otros quijotes

En el depósito de locomotoras de Mora la Nueva, allá por los años 50, había una gran actividad dentro de la playa de vías. Desde esta estación se acometía la fuerte subida a la sierra de Pradell y el paso por el túnel de la Argentera de camino a Reus. La práctica totalidad del pueblo trabajaba para el ferrocarril de manera directa o indirecta. Cuando sonaba la sirena de los talleres había que ver la riada de ferroviarios por la calle de la estación en dirección a sus casas. Sólo las parejas de conducción y personal de circulación permanecían junto a sus máquinas o puestos de control.

Bajo una frondosa higuera cercana al depósito de agua, se sentaban tres parejas de conducción. Una de ellas estaba asignada a las maniobras con una Piloto en la estación de Mora. Normalmente era una máquina muy veterana de más de cien años, que antes de pasar a desguace se le asignaban tareas anodinas, como hacer maniobras de clasificación de vagones. Luego llegaba una moderna 2-4-1 “Bonita” de Renfe y se los llevaba a su destino. Domingo, el más veterano de todos, era el encargado de preparar el cocido aprovechando una eyección de la caldera. Lo hacía con una olla de fabricación artesanal con una doble pared por la que circulaba el agua hirviendo. Fueron las precursoras de la olla exprés. Alonso y Sancho eran bisoños y jóvenes a su vez. Sus cabezas llenas de pájaros no dejaban de preguntar a los veteranos acerca del recorrido hasta Barcelona. Sabido era, que tenían que salvar grandes dificultades en la línea y por esa razón la llamaron "Epopeya de los directos de Madrid a Barcelona vía Caspe, Mora, Reus y Tarragona". Sancho era el fogonero y por tanto el más sacrificado. Hacía su cometido con cierta pereza mientras pensaba en el momento del almuerzo. Alonso por el contrario siempre le estaba contando sus planes de futuro y proponiéndole aventuras que Sancho se encargaba de poner en su sitio sin molestarle.

Cierto día del mes de Julio a media tarde y con un calor sofocante, llegó el directo de Madrid a la estación. Andrés, jefe de la misma, andaba como loco de un lado a otro sin saber qué decisión tomar. La máquina que daba el relevo había tenido avería nada más salir de la rotonda de talleres y no podía pedir que la titular del directo continuara hasta Reus puesto que estaba exhausta, falta de agua y carbón.
Mientras la recién llegada se retiraba al depósito, Alonso y Sancho maniobraban con el coche restaurante para acoplarlo al directo. Al ver a su jefe Andrés dando voces le preguntaron:

- ¿Pero qué le pasa? Por cierto, ¿dónde está Caballero con el relevo?

- No está ni estará, tiene la vaporosa averiada.

A Alonso se le iluminaron los ojos, algo por dentro se le removió y sin poder remediarlo le dijo a Sancho:

- ¡Es nuestra oportunidad!

Sancho sabía a qué se refería y trató de poner juicio:

- Alonso, ni se te ocurra. Estás loco, nunca hemos salido de aquí y no tenemos preparación para lo que estás pensando.

No le escuchaba. Alonso escupió su sentencia:

- D. Andrés, nosotros podemos hacer el servicio sin problema. Estamos preparados.

- Quiá, ¿vosotros? No llegaríais ni al primer túnel.

- Con otra locomotora puede que no, pero con esta reliquia que conozco como a mi fogonero, llego a donde quiera. Puede que más tarde, pero llego.

Y ese razonamiento provocó que Andrés hiciera valer el dicho de que más vale tarde que nunca. Y que Dios le pillara confesado si además ocurría algún accidente.

- Jefe no le vamos a defraudar. Esto le valdrá una mención en el libro de la compañía.

- ¿Una mención? Vosotros no sabéis lo que os espera . Y a mí, veremos si salgo vivo de esta situación. Un solo consejo, cuando lleguéis al túnel de Fabara recordad que debéis atravesarlo a 40km/h, si vais a más velocidad los bandazos de la máquina pueden hacerla rozar con el revestimento.

- Descuide jefe, lo tendremos en cuenta.

Andrés les dio la salida y después imploró al cielo para que todo fuera bien. Descolgó el teléfono y avisó a la siguiente estación de lo que se les venía encima. Naturalmente todos los factores de la línea se echaron a temblar.
La vetusta 0-4-0 de Alonso y Sancho empezó el recorrido a marcha de caracol. Sólo en la recta cuesta abajo que daba acceso al túnel de Fabara, decidió darle gas a tope para recuperar algo de tiempo. En cada kilometro recorrido se iba acumulando más y más retraso. Sancho le recordó las advertencias de Andrés, pero Alonso seguía sin escucharle. Se sentía la persona más importante del mundo, su misión era vital, nada ni nadie impediría su gesta. Sólo se dirigía a Sancho para pedirle más presión en la caldera.

Entraron en el túnel a 70km/h y tal como dijo Andrés, se sintió un fuerte impacto y un sonoro estruendo que sobrecogió a ambos. Habían golpeado con la chimenea en el revestimiento del túnel. Pero no se detuvo a pesar de las chispas y carbonilla que cegaron la cabina de conducción. Alonso, más que sentirse consternado, creyó que pasar por las restantes estaciones hasta Tarragona mostrando esta herida de guerra, como tal entendía esta aventura, le valdría la admiración de los compañeros.

Pasó por todas las estaciones sin detenerse para evitar una mayor acumulación de retraso que no obstante era ya de tres horas. A las once de la noche pasaba por delante de la señal de entrada de Tarragona. Igual que todos su compañeros se acicaló la gorra, anudó bien su pañuelo, y se asomó descaradamente a la ventanilla para que pudieran observarle bien los viajeros de la estación. Sobre todo el factor de circulación de Tarragona al que sin duda iba a impactar.
Pero una vez la chocolatera rodó por el primer tramo de andén empezó a escuchar una sonora pita de los desesperados familiares y cabreados viajeros que iban a tomar este directo a Barcelona. Y se la dirigían a ellos. A su vez y a juzgar por la cara del factor que veían en la distancia pendiente por recorrer, no les pareció que escondiera felicitación alguna. Y así fue, a la bronca del factor se unió la de los viajeros que se bajaban en Tarragona a los que la policía tuvo que sujetar para que nos les agredieran.

Pasaron al despacho del factor y éste algo más tranquilo les dijo:

- No, si vosotros lo habéis hecho bien, la culpa es de Andrés, se le va a caer el pelo. Y la chimenea, os la habéis dejado en Fabara, seguro.

Alonso y Sancho se retiraron a los dormitorios de maquinistas de la estación totalmente cortados y desilusionados. Pero al entrar en el habitáculo una sonora pita con grandes vítores y aplausos de los compañeros allí presentes les devolvió el ánimo. Delante de ellos estaba Domingo, el veterano de más fama en la línea. Cogió el atizador de la estufa a modo de espada y tras arrodillarlos en el suelo les nombró nuevos caballeros de la línea de los directos.

Juan Leante García

 

 

¿POR QUÉ NO LOS VENDES?

Un transformador marca Alter para 125 y 220v de hace 60 años, dos centralitas de madera con sistema de clavijas de la Standard Eléctrica, un teléfono de magneto con baterías, una emisora-repetidor de radio Telcom, dos emisoras portátiles de la misma marca, un casco y mascara de minero, dos sirenas de una mina, tres timbres de bronce de una fabrica de harinas, una señal luminosa de cambio de vías, un semáforo de la estación de Busdongo (Asturias), tres aparatos de precisión para medir gases y humedad, un panel de la centralita telefónica de Cariñena marca Ericson, dos amperímetros, un voltímetro, dos manómetros y algunas cosillas más componen mi colección de objetos encontrados en lugares abandonados y luego restaurados en parte por mí.
Mi hijo me dice de vez en cuando que en el Rastro me darían un buen dinero si los vendiese. Es más, me pregunta por qué no lo hago. Siempre le he contestado que para mí tienen un valor incalculable y que no tendría sentido pasarlos a otras manos. Esto no parece convencerle mucho cosa que me entristece al comprender que a él ya no le interesan.
La próxima vez le diré la verdad. Y es que lo más valioso de toda esta colección de objetos es el recuerdo de los momentos en que los dos los encontramos.

