OJITOS

Los mejores ojos del mundo son las mirillas. Mi puerta tiene una pequeñita, como las que hay en todos los pisos nuevos. A pesar de su tamaño, cuando quiero, me muestra todo el descansillo. Las escaleras a la izquierda, la barandilla, los peldaños, la puerta de enfrente, la luz de emergencia sobre la pared de la derecha, el felpudo torcido de los vecinos, Julia cargando la compra con las acelgas asomando verdes y frescas... Siempre me he preguntado como puede caber todo aquello por ese agujero tan minúsculo, parece como si alguien hubiera pintado en la cabeza de una cerilla el escenario de todos los días; es lo mismo que hay cuando abro la puerta pero reducido y alejado, en cambio el sonido de los pasos de Julia al subir están ahí mismo, es como magia.

Siempre he querido tener una mirilla grande y dorada, con ese mecanismo asombroso que recoge la plancha que la tapa y muestra muchas rendijitas para ver. Pero luego me arrepiento, las antiguas no tienen ese cristalito mágico para comprimir lo que sube y lo que baja y que me aleja de mis vecinos de enfrente.

Josefina H.

 

 

COMO LLUVIA

Vuelvo del colegio, me asomo a la ventana y escupo al patio. Cuando la baba cae en el poyete de baldosas verdes brillantes del segundo, sale una mano con bayeta y lo limpia, si cae sobre la ropa tendida se seca enseguida porque mi saliva es como la lluvia.

Cuando escupo intento apuntar al cuenco de agua que hay abajo, en el patio. A veces le doy, y luego viene el gato de la del primero y se bebe el agua que contiene parte de mí. Por las noches me noto en cada casa, en la bayeta de la del segundo, en la tripa del gato que duerme en el primero, y en la ropa que ha recogido la del otro piso; Y eso sólo por escupir apuntando al cuenco de agua del patio.

Josefina H.

 

 


LA VUELTA


Estamos en casa, es una reunión familiar, suena el timbre del telefonillo, me levanto, respondo, es la voz de mi madre; es esa voz que ponía cuando estaba enfadada; no dice "Hola", ni tampoco "Soy yo", solo habla; sé que es mi madre, pero me parece una extraña; la oigo muy lejos, siento angustia; de repente me doy cuenta, ha vuelto, no se ha muerto, lo sabía, en el fondo sabía que estaba en algún sitio, que tarde o temprano volvería. Ahora, viene y no tiene sitio, no cabe, mi madre ha vuelto y no tiene hueco está subiendo las escaleras, y mi angustia crece, tengo que explicarle todo, que ella se fue, que nosotros nos quedamos. No lo va a entender, teníamos que haberle dejado sitio, un espacio pequeño, por si regresaba.

Josefina H.

 

 

FUGAZ

Me gusta el invierno porque las personas cuando entran de la calle, huelen a frío. Apenas dura unos segundos, es justo al cruzar el umbral y antes de quitarse el abrigo, es ese olor que me llega cuando pasan junto a mí y aún no he cerrado la puerta. Después de ese instante vuelve el olor de cada uno.

Josefina H.

 

 

BOLAS

Tengo un pantalón que tiene los bolsillos por dentro llenos de pelotillas. Cuando quiero pensar me los pongo y meto las manos en los bolsillos, me quedo de pie junto a la ventana y empiezo a tocar las bolas; el tacto me va orientando sobre las decisiones que debo tomar: dos pelotillas es que adelante que me sentiré apoyada, una pelotilla es que me lo piense un poco más. Procuro, si hay dudas, mover mis dedos hasta que consigo que se hundan en el último pliegue del bolsillo y encuentren la multitud de bolitas que voy echando al fondo donde la tela está mas fina y gastada de introducir tan a menudo los dedos en los bolsillos en busca de las sabias pelotillas.

Josefina H.

 

 

ACOPLES

Si mi familia fuera un puzzle yo sería la pieza central desde donde se guían las otras piezas para encajar. Como centro de conexiones me siento muy responsable; podría girarme del todo y confundirles para que encajaran del revés, sería un gran caos; lo pienso muchas veces: “Hoy voy a darme la vuelta y que se vuelvan locos”, pero nunca tengo valor. Soy la pieza clave; de mí depende que el puzzle encaje en todos sus ángulos.

El pedazo central antes era mi madre, era una centro estupendo, tenía los redondeles de pieza de puzzle en cada esquina, muy bien definidos, se notaba de lejos que era un fragmento clave. Sostenía nuestros ensamblajes sin protestar, podía estar ahí aguardando el acoplamiento de sus piezas horas y horas, y cuando nos encajábamos todos, era un ajuste perfecto; ahora ya no está.

Tras su perdida estuvimos unos meses intentando encajarnos a otras piezas que aparecieron en nuestras vidas, pero si nos miraban detenidamente se percibía alguna grieta o algún hueco minúsculo consiguiendo que pareciera un puzzle de aspecto defectuoso, siempre teníamos la impresión de que a lo mejor el hueco ocupado no era nuestro espacio. Como piezas encajadas mis hermanos y yo, nos quedábamos con la sensación de que no estábamos bien situados del todo. Así que poco a poco, sin palabras, fui tomando el rol de pieza central. No lo hago tan bien como mi madre, me siento mal muchas veces por la gran responsabilidad de estar en el centro, otras es una carga que me pesa demasiado.

