NOSTALGIA
Cuando trajeron al abuelo a casa, dejó de hablar y se quedó varado frente al televisor. A veces, cuando yo volvía del colegio, lo veía con la mirada perdida en la negrura de la pantalla y le preguntaba qué estaba haciendo. Él nunca contestaba así que lo dejaba solo y me iba a mi habitación.. Una noche mientras cenábamos, pasaron por televisión la explosión del Challenger. El abuelo dijo: “Valencia”, y una lágrima mojó su piel reseca.
(Ganador del Concurso de microrrelatos SER-Escuela de Escritores, 2006)
Lola Sanabria
AVARICIA
La tía Eduvigis poseía tres cosas: una pequeña fortuna, un libro de Santa Teresa y una casa de doscientos metros cuadrados en el centro de la ciudad. De niño, yo la visitaba a menudo para conseguir algunas pesetas y la promesa de que heredaría la casa. De mayor, continué visitándola y aceptando los cheques que ella me daba. Pero con la llegada del euro, la tía perdió el control de su dinero. Escribía una cifra que le parecía pequeña y yo no la sacaba de su error. Después de morir, el abogado hizo público el testamento. En él, mi tía había dispuesto que al quedarme yo con el dinero que tenía destinado para el convento, la casa sería para las carmelitas, a las que tanto admiraba.
(Finalista del Concurso de microrrelatos SER-Escuela de escritores, 2006)
Lola Sanabria
Deshaciendo el silencio
Cuando vuelva a verla hoy, será como todos los días, un camino cortado. Pasará cerca, me mirará con la sonrisa de indiferencia de siempre, saludará como quien echa una paloma al aire y a mí se me volverán a atascar las palabras. Esta soledad de madera y agua embarrada, la llevo dentro.
Me cala día a día, me detiene en mitad de la vida. Avanza el tiempo y sigo solo, cada vez con más desgana de compañía. Aquí vivo conmigo el silencio de la extensión infinita donde pongo una y otra palabra mordida para cruzar al otro lado. No sé qué habrá en la orilla opuesta. Antes sí, antes veía con claridad la casa de tejas rojas y fachada encalada. Veía mi chimenea de humo. Veía las garzas pasar por encima de las aguas pantanosas, rozar la superficie, desdoblándose, y volver a subir con una culebra en el pico. Entonces podía verla a ella con mucha claridad, muchacha de delantal a rayas, blusa blanca y falda roja, sentada cada tarde en su silla de anea cerca de la puerta, esperándome. Pero se le han ido borrando los contornos y ahora es transparente y temo que voy a perderla. Amo este lugar, amo esa orilla a la que, madera a madera voy llegando, amo a esa muchacha que temo tocar porque es de agua y se escurrirá entre los dedos.
Hoy, cuando vuelva a verla, será otra vez un camino cortado, pero mañana, tal vez cuando alcance la otra orilla y me encuentre en tierra firme, el deseo cobre fuerza y su imagen se haga de colores, entonces me acercaré, cerraré sus labios con los míos, absorberé esa paloma para que no se pierda en el aire, la cogeré en brazos y la llevaré conmigo al otro lado donde nos está esperando la casa, la chimenea y la silla.
(Finalista Concurso de relatos fotográficos de Escuela de Escritores)
Lola Sanabria
RITUAL
En el dintel de la puerta de la cocina, mi padre midió durante años mi crecimiento, haciendo muescas en la madera con la punta de su navaja. La última señal, suavizada por muchas manos de pintura, marca un metro y cincuenta y seis centímetros y coincide, más o menos, con mis trece años y las palabras de mi madre mientras me entregaba mi primer paño higiénico: “Hija, ya eres mujer”.
Lola Sanabria
APRENDIZAJE Y ADOLESCENCIA
Todos los meses de agosto, mis padres alquilaban una habitación en una casa de un pueblo de la sierra. A la hora del café, las mujeres escuchaban Ama Rosa en la radio mientras Paquito, el hijo de la dueña, y yo, nos escabullíamos hacia la puerta. Con él aprendí a coger renacuajos con la mano de la charca del tío Bernardo y a esperar a la caída de la tarde, escondidos entre los juncos, a que bajaran los pájaros a beber agua al río para dispararles con la escopeta de perdigones.
Cuando tenía quince años, encontré un día a Paquito con el ojo pegado a la cerradura del cuarto de baño comunitario donde, en lugar de llave, se utilizaba un cerrojo. Los muslos desnudos y las bragas enrolladas en los tobillos de la hija de los otros veraneantes de la casa, eran una tentación muy fuerte y yo también miré. Después vinieron los encuentros del padre de la niña con el volumen de tetas de la vecina de enfrente y los desahogos del hermano de Paquito mientras hojeaba una revista guarra.
Un día pillé a mi amigo con el ojo aplicado a la cerradura y una mano dentro del bañador. Se azaró y sacó la mano enseguida. Me acerqué, miré, me volví rojo de ira y le di un puñetazo. Con el alboroto, salió mi madre del cuarto de baño y, aunque no le dijimos por qué peleábamos, un clavo del que colgaba una cuerda con un cartón, cegó desde ese día el hueco de la cerradura. Después de aquello, evité la compañía de Paquito y frecuenté más el casino y las chicas. Uno de aquellos veranos, robé un beso con sabor a Cola Cao a mi primera novia.
(Finalista en el Concurso de microrrelatos El plantea de los libros 2005)
Lola Sanabria
AMORES DE PAPEL Y TINTA
Primera hora de una mañana de junio. Comprueba una vez más el día y la hora en Internet. Corta las etiquetas del vestido y se lo pone, luego calza las sandalias doradas, y entra en el baño. Corrector de ojeras, maquillaje suave, dos brochazos de melocotón en los pómulos, lápiz gris ribeteando los ojos, dos pinceladas azules en los párpados, perfilador morado, barra lila en los labios, y dos nubes de perfume en el pulso de las muñecas. Sale del aseo y se dirige a la estantería de la salita, recorre con la yema del dedo índice los lomos de los libros alineados, saca uno, lo guarda en el bolso y abandona el piso.
Avanza por la calle principal repitiendo en su cabeza los tres dígitos. El camino se bifurca, coge el de la derecha. Siente su cuerpo como un corazón bombeando fuerte, dos piernas temblando y unas manos empapadas en sudor.