Juan Leante García


 

LA SINDICALISTA ROMÁNTICA

Muchos años de lucha sindical ocupando todos los frentes allí donde se la requería. Asociaciones vecinales que fueron el lugar desde donde agujerear paso a paso la resistencia de las Juntas Municipales cuando no al propio Ayuntamiento. Querida en las bases por su tenacidad, capacidad de trabajo y por su carácter, fuerte carácter. Sin embargo, incapaz de hacer daño premeditado a nadie.
Llegó al Parlamento por una decisión poco meditada del comité ejecutivo, que quiso premiar su labor incluyéndola en la vigésimo novena posición de la lista. No estaban muy seguros de que ella encajara en un sitio donde la palabra era un arma más importante que la verdad. Pero los votantes propiciaron que la lista fuese votada más de lo esperado y entrara en el hemiciclo.
Se le encomendó la cartera de Asuntos Sociales, su especialidad, que era tanto como ponerla a predicar en el desierto y esperar que después de una cura de paciencia se dedicara a vegetar como todo el mundo.
No fue así. Desde su primera intervención se vio claramente que no pararía hasta sacar agua de las piedras.
Quiso el azar que la coyuntura del momento, como dicen los políticos, acogiera bien a una diputada cañera en contra de un gobierno débil que hacía aguas por todas partes. Tan efectivas eran sus intervenciones o preguntas al orador de turno, que varias veces se comentó en la prensa que las periódicas salidas del Ministro de Asuntos Sociales al servicio, no eran debidas a problemas de vejiga, más bien a tripa descompuesta.
Fueron muchas las ocasiones que el Presidente del Parlamento llamó al orden a nuestra corrosiva diputada que tomando alas ante los aplausos de su grupo, empezaba a gesticular con las manos haciendo grandes aspavientos y apuntando al Ministro con el dedo tal cual revolver. La última amonestación fue por decirle:

- Si usted tuviera un gramo de vergüenza, cosa que dudo, ahora mismo se levantaría de su asiento y se vendría conmigo a visitar los centros de mayores de los que tanto habla. Yo sí los conozco, pero usted no. Por no saber no sabe, que cuando se cague en los pantalones, cosa que ya le ocurre y sabe media España, necesitará alguien que se los cambie.

Y así cada dos por tres. Aplausos, reprobaciones del presidente de la cámara, réplicas de su interpelado cada vez más histéricas, en definitiva mucha tensión. Y preocupación también al ver la congestión sanguinolenta en la cara del Ministro, un hombre propenso a la hipertensión, y qué hacía qué el médico de turno estuviera al quite por si le daba algo.
Cuando al fin cayó el gobierno y fue la oposición quien tomó la batuta, del Ministro de Asuntos Sociales saliente nunca más se supo. En la política no siguió, eso seguro.

Nuestra diputada fue nombrada Ministra de la cartera con la que tanta guerra dio.
Lo que nadie esperaba y menos dentro de su propio partido, es qué pasados los primeros cien días se convirtiera en un látigo contra los suyos. ¿Dónde estaban los fondos prometidos en el programa electoral?, ¿Por qué otros ministerios, como el de Guerra, estaba recibiendo partidas extraordinarias y lo mismo el de Interior.
El nuevo Presidente de la Cámara no sabía que hacer mientras la oposición cavilaba acerca de esta nueva y desconocida estrategia.
Empezó éste a interrumpir a nuestra diputada indicándole cada dos por tres el tiempo que le quedaba, así hasta que en una de las ocasiones volviose ella (las cámaras de T.V. no pillaron el gesto pero un bedel atestiguó que fue su mirada la causa) y el presidente no volvió a interrumpirla.
Y en ese estado de cosas tuvo que llegar la llamada a su despacho del Presidente del Gobierno y camarada a su vez:

- Esto no puede seguir así, te comportas como si fueras una infiltrada de la oposición, bueno peor que eso. Somos el cachondeo de la prensa y yo no puedo seguir justificando tu actitud con el repetido tema de que nuestro partido es distinto y permite las discrepancias. No, ya no puedo y más después de haber llamado “tarugo” al Ministro de Economía. Prométeme que cambiarás de postura o me veré obligado a sustituirte.

No daba crédito a las palabras del qué había sido su guía, quien la había impulsado a tomar iniciativas, a cambiar el mundo. Sus ojos empezaron a parpadear, se frotaba las manos, luego palpó su cintura, y los muslos hasta recalar en el bolso. Sus ojos se humedecieron mientras miraba fijamente a su Presidente. Y en ese estado de rabia contenida él se fue poniendo en guardia. Primero empezó a recular con la silla y a mirar a su secretario. Después comenzó a sudar sin despegar los labios.
En su cabeza surgió una duda:

- A veces los servicios de seguridad y los detectores de metales fallan.

Juan Leante García

 

 

 

LA HIGUERA (Para mi cuñado Pepele)

Se sentó Pepe debajo de la frondosa higuera, en el banco de madera que él mismo se había hecho con viejas traviesas de la vía. A su lado, en la mesa de piedra, puso el café y el porrón con el aguardiente que su amigo Hilario (maquinista en la línea) le había traído del Bierzo. Hilario era su único contacto con el exterior y el cartero que nunca le llevaba carta alguna, solo los paquetes y libros que Pepe le pedía. El café era portugués y lo preparaba a conciencia, ni muy molido ni excesivamente grueso, era su secreto que solo compartía con Hilario. Nunca detenía el tren del todo, pues no había parada autorizada, así que Pepe le seguía al paso y le daba un vaso de café puro con unas gotas de aguardiente a Hilario, mientras recibía el paquete y algún que otro comentario del día.
Bebió un sorbo y se recostó sobre el banco observando la algarabía de pájaros refugiados a esa hora de la tarde, la de más calor, en el fresco cobijo de tan generoso árbol. Hacía días que los higos eran objetivo de las aves y se notaba en los excrementos provenientes de estómagos revueltos por un empacho inevitable, y la consiguiente descomposición producto de su mezcla con el agua de la alberca.
Ya lo decía el refrán: Con higos, brevas y peras, agua no bebas.
Con sus ojos fijos en el infinito azul, empezó a recordar cuando llegó por primera vez a este destino. La estación del Mármol. Así la llamaban porque durante años era punto de embarque de unas canteras que tardaron poco en agotarse o quizás, ya no interesaban a nadie. La pequeña casa baja no parecía una estación. Sólo tres cuartos, entre ellos la oficina del teléfono con cuatro muebles viejos. Él se encargó de darles lustre y recomponer las desconchadas paredes. En el exterior, dos Eucaliptus que marcaban la única referencia de un paisaje lunar en la sierra de los Murrios. A su lado un pozo que nadie pensaría tuviese agua. Una vía de cruce y una de carga con su pequeño almacén, era el inventario de aquel desolado lugar.
Trasformar la realidad es lo que él había conseguido durante tantos años. Aquel pozo con su generoso acuífero, alimentó a unos plantones de diversas retamas, alibustre, romero, lilas y jazmines. Después vinieron un almendro, un membrillo y dos manzanos. Pero ninguno de ellos le dejó la sombra que buscaba. Y lo peor es que no daban a la estación el aire ferroviario que deseaba. Toda estación que se preciara debía tener como mínimo una higuera.
Y acabó plantando cuatro, pero de todas ellas una fue su orgullo, su gran amor junto al perro Latón, un San Bernardo recogido del abandono y dos gatos persas de pelo corto, a los que Latón lamía como si fueran sus hermanos.
La única circulación que debía atender era el tren carbonero de Hilario, para cerrar las barreras de la carretera comarcal. Por el poco tráfico de coches que por allí pasaban, llegó Pepe a pensar que se habían olvidado de él. La nómina era la única certificación de que aún estaba empleado en la compañía, pues hacía ya tiempo que no le llegaban ni las circulares con las actualizaciones del reglamento de circulación.
Sus ojos se recrearon de nuevo en la higuera y se preguntó por qué a los árboles no se les ponía un nombre. Estaba seguro que aunque no pudieran manifestarse como su perro Latón, si les hablabas, en su interior la savia se aceleraba como el pulso en las personas, lo sabía porque esa higuera había recibido todo su esmero y cariño y el resultado quedaba a la vista. Sus frutos doblaban a los de las otras tres y los pájaros distinguían bien en cual comer primero.
El sonido de la bocina de Hilario le ha despertado de sus recuerdos. Banderín en ristre para dar el paso reglamentario, aunque a nadie le importe, después de poner las cadenas del paso a nivel.
La sorpresa ha sido la inesperada parada de Hilario a su altura. No tiene buena cara su amigo. Entre el estruendo de los motores diesel escucha a un personaje que se asoma a la ventanilla y que no conoce. Le entrega un sobre al tiempo que le dice:
- A partir de primero del mes que viene, está estación quedará suprimida. En el sobre vienen las instrucciones y su nuevo destino.
Hilario se ha despedido sabiendo que Pepe ha recibido una puñalada en vez de una buena noticia. No ha recibido respuesta, pero lo entiende. Muy despacio, mientras el rugido de la diesel se aleja, Pepe retira las cadenas del paso y vuelve a hacia la casa. Latón como siempre detrás de él. Después de leer el contenido del sobre da un vistazo alrededor y se fija en la higuera. Sonríe y hablando en voz alta le dice:
- En los próximos meses voy a preparar una huerta entre tu sombra y la alberca.

