morriña

Llevé mi hija a un campamento de verano. No pueden llevar móvil, no pueden recibir visitas de los padres, sólo puede hablarse con ellos a determinadas horas en que el teléfono comunica. ¿Llevé a mi hija a un campamento?

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

larga cola larga

¿Se han dado cuenta de que las colas de gente no están formadas por gente? Fíjense la próxima vez. La gente se va, la cola no.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

poema cargado de futuro

Sé. Creta. Mente. Acaba. Ron. Contó. Dáslas. Guer. Ras.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

de pie

Me disfracé de pie y no pude sentarme.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

trino


Me regalaron tres disfraces hace años. Los uso mucho, no vayan a creer. Al primero le llamo ELLO. Es un disfraz chillón, impermeable e ignífugo. Me lo suelo poner en reuniones de la comunidad, para ir en coche, al fútbol. Parecido a un chubasquero, me protege de salpicaduras, de rigores externos y extremos. El segundo es mi disfraz de YO. Resistente al uso, transpirable y cómodo. Es casi mi uniforme de trabajo. Me lo pongo todos los días. El tercero es elegante, fino, con clase. SUPERYÓ gusto llamarlo. Asemeja una toga de juez, sobria pero imponente. Lo uso en bodas, bautizos, comuniones, cenas de negocios, en mesas electorales, para pedir préstamos. Pese al uso intensivo que hago de los tres, están en muy buenas condiciones. Ya me lo dijo mi padre al regalármelos. "Hijo, mímalos que te han de durar". ¿O fue mi madre?

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

precio del disfraz

Con la más cara, logró el menos precio.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

¿quién se mueve?

No son almas en pena, ni fantasmas vagando, son ámbulos.

Francisco Manuel Aguado Blanco


 

lección de colegio

Entonces no sabíamos que se llamaba encubrir. En los interminables estudios del colegio, Luis se entretenía en hacer con un espejo reflejos en el techo. ¿Han visto alguna vez un gato intentar pillar un reflejo en una pared? Pues los cincuenta igual, girando todos la cabeza a la vez, siguiendo aquel punto juguetón. De repente, el tutor de estudios, se levantó como un rayo de la silla, levantó a Pedro y le dio cuatro sonoras bofetadas en la cara que hicieron saltar las gafas. Nadie dijo nada, ni Pedro. Luis no volvió a hacer reflejos ni a ser tan popular. No, entonces no sabíamos que se llamaba encubrir, pero aprendimos lo que era dar la cara por otro.

Francisco Manuel Aguado Blanco

   


la fresquera


Tienen fresco el recuerdo de las fresqueras? Eran muebles o lugares de la casa adaptados para conservar frescos algunos alimentos. En concreto, el de mi casa, era un armario exterior de obra, pequeño, hecho en la fachada. Disponía de dos agujeros en forma rectangular para mantenerlo aireado. Por uno de esos agujeros debió entrar. Cada vez que yo, todavía niño, asaltaba a escondidas a la hora de la merienda aquellos lugares sagrados repletos de jamones, chorizos, chocolate y demás tesoros irresistibles, él estaba por allí. Oía su sonido. Indefinible porque cada día era distinto. No sabía qué podía ser, pero al abrir las hojas de madera blanca hacia mí, se acomodaba en algún hueco donde observar sin ser observado. Al principio yo cogía la comida con rapidez, temiendo el mordisco de alguna criatura fantástica en mi brazo. Luego ya no; simplemente saludaba con voz queda, cogía un trozo de lo que sería mi merienda furtiva, esparcía un poco por el suelo como tributo y cerraba las puertas. Nunca dije nada por temor a que mi madre, tirase todo aquel paraíso por una sospecha, ya que estaba seguro de que si retiraba la comida para buscar a mi amigo, iría cambiando posiciones hasta esconderse detrás de la última lata y desaparecer; pero la simple sospecha de comida contaminada, sería razón bastante para mi madre, tardando poco en eliminarla. Él también sabía guardar el secreto de mis batidas entre comidas. Crecí con salud e imagino que él también. Un día cambiamos de casa. Después de desaparecer calle abajo el último camión de la mudanza, abrí la fresquera. No había nada ni nadie. Cerré las puertas de la fresquera y volví a escuchar el ruido. Puede que estuviese allí de nuevo, que se hubiese colado por los agujeros en un instante; o que el ruido lo hiciesen las puertas al abrir y cerrar. No me quedé a averiguarlo. Hace poco se lo comenté a mi madre. Me dijo que también oía ese ruido que siempre identificó con mis razias a la fresquera y nunca le preocupó al asociarlo a mí, porque me confirmó que sólo ocurría al abrir yo las puertecitas blancas. Entonces los años se medían en sesentas. Hoy habito en un piso más confortable, pero al saquear la nevera en alguna incursión nocturna, medio dormido, todavía creo oír algo más que el sonido de mis hambrientas tripas.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

