ABANDONO
Hoy salí tarde de casa y tuve que darme una carrera para poder alcanzar el tren de las siete y cuarto. Lo logré, pero ella no estaba.
Hace años que la veo tomar el tren de las siete y cuarto, sentarse siempre en el mismo lado y leer durante la hora que dura el trayecto hasta su parada. Recuerdo cuando quedó embarazada de su primer hijo, qué bien le sentaba el vestido suelto. Cómo se le fueron redondeando las facciones del rostro sumando bondad a sus pómulos. Había días que tenía suerte y el vagón estaba lleno, así tenía la oportunidad de cederle mi asiento y obtener el premio de un “Gracias” junto con una sonrisa que me bajaba la tensión como cuando te levantas de golpe. En las últimas semanas iban a buscarla a la estación en coche y yo me quedaba tranquilo al ver que no tendría que caminar hasta su casa con esos tobillos tan hinchados. Luego, cuatro interminables meses sin verla.
Para el segundo sólo estuvo dos meses de baja maternal, seguramente porque tenía un puesto de más responsabilidad. Hacía tiempo que había cambiado la lectura de novelas y revistas por informes y documentos de trabajo. Oscureció el color de su pelo, quizá para ocultar canas. A mí me gustaba más el anterior castaño claro. Sin embargo, ahora se recogía el pelo en moños dejando al descubierto una nuca perfecta adornada de los cabellos pequeños que quedan sueltos y que yo acariciaba con la mirada.
Cuando hacía llamadas desde su móvil, yo intentaba no escuchar, sólo quería verla, así que me concentraba en el movimiento de sus labios abstrayéndome de las palabras. En las formas geométricas que adoptaban al hablar yo me sentía besado, susurrado. A veces hasta me parecía distinguir un “Te quiero” sólo para mí.
Otras veces la notaba preocupada. Tras unas gafas de sol ocultaba ojos que gritaban haber llorado. Me hubiera gustado decirle que podía contar conmigo. Nada me habría gustado más que ofrecerle mi hombro, pero yo sólo quería verla.
Ahora hace meses que no la veo. He recorrido todas las urbanizaciones del pueblo para buscarla, para gritarle que no puedo vivir sin ella. Corro cada mañana para alcanzar el tren de las siete y cuarto, pero ya no está. ¡Cómo ha podido abandonarme así!
Juan Rojo
RELACIÓN PLATÓNICA
Tengo una camisa que no he estrenado. Pasa de la maleta de ropa de invierno al armario y viceversa cuando la estación lo requiere. Sólo la doblo y la desdoblo según la ocasión. No hemos llegado a más.
Juan Rojo
MENTIRAS
Para los de la oficina tengo mujer y dos hijos. En casa le tengo a él. Mentir, mentir, inventar un nombre para ella, el lugar de vacaciones, las notas de los chicos y acordarse de todo en el momento adecuado. En casa fingir que los de la oficina aceptan mi homosexualidad como algo natural y evitar todo contacto inoportuno. Poco a poco la mentira fue penetrando en mi alma. Ahora no sé cómo decirle a él que estoy locamente enamorado de mi mujer y que no puedo vivir sin mis hijos.
Juan Rojo
FANTASÍA ROTA
Como cada día iba al instituto en el metro. Yo era una pieza más del rompecabezas que formaba en el vagón una masa humana sin costuras. Delante de mí, de espaldas, se colocó una chica que me hizo levantar furtivamente la vista de mi libro varias veces. Su pelo olía a frutas y, con el vaivén del metro, a veces se subía en mi libro y ponía caprichosamente puntos, comas y paréntesis jugando con las asustadas letras. En una curva, las colinas perfectamente semiesféricas de sus nalgas se apretaron contra mi como si tuvieran vida propia, mostrando a mi tacto toda su superficie. Cuando recuperó la verticalidad se giró ligeramente y puso cara de "lo siento"; yo intenté cambiar mi turbación por un gesto de "no pasa nada", pero me salió una mueca rara. En la curva siguiente sus colinas volvieron a la carga y descubrieron que la orografía de mi valle había cambiado drásticamente. Giró el rostro de nuevo, pero no pidió disculpas, se sonrió abiertamente y los ojos le brillaron; mis mejillas estaban a punto de derretir mis gafas. Soltó una de las manos con que sujetaba la carpeta contra su pecho y acto seguido noté como una mano exploradora recorría el valle que ella había dejado en llamas. Tomé aire bruscamente y su pelo me cosquilleó la nariz. De pronto en el libro todas las letras habían huido despavoridas y todos los sonidos desaparecían a medida que la exploradora tomaba posesión del territorio, sólo oía el atronador roce de su piel ya dentro de mi pantalón. Tras un par de siglos en otra galaxia, el frenazo del metro llegando a la estación me hizo volver a la Tierra para ver con estupor que la chica tenía ambas manos sujetando la carpeta, mientras la exploradora seguía infatigable su labor. No tuve valor para mirar alrededor e indagar. Se abrieron las puertas y salí a trompicones tan rápido como pude.