Juan Leante García

 

 

los destinados de cada día

Hojeando el periódico, me he parado en una de esas noticias de internacional que son prácticamente inapreciables por su espacio diminuto. Habla de 10 extremistas muertos por tropas del gobierno en la frontera India. Es para mí tan poco llamativa la noticia que he olvidado la organización a la que pertenecían y hasta dudo ahora de sí el país era la India, o Pakistan.
Pero gracias a mi procesador telescópico conectado con el satélite Parapobres voy a poder averiguar algo más de estos desdichados. Porque a ver, ¿qué se proponen esos activistas?, ¿tan importante es su ideario cómo para perder la vida?, ¿tenían familia?,...
Paso a 15.000 aumentos sensoriales el procesador y ..., ya, ya lo veo mejor, efectivamente es Pakistan y no la India. Sigo aumentando a 35.000 y veo la frontera y junto a esta unos pueblos disgregados construidos de adobe y rodeados de un reseco y abrupto paisaje. Aquí vivían los extremistas. A 50.000 aumentos me introduzco en una de las casas. Me acerco a un par de viejos que ordeñan una famélica cabra en medio de un hedor insoportable. Puedo hablarles con traducción simultánea gracias a este procesador y comprender lo que me dicen. Naturalmente están informados de lo ocurrido. Ninguno de los muertos era familiar suyo, pero los conocían, eran todos del pueblo. No pertenecían a ningún movimiento independentista o partido político o agrupaciones sindicales ni nada que se le parezca. No, eran simplemente pastores que estaban en medio de un fregado por cuestiones del azar. Se les ha matado por estar de parte de los indios y darles cobijo. Claro qué, la vez anterior fue al revés. Según me cuentan estos dos ancianos entrañables, las únicas armas que ellos usaban era un garrote y una navaja que podía servir para cortar un trozo de queso, como para desollar una oveja. Por no saber, ni leer y menos escribir, y mucho menos por qué les mataron.
A 100.000 aumentos he visto 10 familias resignadas. Sí, allí la muerte es tan natural que no se llora, da lo mismo un día antes que después. De hecho, como me decía la madre de uno de ellos a mi pregunta de cómo se las apañarán mañana, me ha contestado que primero es ver si podrán comer hoy. Mañana está muy lejos.
Al desconectar mi procesador y volver a mi mundo, me pregunto:
¿Pero a quien puede interesar esta noticia?

Juan Leante García


 

entrevista cervantes

- La genética ha llegado a la feria del libro. Por eso estamos aquí en este auditorio, para hacer una entrevista única y exclusiva rodeada de ilustres personajes de la literatura y la política. Nos encontramos en la caseta del Ministerio de Cultura donde se encuentra el protagonista que todo profesional quisiera tener delante. Me estoy refiriendo a D. Miguel de Cervantes.
D. Miguel, ¿cómo se encuentra después de 400 años sin dar palo al agua?
- Un tanto mareado vuesa merced y con la tripa suelta. No sé si merece la pena este regreso.
- D. Miguel eso debe ser normal, le encuentro un poco pesimista. ¿No está contento con su vuelta a la vida?
- Señora mía, no se trata de eso, es que no acabo de adaptarme a estos tiempos. Además, estoy de mal humor con los curanderos estos, bien podían haberme repuesto el brazo que perdí, pero han hecho una fiel reproducción de los peores momentos de mi pasado.
- Eso es qué han querido qué todos pudiésemos ver al héroe de la batalla de Lepanto. Le dolió mucho cuando le dejaron manco.
- ¿Vuesa merced que cree? Al principio no me enteré cuando el moro mierda me dio un cimarritazo con alevosía y premeditación. Sí, sí, me estaba esperando para darme a traición. Me dejo el brazo colgando de un pellejillo que luego tuve que cortar tal carnicero remata un tajo mal dado.
- D. Miguel, dejemos eso. Cuando escribió El Quijote ¿imaginó el éxito que tendría después?
- Si lo hubiese sabido no lo habría escrito. Pero qué pregunta tan absurda señora mía. Y dígame, ¿así se gana vuesa merced la vida?
- Igual que usted, D. Miguel. Pregunto las jilipolleces que me pide la audiencia. ¿Acaso en su tiempo no ocurría lo mismo?
- Ya lo creo bella dama. Mismamente fui tachado de majadero por aquellos que leyeron mis escritos de entonces.
- Ve usted, yo les doy lo que quieren oir y usted será lo que nosotros queremos que sea, un mito sí, pero español, para pasearlo por el mundo.
- Disculpe señora, pero me están dando unos retortijones fuertísimos, algo no funciona bien en este cuerpo mío.
El equipo de médicos se apresuró a retirar a D. Miguel de la sala ante el desolado público.
A la salida varios académicos comentaban sentirse defraudados. Esperaban a alguien más brillante, capaz de seducir con su oratoria a una audiencia de la creme literaria actual.
Demasiado simple D. Miguel, por eso escribió El Quijote.

Juan Leante García

 

 

hermelindo

A principios de siglo Hermelindo estaba destinado en Tuy cómo jefe de estación. Al igual que otros ferroviarios, cuando el trabajo se lo permitía daba rienda suelta a sus aficiones. La que más le gustaba eran los pájaros. Por extraño que parezca, los ruiseñores le cantaban en la jaula, entre cuyos barrotillos entrelazaba enredaderas, para que se sintieran menos fuera de su ambiente natural. Tenía también canarios. Y se hicieron famosas sus perdices. Quería Hermelindo experimentar, si una gallina empollaría huevos de perdiz y luego haría de mama de los pollos. Pero el amigo, cazador y obrero de vía y obras, que debía facilitarle los huevos de perdiz, cuando fue a recogerlos se encontró con que ya habían nacido los perdigones, y les mandó estos a Hermelindo en vez de los huevos. Ante esta situación Hermelindo hizo lo imposible por sacar adelante estos pollos de perdiz. Y lo consiguió, hasta el punto de que ya crecidos los sacaba de la jaula en pleno anden, por donde correteaban, para al final volver a la jaula con toda naturalidad.
Otra afición eran sus perros de caza, muy bien amaestrados. Tenía uno al que llamaba Tilín, famoso por sus habilidades. Entre las más famosas estaba esta:
A una señal suya, uno de los empleados de la estación colocaba en la mesa de aquél, en un determinado orden, el baderín rojo, el banderín verde y la gorra.
Hermelindo le pedía a Tilín que trajera el banderín rojo, pero el perro le traía la gorra. Ante el aparente fracaso, él decía a sus espectadores que el perro era tan listo, que sabía que antes de coger el banderín rojo tenía que ponerse la gorra. Después Tilín obedecía las ordenes de su amo sin errores aparentes. Los aplausos le ponían como loco, ladrando y requiriendo de Hermelindo la consabida golosina.

Juan Leante García


 