Se acerca a la caseta, saca el libro y se lo ofrece. Él levanta la tapa, comenta el cariño que le tiene a esa novela, pregunta su nombre y garabatea una dedicatoria. Al devolvérselo, la mira, la reconoce en sus ojos y le pregunta: “¿Te conozco?” Años acudiendo a su cita, libros y dedicatorias repetidas, aguardando la ocasión para decirle que ama el calor de sus palabras encerradas en el papel, y ahora las palabras se le niegan. Tira del libro y mueve la cabeza de izquierda a derecha. Lamenta su cobardía mientras se aleja.
(Finalista en el Concurso de microrrelatos El plantea de los libros 2006)
Lola Sanabria
MENSAJES
El primer día de escuela, mi madre quiso saber qué tal me había ido. No le hablé de la lección de Historia Sagrada ni de la pizarra y las tizas de colores; lo que hice fue preguntarle por qué no estaba mi vecino Fernando en la misma clase. Ella me contestó algo sobre las indigestiones que producían el melón con el agua, pero como yo no entendía nada, se impacientó y zanjó el asunto con un :”Además, los niños con los niños y las niñas con las niñas y punto”. Años más tarde, cuando era inseparable de Adelita, vino a soltarme otro rollo sobre las flores y las abejitas.
Todo para alejarme de ella, cosa que no consiguió.
Lola Sanabria
CRECIMIENTO
Pasé de ser la confidente de mi madre, a una caja cerrada con llave. De una osita suave y dulce, a un esqueleto irascible y contestón. Mamá se preocupó. Lo mío era muy fuerte, nada que ver con la adolescencia llorona de mi hermana. Temió lo peor, pues según ella, la locura era una lacra familiar. Me llevó al médico, buscando una explicación y un remedio a mi desasosiego, pero sólo consiguió el consejo de que tuviera mucha paciencia. De vuelta a casa, antes de que la dejara atrás en la calle, escuché que me decía: “Tú lo que tienes son muchos pájaros en la cabeza y yo te los voy a quitar”. Pobre mamá, incapaz de espantar un solo gorrión.
Lola Sanabria
ADULTERADA
Mi madre dijo que no iba a seguir comprando la leche del tío Paco porque estaba tan aguada que ni manchaba el vaso. Y se pasó a la vaquería del Rubio de donde traía una leche espesa que al hervir, dejaba una capa gruesa y amarillenta que ella recogía con una cucharilla, la untaba en un canterón de pan, le espolvoreaba azúcar y me la daba como merienda. Cuando empezamos con problemas de estómago e intestino, el médico dijo que se debía a que la leche era demasiado fuerte. Mi madre siguió comprando al Rubio y ella misma la adulteraba en casa añadiéndole un chorrito de agua.
Lola Sanabria
ACRÓBATAS CASEROS
Vigilaba desde abajo las evoluciones de la dama de negro. ¡Ale hop!, llegaba al otro extremo, aseguraba y volvía a columpiarse hasta el lado opuesto. La fatalidad le llegó cuando se quedó unos instantes quieta, pendiendo bocabajo. Un golpe con el palo y la araña se precipitó al suelo donde fue rematada de un escobazo.
Lola Sanabria
INSEGURIDAD
No era la más bonita del instituto, pero todos los chicos querían salir con ella. Cuando conseguí que me hiciera caso, estuvimos juntos un tiempo y después dejó de interesarme. Me gustaba más otra chica. No tuvieron nada que ver aquellos granitos agrupados como una flor pequeña, que le salieron en la barbilla, pero ella se empeñó en que sí e intentaba ocultarlos bajo una capa gruesa de maquillaje que se le deshacía con el sudor, cuando iba a la discoteca.
Lola Sanabria
HUELLAS
La piel, como la corteza terrestre, tiene ríos, montañas, volcanes y lavas. Y está expuesta a erosiones, sequías, inundaciones, presiones, erupciones, heridas y envejecimientos que dejan huellas y nos informan sobre su pasado. Antes de que Greta Garbo no soportara el paso del tiempo y la ocultara con un ridículo pañuelo, su cara reflejaba que ella nunca tuvo acné.
Lola Sanabria
CADENA
Decían de mi madre, que parecía la hermana de sus hijas. Su piel era fina, muy seca y bonita y nunca tuvo acné. Con los años, la piel se le arrugó en muchos pliegues muy finos que le daban aspecto de manzana olvidada en un frutero durante muchos días. Mi hermana tiene la misma piel que mi madre y yo la misma que mi hermana. Tampoco tuvimos acné. Sé lo que me espera.
Lola Sanabria
PRIMAVERA
En el cristal de la ventana, amargan los primeros brotes del almendro. La barra del armario se curva bajo el peso con sabor a hielo de los grises, y el tacto ligero de los azules y verdes que empujan al invierno. Arriba, en un ángulo del techo, la araña enhebra y tira hilo hacia el dintel de la puerta. Escucho mi desgana. El despertador ha dejado de temblar hace rato. Hora de levantarse cambiar la ropa y bajar la araña, me digo. Doy media vuelta y cierro los ojos. Un ratito más.
Lola Sanabria
ASOCIACIÓN
Creo que fue María la que dijo:”¡Míralos, qué abúlicos!”, señalando con el índice, a los chicos de la pandilla tirados en el césped del parque entre bolsas de patatas fritas y litronas vacías. Y a mí se me quedó pegada la palabra abúlico a bucólico y siempre que escuchaba la primera, veía un campo de flores con gente paseando y familias sentadas en bancos de madera bebiendo refrescos y comiendo bocadillos de tortilla de patata.
Lola Sanabria
COMUNICACIÓN
“¿Quieres que te cuente el cuento de pan y pimiento y de rábano asado?”, me preguntaba mi abuelo. “Sí”, le contestaba yo. “No te digo ni que sí ni que no. Lo que te digo es que si quieres que te cuente el cuento de pan y pimiento y de rábano asado”, insistía. Entonces contestaba no y él repetía lo mismo hasta que me cansaba y me iba. Aquello no tenía ningún sentido para mí pero siempre le seguía el juego un rato. Mi abuelo vivía solo, con mis padres, mi hermano y yo y era el único cuento que sabía.
Lola Sanabria
COMPAÑERO VÍCTOR
En Primaria, tuve un compañero al que nadie quería. Era un niño triste que evitaba el contacto con los demás y pasaba los recreos en un rincón del patio de la escuela. Faltaba mucho a clase porque sufría continuos accidentes y cuando volvía, la maestra repetía para él las lecciones que habíamos dado. Un día, al explicarle el nombre abstracto, le puso como ejemplo el amor de los padres hacia los hijos; luego le preguntó si había comprendido lo que era un nombre abstracto. Él, sin levantar la cabeza, la movió de arriba abajo y contestó: “Una mentira”.
