UN SOLEADO DOMINGO DE PRIMAVERA


Fuimos en familia al Garbí, un monte próximo a Valencia en cuya cima, coronando un precipicio, hay unas lajas enormes de rodeno desde donde las vistas son una delicia. Mi hermana y yo nos acercamos al borde del cortado, como a unos cinco metros, y mientras comíamos el bocadillo iniciamos una de esas estúpidas discusiones de chiquillos: que te quites que aquí estoy yo, que no, que estaba yo primero... En algún momento le dí un empujón y ella resbaló sobre la grava que cubría la piedra, inclinada hacia el lejano mar de naranjos. Jamás olvidaré su mirada de pánico mientras trataba inútilmente de frenarse, apretando sus sandalias azules contra el suelo, sin soltar el bocadillo. Cuando estaba a menos de un metro de una muerte segura mi padre apareció corriendo y la tomó del brazo, ahogando con sus gritos los de ella, que en vano intentaba explicarle cómo había ocurrido todo.

El recuerdo de este suceso me atormentó durante años hasta que un día, durante una comida familiar, me decidí a desembarazarme de él: nadie lo recordaba, es más, me miraron como a un loco, sobre todo mi hermana, que no daba crédito. Pero para mí, aquello sigue siendo real como el tacto áspero y granate del rodeno bajo sus sandalias azules, real como el cigarro que ahora fumo, como la tos o el teclado del ordenador. Y no logro comprender por qué.

Israel Cubells

 

 

ANALOGÍA

Tengo una pecera en el salón, en la que crío una pequeña piraña a la que alimento con carpas vivas. Antes de acostarme, abro la bolsita donde guardo la carpa, que introduzco en la pecera.

Me hago un canuto y observo cómo la piraña comienza a hostigar a su presa, nadando hacia ella sin atacarla, sólo para provocar su cansancio, en un continuo vaivén de aproximaciones y huidas. Cuando la carpa está agotada, la piraña ataca y de una dentellada la parte en dos.

La carpa, que aún vivirá unos minutos de lenta, dramática agonía, tratará inútilmente de huir valiéndose tan sólo de las aletas pectorales, pues la cola yace en el fondo cubierto de guijarros de la pecera. Boqueando, se refugiará tras la cortina de burbujas que mana del oxigenador.

Israel Cubells

 

 

AGUJEROS NEGROS

Las Leyes de la Física no pueden explicar qué sucede en el interior de un agujero negro. Pueden explicar lo que sucede en el resto de regiones del espacio-tiempo, pero el agujero negro es para ellas como un horizonte más allá del cual no se entiende nada, no se sabe nada. De hecho, la existencia del agujero negro se infiere a partir del efecto de atracción, tremendo, inevitable, que éste ejerce sobre la materia circundante. En el límite (si hay un límite) entre el agujero negro y el espacio-tiempo que lo rodea, hay una acumulación de energía de tal magnitud que gran parte de ella es liberada en forma de un enorme (en años luz) chorro de radiación. Este fenómeno es lo que, en última instancia, podemos “ver” del agujero negro, pues en su interior (si es un agujero, si tiene un “dentro”) la fuerza es tan grande que ni la luz puede escapar a su atracción. Es obvio decir que si cualquiera de nosotros se acercara lo suficiente al agujero negro sería succionado por él sin remedio. Por favor, decidme que no soy así.

Israel Cubells

 

 

MIÑA TERRA GALEGA (Para Roberto, donde quiera que esté)

En la adolescencia tuve un amigo íntimo cuyo padre, capitán de la marina mercante, era gallego, de Ponte d´Eume. Mi amigo decía que se sentía gallego, que cada verano, al volver de vacaciones, extrañaba Galicia enormemente y que de mayor se iría a vivir al pueblo de su padre. Daba gusto escuchar con qué aplomo decidía su futuro, con qué seguridad hablaba y cómo el sentimiento de ser gallego le colmaba de fuerza y de salitre. Yo, que no tengo parientes en Galicia, nací valenciano, aquí me he criado y aquí vivo. Pero el sueño de mi amigo me cautivó y decidí que, algún día, yo también sería gallego.

Y así, durante años, fui tejiendo la trama de mi delirio: leí cuanta literatura gallega cayó en mis manos (ahora leo a Rivas con deleite); me empapé de su lengua y sus costumbres; amé cada topónimo en el mapa gallego. En cuanto tuve un sueldo que gastar, viajé a Galicia y descubrí que yo era natural de A Guarda, un precioso pueblo situado junto a la desembocadura del Miño. Estos viajes se han repetido, desde entonces, cada verano.

Un día incluso me atreví a dirigirme a un anciano hablándole en gallego.Tras vacilar un poco, me dijo: “¿Usted no es de aquí, verdad?”. Y luego, como vio que no contestaba (los gallegos somos así), remató:”Se nota por el acento que es usted de Lugo”. Tuve la valenciana tentación de abrazarle y besar cada poro de su piel arrugada.

Comoquiera que mi trabajo me retiene en Valencia, aquí vuelvo cada mes de septiembre. He seguido, después de tanto tiempo, la pista de aquel amigo y sé que ha vivido en Sicilia y en Canarias, que probó a vivir en Ponte d´Eume pero no se adaptó, y que hace poco ha regresado a Valencia. Tal vez le busque y le invite a un orujo, para que hablemos tranquilamente, con la morriña de rigor, de nuestra tierra.

Israel Cubells

 

 

PESCADO FRESCO

La primera vez que escuché este programa estaba pescando en el espigón del faro. No picaban y me entretuve pensando en algunas historias, para escribirlas cuando llegara a casa. Parecía tan fácil.

Sin embargo, no logré armar ningún relato convincente, ni esa semana ni las que le siguieron. Entonces pensé en darle la vuelta a la situación: si cuando estaba pescando imaginaba que escribía, tal vez la solución estuviera en sentarme a escribir imaginando que me sentaba a pescar.

Así, apenas había tecleado unas palabras y ya estaba de nuevo en el espigón, los pies colgando unos metros por encima del mar enfurecido, tiritando de frío y de emoción ante la posibilidad de pescar un buen relato. Me abrigaba mejor, desplegaba la caña y ponía un buen trozo de sardina en el anzuelo, y a esperar, hipnotizado por la luz del faro.Tampoco así fue fácil.

A veces, se producían picadas espectaculares pero, al cobrar el sedal, la resistencia que presagiaba la aparición de un buen cuento se esfumaba, como por encanto, y a mis manos regresaba un anzuelo sin texto y sin sardina.

Alguna vez he pescado textos que estaban, extrañamente, muertos.

Otras veces, la mayoría, lograba extraer del mar algún pequeño relato, y la verdad es que recién sacados son casi todos preciosos, relucen y coletean y es increíble que uno los haya pescado, de tan bonitos que parecen. Sin embargo, al limpiarlos, observaba que algunos eran huecos por dentro, o sea que las palabras, las escamas, podían ser bonitas y no contener sustancia alguna.

Y también me ocurría que algunos relatos ( o peces, ya no sé) que aparentaban ser sabrosos al pescarlos, se descomponían a una velocidad sorprendente, bastaba olisquearlos dos o tres veces para comprobar que, en realidad, se habían podrido en el camino a casa.

Yo me enfadaba con la mar, con los peces, con mi falta de técnica para pescar, y en más de una ocasión estuve tentado de arrojar la caña al agua y lanzarme yo detrás, pero este desenlace, además de inútil, estaba ya muy visto, y había un detalle que me llenaba de esperanza: al apagar el ordenador, me llevaba las manos a la nariz y aún me olían a sardina.

Israel Cubells