CUENTO DE NAVIDAD

En la estación de Bembibre, en el Bierzo Leonés, comienza el ascenso al Puerto del Manzanal. Allí nunca se celebra la Navidad. Una pena, pues pocos lugares ofrecen un paisaje tan adecuado para estas fechas. Nieve por todas partes, ventisca, y frío que congela las ideas. Y en medio de este panorama la figura de un jefe de estación que se vuelve loco allá por los años cincuenta.
Bembibre tenía una gran playa de vías y numerosos apartaderos. Imprescindibles para situar los trenes carboneros cuando el clima impedía su circulación por el puerto. En aquella ocasión ya no quedaba espacio y lo peor es que las necesidades de combustible no podían esperar más. Pero retrocedamos en el tiempo.
Las brigadas trabajan sin descanso apartando la nieve, pero apenas despejan un tramo, ya está cubierto el anterior.
Las presiones sobre el jefe de estación desde la jefatura de León, le hacen tomar una decisión. Convoca a tres parejas de conducción y les da orden de partir en triple tracción con un carbonero de 50 vagones. Saben que cumplir esta misión supone abastecer las calefacciones, cocinas y fábricas de un país aún sumido en la pobreza y la miseria. Pero en estas fechas hasta las desdichas se dan alguna tregua.
Las tres Santa Fe, se ponen en marcha en un apoteósico rechinar de ganchos y ruedas, acompasado de nubes de humo blanco que esconden toda la estación. Las dos que van en cabeza despiden chorros de vapor por los émbolos como si en ello les fuera la vida, mientras la que empuja por la cola patina en su afán de coger la velocidad adecuada cuanto antes. Maquinista y fogonero saben que les ha tocado la peor parte. Si el convoy llega al túnel del Lazo a 40km/h, podrán sortearlo sin grandes agobios, de lo contrario..., prefieren no pensar.
Tras una hora de marcha complicada llegan al túnel a escasa velocidad. Las dos primeras máquinas lo atraviesan junto con la mitad del convoy. Pero la empinada rampa a su salida les hace perder velocidad y dar alocados patinazos. La que va en cola lo intuye y aplica toda su potencia hasta introducirse en el túnel. No se ve nada. Se sofocan, se abrasan la piel, apenas pueden saber si avanzan o no. Solo el palo de la escoba al tocar la pared les hace comprender que se están parando. Se dan voces el uno al otro: - ¡Sigue echando arena! - ¡Ponte la mascarilla! - ¡Túmbate y podrás respirar mejor! - ¡Por Dios dale más potencia, estamos patinando!
Podrían escapar haciendo marcha atrás y salir del túnel, pero significaría dejar que la composición retrocediera sin control hasta estrellarse contra ellos, o cualquiera de las pronunciadas curvas del puerto.
Con las gargantas abrasadas por el azufre y los gases, las ropas medio calcinadas, la pareja de la Santa Fe, hace el último gran esfuerzo por sacar el tren del túnel. Regulador abierto al máximo, pulsaciones de los émbolos que hacen temblar las paredes, patinazos frecuentes que despiden un haz de chispas como única fuente de luz en las tinieblas, y un humo espeso irrespirable, es el escenario donde sus sentidos dejan de sentir.
El maquinista de la titular que va en cabeza, ha visto que recupera velocidad y que la máquina de cola ha salido del infierno. Hace las señales reglamentarias con el silbato para que esta deje de empujar y retroceda hasta Bembibre. Pero no obtiene respuesta. La velocidad es tan pequeña que manda al fogonero apearse para ver que ocurre. Cuando llega a la Santa Fe, se encarama a la cabina y encuentra a sus dos compañeros sobre el suelo. Cierra el regulador y frena la máquina. Se acerca a ellos y los zarandea. Están muertos. Por sus mejillas empiezan a resbalar lágrimas negras. Las señales que envía con el silbato a sus compañeros son campanas tocando a muerto. No son los primeros ni serán los últimos.
El tren ha llegado a su destino. En la ciudad el invierno no será tan duro.
En Bembibre la Navidad se enluta de nuevo. Por eso nunca se celebra.

Juan Leante García

 

 

LLUEVE

Llueve y nieva. Apostado detrás de las cristaleras de mi oficina, en un sábado muy aburrido, me distraigo viendo pasar a la gente por las aceras. Es un ir y venir con las bolsas cargadas de la compra y los niños siguiendo los pasos de sus padres.
Será un sueño. Estoy en otro país. Los rostros de quienes desfilan ante mí, pertenecen a otras razas y culturas diferentes. Van sonrientes. El fin de semana será especial. Especial por la comida inusual que les espera. Cómo para mí cuando de pequeño llegaba la cena de Navidad. Especial por las reuniones con otros compatriotas. Especial por la música que acompañará los bailes. Especial por que a la noche se revolcaran como posesos.
En la carnicería islámica la gente sale con gran profusión de hierba buena para el té.
Al ver todo esto comprendo que la mezcla es el futuro de nuestro mundo y que estamos condenados a entendernos y respetarnos. La tierra sobre la que llueve y la lluvia misma pertenece y moja a todos cualesquiera sea su origen. A la miseria, nadie la quiere.
Despierto. Ya no llueve. Los rostros de los de aquí están serios. Los de allá sonríen.
Pero como reza en algún dicho: “Verás como viene alguien y lo jode”. Un fuerte griterío se forma en la calle. Dos municipales forcejean con dos gitanas, que antes de entregar su mercancía la han tirado por los suelos. La calle se ha quedado paralizada contemplando el espectáculo. Comienza a llover otra vez.

Juan Leante García

 

 

LA PESCA

En las contadas ocasiones en que he ido de pesca, al final siempre me jure que no volvería a repetir.
No. No soy un entusiasta de la pesca, aunque en ocasiones lo pasara bien cogiendo algunos ejemplares.
Recuerdo la primera vez que me apunté, como curioso, con dos compañeros de oficina, Luis y Valentín. Fuimos al Tajo en temporada del Lucio. Es decir, en pleno invierno.
En un recodo del río, con la vegetación cubierta de escarcha y una oscuridad total, mis compañeros salieron del coche disparadospresas de una excitación total. Parecía que empezaba entre los ellos una carrera frenética para ser el primero en lanzar la caña.
En medio de ese fragor, y teniendo en cuenta que yo iba a intervenir también, llamé la atención de Luis:
- ¿Cual es mi caña?
- Coge esa.
Era una telescópica que fui desplegando.
- Luis, el carrete no gira.
- Quítale el freno.
- ¿Cual?
- Trae...
Preparó la caña y me la devolvió.
- Luis, ¿Cómo se enganchan los carpines?
- ¡Coño! Ten cuidado con el oxigenador, que se nos mueren los peces.
Sacó uno del bidón y sin mediar palabra lo preparó. No vi lo que había hecho. Lanzó al agua con gran estilo, cerca de unos juncos.
Seguidamente, se fue raudo a lo suyo. Al poco, le observé que lanzaba y volvía a lanzar con lo que después supe era la cucharilla.
- Luis, ¿recojo un poco?
- Sí, sí. Poco a poco...
Recogí y enganché. El aparejo, por supuesto.
- Luis, se ha enganchado.
- Bueno, ahora iré. Muévete a los lados a ver si...
- Nada. No hay manera.
- ¡Hostias! Ya voy.
Hizo lo que se debía hacer hasta recuperar el aparejo, pero sin cebo. Al verlo le dije:
- ¡Joder! Se lo han comido.
- ¡Que leches van a comer!
Puso otro cebo y me dio nuevas explicaciones para hacer bien el lanzamiento. Amanecía.
Tras repasar las recomendaciones de Luis, lancé templando y con mimo. Solo pude observar al cebo volando. Había olvidado liberar el hilo. Aquello no se podía hacer público. Con sigilo enganché otro carpín como pude. Una carnicería.
Esta vez no hubo retención. El carpín y todo el aparejo se fueron a tomar por culo a las ramas de los árboles de enfrente. Con mucho tacto se lo dije a Luis. Su respuesta me la esperaba:
- ¿Que? ¡No jodas! Anda, déjalo. Mira, lo que puedes es ir encendiendo un fuego y preparar los bocadillos.
Ya no quise tocar caña en el resto del día, no fuera a ser que acabara en el río. Y todo éste lío para sacar, según su argot, dos bolígrafos.
Tuvieron el detalle de regalármelos. Me explicaron cómo se preparaban:
- Lo rellenas de buen jamón y luego lo metes en el horno. Cuando esté hecho, tiras el Lucio y te comes el jamón.
Pensé que era broma, pero no. No había gato que se atreviera con tanta espina.

Juan Leante García

 

 

POR LAS MANOS

Miro mis manos. Manos plagadas de manchas, venas abultadas y dedo meñique atrofiado. Me recuerdan que no tardaré en volver a mis orígenes.

Juan Leante García

 

 

FÁTIMA

Hace muchos años que Valentín se enamoró de Fátima. Fueron muchas las ocasiones en las que otras personas allegadas e incluso él mismo, le preguntaron, se preguntó, que sería lo que había visto en Fátima para dedicarse en cuerpo y alma a sus constantes cuidados.
Cuándo la conoció, su salud ya era delicada. Los años no habían pasado el balde y para mayor desgracia sus dos compañeros anteriores no se distinguieron mucho por darle una vida adecuada.
Ahora, a Fátima le cuesta un esfuerzo considerable ir de un lado para otro, y no digamos subir una suave pendiente. Su respiración se vuelve ronca, a cada avance más lenta, hasta el punto de que en algún momento ocurrirá lo inevitable. Su corazón no seguirá adelante.
Pero Valentín conoce al dedillo todos sus achaques y los síntomas que les preceden. Desde que empieza por la mañana a ocuparse de ella, ya huele a mucho amor. Sabe que su aspecto debe ser el mejor y saca lustro de un cuerpo desvencijado que reniega de sí mismo. Cuándo ésta operación llega a su fin, se aleja unos pasos para contemplar su obra y echarle un par de piropos.
Lo siguiente es más complicado. Conseguir que se ponga en movimiento, saliendo de su pose de invalida, requiere un tacto exquisito. Pero Valentín toca todas las teclas de su cuerpo para sacar el estímulo suficiente y dar los primeros pasos. Seguir después, es más llevadero. Durante el recorrido, Serafín es todo ojos y oídos. Es tal su desvelo por Fátima que resulta obsesivo. Al primer aviso ya está él aminorando el paso, aplicando ungüentos o insuflándole un poco de aire fresco.
Nadie en la estación entiende cómo Valentín tiene medio abandonada a su familia, por el simple hecho de mantener viva la vieja máquina de maniobras de la que sus jefes y compañeros esperan que un día de estos reviente de una vez.
Cuándo eso ocurra, Valentín morirá con ella. Por verdadero amor.