Lola Sanbria
ETERNIDAD
El profesor de Religión nos contó un día la leyenda del monje que tenía dudas sobre los goces de la vida eterna y yendo por el campo se quedó absorto escuchando el canto de un ruiseñor y cuando volvió al monasterio, creyendo que había pasado un instante, habían transcurrido trescientos años. A mis compañeros les gustó la historia, en cambio a mí me produjo mucho desasosiego ese desperdicio de tiempo y le cogí algo de miedo a que me entrara sueño. Creo que ahí comencé con el insomnio.
Lola Sanbria
BLOQUEO
Yo tenía un método para acordarme de las cosas. Cuando estudiábamos en la escuela las clases de nombres según su significado, asocié nombre concreto a una croqueta, nombre propio al mío, o colectivo al rebaño del tío Andrés. El día en que la maestra nos puso en corro para preguntarnos la lección, comenzaron a sudarme las manos conforme veía que me llegaba el turno, y tuve un ataque de pánico. Cuando me preguntó qué era un nombre abstracto, respondí Picasso. Varias veces. Y varios fueron los palmetazos que me dio.
Lola Sanabria
EL APRENDIZ
Todos los años, unos días antes de Navidad, mi madre compraba un pollo vivo que metía en el chiscón de la cocina, con un palo atravesado en la puerta para que no se escapara. Mi hermano jugaba con él mientras le daba el trigo en la mano y cuando lo veía de plato principal en la cena de Nochebuena, se negaba a comerlo y no dejaba de llorar. El año en el que se estuvo preparando para hacer la Comunión, además de trigo, le daba lecciones del catecismo y el día antes de Nochebuena le ungió con un mejunje la cresta, le echó agua bendita, que dijo haber cogido de la iglesia, y le dio la absolución. El pollo amaneció muerto y mi madre no se atrevió a ponerlo en la cena. A partir de entonces, no volvió a traer nada vivo a casa.
Lola Sanabria
REENCARNACIÓN
Cuando yo era niño, mi padre era Dios. Durante la adolescencia, un demonio. En la madurez, una persona con defectos y manías que no quería heredar. Hace años que murió y noto cómo él crece dentro de mí por ese dedo meñique que se me atrofió, por la incipiente calvicie y porque me sorprendo echando migas de pan en el café del desayuno. Siento que pronto tendrá el control absoluto.
Lola Sanabria
APROVECHAMIENTO
Cuando mi compañera de clase me ayudaba con las Matemáticas, lo hacía con un ejemplo práctico. Giraba la tapa de mi cajita metálica, sacaba un rombito negro y antes de metérselo en la boca, decía :”Ves, el valor absoluto de esta juanola es uno y el relativo es el uno por ciento del total de la caja”. Yo le explicaba Lengua y ella sólo me prestaba su lápiz hexagonal de dos colores, azul y rojo. Un día me contó que ya no tenía el lápiz, que alguien se lo había robado. Mientras rodaba con la mano, sobre el pupitre, mi cajita vacía de juanolas, le dije que lo primero era absolutamente cierto, en cambio lo segundo era relativo.
Lola Sanabria
MADRES
Nací en un pueblo pequeño donde dos maestras se ocupaban de enseñar a las niñas. Un año, la maestra de los párvulos se casó y dejó la clase al cuidado de una vecina, a cambio de parte de su sueldo, que se dedicaba a hacer punto y que, cuando se enteraba de que habría una visita de la inspectora, llamaba a la amiga para que estuviera en la clase ese día. Un grupo de madres, entre las que se encontraba la mía, enviaron una carta a la inspectora explicándole lo que ocurría y cuando ésta fue a comprobar la denuncia, la esperaron en la plaza del pueblo y la escoltaron hasta la escuela . Lo hicieron todo con tal sigilo que nada transcendió a las dos amigas. A la maestra la obligaron a ocupar su plaza en la escuela del pueblo y las madres volvieron a sus quehaceres diarios, sin tiempo ni recursos para ayudar a las hijas con los deberes pero siempre atentas para que la silla de la maestra nunca estuviera vacía u ocupada por quien no debía.
Lola Sanabria
PSICOSIS
Cuando va de compras, mi mujer quiere que la acompañe siempre. Ella dice que es para que la ayude a elegir, pero no es así, me lleva para que cargue con las bolsas. Después de un sábado agotador, quedaron pendientes los regalos para mis suegros y mis cuñados. La Navidad a la vuelta de la esquina y ningún fin de semana más para dejar la tarjeta de crédito temblando. Tengo un compañero que a menudo enferma a media mañana y se va a casa. Quince años de trabajo en la empresa y yo nunca lo hice, pero aquello era una emergencia. Le eché la culpa al desayuno y al final, el café y los churros me sentaron fatal. Me fui a eso de la una y aguanté hasta las cinco, el estómago revuelto, el calor y el gentío asfixiantes. De camino a casa, detuve el coche en un semáforo en rojo y vi a mi jefe cruzando el paso de peatones. Estoy seguro de que él también me vio.
Lola Sanabria
TATUAJE
Con catorce años mis primos me contagiaron la varicela y, aunque tomé cápsulas de aciclovir, la erupción se extendió por el pecho, la espalda, el cuero cabelludo, las orejas, los genitales y entre los dedos de los pies. Todo lleno de vesículas que mi madre trataba con polvos de talco. A pesar de sus recomendaciones para que no me rascara y de mis esfuerzos para hacerle caso, al final infecté unas cuantas con las uñas y me quedaron varios círculos en el hombro izquierdo, como un huecograbado. Procuraba taparlos con mangas y tirantes anchos hasta que conocí a mi marido. A él le gusta pasar por encima la yema de los dedos. Dice que parece un racimo de uvas, pero yo presumo de mimosas porque brotaron en primavera.
Lola Sanabria
RELAJACIÓN
Mi madre tenía un monedero con dos barritas terminadas en bolas de metal que se cruzaban con un chasquido. Cuando lo compró, el cierre estaba duro y para abrirlo y cogerle alguna moneda sin que ella lo escuchara, tenía que descruzarlas muy despacio, aguantando la fricción. Con el tiempo y mucho uso, el cierre se aflojó y apenas se escuchaba al abrirlo. Yo también me aflojé. Dejé de aguzar el oído y no escuché el roce de las zapatillas de mi madre al acercarse.