Juan Rojo
LAS ZAPATILLAS DE MI ABUELO
Mi abuelo nunca se compró unas zapatillas. De joven se las hacía él mismo y después de la guerra decidió que su "resistencia" consistiría robar un par de zapatillas cuando las necesitara. Todos los problemas que le causó --detenciones, multas y demás-- no fueron para él sino un acicate, la confirmación de que su “protesta” era justa. Ya mayor, ssus huesos no le permitían robar más allá de la zapatería de la esquina. El dueño hacía como que no se daba cuenta y mi madre bajaba más tarde y pagaba las zapatillas. El día que mi abuelo descubrió lo que él denominó el “boicot filiar”, dejó de hablar a mi madre y de ponerse las zapatillas.
Muchas tardes de invierno me sentaba junto a mi abuelo a escuchar historias que nadie como él contaba. Un día, cuando tendría yo unos doce años, y a pesar de que mi madre se lo había prohibido terminantemente, me contó lo de las zapatillas en voz muy baja, casi suspirando; ése era el efecto sonoro que utilizaba para hacerme entrar en su mundo de clandestinidad y lucha. Yo también le hablaba en voz baja, éramos cómplices. Fue entonces cuando me dijo que robara para él un par de zapatillas, sería nuestro secreto.
Decidimos que iría a un supermercado que estuviera lejos de casa y escogimos el Sepu de Quintana. Yo no sabía cómo robar, pero mi abuelo me dijo que ya era un hombre y que me fiara de mi instinto. Me acerqué al expositor de las zapatillas, cogí un par del número de mi abuelo y eché a correr blandiéndolas como una antorcha olímpica. Oí voces que me gritaban, pero yo no paré de correr hasta la plaza de toros de Las Ventas. Al ver las zapatillas, los ojos de mi abuelo brillaron más que si se hubiera instaurado la república de repente.
A partir de ahí, una o dos veces al año, fui recorriendo todos los Sepu, Sarma, Sederías Ideales, Galerías Preciados, El Corte Inglés... Alguna vez me pillaron y me llevé más de un par de bofetadas, pero merecía la pena. Lo más difícil era explicar en casa de dónde salían para que mi madre no sospechara. Mi abuelo murió, pero cada catorce de abril hay un par de zapatillas recién robadas sobre su tumba.
Juan Rojo
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EL TELESCOPIO
Sé que has sido tú. Lo sé muy bien porque te vi hacerlo, como te veo hacer todo cada día. Nunca creí que fueras capaz de una cosa así. Llevo dos años observándote cada minuto que estás al alcance de mis ojos. Te descubrí por casualidad gracias a esa manía tuya de la decoración minimalista carente de cortinas y a la llamativa lámpara de luz roja con forma de sensuales labios que tienes en la mesilla de noche. Al principio me costó bastante acompasar mis horarios a los tuyos, tan extravagantes. Me engancharon esos desfiles de modas en que conviertes tu rutina diaria de vestirte para ir a trabajar. He seguido con interés tus amoríos. He jugado a poner nombre a todos los visitantes de tu casa, a inventar los diálogos cuando te veo gesticular hablando por teléfono, a adivinar tu paso siguiente, tu gustos. Pero eso que hiciste el lunes pasado no tiene perdón. Merece un castigo. Ahora estarás leyendo esta carta junto a la ventana de la cocina. La sujetarás con la mano izquierda mientras introduces descuidadamente la yema del dedo pulgar de la mano derecha en la boca como de costumbre. Seguramente te volverás hacia mi ventana y yo te estaré observando, aunque a simple vista, sin el telescopio que se incautó la policía y que me había ayudado a vivir contigo. Esta vez será la última. Ese dedo que lames está envenenado. Es inútil que escupas. No debiste hacerlo. Adiós.
Juan Rojo
CALVINISTAS
Yo miraba por la ventanilla del autobús el paisaje holandés sin montañas, con campos de tulipanes, aquí amarillos, allá blancos y rojos, organizado. La velocidad del autobús se redujo al pasar por una localidad cercana a Ámsterdam. Recorríamos un bulevar con casas unifamiliares a ambos lados que tenían una pequeña valla delante sin setos y con unos grandes ventanales. Ninguno tenía cortinas ni visillos, de forma que según pasábamos podías ver el interior de la casa como si fuera un escaparate: gente cenando, otros viendo la televisión, todos correctamente vestidos como si estuvieran de visita en su propia casa. Me recorrió el cuerpo un escalofrío de pecado, era como si las casas te clavaran sus ojos sin párpados: "No tenemos nada que ocultar ¿y tú?". No pude mantener su mirada. La chica que se sentaba a mi lado, viendo mi cara de estupor, me dijo: "Calvinistas". Eché la cortina de la ventanilla y procuré pensar en otra cosa.
Juan Rojo