LA TECLA

Ese viernes el vuelo llegó, faltando a su costumbre, a la hora prevista, justo cuando el sol empezaba a ocultarse entre las siluetas de los bloques más próximos a la pista. Recogió la maleta de la cinta y, ya a la intemperie, mientras aguardaba su turno para tomar el taxi, conectó el teléfono, imitando sin advertirlo a casi todos los vecinos de fila. Mediante un gesto mecánico pulsó dos teclas consecutivas. Al otro lado, alguien descolgó el auricular sin decir nada.

Como todos los viernes, impostó la voz con el propósito de que sonase tierna y sensual a la vez. Tras una leve vacilación pronunció su nombre y con un susurro le anunció que ya estaba de vuelta, que deseaba verla y que ardía en deseos de comérsela a besos y de enseñarle varios juegos nuevos que, por encontrarse rodeado de gente, no se atrevía a describir. Agregó que, invocando cualquier pretexto, pasaría por su casa tan pronto como pudiese, quizá a la mañana siguiente. En ese instante se cortó la comunicación.

Ante la puerta del piso y con ambos obsequios sujetos bajo las axilas, se aprestó a iniciar el ritual. Compuso una sonrisa afectuosa e introdujo la llave en la cerradura. Al abrir descubrió con sorpresa que las luces estaban apagadas y que no acudía nadie a recibirlo. Sobre el mármol de la cocina encontró una nota a lápiz apenas legible, ondulada y todavía húmeda, que decía así: “No sé a dónde iremos. Me llevo a Paulina, de momento no pienso explicarle nada, es aún muy pequeña. Te dejamos tu postre preferido en la nevera, lo hemos preparado esta mañana, ella me ha ayudado a separar las claras. Erraste la tecla. Te deseo suerte con ella, a lo mejor la mereces”.

Joaquín Valls Arnau

 

 

 


EL HÉROE

Durante los días laborables apenas si nos vemos, pues me marcho siempre temprano y cuando regreso a casa sueles estar ya dormido. Al llegar me quito los zapatos y, de puntillas, me dirijo directamente hasta tu habitación, en la penumbra, y aproximo mi cara a la tuya, hasta casi rozarla. Cuando en ella no descubro el rastro de tu sonrisa, me siento a tu lado, en el borde de la cama, e intento colarme en tu sueño.

Esta última noche lo he logrado de nuevo. Me he despojado una vez más de la corbata y el traje y, ya junto a ti, rodeados ambos de peligros en el interior del paisaje que hoy has inventado, he vuelto a asir con firmeza tu mano y, transformado en tu héroe preferido (ese de aspecto y nombre cambiantes, de quien me hablas algún sábado cuando te levantas), juntos hemos combatido a los malos y vencido a monstruos y dragones. Sin embargo, incomprensiblemente, estas bestias nunca mueren del todo ya que resucitan y se nos aparecen en otros sueños.

Percibo en esos instantes, por la presión que ejerce tu mano sobre la mía, tu emoción contenida, y también el orgullo que sientes por contar con un amigo tan intrépido, que jamás consentirá, bien lo sabes, que te hagan daño alguno.

En tales ocasiones, si al día siguiente consigo verte despierto, intento hallar tu mirada. Nunca he advertido en ella atisbo alguno de reproche. Es más, con el paso de los años hasta he llegado a pensar que, pese al disfraz que adopto cuando me introduzco en tus sueños (distinto en cada ocasión para evitar ser reconocido), no ignoras, aunque te esfuerces en disimularlo… que soy siempre yo.

Joaquín Valls Arnau

 

 

 


EL PUNTO DE LIBRO

Durante algún tiempo he llegado a simultanear la lectura de hasta cuatro libros. Con muy escaso provecho, justo es admitirlo, pues me temo que el número de éstos va casi siempre parejo a mi umbral de desasosiego.

Para los ensayos uso un punto metálico de tonos ocres que reproduce la silueta de un campanario románico y que me transmite, mientras lo sostengo en mis manos, una placentera sensación de serenidad. Para la ciencia-ficción, uno de cartulina, siempre distinto, que escojo al azar en la librería, junto a la caja registradora, cuando me paso por allí a ojear las novedades.

Para las novelas empleo desde hace años una fina varilla de plata que hallé una tarde, mientras paseaba, en el fondo de un estanque. Desde la orilla advertí, para mi sorpresa, que llevaba inscritas mis iniciales, y venciendo el natural rubor me desprendí del calzado y me sumergí hasta la altura de las rodillas, entre los nenúfares, para rescatarla. La varilla, en uno de sus extremos, presenta una forma que se asemeja a la empuñadura de un báculo, aunque también, según se la mire, puede conducir a pensar en otros objetos o conceptos de descripción compleja o incluso imposible, por lo cual no me entretendré en describirla con más detalle.