Lola Sanabria
ABRIL EN EL INTERIOR
Entré en abril con un pie enredado en el cordón que aún latía unido a mi madre. Llegué al filo de la medianoche. Sabía y olía tibio a primavera. Salmorejo y buñuelos de bacalao en La Corredera. Crema y miel caliente sobre hojuelas en Las Tendillas. Cuero y plata en La Judería. Piedra y ladrillo en la Mezquita. Madera y perfume en la Catedral. Olvido y polvo en Medina Azahara. Flores en el Patio de los Naranjos. En abril, el azahar es el olor de Córdoba.Y todos los años me llama.
Lola Sanabria
ABRIDOR UNIVERSAL
¡Lástima de abrelatas!, había dicho mi padre, acompañándose de una risotada, cuando la dama de cabellera negra hasta la cintura, le decía a su admirador algo sobre un cinturón de castidad. Estábamos en el cine. Toda la familia. Y echaban una película de risa de la época del rey Arturo. Mi madre le mandó a mi padre una mirada asesina que lo mantuvo callado el resto de la cinta y ella se estuvo moviendo todo el rato en el asiento. Esto no es para niños, dijo nada más abandonar la sala. Y volvió a fulminar a mi padre con otra mirada asesina. Hicimos el regreso a casa en silencio, yo con la pregunta a borde de labio pero ¡cualquiera se atrevía!
Lola Sanabria
LOS PRIMEROS ABRIDORES
De pequeña sólo conocí dos clases de latas: Las cilíndricas y alargadas que guardaban las barras de mortadela, y las más chatas de leche condensada La lechera. Las primeras eran tan escasas que ni sé con qué se abrían. En cambio las segundas se encontraban más a menudo en la despensa y tengo un recuerdo claro de cómo se hacía. Mi padre colocaba la punta ancha de un destornillador en el borde del círculo de una de las bases y, con un golpe de martillo en el mango de éste, abría una ranura. Luego enfrentaba otra abertura a ésta para que la presión del aire y algún que otro soplido humano, hiciera caer una lámina espesa y dulce sobre el café, el canterón de pan o la boca de una niña que robaba aquel delicioso manjar escondida debajo de la cama.
Lola Sanabria
BUENAS AMIGAS
Tenía una amiga que se fue a estudiar a la capital y cada vez que volvía de vacaciones al pueblo, se la veía más fina. Utilizaba un lenguaje que a mí me parecía unas veces ridículo y otras indescifrable. En cierta ocasión dijo de un vestido mío que era abominable y yo le di las gracias. Ella se quedó sorprendida pero a partir de ese día me estuvo poniendo verde sin que yo pudiera defenderme. Años más tarde, con el diccionario en la mano, comprendí todo lo que me había estado diciendo. Dejé de dirigirle la palabra. No por los insultos sino por haberse aprovechado de mi ignorancia.
Lola Sanabria
SUEÑOS
En septiembre, comenzábamos el curso estudiando en Historia Sagrada el Génesis, que la maestra decía que era el origen del mundo. Me sabía de memoria lo de Adán y Eva, la serpiente, la manzana y el destierro del Paraíso. En Historia y Geografía, dábamos los continentes. Cuando la maestra se refería a los habitantes de Oceanía, los llamaba aborígenes, en cambio, los de Europa eran europeos, los de Asia, asiáticos, los de África, africanos y los de América, americanos. Asocié aborigen con génesis y durante algún tiempo creí que el Paraíso estaba en Australia y todas las noches soñaba con irme a vivir allí.
Lola Sanabria
ADJUDICAR PALABRAS
Mi madre utilizaba mucho las palabras testarudo y abnegado. A mí me regalaba la primera, en cambio la segunda se la regalaba siempre a mi hermano. Intuía que de alguna manera estaban ligadas y que tenían algo que ver con la insistencia, el sacrificio y el esfuerzo. Era el tono lo que me indicaba que mi palabra era mala y la de mi hermano buena. Un día en plástica, hice un agujero en una plancha de madera con un berbiquí y luego intenté atravesarlo con un palo. El profesor, después de repetirme varias veces que agrandara el agujero y ante mi resistencia a hacerle caso, me llamó testarudo a lo que yo respondí que testarudo era él, lo mío era abnegado. Me mandó para casa con un parte de amonestación y una nota a mis padres para que me compraran un diccionario.
Lola Sanabria
PRONUNCIACIÓN
¡Ab- negación!, gritaba don Fernando cortando el aire con el silbido de la regla de camino a la palma de la mano del alumno. Quería librarme de la humillación del palo y busqué en el diccionario. Ab: Sólo se emplea en algunas frases latinas introducidas en nuestro idioma, como AB initio, Ab aeterno, Ab irato. No entendí nada y pasé a la segunda parte. Negación: Acción y efecto de negar. Fui a la palabra negar: Decir uno que no es verdad, que no es cierta una cosa acerca de la que se pregunta. No me quedó muy claro pero pensé que la clave estaba en negarlo todo. Así fue como conseguí mi primer cero en Ciencias Naturales, contestando con un no a la pregunta de don Fernando sobre si las ballenas eran mamíferos.
Lola Sanabria
LA DIETA DE MAMÁ
Cuando va o vuelve de la cocina, mi madre tiene la costumbre de pararse unos instantes frente al espejo del recibidor. Se coloca un rizo del pelo, se alisa la falda, y luego continúa. Mi padre, mi hermano y yo soltamos, aliviados, el aire retenido en los pulmones. Pero cuando se observa de perfil y luego de frente, se aleja un poco, se mira con detenimiento y dice que se siente abotargada, entonces sabemos que vamos a pasar una temporada a dieta de calabaza, calabacín, espárragos, berenjenas, endibias, cebollas, arroz integral, cebollas, pescado y soja.
Lola Sanabria
CAPACIDAD (Beni el manitas)
Nada más acabar las clases, mis padres me mandaban a un campamento de verano. Mi madre hacía una lista: Seis calzoncillos, diez pares de calcetines, doce camisetas, seis pantalones cortos, un chándal , un chubasquero, una gorra, unas zapatillas de deporte, unas chanclas, toallas de playa y de baño, la cartilla de la Seguridad Social, detergente, una bolsa de aseo con el peine, el cepillo de dientes, el dentífrico, el gel de baño, el champú, la esponja, crema para el sol, crema para después del sol y Aután para los mosquitos. Iba metiendo las cosas en la mochila, bien colocaditas, y las tachaba en el papel. Aún no había llegado a la mitad de la lista y ya estaba la mochila a reventar. Tenía que eliminar equipaje y deshacer lo hecho mientras se lamentaba por el trabajo que yo le daba. Así todos los años.