no muela la ilusión


Mi muela se mueve. Sólo con tocarla con la punta de la lengua, noto como se desplaza hacia un lado. Apunto con la punta hacia el contrario y logro mantenerla derecha. Decido no jugar más con ella y voy a ver al dentista. Soy testigo de la llamada "sanación milagrosa" que ocurre en la sala de espera de estos profesionales. Recuerda a la no menos milagrosa desaparición de ruidos sospechosos en los coches, en presencia de un mecánico. El odontólogo en cuestión me dice que la muela está sana y asentada, mientras con la boca abierta oigo asustado la teoría de este señor fundamentada en que sería mejor extraer a todos la dentadura a temprana edad y vivir con dientes postizos. Mientras me coloco la chaqueta, saliendo a escape, alcanzo a oírle decir que pida hora para una limpieza de boca a la enfermera. Pues yo sigo notando que se mueve. Al empujar con fuerza con la lengua, esta vez cede, noto que algo sale de su interior, volviendo a su posición. Escupo un ratoncito Pérez que se va riendo por el pasillo a toda velocidad. Pienso si sería un diente de leche pendiente de deceso. Pero no, creo que era una ilusión infantil cubierta con una muela vieja. De todas maneras, esta noche miraré bajo la almohada, por si del pasillo pasó a mi cama. El caso es que, parece que esta de aquí... también se mueve. ¿A ver?

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

penitencia de cartón

Si existe el diablo en pequeño, era aquel compañero nuestro. Todo lo prohibido, era para él de obligado cumplimiento. Una mañana le pescaron fumando en el patio del colegio y como penitencia, aparte de los consabidos padrenuestros y avemarías, le obligaron a comprar cinco cartones de Jean y otros cinco de Ducados, que donaría "voluntariamente" a un asilo de la provincia, todo ello con la "motivación" añadida de una amenaza de expulsión. A las pocas semanas, el padre José, antes de finalizar el estudio de la mañana, hizo levantarse al donante y leyó la carta de agradecimiento del asilo, felicitando efusivamente a una persona de tan noble corazón, que había tenido un hueco en sus obligaciones escolares, para acordarse de los ancianos. Después de reírnos un montón, comenzamos a mirarle con otros ojos.

Francisco Manuel Aguado Blanco


divina penitencia

Dios creó al hombre y todavía lo está pagando.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 


respuesta divina

Para compensar, creó el colesterol en menos de siete días.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

a pecado pasado

¿La penitencia acompaña al pecado pasado, como la pestilencia al pescado pasado?

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

pares y nones

Cuando en la hora de estudio entraba el profesor y nos encontraba a todos hablando, decía: "los pares se quedan una hora más". No era un castigo injusto por tres razones: primera, los pares hablábamos más que los impares; segunda, otro día decía que los que se quedaban, eran los impares; tercera ante las sonoras protestas, siempre acababa diciendo, que nos quedábamos todos una hora más.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

calle familiar

Mi calle es muy familiar. Todos sus números son primos.

