AJEDREZ
Cuando España era la primera potencia del mundo y sus naves recorrían los océanos y descubrían nuevas tierras, un monje español llamado Ruy López de Segura era el mejor ajedrecista del planeta. Su estrategia se basaba en ocupar con sus piezas el mayor espacio de tablero posible.
Cuando en Italia florece el Renacimiento y el arte lo ocupa todo aparece la escuela italiana de ajedrez, con el Greco a la cabeza que hace del juego un caudal de impresiones estéticas. Cuando en las calles de París estaba ya el germen de una revolución que cambiaría el mundo, cuando el proletariado iba a alzarse en armas contra la injusticia de siglos que le condenaba a la miseria, cuando aún nadie tenía en cuenta a los más débiles de la sociedad, un músico francés al que llamaban Phillidor desarrolló una nueva teoría del juego cuya base estaba resumida en una simple frase: Los peones son el alma del ajedrez. Algo que no había entendido ningún maestro hasta entonces.
Cuando América empezaba a convertirse en la nación más poderosa del mundo, cuando la vieja Europa iba a ser superada por primera vez en la historia por una de sus colonias un joven jugador de Nueva Orleáns cruzó el Atlántico para arrasar en todos los torneos que jugó y demostrarles a los campeones europeos que ya no eran nadie.
Estas son algunas de las historias que me contaba mi abuelo, un gran aficionado al ajedrez que estaba convencido de que el juego guardaba celosamente algunas importantes claves de la vida y que se empeñó siempre en descifrar. Nunca conseguí que me enseñara a jugar. El ajedrez destroza a los hombres, decía. El que es atrapado por él no podrá abandonarlo nunca. Acabará sus partidas y por las noches seguirá jugándolas en sueños, la realidad le parecerá dividida en blanco y negro y en cada hombre, en cada momento, en cada acontecimiento creerá ver una pieza camuflada, un movimiento, una partida ya jugada. No me enseñó a jugar pero yo aprendí y sé que tenía razón. Desconozco qué diría hoy, cuando las máquinas ya han superado al hombre. ¿Qué extraño designio se oculta tras la supremacía de sus cerebros de silicio?
Javier Iglesias
CONSECUENCIAS
En la que habría de ser su última mañana, cuando Anselmo Ruiz, obedeciendo a un deseo de cambio en su vida, rompió una costumbre que se prolongaba durante años y dejó pasar el autobús de la línea 27 para detener el de la 108 no pudo imaginar la intrincada concatenación de hechos que su acción inauguraba y el camino tan diferente que tomaría el curso del universo. Esos pocos segundos que uno de los vehículos adelantó y el otro retrasó hizo que muchas parejas no llegaran a conocerse y sus hijos no pudieran nacer. Las revoluciones que protagonizarían no se produjeron y sus descubrimientos quedaron ignotos. Otros nacieron y existieron como elementos exógenos a la realidad que cubrieron de sentimientos, proyectos y hechos falsos. Los fantasmas de unos y los espectros inversos de otros visitaron a Anselmo Ruiz, instalándose en su imaginación, el único sitio donde ya tendrían cabida, aquella misma noche mientras agonizaba. Uno de ellos era el hombre que había de salvarle, que también había perdido el autobús.
Javier Iglesias
CAMBALACHE
Fue una suerte que después de la operación me metieran en una habitación con un enfermo bastante joven. Sólo tuve que hacer una hábil conexión en los tubos de nuestros goteros para diluirme a través del suyo y desembocar en su cuerpo mientras él caía lentamente, gota a gota, sobre el mío. Acabo de cambiar mis ochenta y cuatro años por sus veinticinco. No he vuelto a nacer, pero casi.
Javier Iglesias
CRUCE DE CAMINOS
Todo estaba listo para que ocurriera, pero aquella señora del abrigo gris y el rostro triste tuvo que cruzar aquel paso de peatones con el semáforo en rojo justo delante del taxi de mi padre. Mientras éste la llevaba al hospital mi madre esperaba en el siguiente cruce para conocer a su marido.