Lola Sanabria
GUIÓN DE VACACIONES
Siete y media de la mañana, salida en autocar y recogida de turistas por los hoteles. Visita a la catedral, iglesias, plazas, fuentes y otros monumentos a trote ligero detrás del guía. A las dos o dos y media, parada para una comida típica y compra de souvenirs en la tienda que tiene el restaurante. Tarde de recorrido por el casco antiguo de la ciudad. Tiempo libre de siete a nueve de la noche. Cena también típica, con música incluida y regreso al hotel totalmente extenuados. Mañana más hasta que el cuerpo aguante.
Lola Sanabria
AMORES PROHIBIDOS
La compañera de habitación de mi madre, tenía un novio que conoció en un viaje a Fuengirola que hizo con el INSERSO. Llegaba a primera hora de la mañana, se sentaba a su lado, le cogía una mano y le daba ánimos. A la hora de la comida, insistía para que tomara un poquito más de sopa, luego le daba una cucharadita de Primperán y echaba un sueñecito junto a ella sin soltarle la mano. Cuando venían las hijas, lo trataban como a un intruso “A tu edad, mamá, haciendo manitas”, le regañaban en cuanto él se marchaba. La madre se defendía diciendo que él le daba compañía y cuidados. “Pero qué te va a cuidar ése, si está para que lo cuiden. Y nosotras desde luego, no cargamos con él, que no es nuestro padre”, seguían ellas regañándola. Poco a poco, la fueron convenciendo del error de aquella relación y ella comenzó a retirarle la mano y a ignorarlo en presencia de las hijas. El día antes de que le dieran el alta a mi madre, escuché a las hijas hablando con el médico en el pasillo. Querían saber cuánto tiempo iba a pasar su madre en el hospital. Tenían sus planes de vacaciones hechos y una residencia para ella.
Lola Sanabria
padres
Dormía con mi hermana y cada noche me despertaba el rechinar de sus dientes. “Lombrices”, decía mi madre y le daba una cucharada de aceite de ricino que no erradicaba el problema. Una vez que cogí una otitis al bañarme en una alberca, el médico me recetó unas gotas para los oídos y después de unos días, el dolor cedió. Quise entonces ser hija de doctor que todo lo curaba. Hasta que murió su hija de pulmonía y vino mi padre con dos bufandas de lana. Le perdoné su silencio en la mesa, sus migas de pan dentro de la sopa y el ruido que hacía cada vez que se llevaba la cuchara a la boca.
Lola Sanabria
de película
Tengo ante mí la foto de mi madre cuando era joven, sentada en una silla de madera. Sobre su regazo estoy yo, un rollo de carne sin acabar de hacer, y de pie, a su lado, mi hermana, toda ojos, con la mano derecha cerrada sobre una perra gorda que enseña su canto a la cámara. Si sostengo mucho la mirada, mi hermana se mueve intentando soltarse, mi madre la deja ir a la calle Real a comprarse un cucurucho de garbanzos tostados, luego ella se levanta, sale del encuadre de la foto y va al encuentro de mi padre. Él me levanta sobre su cabeza, me zarandea y me dice cosas tontas y agradables.
Lola Sanabria
la soledad de la abuela
Hoy soñé con la abuela. Era domingo y yo salía de la casa. Ella estaba sentada en el umbral, las piernas cruzadas y el delantal a cuadritos pequeños, cubriendo sus rodillas. Me alejaba calle abajo, cara redondita y palitos de piernas y brazos asomando del vestido de organdí azul. Llegaba a la calle Real, al puesto de los Corrucos y me quedaba un rato haciendo cálculos. Una bolsita de pipas de girasol y un chicle para mí. Un caramelo para ella. Una peseta no daba para tanto. Volvía mascando un chicle de fresa cuando la noche llenaba de sombras Los Sillones, la sierra Boyera y el nido del campanario de la iglesia. Mi abuela seguía tomando el fresco en la puerta. Me acercaba, abría mi mano derecha dejando al descubierto el papel de colores , abultado en el centro, y retorcido a ambos lados. Ella hacía pinza con el dedo índice y el pulgar, lo atrapaba, le quitaba el papel y se lo llevaba a la boca.Hoy soñé un sueño muchas veces vivido.
Lola Sanabria
FILIACIÓN
Me atraía aquella casa comunal custodiada, bajo la leyenda “Todo por la Patria“, por un forastero con gorro negro acharolado y capa verde oliva. Pero fue cuando descubrí que mi madre tuvo un novio guardia civil, que dejé a un lado a mi padre panadero y me hice hijo de cabo. En las ferias de los pueblos vecinos, me presentaba como tal y les contaba cómo él enchironaba a los cuatreros sorprendidos robando ganado y ponía multas y les quitaba las escopetas a los cazadores furtivos. Todos me admiraban. Al entrar en la Universidad, como estaba muy mal visto ser hijo de picoleto, abandoné a mi padre guardia civil y volví al panadero, pero cada vez que profería un insulto en las manifestaciones contra el Cuerpo, era como si insultara a mi padre y se me hacía un nudo en la garganta.
Lola Sanabria
EVOLUCIÓN
Las letras de mi nombre eran pequeñas y redonditas, adornadas con varios bucles acabados en un rabo atravesado por dos comillas. Cuando pasé de grado, mi nueva maestra dijo que las letras pequeñas eran de gente mezquina. Las cambié imitando la letra de ella, más grande y picuda. Al poco advirtió que la rúbrica que rodea el nombre era de persona de poco fiar. Dejé un solo lazo debajo, al que también puso reparos pues dijo que parecía muy cursi y aprovechó para indicarme que lo de las dos comillas lo utilizaban los paletos. Ahora mi firma es muy sencilla: el nombre y apellidos prolongados por un trazo que los subraya. Hace poco, cuando firmaba un talón, una amiga comentó lo fácil que era imitar mi firma. No pienso hacer más cambios a estas alturas, aunque no niego que se me pasó por la cabeza.
Lola Sanabria
LLAGAS
Cuando se abrieron las primeras grietas en mis talones y en las palmas de las manos, me hice Carmelita como Teresa de Jesús, la santa cuya vida leíamos en la escuela . Iría, como ella, a defender la fe cristina. Hasta que mi madre descubrió las heridas. Una pomada con corticoides y algodones empapados en orines, cerraron las fisuras de mi piel. Colgué los hábitos.