A menudo, desearía ser una de esas muñecas rusas que van saliendo de otras muñecas, también son piezas que encajan, pero mucho más fáciles de acoplar, así podrían sustituirme de vez en cuando.

Josefina H.

 

 

CAMINOS DE IDA Y VUELTA

Cuando mi abuela empezó a perder la memoria, me solía pedir que le acompañara al todo a cien a comprar tizas de colores. Compraba lotes de cinco cajitas, cada una contenía diez yesos de colores surtidos.

Ella siempre tuvo pánico a perderse en Madrid; cuando comenzó a olvidarse de lo importante, decidió utilizar tizas de colores para marcar el camino desde casa hasta su destino, el color dependía de la pretensión del paseo. En el portal solía sacar una tiza del bolso antes de poner el pie en la calle, a continuación se santiguaba, y después comenzaba a pintar el recorrido; caminaba pegada a la pared haciendo una raya de tiza en la fachada según pasaba.

En el trayecto de ida hasta la tienda, gastaba la mitad de una caja, en la vuelta se iba la otra mitad. La marca de regreso, siempre quedaba debajo de la anterior y parecía que menguaba con cada retorno; a mi abuela las tizas le daban seguridad, el yeso de colores era una especie de salvoconducto.

Mi madre no entendió que me hiciera tanta ilusión el contenido del paquete que dejó en su armario, con mi nombre escrito a tiza, y que me fue entregado cuando ella murió. Dentro encontré veinte cajitas de la marca "Marblas", con diez tizas de colores surtidos del número 15, sus preferidas. Mi abuela quiso dejarme un futuro de caminos de colores surtidos y de máximo grosor.

Josefina H.

 

 

MUTACIONES

A veces quedamos para comer en el restaurante de la calle Mayor. Siempre llego antes que él. Me traen el agua, el vino, la casera y el pan; me preguntan que si pido ya o prefiero esperar, espero. Mientras, cojo el pan y pellizco el pico, al poco otro trocito; cuando llego a la mitad de la barra saco toda la miga y con ella formo un corazón que se queda agrietado y que se va ablandando cada vez más con el sudor de mis manos. Después de haberle dado forma lo apoyo en el vaso por detrás, el agua lo aumenta y es un corazón con más grietas; a continuación cierro un ojo, lo abro y cierro el otro muy deprisa, el corazón se mueve, es cómo si palpitara.

Cuando le veo llegar y aproximarse a la mesa, cojo el corazón de detrás del vaso y hago una bola que dejo en el cenicero de cristal. Él se sienta, me pregunta ¿Qué tal?, se disculpa por la demora y enciende un cigarro esperando el menú del día.

Mientras vierte el vino y la casera en su vaso apoya el pitillo en el cenicero y el corazón se quema; huele muy mal; entonces me dice que cuando dejaré de hacer guarrerías con el pan. Yo le digo que no son guarrerías, que es arte; él dice que como va a ser arte una bola de miga de pan y yo le digo que la bola antes era un corazón con grietas; él dice que hace un mes las bolas eran peces con grietas también. En ese momento me enfado y le digo que da igual; que de todos modos él siempre acaba quemando mis bolas mutantes.

Josefina H.

 

 

UN OLOR VERDE Y VAPOROSO

Ella se fue ya entrado el invierno. En primavera, yo todavía abría y cerraba la puerta de su armario sin poder alterar el orden de sus prendas.

El cajón de la ropa interior, los pantalones colocados por colores, las blusas colgadas cada una de su percha; con el gancho mirando siempre hacia el mismo lado; respiraban otro aire quieto: el de la habitación cuando abría aquella puerta. Inhalaban una gran bocanada de aire y lo dosificaban hasta mi próxima apertura.

Mi hija mayor solía recordarme de vez en cuando, en nuestras vanas conversaciones telefónicas, que debería deshacerme de la ropa de mamá un día de estos. "Sí, un día de estos", le contestaba yo.

Cuando se instaló definitivamente el verano, pensé que sería una buena época para que la ropa respirase por sí sola, ya era hora de que emprendiera la búsqueda de nuevos olores. Llené varias bolsas para dejarlas en la puerta de la parroquia a media noche. Me deshice de todo, excepto de una bata verde de rayón vaporosa y liviana que ella solía ponerse todos los veranos.

A la bata, la dejé sola en el armario colgada de una percha. Sigo abriendo esa puerta a menudo, ahora soy yo el que roba el aire quieto del guardarropa; oprimo la tela contra mi nariz y respiro profundamente; puedo pasarme así horas enteras, embriagándome con el olor verde y vaporoso del rayón; ese olor, el olor de mi mujer en verano, lo he guardado en el armario para siempre.

Josefina H.

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