Javier Iglesias
EL BILLETE EXTRAVIADO
Ella se iba y no iba a ser fácil que el destino volviera a cruzar nuestros caminos así que armándome de valor le pedí su número de teléfono que anoté, a falta de otro papel, en un billete de veinte euros, convencido de haber conocido a la mujer de mi vida. Recordé que en cierta ocasión también apunté en un billete que me sirvió de chuleta para aprobar la última asignatura de la carrera la fórmula maldita que era incapaz de memorizar. Si los resultados fueran los mismos, pensé, el éxito está asegurado, y pasé el resto del día pensando en Raquel.
Tan despistado estaba que por la noche, cuando busqué el número para llamarla descubrí con amargura que no tenía el billete. Incrédulo ante mi mala suerte repasé mentalmente cada uno de mis pasos del día. Supe que lo había entregado al quiosquero al comprar El País pero ya se había deshecho de él. La pista me llevó a una mujer del barrio, ésta lo dio en la carnicería, el tendero creía recordar que lo entregó a un abastecedor.
Hice kilómetros detrás de él. Seguí la pista del billete hasta que lo perdí difuminado por sus propias huellas. Estaba desolado. Sentía que estaba en un momento crucial de mi vida y no quería renunciar a aquella mujer. Intenté localizarla por otros medios, puse anuncios en la prensa, fui a programas de televisión... pero no dio señales de vida.
Una noche en un pequeño bar de un barrio remoto, sentí que una sensación familiar emanaba del billete que el camarero me iba devolver. Una especie de premonición me atacaba. Recogí el billete aguantando la respiración, recreándome en los momentos de esperanza, temeroso de equivocarme. Nada había en su parte frontal, pero al darle la vuelta reconocí enseguida los números escritos con mi propia letra, me dio un vuelco el corazón al ver la maldita fórmula (ao nb + a1 nb-1 + a2 nb-2 +... ~ ao nb) que fui incapaz de memorizar y que casi me cuesta la carrera.
Javier Iglesias
EL BOLÍGRAFO
Era el primer curso en que habían chicas en clase y yo era muy tímido así que cuando se me estropeó el bolígrafo en pleno examen de historia no me atreví a levantar la mano para que alguien me prestara otro. El ejercicio, perfecto en su inicio quedó bruscamente interrumpido en la tercera pregunta. Esa fue la primera vez que suspendí.
En la prueba de matemáticas a quien se le acabó la tinta fue a Raquel, la chica más guapa de clase. Ella, a diferencia mía, solicitó permiso al profesor para pedir que alguien le dejara un boli y se volvió hacia mí porque desde mi experiencia anterior llevaba el bolsillo de la camisa ostentosamente repleto de ellos. No saqué ninguno de allí sino que le dejé el que estaba usando, un Parker nuevecito que me habían regalado por mi cumpleaños. Ella lo cogió y me dedicó una sonrisa que me hizo tambalearme.
Ya no pude seguir con los quebrados, la vista se me desviaba hacia ella que, sentada a mi lado, con el pasillo de por medio, intentaba concentrarse mordisqueando la punta metálica del boli mientras yo la contemplaba embelesado y pensaba que cuando lo recuperara nunca me desharía de él. Fue mi segundo suspenso.
Javier Iglesias
UN ENCHUFISMO INTERRUPTIDO
Había que arreglar el enchufe. Tomó destornillador y, para comprobar la tensión lo metió en el agujero superior. En ese momento notó que una fuerza tiraba de él y sin poder soltar la herramienta se vio absorbido por el orificio. Sintió que viajaba por los cables hasta la caja de distribución y de allí ascendió al techo y se esparció desde la lámpara saliendo a través de las bombillas en forma de multitud de haces de luz que ocupaban todo el espacio del salón. Se encontraba bien en su nueva condición, de la que sólo le dolían algunas sombras. Hasta que llegó su mujer y apagó el interruptor.
Javier Iglesias
LIBROS DE RECETAS
Era muy aficionada a guisar las recetas que encontraba en libros de cocina. Hasta que murió de una errata de imprenta.