Francisco Manuel Aguado Blanco


plaza tomada


Me asomo a la ventana con el primer cigarro. Dos chicos y una chica sentados en un banco de la plaza. Uno se levanta y se dirige a una cabina telefónica que ayer no estaba. Un barrendero riega con la manguera al sol. Caliento café en la cocina cuando oigo una sirena y chirriar de frenos. Salgo al balcón. De un coche de policía bajan dos agentes pistola en mano y apuntan a uno de los chicos que antes veía sentado, esta vez saliendo por la puerta del banco que hasta ayer era un local vacío. Mientras le dan el alto parapetados en las puertas del coche patrulla, el joven conmina a salir a sus compañeros: "¡Deprisa, deprisa!". Tiroteo. Los atracadores se suben a un coche y salen golpeándose con otros dos aparcados. Una señora con un carro de compra, intenta cruzar por medio sin darse cuenta de lo que pasa, mientras alguien interrumpe su camino con el brazo extendido. "¡Corten! ¿Entró en plano la señora?". La voz procedía de una zona bajo mi balcón. Empinado pude reconocer a Carlos Saura con unas gafas de cuyas patillas pendían dos cordones. "No llegó a salir; todo correcto", dijo alguien agachado en un monitor casi a ras de suelo con el pulgar hacia arriba, mientras policías y ladrones se felicitaban mutuamente y el barrendero cortaba el agua con una T enorme. No es lo más raro que puede pasar en una plaza. Quienes vivan cerca de una lo sabrán. Alguien llevó a aliviar a un jaguar; con correa, eso sí. De ahí para arriba.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

MISTERIOS


Decían mis amigos cuando íbamos a jugar al descampado cercano, que en la calle Misterios habían matado a una mujer de quince puñaladas, por lo que al pasar por aquella paralela a la mía, se me erizaba el vello. Con el tiempo se acaba entendiendo todo. La calle se llamaba Misterios, debido a la influencia de la iglesia cercana, así que tendría que ver más con los de la Santísima Trinidad o los del rosario, que con la aparición de mujeres apuñaladas. Lo que nunca entendí ni entiendo es la manía de contar las puñaladas.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 


GENIO DE LA NEVERA (tema: si yo fuera invisible)

Al abrir la nevera, me cegó una luz. Creí que algo se había fundido. Pero era una persona que salía de un bote de mostaza. Un tipo con unas melenas infames y oliendo raro, ni carne ni pescado, sino todo a la vez; grueso como él solo. Con una perilla ridícula y cadenas doradas en su torso peludo, entre las aberturas de un chaleco de cuero rojo. Un auténtico hortera. Con voz aguardentosa, se presentó como el genio de la nevera, con opción a concederme tres deseos. Yo pensé en una salmonelosis de tamaño industrial, culpa de la mayonesa de la cena. Pero ya metidos en harina, le pedí los tres. Primero le pedí un buen empleo. Se extrañó. Pero decidido se acercó y me zarandeó sin piedad. Le dije de todo. Pero él había entendido meneo y por tanto agotado el primer deseo. El segundo solicité que no fuese tan sordo, así me aseguraría el tercero, pero en vez de ello comenzó a adelgazar. Definitivamente este hombre no estaba bien, pero apuré hasta el tercero antes de enfadarme por completo. Le pedí ser invencible del todo. Y vean.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 


TINTA, TINTO, TONTO


Ya sé, entiendo todo al revés. Cuando me dijeron que el limón y la clara de huevo son un buen desengrasante, me metí en una bañera con mucho zumo y muchos huevos para equilibrar mi piel. Pero me volví invisible. Me dijeron que había reproducido en mi cuerpo la ancestral fórmula de la tinta simpática. El remedio de acercarme una cerilla no era de mi agrado, y preguntando por una alternativa menos fogosa, me recomendaron embadurnarme con un pincel mojado en vino; tinto, claro. El tinto ya lo domino por fuera y por dentro. No sé si soy mucho más visible, pero más simpático sí me veo.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