Lola Sanabria
DETALLE DE DESPEDIDA
Con un kilo de tomates, medio de pepinos, un pimiento verde, un trocito de cebolla, un diente de ajo, miga de pan, sal, vinagre de Jerez, aceite de oliva virgen y agua, puedes hacerte el gazpacho que tanto te gusta y que hoy no encontrarás en la nevera cuando vuelvas a casa de madrugada.
Ana.
Lola Sanabria
LA FLORERA
Carmen hacía flores de tela con los recortes que tiraban las modistas. Recorría los pueblos vecinos con una cesta colgando del brazo llena de tulipanes, margaritas, rosas, claveles y crisantemos y regresaba al suyo con la cesta vacía y el dinero en el sujetador. Vivía con su hijo en una casa sin luz ni agua corriente y se alimentaban con las patatas y las hortalizas que sembraban en su huerto Algunas vecinas, le acercaban de vez en cuando un litro de leche o un plato de sopa al chico, apiadadas por las carencias que mostraban los huesos arqueados de sus piernas. Cuando la madre murió, el hijo decidió dejar la casa y vender los cuatro muebles que había dentro. Al desmontar el cabezal de la cama, las perinolas que remataban los cilindros de latón cayeron al suelo y rodaron soltando fajos de billetes sujetos con gomas elásticas y pañuelos con calderilla. Con aquella pequeña fortuna, el hijo derribó la casa, se hizo un chalet en el terreno, abrió una floristería y se compró una furgoneta de reparto.
Lola Sanabria
EL RELOJ
Mi padre arreglaba todo tipo de relojes pero a mí los que me gustaban eran los de bolsillo. Una vez le trajeron uno muy bonito, con números romanos, agujas doradas y la tapa cincelada con un dibujo de hojas. Lo vi abrirlo y tocar con unas pinzas y un destornillador muy pequeños algunas ruedecillas dentadas, luego le echó unas gotas de un aceite y lo guardó en su caja. Aprovechando el paseo diario de mi padre, cogí el reloj y estuvo jugando un rato con él, le di cuerda girando su perinola unas veces hacia la derecha y otras hacia la izquierda, después lo dejé en su sitio. Cuando el dueño volvió a por su reloj, la cuerda se había soltado. No me atreví a contarle a mi padre lo que había hecho. Necesitábamos el dinero y aquel día no cobramos.
Lola Sanabria
trapos sucios
La hermana de mi abuela tenía la pierna izquierda más delgada que la derecha. Decía que fue por un bombardeo que la pilló en los huertos que rodeaban el pueblo. Todos los años, las dos hermanas se repartían el dinero después de vender las aceitunas de los olivos que heredaron de sus padres. Un año la abuela se enfadó mucho y regañó con su hermana acusándola de robo. Afirmaba que recogieron y vendieron más arrobas que otras veces y sin embargo ella no recibió más dinero. En medio de la discusión me enteré de que la pierna no la hirió la metralla sino los perdigones disparados por el dueño de las encinas cuando mi tía abuela robaba las bellotas para su piara de cerdos.
Lola Sanabria
PROFESIONES
Cuando cumplí los doce años, me regalaron “El
perro de los Baskerville” Decidí que sería detective y comencé
a espiar a la vecina del octavo. Era muy sospechoso que se negara a que el portero
bajara su basura. La seguí varias noches hasta el contenedor, esperé
a que se alejara, pinché con un palo su bolsa de basura y revolví
en ella. La señora le daba a la cerveza, apunté en mi cuaderno.
Muy contento con el éxito, seguí con mis pesquisas, aunque durante
unos días no descubrí nada nuevo. Hasta el día en que,
al escuchar la voz de mi madre y el llanto de su prima, acercándose,
me escondí detrás de la cortina de la salita.
- Ya verás cuánto lo quieres cuando nazca. Fíjate en mí.
Salté muchas veces desde el fregadero al suelo de la cocina, intentando
que se deshiciera. Una de esas veces a poco me mato pues se me enganchó
la lazada del delantal en la llave de paso. Y nada, la naturaleza siguió
su curso y ahora estoy tan contenta con mi hijo.
Somos dos hermanos. Agradecí a mi madre que no diera nombres.
Lola Sanabria
Descubrimiento
Fue un verano de ropas pegadas a la piel y pájaros desplomándose sobre el asfalto a las once de la noche. Una tarde, cuando cogía una coca cola de la nevera, vi una bolsa de plástico con las asas anudadas. La abrí. Dentro había un sujetador sin tirantes y un tanga negros. Nunca imaginé que mi madre pudiera usar esas cosas.
Lola Sanabria
FOBIA A LAS MEDICINAS
En la tabla más alta del armario, hacían pareja las dos cajas. Una, muy visitada, contenía el librito de papel de fumar, la petaca con el tabaco de picadura, y el chisquero. La otra, acumulaba polvo en su tapa y guardaba el ibuprofeno, la prednisona, las sales de oro, la hidrocloroquina, la penicilamina y el paracetamol. Cuando el reuma venció la voluntad de mi padre, encamándolo de por vida, una caja se vació sobre la mesilla, la otra permaneció desparejada arriba, sin abrir, hasta que él murió y mi madre la regaló a la vecina. Entonces nadie miraba la fecha de caducidad de los medicamentos.
Lola Sanabria
PUNTOS DE VISTA
En aquel armario compartido nunca se extravió nada. El traje azul marino de mi padre se deslizaba por la barra sin tropiezos hasta encontrarse con el de chaqueta gris marengo de mi madre. En la tabla de arriba, dos sombrereras con la pamela de ella y el sombrero estilo Bogart de él. En la de abajo, dos pares de zapatos, unos de tafilete y otros de charol negro. De la barra de la puerta, un cinturón ancho, otro estrecho y dos corbatas colgando. En el cajón, dos cajas de pañuelos, varias bragas, dos pares de medias, tres pares de calcetines y tres calzoncillos. Del que ahora comparto con mi marido, desaparecen calcetines que se quedan desparejados para siempre en el fondo de uno de los cajones. Lo último, una camiseta rosa, pintada a mano, recién estrenada. Yo digo que la culpa la tiene él porque es quien plancha y coloca la ropa. Él dice que vete tú a saber qué he hecho yo con ella. Mi madre dice que todo se debe a la abundancia.