Javier Iglesias
INMOVILIDAD
En la tele, un tipo empujó una ficha de dominó que cayó sobre otra y ésta sobre una más. Pronto las filas de piezas caían encadenadas produciendo sorprendentes efectos y vistosas figuras. Salí de mi distraimiento y percibí la quietud a mi alrededor. Una pelota de plástico estaba a mis pies, la golpeé. Fue a parar cerca de un niño que la recogió y se la pasó a otro, éste dejó el juguete que tenía en las manos para coger el balón. Su madre recogió el juguete y lo guardó mientras comentaba a su compañera de banco qué despreocupado era el chiquillo. Pronto todo comenzó a moverse. Ruido de coches, conversaciones animadas, semáforos que cambiaban de color, prisas... Lo he conseguido, decía el tipo de la tele. Y yo también pensé, y yo también, mientras una gran confusión me acongojaba.
Javier Iglesias
LA INMORTAL
El 21 de junio de 1851, Adolf Anderssen, tras dudar durante unos instantes entre las dos opciones que se le presentaban eligió, para desgracia de la humanidad, la más expeditiva y ejecutó la jugada que llevaba el caballo de dama a la casilla d5, instalándolo como una cuña en el campo enemigo, con la suficiencia de un dios. La decisión implicaba el sacrificio de las dos torres y constituía el inicio, la justificación podría decirse, de un ataque demoledor que pasaría a la historia del ajedrez como la combinación más brillante y violenta de todos los tiempos.
Casi ciento cincuenta y dos años más tarde, cuando el coronel aliado mandó a su escuadrón de caballería contra la ciudad de Bagdad, insertándolo como una cuña en la posición enemiga tuvo la sensación de haber vivido ese momento con anterioridad. Sólo cuando evocó el inexplicable atentado contra las torres gemelas de Nueva York empezó a comprender: él mismo, el batallón que mandaba, todas las víctimas que caían en medio de la guerra debían significar para el invisible jugador que les gobernaba lo mismo que las torres y el caballo para aquel ajedrecista que cómodamente instalado en su sillón los sacrificó para obtener un ataque ganador, iniciando la reacción en cadena cuyas consecuencias ahora sacudían al mundo. Conociendo el final de aquella partida quiso retroceder pero tropezó con la principal regla del juego: pieza tocada, pieza jugada.
Javier Iglesias
UN VIAJE ESPEJIAL
Andaba yo preocupado con lo que parecía ser el inicio de una inminente calvicie que se abría paso desde la coronilla y que había descubierto en una inspección táctil que de vez en cuando siento la necesidad de hacerme cuando no tengo ganas de sacar un ojo de su órbita. Para cerciorarme de la fatal noticia (o más bien para autoconvencerme de su falsedad) cogí un espejo de mano, de los que usa mi mujer para quemar la ropa que tiende la vecina de enfrente.
Encuadrar mi nuca en el espejo pequeño mientras intentaba ver el reflejo de éste en el grande del baño resultaba más difícil de lo que había pensado. Así estaba, en posturas propias de contorsionista, cuando vi durante un instante fugaz mi rostro en los dos espejos a la vez, lo que provocaba una imagen repetida e infinita a través de la cual fui aspirando como una colilla y me encontré cayendo de espejo en espejo durante un tiempo que no podría determinar, hasta que me detuve supongo que en el momento en el que cayó al suelo el espejo que sujetaba y que, al destrozarse rompió la interconexión (esto sólo es una idea mía, sin ningún fundamento científico).
Pronto comprendí que había quedado atrapado sin remedio y sin posible retorno en un nuevo universo desde el que ahora escribo. Mi mujer entró en seguida en el baño al oír el ruido del espejo al romperse. Bueno, en realidad se trataba del reflejo de mi mujer en este universo, un reflejo muy distorsionado como es todo aquí. Baste decir que la reconocí a pesar de que tiene los ojos encima de la frente y la boca debajo de la nariz, una apariencia monstruosa, realmente. Pero en este mundo todo es así. Hasta los espejos han perdido sus verdaderas propiedades y sólo sirven para reflejar.