Juan Leante García

 

 

LOS NARANJOS DE THARSIS

He vuelto a Tharsis. Todo sigue igual. Bueno, no todo. Faltan cada vez más cosas y las que restan están en peor estado. Eso me obliga a ser menos selectivo y rebuscar en otros rincones hasta ahora menos llamativos a la vista. En esta ocasión, ha sido documentación de la desaparecida empresa la que he rescatado del revoltijo de papeles, libros y folletos desparramados por los suelos.
Al leer algunos de esos testigos mudos, me quedo perplejo ante las barbaridades que se pueden plantear a la gente cuando son presa de la desesperación. Hablo de una empresa minera de Huelva ubicada en la Sierra del Andévalo que en su día explotaba yacimientos de cobre y azufre.
No me es fácil describir el paisaje, pero lo intentaré. Irregular en lo que alcanza la vista. Calcinado en gran parte por los hornos de incineración y la explotación intensiva en los últimos años en la modalidad de cantera a cielo abierto. Rocoso y pedregoso hasta la saciedad, donde se abren paso algunos pinos de reforestación. Pero sobre todo, removido. Sería difícil saber si donde uno está pisando es el terreno original, o una escombrera oculta de la época de los thartesos, disimulada ahora por jaras y romeros.
Y en este lugar, bello por sus heridas, llegó un día un ilustre negociador de la administración para dar ideas alternativas a la minería y recolocar a la gente. Y entre esas ideas la más brillante y destacada, como reza en diversos comunicados de los sindicatos, consistió en hacer del lugar una plantación de naranjos. Sí, naranjos subvencionados. Lo he releído varias veces por si me había equivocado. No entiendo nada de agricultura, pero a juzgar por el tiempo transcurrido desde la propuesta, debe ser correcta mi sorpresa, al chocarme tanto que un naranjo se encuentre a gusto en un lugar así. Pero en su momento no debió importar mucho. Cuanto más grande y burda sea la mentira o burrada, más parece verdad. Lo mismo que en la guerra de Irak. Muchos comulgaron con ruedas de molino antes que ponerse a pensar un poquito.
No he visto ningún naranjo por esa zona ni antes ni ahora. Salvo que algún entendido me diga lo contrario, este proyecto podría haber sido un acontecimiento de Marketing:
“NARANJAS MINERAS DE THARSIS”. Con vitamina C y minerales.

Juan Leante García

 

 

ESTRUCTURAL O COYUNTURAL

Entró Paco en la Parroquia. No era creyente pero respetaba a cualquier persona que profesara su fe de manera inequívocamente sincera. El mejor ejemplo lo tenía en su amigo Tomás quien ahora ocupaba un lugar preferente delante del altar.
No dejaba de pensar en los momentos que juntos habían compartido: la lucha sindical en la fábrica de motores y las movilizaciones en el barrio para reclamar mayor seguridad.
La noche anterior recibía tres navajazos de un joven toxicómano con el que paternalmente quiso dialogar.
Paco, despertó bruscamente de su sueño por la voz ronca y potente del párroco en su homilía a los presentes:
- Y dijo Jesús: “Mi reino no es de este mundo...”
La frase le llevó a una nueva reflexión:
- Resulta consolador que el mismo Dios, al cabo de una treintena de años, reniegue de este circo. Tiene que ser demoledor para un hijo asumir el legado que le dejó su padre. Ni el más optimista, entusiasta y luchador, puede sustraerse y sentir abatimiento ante la capacidad de hacer daño de su especie.
En ese momento Paco recordó dos palabras que había oído en la T.V por la mañana a un ministro económico: ¿Estructural o coyuntural? Mas o menos comprendía su significado y pensó si la maldad del ser humano era estructural o coyuntural. Se dijo a sí mismo:
- Es coyuntural. Cómo si no, se puede explicar que después de tantos años sobre la faz de la tierra vayamos peor que cuando las fieras nos hacían la competencia y la supervivencia lo justificaba todo. Si el tal Jesús volviera a este mundo de hoy, no necesitaría tantos años para pronunciar esa frase y marchar a su reino.
Cuando terminó el sepelio se acerco a su amigo y le dijo:
- Tomás, tu que eres creyente, dile a tu Dios que su creación ha sido una chapuza, que más vale que la tire abajo y empiece de nuevo. ¡Pero que digo!, mejor que se esté quieto, que no haga nada.
Al salir de la iglesia se dio de bruces con la policía que intentaba confraternizar con la indignación general a punto de estallar en altercado de orden público.

Juan Leante García

 

 

EL PSICOANALISTA

María y Diego conocieron la desesperación. La situación con su hijo Miguel de seis años acabó por desbordarles.
Miguel era un vendaval allí donde su atlética figura se hacía presente. Al despertarle, sus primeras palabras eran quejas e improperios a sus padres por sacarle de la cama casi a la fuerza. En el desayuno pasaba por rechazar todas las combinaciones posibles de tomar algo nutritivo hasta que se decidía por lo que él quería, aunque luego no le gustaba. El pediatra no comprendía que a pesar de esto gozara de tan buen aspecto.
En el colegio, su profesora estaba atacada de los nervios por no conseguir terminar una frase sin que Miguel interrumpiera con una pregunta, tosiera, pegara al compañero o le entraran ganas de mear. Pero lo peor era en el parque. Sus padres dejaron de frecuentarlo por las continuas broncas y disgustos con los familiares de otros niños a los que Miguel quitaba sus juguetes y si no, les arreaba un bofetón. En casa tenía destrozados los muebles y sobre todo su cama, en donde daba rienda suelta a las peleas con sus martirizados muñecos de peluche o amigos invisibles.
Pero lo que indujo a sus padres a solicitar ayuda fue tener que regalar a un vecino a Pepe, un pastor alemán de ocho meses que odiaba a Miguel mostrando una sumisión infinita.
Por unos amigos llegaron a la consulta de D. Pedro Radical Matamoros, Psicoanalista cuando terminaba su trabajo en el Ministerio de Defensa.
En la primera entrevista no estuvo Miguel y la dedicaron a la exposición del problema y ver si D. Pedro les ayudaría.- “Por supuesto que sí”.- Dijo D. Pedro con gran aplomo.
Fijó los honorarios, el día de comienzo y les despidió con una sonrisa comprensiva.
D. Pedro no había tratado a niños tan pequeños pero le seducía esta posibilidad para coger experiencia y llevar sus postulados a las conferencias que en el Ministerio daba a los padres de los futuros infantes de marina.
La primera sesión fue de tanteo, como los boxeadores. Pero perdió por puntos. Al despedirse Miguel con una sonrisa de triunfador, le entraron dudas de seguir con esta terapia. Pero pasados unos minutos se dijo que sería una cobardía abandonar a la primera. Lo tomó como un reto personal.
La segunda sesión coincidió con los carnavales. Miguel se presentó con un traje de Superman. Sin apenas dar a D. Pedro tiempo a reaccionar se subió a la mesa del despacho, herencia de su padre el general Secundino Radical del Toro. D. Pedro reprimió su ira y ganas de matarlo a duras penas, sobre todo al ver las huellas de barro en su escritorio.
Según se contenía, pasó una idea por su cabeza que le hizo recuperar la calma:
- ¡Eh, Miguel! Escúchame un momento. Tu con ese traje podrías volar, ¿no?
Miguel se quedó parado, pensativo quizás, pero no dijo palabra, tan solo afirmó con la cabeza.
- Bueno, a que esperas para demostrarlo.
No dudó Miguel ni un segundo más, se lanzó con decisión, a cuerpo de rey, con todas sus fuerzas, como en la piscina. Cayó a plomo sobre el entarimado del despacho produciendo un ruido seco.
- ¡Pero bueno!, ¿que ha pasado? Inténtalo de nuevo Miguel.
No hubo mas intentos ni llanto alguno. D. Pedro se lo llevó a la cocina para poner hielo en el incipiente chichón que crecía por momentos y contener la sangre que manaba de su labio partido. No hubo más conversación hasta que llegaron sus padres.
Horrorizados ante el aspecto de su hijo y las no convincentes explicaciones de D. Pedro, salieron despavoridos con intención de denunciarlo. Pero no lo hicieron, una vez que tras preguntar a su hijo veinte veces si D. Pedro le había pegado obtuvieron siempre la misma respuesta tajante: “No”.
Pasados dos meses, Marina y Diego se presentaron en la consulta de D. Pedro para pagarle las dos sesiones de su hijo.