PAPÁ, NO CORRAS

¿De qué hablar con tu jefe en su coche? Todo era idear una conversación adecuada. Silencio incómodo. En el salpicadero de aquel nuevo modelo de gama alta, lucía un porta-fotos familiar con la leyenda "papá, no corras". Me pareció haber dado con la chispa que encendería una simpática conversación. En efecto, tengo una amiga de juventud, Lucía, que mantiene desde hace años en el salpicadero de su coche la misma reliquia. Me chocó por tres motivos: que existiesen todavía; que pusiese mamá en vez de papá, no era lo corriente; y que faltase una foto. Me dijo que siempre quiso tener una familia; ahora la tenía y se sentía orgullosa. La foto que faltaba, me aclaró, era la del responsable de haberlo logrado: su padre, que con ausencias permanentes y presencias insoportables, junto con el desprecio hacia ella en favor de su hermano, hizo de su infancia y juventud una lucha continua por creer en una familia de la que carecía y en sus soledades inventaba. Al abrazar la mayoría de edad, ejerció su derecho constitucional y cambió el orden de sus apellidos. Iba a intentar contar sin detalles dramáticos esta historia al Sr. Gómez, cuando vi que faltaba una foto, recordé que Lucía se llamaba Gómez de segundo apellido y que una de las fotos, de un chico, tenía sus mismos rasgos. Abrió él la conversación: "¿Sabe? Es usted el primero que no comenta nada de esas fotos. En realidad es usted el primero que se sube a este coche y no dice nada. Y se lo agradezco."

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 


DURA LEX, SED LEX


De ser un lujo, pasó a ser algo trasnochado y un punto vulgar. Hablo de los platos de Duralex. Unos platos de cristal transparente pero durísimos, no se rompían y si lo hacían estallaban en mil pedazos que nunca terminabas de recoger de los rincones o bajo los muebles. Su contenido se mostraba sin tapujos y así los fideos podías verlos por arriba o, levantando el plato, por abajo. Su borde con un relieve parecido a las puntas de una margarita siempre lograban recoger las gotas viajeras entre la cuchara y la boca casi de milagro y antes de que decorasen el mantel. Hoy puede parecer una bobada, pero la gente viajaba a Francia o Andorra sólo para hacerse con una de estas vajillas y poder enseñarlas a familiares, amigos y vecinos. Cuando me mandaban rebañar el plato, sabía que tenía que verse el mantel a través de él. Con los años la modernizaron e hicieron de colores verde, caramelo y roja, perdiendo su borde de margarita. No fue lo mismo. Yo me alimenté en una de ellas. Quizá por eso a veces yo también me siento un poco así: un lujo pasado, trasnochado y algo vulgar; duro pero puedo romperme en mil pedazos difíciles de encontrar; se ve todo lo que contengo; recojo las gotas que me alimentan de casualidad y al borde; si me rebaño en exceso o lo hacen los demás, acabo transparente del todo, invisible diría yo. La Ley es dura, pero es ley.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

ENTRE MAYORES

Con facilidad pasaba de niño a ropa tendida.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 


DEJARSE LA PIEL


Me quité los pantalones, la chaqueta, la corbata y la camisa. Colgado en la percha, vi cómo cerraba el armario y se iba.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 


INJUSTICIA

Me metamorfoseé en un hombre justo y me devolvieron el cambio.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 


JARDÍN JUNTO AL MAR


En mi jardín tengo un pequeño trozo sin plantar. Fue una cesión a los gatos libres del lugar que estaban allí antes que yo. Tendrían su hueco. Arranco las malas hierbas que crecen. Cada temporada resultan ser más resistentes a tirones, quedando el tallo en mis manos y la raíz firme en tierra. Los pequeños insectos que lo habitan, pareciendo los mismos, varían de un año a otro. Los gatos antes temerosos y desconfiados, ahora ya no lo son tanto y entornan los ojos cuando les hablo, observando con curiosidad como trabajo el pequeño cuadrado e intentando atrapar el rastrillo al que deben confundir con una garra gigante. Ese pequeño trozo de abandonada apariencia, está tan vivo por fuera como por dentro. Adivino que las tuberías que lo cruzan y sus deshechos con cucarachas son cuevas fantásticas y transparentes ríos subterráneos que llevan al mar. A la mitad superior, le llamo Jardín de Darwin; a la inferior, Jardín de Kafka; y al mar, Mar.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

vida y color

De aquella colección de cromos, el más difícil de ganar era el del esqueleto humano. Y el que lo tenía no quería desprenderse de él.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