Javier Iglesias
BIOGRAFÍA
A, e, i, o, u. El cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma del cuadrado de los catetos. España limita al norte con los Pirineos. En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme. Estudie, esfuércese. ¡Firrrmes! La bala de mortero describe una parábola proporcional a la inclinación... El valor se le supone. ¿Qué estudió? ¿Ha tenido alguna enfermedad? ¿Toma drogas? ¿Trabajaría fines de semana y festivos? Coloque bien las piezas. Dese aire. Rápido. Ha de estar terminado a primera hora. Lo toma o lo deja. Sí, quiero. Un niño, dos niños, tres niños... Lo siento, ya sé que son muchos años pero la reestructuración de la empresa nos obliga... No hay ofertas para su edad. Agotó el subsidio pero puede solicitar una ayuda familiar. No moleste más. Salga de aquí. Busque trabajo en vez de pedir. Borracho, seguro que lo quiere para vino. Un puente, mucha altura, una decisión, un impulso.
Javier Iglesias
FOTOMATÓN
Introdujo tres monedas de un euro en la rendija, tal como decían las instrucciones. Se sentó en el taburete y colocó los ojos a la altura de la señal, tal como estaba indicado. En unos pocos segundos la máquina disparó, como decía el cartel. La bala le entró justo por el entrecejo.
Javier Iglesias
EL PROFESOR DE MATEMÁTICAS
Sucedió que el día previsto para la excursión el profesor de religión se puso enfermo y don Melquíades, que enseñaba matemáticas con dejadez y mal humor, se ofreció al director de la escuela para llevarnos. Fue un día estupendo y aún hoy recuerdo que aprendí más que en muchos años de colegio.
Visitamos la catedral de Valencia. Don Melquíades la conocía a fondo. Nos enseñó la tumba de Ausias March, junto a la puerta más antigua, la de la Almoina, (limosna en valenciano) y con su relato veíamos a los pobres de siete siglos atrás estirando el brazo ante el paso de los transeúntes.
Después fuimos a las ruinas romanas, donde había estado el corazón de la ciudad, don Melquíades decía que si las ciudades tuvieran alma, la de Valencia estaría allí, en plena plaza de la Virgen, donde se cruzaban las dos vías principales, el lugar donde los romanos solían colocar el centro de sus urbes. En poco espacio recorríamos miles de años.
En apenas doscientos metros llegamos a la cripta de San Vicente y después a la casa natal del otro Santo del mismo nombre, donde el agua no se corrompía ni durante las epidemias de peste. Supimos de la iglesia del Patriarca, con su espléndido claustro, y de Luis Vives, que permanece en el patio de la universidad en forma de estatua. Imaginamos la Balansinya árabe y vimos el Tribunal de las Aguas, presenciamos los ajustamientos en la plaza del Mercado y a los comerciantes regatear en la Lonja a través del relato ágil y entretenido del maestro.
Pero la excursión terminó y al día siguiente, el alegre y locuaz don Melquíades se convirtió otra vez en aburrido profesor de matemáticas, con su voz monótona de siempre recitando sin parar la fórmula de la ecuación de segundo grado mientras ya sabíamos que su mirada perdida le llevaba en realidad muy lejos de allí. Era sólo un autómata.
Javier Iglesias
LADRÓN DE GESTOS
Me gusta observar a la gente, sobre todo a aquellos de los que más se puede aprender, y memorizar sus gestos, sus inflexiones de voz, sus palabras, el modo de sentarse... Después escojo aquellos que me parecen más interesantes y paso horas ante el espejo reproduciéndolos hasta que consigo una buena imitación. Sólo me queda mejorarlas, lo que no me lleva demasiado tiempo. Entonces, pasan a formar parte de mi personalidad y los incorporo a la cotidianidad de la vida. Siempre sé qué hacer o qué decir en todo tipo de situaciones con sólo un repaso instantáneo a lo almacenado en mi memoria. Una frase brillante, una actitud enigmática...