Juan Leante García

 

 

EL CHAPUCERO FELIZ

Después de muchos años haciendo remiendos en la casa del pueblo, empezó a sentir el deseo de tener una chimenea. La que había, estaba cegada desde la llegada del butano. Y también, una fuente ornamental, se dijo. Cosas de la edad, pensó él, como justificación a tan inusitado descubrimiento.
Pero surgieron problemas que postergaron año tras año su realización.
No le dejaban hacerla dentro de la casa pues ensuciaría mucho. Y la fuente que estaría en el patio, no era prioritaria en relación con otras reformas más urgentes. Todos los recursos debían ir a la reparación del tejado.
Pero la chimenea por fin vio la luz. Aprovechando un chamizo de uralita en el patio, unos bloques de piedra y un bidón metálico antiguo que servía para almacenar aceite, solo tuvo que gastarse dos perras en cemento y arena. El bidón perdió el culo y su estrechamiento alargado en la boca hizo de tiro y chimenea una vez perforada la uralita.
Le dio de la mezcla por todos lados y remató la faena pintando de blanco el viejo bidón.
Miró el conjunto terminado y pensó que estaba bonito. Quizás, la chimenea un poco descentrada respecto al hogar. Pero había que fijarse mucho para detectarlo. El estreno hubiera sido redondo si no es porque la pintura del bidón empezó a arder y casi arruina el chamizo.
La fuente fue un caso distinto. El lugar elegido era un pequeño pilón que el mismo hizo para que los críos se mojaran las piernas y de paso recoger agua de lluvia. El comienzo fue posible gracias al regalo de una vieja bomba que un vecino iba a tirar. Pasó días cavilando en los motivos decorativos y la forma de hacer caer el agua para que cantara a su gusto. En el doblado encontró la solución. Había allí muchos cántaros y vasijas antiguas.
Instaló la bomba primero, y tras verla en acción, en un santiamen puso tres grandes tinajas iguales encajando una encima de otra. Finalmente tapó la goma del agua con una teja que apoyaba en la última tinaja. Miró el conjunto funcionando y quedó entusiasmado al ver que el agua cantaba como él quería.
Lo malo fue cuando el nivel del agua que cubría la primera tinaja por la mitad, bajó al mínimo por las pérdidas del viejo piloncíllo. Igual que los ruinosos edificios al ser dinamitados, la primera no aguantó la presión y todas se derrumbaron sobre la anterior, a cámara lenta, no quedando ni una sana.
Hizo un segundo intento. Había más recipientes, aunque ninguno tenía su igual. Al finalizar la torre y poner en marcha la bomba se dijo que era mejor que la primera. La gazpachera de madera intercalada entre los cántaros y vasijas le daba a la fuente un doble chapoteo antes de caer al pilón. Remató la faena poniendo una luz azul detrás del monumento.
Con la llegada de la oscuridad total se sentó en la mecedora para ver y escuchar. Estaba feliz y henchido de satisfacción ante su Generalife.

Juan Leante García

 

 

DESCUBRIENDO PAISAJES

No te conocí cuando conservabas la piel que la simple evolución del planeta te fue dando. Sin duda, aquella belleza la puedo interpretar cómo la de cualquier paisaje. No importa su aridez o frescura, es solo cuestión de descubrir lo que no ves con los ojos.

Nosotros te trasformamos. Nos invadió una locura febril por desentrañar tu vientre, sacar el fruto que nos hacía falta para vivir mejor. Te abrimos, fuimos horadando tu carne, apartando las vísceras inservibles hasta llegar al fruto profundo. Te mortificamos, quemamos la quimera recolectada, soltando al aire y al agua venenos que mataron toda la vida que hasta entonces te acompañaba. Nuestras vidas empezaron a sufrir la muerte ajena.
Y cuando te agotaste ni siquiera te enterramos. Nos fuimos y dejamos la herida abierta.

Pero en medio de ese caos, surgió la belleza. Los venenos minerales se han vestido de los colores del arco iris y el Tinto ya no desciende cobrizo. La vida vuelve poco a poco. He visto alguna mata solitaria salir en esas inmensas terrazas calcificadas, y correr a las primeras hormigas de primavera. En medio de tanta destrucción nacen nuevas formas, colores inimaginables, escorias labradas al azar en aquellos hornos crematorios, piritas que brillan a la luz de la luna, cuarzo y yesos labrados por la lluvia.

Y al pasear a tu lado, junto al Tinto, siento la misma paz que Machado a la orilla del Duero. Nada ha cambiado sustancialmente. Tus entrañas escondían una belleza tan abrumadora como la profundidad de la herida que no tapamos.

Juan Leante García

 

 

EL FORO DEL INSALUD

He bajado al médico a por una receta. La sala estaba repleta de gente, casi todos muy mayores. Sentado al lado de dos viejecillas , me dispuse a hacer gala de mi paciencia por el retraso habitual de la consulta.

Mientras esperaba, encontré distracción con la conversación de las dos abuelas:
- Pues hoy me he levantado con un aburrimieeeeento tremendo.
- Hija que me vas a decir. Yo casi ni me levanto. Tengo las vértebras destrozadas. Me dijo D. Antonio, que no hay solución. Y no te quiero contar cómo las paso al hacer las camas y ...
- Ya. Dos operaciones de cadera llevo ya, y el bastón no me lo quita nad...
- Pero hija, es que lo mío se acentúa con los pies que tengo. No sé la de veces que me he caído. Mira como los tengo.

La señora se quitó el zapato, adivinándose a través de la media, los dedos que se montaban unos sobre otros, a pesar de llevar una especie de prótesis.
- ¿Cuando nos llevará el Señor? Esto no es vida. Mi marido encima, está medio ciego por desprend...
- Bueno, por lo menos tú lo tienes. El mío hace cinco años que murió de un cancer de la...
- ¿Y a que has venido?
- Pues hija, que tengo unos dolores en el costado; más que dolores, pinchazos. A ver si me dice de que puede ser y me receta algo. De lo ma...
- Yo es la segunda vez que bajo en esta semana. Lo que me mandó para los mareos no me hace nada. Como tengo mal la circulación. Me tendrá que dar algo más fuerte...
- De eso se murió hace un mes...
Me he levantado y he salido fuera del ambulatorio a fumar un cigarro, y de paso a ver si se me pasa una especie de angustia que me recorre el cuerpo.

Juan Leante García

 

 

ENTREVISTAS EN PROFUNDIDAD

- Nos encontramos en el vestuario del equipo local y ante mí tengo a la que ha sido la estrella del partido. Pelele, ¿cómo has visto el partido?
- Desde mi posición de extremo izquierda, un poco mal. Las jugadas de la otra banda me quedaban lejos y nos la veía bien. Además al estar a ras del suelo, no se ve igual que desde la grada.
- Pelele, el primer gol que has marcado mediada la primera parte, ha sido de antología. Si no me equivoco, lo has metido con la pierna mala.
- Ni yo mismo me lo acabo de creer. Lo cierto es que tropecé con un hoyo en el césped y cuando me caía golpeé el balón. No con el pie, si no con la espinilla.
- ¿Que me dices del penalti que te hicieron en la segunda parte?
- Nada, nada. Pura comedia, me tiré a la piscina como decís vosotros.
- ¿Esta victoria os da un respiro para afrontar la permanencia?
- A mi me da igual. La próxima temporada tengo ya apalabrado el cambio a otro equipo.
- Pelele, ¿os ha felicitado el entrenador?
- No. Creo que nadie cumplía años. ¿O sí? Ahora que me lo preguntas...
- ¿Que puedes aclararnos sobre las declaraciones de Becham sobre tu relación con Arnalda Fraile?
- Que no puede ser. A mí me gustan los animales, solo me relacionó con mi mono.
- Bueno Pelele, ya veo que te esperan. Una última pregunta, ¿tú eres tonto o jilipollas?
- Hombre, teniendo en cuenta la profundidad de las preguntas, afirmo que ambas cosas. Ahora bien, estoy asesorándome con un profesional para que no se me note.
- ¿Algo más que añadir Pelele?
- Hummm, lo que hace falta es que llueva.