CUMBRE

Se gana en menos formas que se pierde.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

MEJORA

Heredé un rictus que me costó convertir en rasgo.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

OPUS 636

"Nadie puede dar o recibir por vía de donación más de lo que pueda dar o recibir por testamento". Me dejó fascinado este artículo capicúa del Código Civil. Más por su ritmo que por su significado.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

DIVISIÓN IMPOSIBLE

Había que liquidar la casa con rapidez; era alquilada y nosotros debíamos viajar de vuelta a nuestros respectivos lugares, llorando el duelo en cada punta de España. Cada uno elegía algo y consultaba al resto que daba su conformidad. Siempre fue así, lo que uno quería al otro no le gustaba; era como juntar dos mazos de cartas en una sola baraja. Una sola cosa llamó la atención de todos: el mantel de hule de la mesa camilla: el sempiterno mapa de España. Allí comíamos, se dilataban las tertulias de sobremesa, matábamos moscas y aprendimos de donde eran en realidad Oropesa, Alburquerque, la antigua Lucentum o Valencia de Alcántara. A todos nos fascinaba. Y observamos que podía ser dividido en tantas partes como hermanos éramos y cada uno llevarse la porción de la zona en que el destino le había puesto su casa. Buscamos unas tijeras que no encontramos, hasta caer en la cuenta de que nunca hubo tijeras por culpa de una hemofilia heredada.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

CLAC, CLAC, PUÑETERAS BOLAS

Juego de dos bolas en madera o plástico fuerte que, unidas por cordeles, convergen en una anilla equidistante de ellas, sostenida entre el pulgar e índice con la mano cerrada El juego consiste en hacer pendular las dos bolas hasta su choque en la vertical superior e inferior de manera alternativa y repetida sin dañarse la muñeca o el antebrazo.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

CUADRANDO CÍRCULOS

No era normal que todas las clases tuvieran útiles de dibujo en pizarra. Una sola, era la que solía contar con compás para tiza, escuadra, porta-ángulos y cartabón. Pero aunque coincidiese en ser esa su clase, nuestro profesor de Matemáticas explicaba la Trigonometría realizando los círculos a mano. Comenzaba fijando la ubicación del centro, mojando el dedo con saliva. Apoyaba el codo en esta marca húmeda y utilizando antebrazo y mano como radio, dibujaba con la tiza de un solo trazo rápido y firme, un círculo casi completo. El trazo que faltaba, lo añadía con un movimiento ligero de muñeca. El resultado era de una perfección magnífica. Todos quedábamos durante unos instantes embelesados, contemplando aquel círculo virginal y perfecto, antes de cargarse de cuadrantes, ángulos, curvas, senos y acabar salidos por la tangente.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

POR EL MONTE LAS SARDINAS

El Tribunal Supremo ratifica una sentencia anterior, por la que se obliga al Estado al pago de un salario mensual a las amas de casa, de diez euros al mes por metro cuadrado de vivienda, con coeficiente reductor para más de ciento cincuenta metros cuadrados y otros diez euros por cada hijo o persona a cargo, junto con las cuotas de la Seguridad Social correspondientes.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 


ama la casa

Con el velo de novia, limpió las huellas de dedos del cristal de la limusina.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