A veces, sin embargo, no consigo enlazar la situación que se me presenta con la pose correcta y se me mezclan las ideas produciendo alguna incoherencia. Tan sorprendido me quedé de que la mujer más guapa del trabajo se me insinuase como ella cuando me vio adoptar esta postura en la que me llevo el índice a la sien, subo la pierna izquierda encima de la silla, mientras con la mano libre me llevo a la boca un cigarrillo que aspiro estratégicamente, expulso el aire hacia el cielo y pronuncio con voz sensual: “la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado.”
Javier Iglesias
PALINDROMÍA
Cuando entré en casa de la vecina tuve la sensación de haber traspasado un espejo. Era exactamente igual a la mía pero invertida. En el recibidor me llamó la atención un gran cartel que me inquietó: Sé verlas al revés, decía. Avancé por el largo pasillo y girando en sentido contrario al habitual, entré en el salón iluminado por la una tenue Luz azuL. Allí estaba, ocupando el centro geométrico de la habitación La tele letaL que proyectaba mi propia imagen mientras emitía el sonido de una frase infinita, eterna, enigmática que golpeó insistentemente mi cerebro: ... O somos seres o no somos seres o seres somos o no seres somos O... Quedé aturdida, asustada. Antes de escapar tuve la impresión de que la imagen de La tele letaL no era la mía a pesar del parecido idéntico. Desanduve el pasillo, giré al revés para llegar de nuevo al vestíbulo donde leí otra vez la frase del cartel: Sé verlas al revéS.
Cuando llegué a mi casa tuve la impresión de haber salido de un espejo. Traté de tranquilizarme afirmando mi personalidad, situándome en el tiempo, repitiendo una y otra vez en voz alta: Me llamo AnA y hoy es veinte de febrero de 2002.
Javier Iglesias
SERVICIO PÚBLICO
Apareció un día en plena plaza de América una esfera casi perfecta, de color metalizado y del tamaño de un quiosco de prensa plantada al costado de la entrada del pequeño parque donde a esas horas los jubilados juegan a la petanca. Por la parte que daba a la acera tenía unas ranuras apenas perceptibles que delimitaban lo que parecía ser una puerta automática, aunque no se observaba ningún mecanismo que la pudiera abrir.
Me acerqué al grupo de curiosos que la rodeaban extrañados y fue entonces cuando pude ver que, junto a la puerta había un pequeño cartel que era su manual de instrucciones. Nadie se atrevía a usarlo, cohibidos por la multitud, hasta que el más lanzado o quizás el más necesitado sacó una moneda de medio euro, la introdujo en la ranura y la puerta se abrió. El viejecito entró cauteloso, apretó un botón y le vimos sonreír mientras la puerta se cerraba. Poco después aquel extraño artilugio emitió una vibración prolongada, se levantó en el aire y se marchó volando a gran velocidad.
Javier Iglesias
UN CUENTO PELIGROSO
Cuando ella llegó a casa le extrañó no encontrar a su marido, más al ver la ropa que llevaba cuando se despidieron por la mañana colgada de la silla de la alcoba junto con el teléfono móvil. Se preparó una cena escasa y encendió el televisor mientras esperaba con la ansiedad creciéndole en el vientre. A medianoche decidió que la situación no era normal y hubiera llamado a la Policía de no ser porque un ruido casi imperceptible, en el que no había reparado antes, llamó su atención desde la mesa del estudio. Se dirigió hasta allí y encontró una hoja de papel de la que parecía provenir aquel sonido que identificó con los acordes del Adagio de Albinoni, la pieza musical preferida por su marido que solía escuchar para aislarse del exterior mientras escribía. Cogió el papel sujetándolo fuerte con las dos manos para que no se moviera por el temblor nervioso que se apoderó de ellas y comprobó aterrada que la música provenía de él. Leyó el título del relato que él estaba escribiendo: "El hombre que se cayó dentro de un cuento."
-No puede ser. Debo estar loca por pensar lo que estoy pensando -se dijo mientras se esforzaba por mantenerse cuerda e intentaba leer el escrito, pero sintió que caía en un abismo que se abría en el papel. Se escuchó un gran grito.
Días después, la única pista que encontró la Policía para resolver la misteriosa desaparición del matrimonio fue un cuento titulado “El hombre y la mujer que se cayeron en un cuento.”
Javier Iglesias