- Estamos, con motivo de la feria del libro en la caseta 28, donde está firmando su último libro el famosísimo escritor Sr. Milladragó. Perdón, Sr. Milladragó, ¿cómo va su nuevo trabajo?
- Estupendamente. Ya lo ve usted la cola, no doy abasto.
- ¿Esperaba esta respuesta del público?
- Pues sinceramente sí. Como en anteriores ocasiones, al ser un plagio descarado que copié de uno de tantos foros literarios, estaba seguro de que acertaría.
- Ya. Que bromista es usted.
- Que va, que va. Lo hago a menudo. Lo que resulta más difícil es cambiar algunas frases para evitar la denuncia. Pero de eso se encarga mi abogado que lo hace muy bien.
- ¿Y quien es?
- Permítame que le dé solo su seudónimo, je, je, no sea que la competencia... Es el Sr.Orozquillo.
- Entonces, ¿usted a que se dedica?
- Pues a conceder entrevistas.
- Sr. Milladragó, ¿tiene en mente algún nuevo plagio?
- De momento no. Mi abogado me ha recomendado que descanse un poco mientras se van solucionando las denuncias.
- Una última pregunta. Se dice que su verdadero nombre es otro. ¿Nos daría la primicia de conocerlo?
- Pues claro que sí. Me llamo José García García.
- Es de origen extranjero, ¿verdad?
- Cierto, por eso me puse otro que fuera más fácil de reconocer.

Juan Leante García

 

 

EL VERDADERO AMOR

Hace muchos años que Valentín se enamoró de Fátima. Fueron muchas las ocasiones en las que otras personas allegadas e incluso él mismo, le preguntaron, se preguntó, que sería lo que había visto en Fátima para dedicarse en cuerpo y alma a sus constantes cuidados.
Cuándo la conoció, su salud ya era delicada. Los años no habían pasado el balde y para mayor desgracia sus dos compañeros anteriores no se distinguieron mucho por darle una vida adecuada.
Ahora, a Fátima le cuesta un esfuerzo considerable ir de un lado para otro, y no digamos subir una suave pendiente. Su respiración se vuelve ronca, a cada avance más lenta, hasta el punto de que en algún momento ocurrirá lo inevitable. Su corazón no seguirá adelante.
Pero Valentín conoce al dedillo todos sus achaques y los síntomas que les preceden. Desde que empieza por la mañana a ocuparse de ella, ya huele a mucho amor. Sabe que su aspecto debe ser el mejor y saca lustro de un cuerpo desvencijado que reniega de sí mismo. Cuándo ésta operación llega a su fin, se aleja unos pasos para contemplar su obra y echarle un par de piropos.
Lo siguiente es más complicado. Conseguir que se ponga en movimiento, saliendo de su pose de invalida, requiere un tacto exquisito. Pero Valentín toca todas las teclas de su cuerpo para sacar el estímulo suficiente y dar los primeros pasos. Seguir después, es más llevadero. Durante el recorrido, Serafín es todo ojos y oídos. Es tal su desvelo por Fátima que resulta obsesivo. Al primer aviso ya está él aminorando el paso, aplicando ungüentos o insuflándole un poco de aire fresco.
Nadie en la estación entiende cómo Valentín tiene medio abandonada a su familia, por el simple hecho de mantener viva la vieja máquina de maniobras de la que sus jefes y compañeros esperan que un día de estos reviente de una vez.
Cuándo eso ocurra, Valentín morirá con ella. Por verdadero amor.

Juan Leante García

 

 

RUPTURA

He tenido que pensarlo mucho, no te lo puedes ni imaginar. Finalmente he decidido apartarte de mí.
Durante todo el tiempo que hemos vivido juntos, nos hemos querido sin quererlo, algo así como una simbiosis, nos necesitábamos y con eso bastaba. No estoy seguro de poder llamar amor a esa necesidad. Más bien creo que son contrarios que no se llevan bien a la larga.
Hemos compartido tantas cosas juntos que me resulta doloroso acabar nuestra relación en un momento de la vida cuando, ahora sobre todo, más nos necesitamos.
No comprendo este deterioro tan rápido. Creí que estabas bien conmigo, que yo te cuidaba lo suficiente, hasta que empezaste a quejarte sin motivos aparentes. A partir de ahí todo fue caer por la peor de las pendientes. Nuestra existencia en esos términos no daba más de sí.
Esta separación deja un hueco que ninguna otra podrá llenar. No me siento con ánimos de emprender aventuras a mi edad.
Contigo se va un trozo de mi ser. Eso es algo a lo que tendré que acostumbrarme. Perder poco a poco hasta el final es lo que me has recordado.
Desearte lo mejor, sería una hipocresía por mi parte. Liberarme de ti ha sido un alivio, pues he llegado a odiarte y maldecirte. Sé que irás a parar en cualquier sitio para que el tiempo te transforme y regenere. En eso te me has adelantado. Te has dejado vencer muy pronto, muela mía.

Juan Leante García

 

 

CUENTO PARA ECONOMISTAS.

Cierto día, la noticia corrió como un reguero de pólvora por el pueblo: "Suprimen el mixto de las 10,30h".
El mixto era el antiguo tren correo que unía la capital con los pueblos mineros de la comarca. En sus buenos tiempos había hasta tres circulaciones diarias, que a regañadientes tuvo que aceptar la empresa minera para poder obtener la subvención del estado.
Pero los balances de la compañía demostraban a la administración estatal la falta de rentabilidad en la explotación, por lo que tenían que tomar medidas tendentes a recortar gastos. Y la primera que llevaron a cabo afectó al servicio de viajeros. Así con el paso del tiempo sólo quedó el mixto de las 10,30h que casi nadie utilizaba porque a esa hora no era práctico para acudir a la capital. Además, en realidad era un tren carbonero al que le acoplaban en cola de la composición un vagón de viajeros. Fue una estrategia premeditada para acabar con los últimos tozudos. Al ir en la cola del tren, tenían que tragarse durante el viaje de más de una hora, el polvillo que las tolvas de carbón levantaban en su traqueteo constante por culpa de una vía que ya no guardaba paralelismo alguno.
!Se veía venir! - dijo otro vecino.
La compañía minera siempre actuaba de la misma forma. Cuando quería eliminar algo, bastaba con ir abandonándolo hasta que los usuarios dejaban de utilizarlo. Pasó también con el economato. Dijeron que ya no era rentable y cerrojazo.
La carretera se convirtió en un infierno. Los camiones de gran tonelaje machacaron el asfalto. Accidentes cada dos por tres. El autobús que suplió al tren tardaba lo mismo porque en la tortuosa carretera no se podía adelantar a los lentos camiones.
Finalmente se acometieron las obras de ampliación de la calzada que costaron tanto como duraron. Y al poco de estar terminadas se cerraron las minas. Según decía la empresa, los precios del carbón habían caído por los suelos.
En dos provincias más allá las cosas sucedieron de forma bien distinta. Cuando la empresa carbonera dio síntomas de debilidad, la Junta Autonómica se metió de lleno en buscar soluciones a largo plazo. En vez de suprimir el servicio de trenes realizó una gran inversión en mejorar lo existente. Adquirió nuevo material de circulación más moderno y confortable. Renovó la vía acortando así los tiempos de desplazamiento y ampliando de paso el número de toneladas transportadas en un mismo viaje. Todo con un coste parecido. Al poco tiempo sus carbones eran los más competitivos y el transporte de viajeros se triplicó.
En este pueblo corrió otra noticia de boca en boca: "El domingo inauguran el tren turístico". ¡Sí! Aprovechando la parada de las minas en los fines de semana, la Junta puso en marcha esta idea que llevaría a miles de turistas a visitar de una forma agradable los pueblos mineros de la zona. Su gastronomía, museos, paisajes...

Juan Leante García

 

 

TORRE DEL BIERZO

Carmelo salió de León temprano. Tomó como todos los años en esta fecha un cercanías que le llevó a Torre del Bierzo. Una vez en la estación se encaminó muy despacio y cabizbajo, al lugar donde hace 42 años existía un túnel, al final de las agujas de salida. Después del accidente lo desmontaron y la zona quedó irreconocible.
Parado en el lugar que jamás olvidará, le asaltan las imágenes de aquel día funesto. Se arrodilla en el suelo, coge un puñado de tierra, ahora sin carbonilla y llora amargamente.
- Nunca debí salir de Brañuelas sin doble tracción. Tendría que haberme negado por mucho que el servicio lo requiriese. Pero no lo hice. Tuve miedo de contrariar al factor de circulación. ¡No! Quisiste apuntarte un tanto. Deberías estar muerto cómo los demás.

