MUJER EN EL BALCÓN

Todos los días a las ocho y veinte, salgo al balcón para ver llegar a Paco. Me apoyo en el centro de la barandilla; Imagino que en el salón puede estar Dalí pintándome de espaldas y desde dentro, se me ve mejor si estoy apoyada justo en el medio. Luego él baja del autobús, y mira hacia el balcón, lleva años haciendo el mismo gesto: un saludo sincronizado de mano y cabeza, seguido de la búsqueda del pitillo, que aguarda en el bolsillo de la camisa; Después, lo enciende con una calada larga y se lo fuma de la parada al portal, anda muy despacio para aprovechar el último cigarro antes de la cena.

Cuando llega al descansillo la puerta de casa ya está abierta, y yo en la cocina, poniéndole la mesa. Nunca cenamos juntos, me gusta verle comer mientras le pregunto: "¿Qué tal hoy?", y él me habla de la obra, de sus compañeros, de las horas extras que lleva este mes, o de lo bien que debe estar el pueblo de Lalín, según le ha dicho Julio, el nuevo, que es gallego. Paco nunca me pregunta: "¿Qué tal?". Siempre dice: "Y tú, ¿qué has hecho hoy?".

Yo le cuento lo de siempre: la compra, el mercado, la hija de Charo, que ya la ha hecho abuela..., no le he dicho aún (no encuentro el momento), que hace seis meses que tengo el carné de la biblioteca, que me paso allí media mañana y media tarde, porque me gusta el olor de lo libros; Que sé cómo escribía Melville y Edith Wharton y Lope y que Lalín lleva acento en la í, igual que Dalí. Paco siempre ha dicho que dónde se aprende de verdad es en la vida misma, pero mi vida es él y es previsible, igual que su hora de llegada.

Leonor Bea

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RUIDOS

Son los ruidos, ahora son diferentes, extraños. El despertador suena distinto a las diez de la mañana, el transcurso de los minutos desde las siete hasta la hora nueva que he designado para levantarme, también es diferente. El “tic-tac” del segundero es más lento y apagado, el timbre de la alarma no es tan estridente, solo suena una vez si lo hace (casi siempre mi mano estrangula el sonido antes de que se produzca). Ahora puedo oír como suena la vida, la que hasta el momento era invisible y ajena.

A las siete escucho como orina el vecino de al lado, a las siete y media oigo como abre el grifo de la ducha, a las ocho siento cerrarse la puerta de su casa, a las ocho y media me ocupo de oír como bajan los chiquillos de arriba: precipitadamente para no perder el autobús y ningún minuto de su futuro. No me he acostumbrado a prescindir del despertador, ahora el reloj no tiene cometido pero me gusta mirar a intervalos para poner hora a los ruidos. Necesito buscar nuevas referencias, mirar el tiempo de vez en cuando cómo si fuera a llegar tarde a ningún lado.

Los pasos de mi mujer también suenan más ahogados, ya no tienen prisa en acudir a la cocina a preparar mi desayuno o planchar mi camisa azul con iniciales. Comemos a la misma hora de siempre pero sin hambre, es la costumbre.

La calle sigue siendo la misma pero con otro ruido, ya no es esa calle silenciosa de la seis de la mañana. Ahora grita, es estridente Tiene un sonido a vida renovándose que me es ajeno, cada vez más. Son los ruidos. Ahora sé como suena la vida y me da miedo. No sé silbar y es el único ruido que podría realizar para disimular, para fingir que no me importa el no saber que ruido tengo que hacer ahora que puedo sonar como yo quiera.

Leonor Brea

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