SIEMPRE EXISTE UNA RAZÓN
Subiendo por una antigua calle de adoquines, al llegar a
un jardín poblado de viejos plátanos, traspasando (ilegalmente)
un seto, doblando el muro del convento de las monjas, saltando el empedrado
cubierto de musgo del linde trasero, cruzando el riachuelo y pasando finalmente
entre dos manzanos (uno de los cuales ya está seco), persiste una mata
de ortigas en la que me caí hace mucho tiempo escapando de un perro cuyo
dueño tenía un desmesurado sentido de la propiedad por las uvas
que crecían en su huerto.
El mal recuerdo hace que ya no pase por ese lugar sino para verlo, o imaginarlo
más bien, desde la barrera que forma el seto, y es que sólo con
pensarlo se me hinchan las manos y mis rodillas tiemblan ante la evocación
de unas postillas que tardaron dos meses en desaparecer por completo, período
agravado seguramente por aquella manía mía de arrancarlas constantemente
apenas cuajaban. No es que eche especialmente de menos ese lugar, pero bajo
cuatro piedras escondía allí una lata de galletas con ocho cromos
del atlético de madrid incluido el de Ayala (sólo Dios sabe lo
que me costó aquel cromo), el cordel gastado del trompo y cuatro canicas,
una de las cuales era de acero.
Me pregunto por qué se me viene ahora esta historia a la cabeza, con
un frío de mil demonios, inaugurando esta calle recién asfaltada.
No había caído en que atraviesa justo por el medio de un huerto
en el que, antes de la obra, crecía una majestuosa viña y en la
que antaño vivía un perro que murió envenenado. La nueva
calle tuerce de forma absurda antes de llegar al convento, y sortea con una
incómoda curva el riachuelo, y caigo de pronto en como acabaron en la
papelera de mi despacho todos y cada uno de los proyectos que, de algún
modo, pudieron haber modificado ese lugar.
Juan Carlos González Seoane
OTRAS ESTRELLAS
Los que tienen afición por el cielo sabrán lo que les quiero decir. Con frecuencia establecíamos secretas competiciones, para ver quien era capaz de poder identificar más constelaciones y nombrar más estrellas. Digo que eran secretas, porque estaban disfrazadas de un altruismo extremo por mostrárselas a los demás, y por eso, por esa sana competición, memorizábamos las cartas celestes antes de salir al monte en aquellas frías noches. Era un orgullo ser el único capaz de reconocer que aquel amasijo de pequeñas luces era Cefeo.
Pero yo ahora les propongo otro juego, también se trata de realizar una cartografía similar, pero sean Vds. sus propios autores, y cambien el firmamento sobre el que se trazan esas líneas y, por que no, cambien también de estrellas. Jueguen a descubrir constelaciones agrupando los lunares que se encuentran en la piel del otro al que aman. Jueguen a ponerle nombre a los más representativos, a los más eróticos; recorran con sus dedos los bordes de esas fronteras recién descubiertas, midan sus distancias, tracen itinerarios, mientras notan que esa travesía les produce una aceleración en el ritmo de su respiración . Descubrirán rutas públicas, al alcance de todos y rutas permitidas sólo a los allegados, pero sobre todo, disfruten de esas que están vedadas a otros, esas que están hechas exclusivamente para Vd. Y después prueben a hacerlo con los ojos cerrados o a oscuras Al principio no serán capaces, pero sustituyan la suave caricia de sus dedos por leves presiones en los lugares en los que se pierden, para advertirle al otro que lo guíe, y luego imaginen que interpretan sobre ese fondo alguna melodía, convirtiendo ese cielo en un instrumento cuyo virtuosismo quieren perfeccionar, y tóquenlo más y más. Es el único lugar en el que coinciden público e instrumento en una sola materia, un público unipersonal que siente la música de sus dedos, con los ojos cerrados y en silencio.
Apaguen el ordenador ahora mismo y echen las cortinas. Un universo les espera.
Juan Carlos González Seoane