Bajando el puerto del Manzanal, Carmelo perdió los frenos de la locomotora. El y su ayudante, pusieron en practica todas sus habilidades para frenar ese caballo desbocado, que acabó empotrándose dentro del túnel con otro tren que hacía maniobras. Pero antes de la colisión, la pareja de conducción saltó de la máquina salvando la vida. Sufrieron graves lesiones.
Nunca se supo el número de víctimas, pues todo se silenciaba, pero a ciencia cierta fue el peor accidente de nuestra historia ferroviaria.
La culpa que sentía ahora Carmelo, era haberse salvado entonces.
Fue retirado del servicio poco tiempo después de sanar sus heridas. Para él, supuso ser el responsable final de lo ocurrido.

Fernando es el actual factor de circulación de Torre. El y su mujer Paloma, cuando ven llegar a Carmelo van a su encuentro. A duras penas consiguen levantarle del suelo y llevarlo a la estación. Tras un par de orujos de la tierra, se serena y les relata de nuevo lo ocurrido aquel día.

- Carmelo, te lo he dicho mil veces. Fue una rotura de la mangueta del freno. Eso, junto con los doce vagones repletos y en esa pendiente, no había posibilidad de parar el tren.-
- Apliqué el contravapor y no resultó. En Los Albares, el jefe de estación debió desviarnos a la vía del estrelladero. Se habrían evitado muchas muertes.
- ¡ Carmelo ¡ En Los Albares, Casimíro, no tuvo valor para hacer eso con un tren de viajeros hasta los topes. Pensaría que al final todo acabaría bien. Lo único que pudo hacer fue avisar por teléfono a Torre de lo que se les venía encima. No te tortures más. Han pasado 42 años desde aquella fatalidad y la vida debe continuar, incluyendo la tuya.

Fernando sabe que no hay solución. Carmelo busca en el presente cambiar el pasado para seguir viviendo.
Antes de despedirse, vuelve a recordarles su promesa de esparcir sus cenizas en el lugar donde no debió burlar a la muerte.

Son las once. Por la estación de Torre está a punto de pasar, sin parada, el expreso Rías Altas. Fernando prepara la señal de vía libre y se pone la gorra. Un escalofrío le recorre la espalda, cuando tras oir el silbato de la máquina y ver su columna de humo acompasada del chirriar de frenos, comprende que ese tren no es el Rías Altas. Está parando en Torre del Bierzo
A un metro escaso de la vía, con el foco medio caído y la mirada perdida, Fernando se sobresalta al resonar en sus tímpanos como un trueno, el silbato de la locomotora del Rías Altas, sacándolo de su sueño.
La velocidad del expreso al pasar, le atrae como un imán haciéndole temblar las piernas y arrancando de su cabeza la gorra.
Paloma, se da cuenta de que algo raro le pasa a su marido. Cogiéndole del brazo lo lleva al despacho. Observa su tez pálida y escucha su voz entrecortada.

- Le he visto Paloma. Era él quien conducía ese maldito tren. Estaba sonriente, haciéndome la V con los dedos. Había conseguido detener el tren.
- Tranquilízate Fernando, es solo una pesadilla. Ve a llamar a Bembibre e informales del paso del expreso. ¿Quieres un café?
-¿Sabes? Creo que los sueños son nuestra última esperanza. Pienso que todas las personas que han sufrido accidentes con muertes de por medio, por mucho que estén libres de responsabilidades, nunca podrán olvidar que nada les devolverá la vida. Soñarán continuamente otra realidad.

Juan Leante García

 

 

HIPNOSIS

Estaba sentado en la mecedora cuándo pasó por delante de mí luciendo sus guanteletes blancos. Dio unas cuantas vueltas sobre sí misma, cómo si estuviera desorientada, para finalmente quedarse inmóvil en la sombra, pero a escasos centímetros de la divisoria con el sol.
Mi aburrimiento se vio interrumpido por su presencia. Girar la cabeza para observarla me perecía un tanto descarado y podía darse cuenta. Por eso, con gran disimulo fui girando la hamaca para quedar frente a ella. Creo que no se enteró de mi estrategia por que estaba absorta en sus fines, o al menos así lo delataba su inmovilidad.
Después de un rato de observarla, los ojos empezaron a llorarme por la llamarada que un sol implacable proyectaba sobre la blanca pared. Me puse la mano en la frente y aplaqué ese resplandor dañino mientras seguía mirándola.
Algo debió ocurrir cuando vi como su cuerpo se encogía, se ponía tenso dentro de su absoluta inmovilidad. Algo acaparaba su interés, pero no quería ser sorprendida.
A su lado, sobre la pared, se acababa de plantar una repugnante mosca verdosa. Temí que fuera el paso previo para saltar seguidamente sobre mi rostro. Pero no se decidió, parecía interesarle más los guanteletes blancos de ella que habían empezado a moverse con un ritmo acompasado. Yo los mire también y al cabo de unos segundos no pude fijar más la mirada sin perder el enfoque de su cuerpo.
Avanzó hacía la mosca. Estaba muy cerca. La espantaría. Pero no se movió, y ella tampoco. ¿Se habría dado cuenta de la presencia de insecto tan repugnante?
Paso un minuto que pareció una eternidad sin que ocurriera nada.
Estaba cansado de observar y no hacer nada por lo que estaba a punto de levantarme cuándo ocurrió lo inesperado. De un salto certero cayó sobre la mosca, desafiando las leyes de la gravedad. Al instante se oyó el zumbido desgarrador de las alas de la mosca intentando escapar de sus tentáculos. Solo se apagó ese conmovedor zumbido cuando ella llegó al rincón del techo. Me pareció una escena trágica en la que me sentí mosca, atrapada y devorada por la mejor hipnotizadora. La atrapamoscas de guanteletes blancos.

Juan Leante García

 

 

SU PRIMER MISTERIO

Tenia 7 u 8 años, no recuerda bien Agustín, cuando un domingo su abuelo le llevó a la Estación del Norte para montar en una maravillosa máquina eléctrica de dos cabinas de conducción. Iban a llevar unos vagones hasta la estación de Pozuelo.
Su abuelo, jubilado de la antigua compañía M.Z.A., mantenía amistad con otros ferroviarios de la recién creada RENFE. Agustín había estado varias veces en la Estación del Norte con su padre. En esas ocasiones, al finalizar el recorrido del anden, se quedaba intrigado, como embelesado, observando la lejanía, allí donde las vías se juntaban y la vista ya no le alcanzaba. Imaginaba que más allá de esa línea, se debían ocultar cosas misteriosas y dignas de descubrir. Estaba seguro que le llenarían de gozo. Sentía envidia, cuando veía partir esos largos trenes con destino a Galicia y la suerte de sus viajeros.
Pero después de todo, este domingo, iba por fin a superar la línea de su primer horizonte y descubrir el misterio.
Llegar a Pozuelo les llevó unos minutos. Una vez allí, traspasada la línea misteriosa, sintió que no había encontrado lo que esperaba. Se quedó un tanto fustrado.
- ¿Que haremos ahora, abuelo?
- Pues cuando aparten los vagones y nos den vía libre, regresar por donde hemos venido.
Desde la cabina, Agustín fijó su mirada en la lejanía, hasta donde la vista no le alcanzaba y las vías parecían juntarse.
- ¿Que hay más allá, abuelo?
- La estación de Las Rozas.
Agustín pensó, que el misterio aún no encontrado estaría más allá. En donde su vista no alcanzaba más y las vías perecen juntarse. Seguro que se esconde en la estación de Las Rozas.

Juan Leante García

 

 

QUERIDO PADRE

Querido padre. Me he sentado en lo alto de la escombrera, para vernos pasar junto a las vías del tren. Yo de tu mano, distraído, despreocupado. Tú, ensimismado, como siempre. Así un domingo tras otro, en ese camino de fantasías acurrucados por un entorno de acero y humo.

Un día deje de acompañarte y un muro infranqueable nos separó. La muerte vino a buscarte y tu me diste el testigo de algo que no alcance a comprender.

¿Sabes?. Tu nieto ha dejado de acompañarme. Se hace mayor. Me las tendré que ingeniar sin su apasionante compañía.

Tengo miedo de que todo lo que quisiste ser y no fuiste, sea lo mismo que yo quise ser y no he sido. ¿Es ese el muro? Tengo mucho miedo de que el testigo se llame “soledad".

Juan Leante García