estéreo, pero nadie hasta ahora había sido capaz de relacionarlo con algunas enfermedades –digámoslo así- especialmente delicadas. Nosotros lo hemos conseguido...

Como es sabido, para escuchar música en estéreo adecuadamente debemos situar nuestra cabeza en un punto tal que forme un imaginario triángulo equilátero con los dos altavoces; es decir, debe hallarse un lugar en el cual, al recibir el sonido, el cerebro experimente la alucinación adecuada, que dará como resultado la percepción de que la música surge, principalmente, de un lugar imposible situado frente a nuestra nariz. El más ligero error de posicionamiento eliminaría el efecto perseguido, que no es otro que el engaño auditivo. Es así como funciona. Hay luego otros sonidos menores que sí localizamos en la dirección de la fuente original, pero no son los fundamentales.

Y, ahora, la pregunta : ¿podría ser también la realidad un espejismo? Creemos que sí. Avancemos. Siguiendo el modelo explicado, ésta –la realidad- sería el fruto de una intersección entre dos proyecciones que originarían una ilusión. Puede aventurarse, por ir un poco más allá, que las informaciones que conforman nuestras vidas se alimentan así de dos procedencias equidistantes -llamémosles pasado y futuro. ¿Se dan cuenta? Igual que la recepción del sonido en una posición inadecuada anula el efecto estéreo, una sobredosis de cualquiera de los dos componentes antedichos originaría una percepción de la realidad distorsionada. Se intuye todo un campo científico apenas estrenado. ¡Eureka! Saldremos de aquí algún día.

Dombodán

 

 

MOTIVOS

Sobre el escritorio, la pequeña esfera de acero, suspendida por un fino hilo metálico, baja describiendo un arco que rematará justo en la vertical, cuando golpee a la más próxima de sus cuatro inmóviles compañeras. Un instante después, en el otro extremo de la ciudad, un hombre salta al vacío sin explicación aparente.

Dombodán

 

 

CORDURA

Mi padre trabajaba de lunes a viernes en un psiquiátrico, y los sábados y domingos tallaba de encargo pequeñas piezas de madera en el taller casero. Recuerdo sobre todo las máscaras.

En una caja de cartón le enviaban una pieza ya rematada y veinte o treinta tacos que debía convertir en clones del modelo. Elegía las gubias adecuadas sin titubeos y comenzaba ayudándose de una maza que abandonaba enseguida para continuar golpeando con la palma de la mano. Cuando yo la creía finalizada, aún repasaba él la talla usando las cuchillas más finas y peligrosas, con las que un desliz se convertía en tragedia. Pero nunca lo vi cometer un error y, aunque se limitaba a copiar, yo lo consideraba un verdadero artista.

El taller es ahora un garaje, y mi padre se jubiló hace tiempo. Me he ido dando cuenta de que apenas habla de su antigua ocupación de fin de semana. Sin embargo, a menudo recuerda anécdotas del otro trabajo, que incluyen nombres y apellidos de enfermos -los malos ratos cuando se fugaban durante la noche y debía salir a buscarlos, cosas así. Yo prefiero, sin embargo, aferrarme a las máscaras.

Dombodán

 

 

AMADEUS

Me duermo unido a una pequeña radio por el cordón de sus auriculares. Con frecuencia, en medio del sueño, la oigo todavía encendida y debo buscar a tientas entre las sábanas para desconectarla. Esta noche, cuando desperté, me pareció que sonaba una pieza de Mozart. Seguí el cable desde la oreja derecha, pero al llegar al extremo, en lugar del receptor, mis dedos sólo encontraron la clavija desnuda; un milisegundo después cesó la melodía. Me sobresalté tanto que tuve que levantarme. En la sala, mientras fumaba un cigarro, descubrí que había reconocido la música, y el malestar se hizo entonces insoportable: era el Réquiem.

Dombodán