Lola Sanabria
ROL
A principios de los setenta, atendía con otras compañeras el comedor de un Colegio Mayor de Madrid, cuando decidimos hacer una huelga. El motivo fue un lavavajillas que perdía agua desde hacía tiempo y nos obligaba a trabajar con los pies encharcados. Nos amenazaron con el despido. La tarde en que nos plantamos, vinieron dos estudiantes a nuestra salita, querían saber por qué la dirección les pidió ayuda para servir y recoger los platos del comedor. Después de explicárselo, dijeron que iban a convocar una asamblea para la noche y que debíamos hablar para conseguir el apoyo de las estudiantes. Me eligieron como portavoz y, consciente de que iba a depender mucho de lo que dijera para que más de cien personas aceptaran cambiar su comida caliente por un bocadillo, entré en el comedor con las piernas y las manos temblando, temiendo que la voz delatara el pánico que sentía. Cuando llegó el momento, me apoyé con las dos manos en la mesa, puse una buena dosis de indignación y de ira en mis palabras y conseguí el tono de seguridad que necesitaba. Al día siguiente, desayunaban en el comedor la directora, la administradora y una opositora a juez.
Lola Sanabria
reencarnación
Tenía dividido el parecido entre mi padre y mi madre. Los vecinos decían que era igualita a él. Las vecinas, en cambio, afirmaban que no podía negar quién era mi madre, sobre todo por la risa y los gestos. Eso decían. Yo opinaba que todo eso de buscar parecidos era una manía de pueblo y que yo era muy diferente a cualquiera de los dos; pero desde hace un tiempo, mi marido y mis hijos han comenzado a hablar de semejanzas con mi madre y no sé si será por oírlos tanto pero cada vez que pongo las dos manos sobre el tablero de la mesa del comedor para ayudarme a levantarme de la silla, soy mi madre.
Lola Sanabria
COMPLICIDAD
Se me ha hecho tarde y entro a comprar pan en uno de esos establecimientos que están abiertos las veinticuatro horas. Con mi barra plastificada bajo el brazo, le estoy echando un vistazo a la portada de una revista, cuando veo a un hombre joven que abre la puerta de cristal de los lácteos, coge un yogur de litro, lo abre y se lo bebe de un tirón. Recorre después toda la tienda y llena el hueco del brazo izquierdo con sándwiches, bolsas de patatas fritas, botellas de vino y licores y otras cosas que no puedo distinguir. Luego sale dejando tras de sí la chicharra de la alarma. El dueño ni se inmuta detrás de la caja. Me acerco a él y antes de que yo le pregunte, me cuenta que el desgraciado está mal de la cabeza y se cree invisible y que él apunta lo que coge y luego la madre viene y lo abona todo.
Lola Sanabria
resurrección
La víspera del entierro, la abuela anduvo más borracha que nunca. Tocaba con la palma de las manos las paredes mientras a su habitual ¡uy la cabeza, qué mal la tengo!, añadió qué pena, qué pena. Mi madre intentó consolarla pero sólo consiguió que arreciara en sus quejas y que el mareo, por el deficiente riego sanguíneo, aumentara.
Por la noche, estuvo dando vueltas en la cama y suspirando muy hondo hasta el amanecer. Entonces gritó que cuando ella se muriera, no quería tierra, y después se durmió, rendida.
Han pasado más de treinta años y ahora la han desenterrado. Parece un yacimiento arqueológico, arrancada a las profundidades de la tierra. Parece más pequeña, pero yo sé que es cosa de la edad, que cuando una es niña todo es más grande. Parece un reflejo de lo que fue, pero si la miras despacio, sigue siendo la misma.
Hoy he ido adonde la abuela, me he parado frente a la lápida de granito quebrado por el tiempo, por donde asoman las flores amarillas del jaramago, y le he contado que han vuelto a pasear los cántaros y los coladores (por si las sanguijuelas), por el camino que va a la fuente, la fuente desenterrada, caños de hierro, pilón partido por piedras lustradas, testigo de tantas caídas al querer cruzar al otro lado. Agua helada la de la fuente, la fuente de La Membrillera.
Lola Sanabria
tatuaje
Ayer, antes de ocupar mi sitio de trabajo,
entré en un quiosco de El Lago, pedí un café y mientras
me lo servían, hojeé el periódico :"Encontrada muerta
en un apartamento de lujo donde recibía a sus clientes". Debajo,
la foto de una mujer tapada con una sábana que había dejado al
descubierto un tobillo con dos cerezas colgando.
Lola Sanabria
LUCAS
Cuando mis hijos eran pequeños, tenían prohibido meterse en nuestra cama, salvo excepciones de enfermedad. El pequeño ha sido el más guerreo con el sueño; se despertaba varias veces por la noche y una terminaba dormida, con su mano cogida y sentada en el suelo de su habitación. Ahora tenemos gato. Se le bautizó como Lucas pero mis hijos lo llaman también Upi, Cus-Cus, Linternita y no sé cuantos sobrenombres más. Lo raro es que, lejos de volverse loco o no contestar a ninguno, responde a todos con unos mullidos muy zalameros. Es un consentido. Duerme en la cama de matrimonio, se pone a los pies, en mi lado y no me deja moverme con libertad. Encima, cuando oye el ruido del ascensor, salta fuera de la cama y araña en la puerta para que le abra y así recibir los mimos de mi hijo que vuelve de trabajar. Cuando protesto, todos me miran con mala cara y dicen pobrecito refiriéndose al gato. Me hacen sentir culpable y consiento lo que no le he consentido a mis hijos.
Lola Sanabria
AMISTADES EN LA RED
Gracias al cerrojazo que diste a tu Ventana, he contactado con algunas almas en pena que vagaban por el ciberespacio. Me he encontrado con Pepelillo "el mentiroso"o "Pinocho", a quien espero que le siga creciendo la nariz; también con el señor Aguado, el condensador y volteador de escritos; a Orozco "el apuntador", o "el equilibrado" aunque no tanto (tiene tendencias suicidas, acuérdate de aquel relato sobre naftalina comestible); a Rubén , el Poirot del grupo; a Delia, sensibilidad al máximo; a Roger , el coleccionista de música años sesenta; a Ventaniana, la incógnita casi resuelta. Podría seguir pero no quiero darte más envidia.
Lola Sanabria
ENTUSIASMO
En el Centro Ocupacional donde yo trabajo, existe tanta riqueza de personas como diferencias hay entre ellas.