UN ÁNGEL, TRES AUSENCIAS

Vivimos en la misma ciudad, estudiamos en el mismo colegio, hicimos la misma carrera y trabajamos en la misma empresa, jubilándonos anticipadamente al mismo tiempo. Ahora nos reunimos en el bar, porque vivimos en el mismo barrio. Al principio nos reíamos entre cafés o cervezas, como si en realidad nosotros hubiésemos jubilado a la empresa. Ahora, no es que haya cambiado mucho la situación, pero de vez en cuando, se hace un silencio parecido al que planeaba sobre nosotros en el colegio, en la antesala del despacho del director.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

TRABAJO DIFERENTE

Un día salí a trabajar e iba con ganas; estaba deseando llegar. Cuando lo hice, todos me sonrían con amabilidad; me ayudaban en lo que no entendía y con lo que no podía; me invitaban al café de mitad de la mañana; me saludaban con cortesía; todo el trabajo que hacía me interesaba. Fui llamado por dirección, para felicitarme por trabajar en la empresa. Alguna compañera me miró con ternura y muchos compañeros me ofrecieron su amistad incondicional. Me dieron plaza de aparcamiento y maletín nuevo de cuero. ¿Les estoy contando una utopía? No. Les hablo de mi primer día.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

AQUELLOS LODOS

Nací polvoriento. Pelo, cara, todo el cuerpo lleno de polvo blanco tirando a gris ceniza. Fui recordado por el personal de la maternidad durante bastante tiempo. Hay quien tiene una película grasienta en su piel; yo la tengo de polvo blanquecino. A veces, me confunden con un quietista de la calle y me tiran monedas que no rechazo por no hacer un feo. En el colegio me apodaban "el Cenizo", "el Cenicero", "el Polvos", "el Talcos" y un sinfín de ocurrentes motes. La crueldad alcanzaba su apogeo un miércoles concreto al año. Yo estaba excusado de la imposición, pero no me salvaba de escuchar: "Polvo eres..." Me acostumbré a soportar las mismas bromas y a ser diferente. ¿Qué otra cosa podía hacer? Llorar no. Lágrimas y polvo formaban una pasta que producía más hilaridad entre mis compañeros.

El hecho tiene una explicación biológica que no me apetece contar; lo he hecho tantas veces... Sólo diré que para mí espolvorear, es como para los demás sudar.

No tuve problemas para encontrar trabajo en una fábrica de harina. Era el único que llevaba uniforme de color. Dado que allí pasaba desapercibida mi peculiaridad, el uniforme fue el motivo de discordia. Creyeron que quería diferenciarme de mis compañeros, cuando lo que quería era simplemente ser visible.

Trabajé en una fábrica de cemento. Un día me llamó el jefe de personal y me dijo que de los laboratorios le habían remitido un "microanálisis de calidad en la producción". En la muestra que estudiaron se apreciaban, junto a la composición normal del cemento, micro-partículas de polvo que respondían a mi composición ribonucleica. Lo único que entendí fue la carta de despido.

Como buzo del puerto me fue muy bien, hasta que ciertos peces comprendieron que el polvo en suspensión que me rodeaba, era tan exquisito como el mejor plancton marino. Aunque en aquel puerto el surtido de peces era escaso, sí era molesto y renuncié.

Harto, decidí que el polvo cuanto más lejos mejor y trabajé: como probador en una fábrica de aspiradores; monitor de natación en una piscina municipal y de windsurf en Tarifa; mantenedor de una central de energía eólica en plena Mancha... ¡Qué sé yo en cuántos sitios! Precisamente en este último, al hacerme la ficha médica de ingreso y con los resultados de mi análisis en la mano, el doctor me preguntó si había tenido ciertos padecimientos que me detalló. Al negarle todos los de una lista interminable, me dijo con voz queda y mirando a todas partes con prevención, que mi polvo podía resultar milagroso para la cura de un amplio espectro de enfermedades.

Al cabo de un año, tras confirmarse las sospechas del doctor, firmé con unos laboratorios de capital extranjero una exclusiva de larga duración como si fuese la patente de un fármaco. Por tanto, durante mis próximos cien años y según términos contractuales: "cederé bajo precio la producción íntegra diaria de mi polvo blanco en beneficio de la salud mundial -y de la cuenta de resultados de la multinacional, añado- para lo cual se me practicará el conocido por "ordeño diario", pudiendo quedarme un tres por ciento del mismo para consumo propio."