Finalmente, para los libros de poemas utilizo un cabello que le cayó sobre el cuello del abrigo y que le robé, sin que ella lo advirtiese, mientras caminábamos por la acera una cruda mañana de invierno. Ese cabello tricolor, retorcido y doliente, descansa desde hace meses, mostrando su punta bifurcada, en el interior de los Sonetos de amor, de Pablo Neruda, justo en la página donde se encuentra el soneto XX, que empieza así: “Mi fea, eres una castaña despeinada...”.

Cada vez que concluyo el poema y pretendo cambiar el cabello de lugar, éste se desvanece entre mis manos, se esconde durante unos días y luego reaparece, siempre en la misma página.

Joaquín Valls Arnau

 

 

 

 


MANCHAS Y DESEOS

La abuela llamaba “deseos” a esas manchas de nacimiento que pueden aparecer en cualquier lugar del cuerpo, van creciendo con nosotros y ya nunca nos abandonan. A mi hermano menor y a mí nos explicó un día, cuando éramos niños, que cada una de ellas tiene su origen en un deseo ferviente, o en un simple antojo, que la futura madre tiene durante el embarazo y que por cualquier motivo no puede ver satisfecho. El tamaño de la mancha depende, según dijo, de la intensidad con que se anhela.

Mi hermano nació con una de esas manchas. Aunque bastante extensa, la tiene parcialmente localizada, por suerte para él, en un pliegue de la piel. En varias ocasiones, como hablando por hablar, le ha preguntado a nuestra madre (que se llama Alicia, como la abuela) por sus deseos no cumplidos en la vida. Su respuesta invariable es que ha obtenido cuanto ha deseado, y que al carecer de grandes ambiciones lo ha juzgado siempre más que suficiente. Sin embargo, cada vez que la veo tomar en brazos a mi hija, no puedo evitar recordar aquella mañana ya lejana en que, durante su ausencia y cuando revolvía, buscando golosinas, los cajones de la cómoda de su habitación, hallé en un doble fondo un pequeño babero en el que aparecían bordadas con punto de cruz, unidas, la letra a y la letra ele, esta última sin finalizar.

Joaquín Valls Arnau

 

 

EN VENTA

Durante las vacaciones de verano, en pleno mes de agosto, Andrés convenció a sus padres para viajar al sur, hasta Andalucía. Acababan de estrenar el coche, que disponía de aire acondicionado.

Ya de camino pasaron por un pueblo, en el levante mediterráneo, en el cual se alzaban, a ambos lados de la carretera general, vastas extensiones de plástico transparente mecidas levemente por la brisa, que tapaban por completo la vista sobre el mar y que albergaban verduras y hortalizas en distintas etapas de maduración. Venían contemplando el mismo panorama desde hacía rato. Era tan temprano que el sol no había asomado todavía: pretendían evitar en lo posible las horas de mayor bochorno.

Pararon en un semáforo, antes de un cruce. A su izquierda se detuvo otro coche, de un modelo antiguo, con las ruedas medio deshinchadas y repintado a dos colores. El hombre que lo conducía, entre rubio y cano y con largas patillas, fumaba un puro; después de cada calada iba echando la ceniza afuera. En el asiento trasero viajaban, cabizbajos, cuatro africanos de cara triste a quienes Andrés, que dormitaba con la cabeza apoyada en el cristal de ese lado, apenas podía ver, pues entre ellos se interponía un folio apaisado adherido a la ventanilla del otro vehículo, en el que alguien había escrito a mano, sobre un número de teléfono: “EN VENTA”.

Joaquín Valls Arnau

 

 

 

 

LA CAJA DE LAS HISTORIAS

Guardo los objetos más valiosos en uno de los estantes inferiores de la librería de mi habitación, dentro de una caja de aluminio sin cerradura de tamaño algo mayor al de una de zapatos. En ella conservo billetes de tren, flores desecadas, puntos de libro, un reloj de cuerda con una sola saeta, servilletas de papel con poemas dedicados, recortes de periódico, postales mías y ajenas, cajas de cerillas, un pasaporte, mecheros austriacos de martillo ya inservibles por el uso, y otras cosas por el estilo.

Muchas noches, después de cenar, aparece mi hijo en pijama por la puerta del comedor, cargando, no sin esfuerzo, la caja con ambas manos. Viene hasta donde me encuentro, la deposita en el suelo, desliza la tapa y extrae, aparentemente al azar, uno de los objetos que contiene, siempre distinto. Me lo muestra y luego me suplica: “¡Explícame su historia!”.

Yo se la cuento, aderezada a menudo -pues la memoria me empieza a fallar- con algún que otro detalle inventado. Cuando la historia concluye, me pide que le lleve a la cama, aunque en ocasiones el sueño le vence antes de terminar.

No constará en testamento alguno, pero un día la caja será suya. Como suyas serán las historias que contiene, que a lo mejor, convertidas ya en mera fantasía, ayudarán a conciliar el sueño a otros niños que no conoceré.

Joaquín Valls Arnau