Y no me quejo. El problema es que sólo logro la máxima producción cuando escribo; en eso tuve buena suerte. Lo malo es que ganar concursos me dispara los niveles hasta los seis "ordeños" diarios del mayor y mejor polvo posible.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

O DE ORIGEN

Para mí el origen es el ombligo. Cuando pregunté qué era el ombligo, así me lo dijeron: es la cicatriz de tu origen. Y no me extrañó pues tenía forma de O, aunque todas las que conocía se cerraban y tenían forma de I. Con el tiempo asocié la O a cosas que se daban por misteriosas o negativas: Oscuridad, obcecación, ósculo, óbito, orden, oposición, ombligo...Me gustaba observar que no había dos iguales. Tantos como orígenes. Una chica me dijo una vez que no le mirase tanto el ombligo y le hiciese el amor. Pero se lo miré después. Cuando nació mi hijo, lo hizo con una O preciosa, a mi mujer le dejó una U enorme, y yo dejé de mirarme tanto el ombligo.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

 

ATASCO DE MIL PARES DE AMORES

Era una tarde de domingo y la caravana de vuelta a la gran ciudad, parecía no tener fin. El carrusel deportivo radiofónico escupía en el coche sus saltos de campo a campo del país, ofreciendo el estado de goles como si se tratase de averiguar el número de guarniciones fieles y sublevadas. El padre fumaba y escuchaba; arrancaba y frenaba; embragaba y desembragaba; tiraba la colilla por la ventana y encendía otro. Los niños jugaban a voz en grito; la suegra, recién viuda, recitaba la compra del lunes. La madre contestaba con amabilidad, añadiendo algún calabacín, acelga o espinaca a la lista y ordenaba callar a los niños con ira, aconsejando de tanto en tanto a su marido que no se pegase mucho al coche delantero.

Un gol fue el origen de todo. No supo quién lo había marcado, si su equipo o el contrario. Frenó en seco; bajó del coche. Se hizo el silencio. Abrió las puertas y muy serio y enfadado dijo: "¡Ale! Todos fuera. Y allí los dejó- no era broma- en el arcén callados y orillados, mientras él se iba alejando en larga cola, arrancando y parando; arrancando y parando.

A kilómetro y medio, en una parada, el motor se caló y la batería murió. En la cuneta escorado, sin tabaco y lo peor: sin radio, con la cabeza bajo el capó abierto, acertó a oír una voz familiar al paso de una camioneta al completo, justo cuando el tráfico más fluía: " Y un kilo y medio de coliflor para tu marido que le depura mucho cuando está atascado".

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

 

 

EN MADRID, EN UN CAFÉ


Hoy me has puesto unos cuantos consejos encima de la fría mesa de mármol blanco de café. Hasta el momento sólo veía nieve pura y fría. Tú dabas giros a la conversación. “¿Entiendes?”, decías.¡Qué olor a delicias de frases hechas o muletillas o muletas! Y yo pensando en nieve blanca y pura, como el amor que te mantuve cierto. ¡Qué incierto es el carácter arrebatado! Y sigues hablando; con toda la razón del mundo, seguro. Pero yo no escucho más que los finales, los "¿entiendes?", los "¿vale?"

Sé que bajo la nieve hay desgracia oscura. ¿Por qué siempre bajo la nieve hay tierra, o lo que es peor, siempre hay barro? Marrón oscuro bajo la nieve blanca. ¡Qué designio encubierto tan sincero! Todo ello mientras colonizas mis oídos, quizás mis entendederas, tomándote tu tiempo, recreándote en mis desatinos como hombre y persona.

Si me dolieran todos tus desaliños hacía mí, ya estaría loco. Pero ataviada de consejera eres irreprochable. Y como conclusión me aprieta un "te quiero" que no puedo demostrar sin salir como imputado ni vomitarlo como vomita al final del día un mercado.

He mellado la punta de los rumores que me advertían sobre ti, impresionado todavía por el fervor de aquellas advertencias. El remedio a todos ellos está en el mismo que ahora te aplico: no escuchar. No te oigo por no ver el barro bajo la nieve, por seguir viendo la nieve del pasado entreabierto por el reloj de péndulo que tengo enfrente.

Mi vida, ¡cuánto te quise! ¡Cuánto te quiero! ¡Y que no te escuche...! Sólo te quiero. Hoy he muerto por unas motas marrones sobre blanca nieve bajo marrón espeso. Hoy he muerto por las muñecas, de tanto dar vueltas a un café irlandés mientras me decías que ya no me quieres por cómo soy. Y que me dejas.

Francisco Manuel Aguado Blanco


 

 

MANO DE PILAR

Sé que en el pilar de ese puente de la autovía hay alguien encofrado. No es que lo metiese yo o que viese meterlo. Lo soñé. Naturalmente no he dicho nada porque un sueño no es una prueba válida para destrozar un puente de una de las autovías más concurridas de la capital. Pero yo cuando pasaba, lo miraba y le sentía. Ignoraba por entonces si era hombre o mujer, pero ese pilar no era sólo hormigón.

El otro día me pilló un atasco. Al detenerme a su altura lo miré lentamente con prevención. Como a cinco metros sobre el suelo, lo que parecía una palma de mano, me saludaba inmóvil. Bajé la mirada, contemplé aquella marea interminable de coches y pensé que yo también formaba parte de una escultura absurda hecha de la materia de un mal sueño. Al moverse la caravana, saludé a la mano simulando el gesto de ella. Digo ella porque era de chica.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

TOPALUÉ

Siempre dejo todo para luego. Mi madre me decía de pequeño: "La calle del luego y del después no tienen otra salida que la calle del nunca". Por eso ahora que vivo en la "Calle Princesa Topalué", creo un poco más en el destino y miro con recelo las placas, por si alguna es la " Calle del Nunca".

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

CALLE TASADA

Si quieren saber donde viven, no es necesario que salgan a la calle, manden tasar su casa. Gracias a ello yo averigüé un montón de cosas de mi localidad y entorno: que soy cabecera comarcal, que tengo población de hecho, de derecho y las cifras de cada; que mi crecimiento es positivo; mi nivel de renta es medio bajo y estoy consolidado en un setenta por ciento, con un desarrollo lento.

Estoy abastecido de agua a la red general, igual que el alcantarillado; mi alumbrado: público y suficiente; mi vía también es pública y está asfaltada; mi equipamiento comercial y lúdico es escaso, no así el escolar y religioso que es suficiente, mientras que el deportivo es insuficiente.

Tengo suficientes autobuses, metro y carezco de trenes; también carezco de jardín y piscina. Ahora ya sé que no existen dudas sobre una parte importante de mí como es mi situación urbanística. Me han enseñado lo que tengo y lo que me falta. Y me gusta lo de "entre medianeras", suena bien.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

BREVE

Mi calle es corta. Tanto que no figura en el viario, sino en el breviario. Recemos para que crezca.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

SUEÑO EX

Soñó con su ex-novia, su ex-jefe, su ex-mujer, su ex-coche. Se despertó angustiado y abrazó a su mujer. Ella le preguntó ¿soñaste? Él contesto: soñ-éx.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

SUEÑO ANTICIPADO

Soñé que le pedía un anticipo a mi jefe. Muy simpático y amable, me remitió al sueño siguiente.

Francisco Manuel Aguado Blanco<

 

 

A DOS VELAS

El fotógrafo pasó otra noche en vela, revelando.

Francisco Manuel Aguado Blanco

 

 

¿QUIÉN SE MUEVE?

No son almas en pena, ni fantasmas vagando, son ámbulos.

Francisco Manuel Aguado Blanco