Hace unos días que me cambiaron de Unidad y entré en un aula donde se están haciendo alfombras y bolsos con lanas de colores. Como tenía prioridad un trabajo para presentarlo a Genios Inéditos, presté menos atención a los tejedores para dársela al moldeador del aula. Estuvo haciendo peces, árboles, niños, señales de tráfico, coches, delfines, setas y edificios, a una velocidad increíble mientras hablaba, no tanto para mi, como para su propio disfrute, pues no paraba de repetir Nemo con entusiasmo mientras movía los dedos sin mirar en ningún momento lo que estaba haciendo. Quedaron unas figuras preciosas que puse a secar. No hubo iguales resultados entre los tejedores, algunos tuvieron que deshacer lo hecho, pero había una chica que rebasó el límite que se le había puesto por día. Le encanta lo que hace. A mí también me encanta lo que hago, aunque a veces llegue a casa con la espalda rota.
Lola Sanabria
FAROLILLO ROJO
Mi hijo mayor es como un farolillo rojo para los ladrones. Hace un tiempo, se sintió mal y paró un taxi en la Puerta del Sol para volver a casa. Antes de subir, se acercó un tipo y le dijo al taxista que no lo cogiera porque iba sin dinero. Mi hijo sacó el billetero y enseñó un billete que casi no vio la luz pues desapareció, junto con el pillo, en menos de un pestañeo.También lo han dejado con una cita colgando entre la oreja y la mano en La Gran Vía.
Cuando vuelve a casa, derrotado, y me lo cuenta, sale la bestia que llevo dentro y no veas lo que echo por mi boca. Miedo me da pensar qué haría si tuviera a los cacos delante. Y eso que estoy contra la violencia.
Lola Sanabria
CAMBIAR EL PASADO
Escribiría esas diez líneas que me pides de otro modo, pero para eso necesitaría retroceder en el tiempo. Le daría entonces a la niña un profesor particular para que aprendiera bien las fracciones; conseguiría así una beca para que fuera a la Universidad donde estudiaría Letras. Al final, le habría dado gusto a su maestra y a sus padres, quienes estarían muy orgullosos de ella. La niña sería ya adulta y habría dejado de jugar a las maestras.
¿Sabes qué?. Gracias al juego de las suposiciones, he llegado a la conclusión de que, aunque pudiera o pudiese cambiarlo, no habría sido otra cosa de la que fuera o fuese, soy.
Lola Sanabria
ANTÍDOTOS
“Antígeno, hay que buscar el antígeno”, oyó decir al doctor. Los eosinófilos, antihistamínicos y alérgenos, ocuparon el trastero en su cabeza.
Buscó en el diccionario: Antígeno: “Substancia que, introducida en un organismo animal, da lugar a reacciones inmunitarias a las que pertenece la formación de anticuerpos.” Substancia: “Jugo que se extrae de ciertas materias alimenticias, o caldo que con ellas se hace.” Inmunidad: “Estado del organismo que le impide contraer una enfermedad”.
Salió al jardín, y cortó azahares, melisa, tila y otras plantas. Las hirvió, coló el caldo y le dio una taza a su mujer.
“¿Qué es?”, le preguntó ella entre silbidos de tráquea.
“Antígeno se llama. El remedio de toda la vida”, le aclaró el marido.
Lola Sanabria
TINTES
Cada vez que alguien de la familia moría, se descolgaban los vestidos
y los abrigos de las perchas, se ponía un caldero con agua hirviendo
y unos polvos negros y se sumergían las ropas en él, dándole
vueltas con un palo. El agua negra se iba tragando todo el color. Desaparecía
poco a poco, dejando una esquina que sobresalía del agua, hasta que el
movedor de ropas se percataba y empujaba el trozo con el palo hasta el fondo.
El negro, había que ir de negro para que fuera evidente la pena.
Cuando mi padre murió, ni mi hermana ni yo nos vestimos de negro, desafiando la norma. A ella le dijeron algo de su falta de compasión y cariño por el muerto y le afectó. A mí nunca me dijeron nada.
Lola Sanabria
CARNICEROS
Afilaron sus machetes y salieron a la calle a despedazar obreros.
Lola Sanabria
QUIERO PINTAR PERO NO AMBULANCIAS
Silencio en el aula.
La Ser emitiendo.
Ulular de ambulancias.
“No quero pintar”.
El chico dibuja.
“No quero pintar mulachas”.
La Ser emitiendo.
Silencio en el aula.
Ulular de ambulancias.
Lola Sanabria
DISCRECIÓN
En la plaza del Ayuntamiento de mi pueblo, había una tienda de comestibles al lado de la casa del juez, donde Manoli, la hija de éste, compraba a menudo dejando los productos sin pagar. Cuando la madre se pasaba por allí, la tendera abandonaba al resto de la clientela para atenderla. Según le iba pidiendo, partía una cola de bacalao, sacaba con un pincho unos lomos en aceite de oliva de la orza, o envolvía en papel de estraza un chorizo o una morcilla. Después de pagar lo que se llevaba, la señora se iba hacia la puerta; momento en que la tendera aprovechaba para decirle: “Doña Puri, Manoli, un cuarto de kilo de queso.
Lola Sanabria
YO QUIERO SER EL ATRACADOR@
Duermo mal, voy arrastrándome al trabajo. Fiesta y exposición que montar. Vuelvo hecha polvo. Entro en el banco. Meto la tarjeta y....se la traga. Empujo la puerta y reclamo mi tarjeta. Se andan con pies de plomo. Al final me sueltan que me han copiado la tarjeta que no sólo no tengo saldo sino que mi cuenta está con 680 euros negativos. Tengo que hacer la compra, no tengo dinero, no me lo dan porque es por la tarde y la caja está cerrada. Me dicen que vaya a poner una denuncia en comisaría, que vuelva, que la entregue y me devolverán el dinero. Me voy para mi casa. Llamo a mi marido y no soy capaz de seguir la conversación. Me echo a llorar.
Lola Sanabria
ZAPATOS
Hablando de zapatos. Esa imagen de dos pares brillando sobre una mesa, me recuerda un par escondiéndose del tañer de campanas llamándolos para apagar un fuego. En el segundo caso, la excusa fue que eran nuevos, estilo Dónovan, y se podían estropear. En el primer caso, no sé de qué estilo serían pero tampoco acudieron a la llamada del pueblo para evitar un incendio de proporciones aterradoras y que aún continúa. ¿Qué hará ese tercer par de zapatos que acaba de entrar?
Lola Sanabria
MOTES
A mi abuelo lo llamaban Enrique “el renco”. Murió joven, antes de que yo naciera, y no le pude preguntar el porqué del mote. El odio que sentía mi abuela hacia él tampoco propiciaba las preguntas así es que pensé que renco era una abreviatura de rencoroso. Con los años, a mi abuela se le reblandeció algo ese odio hacia un marido ludópata que se la jugó a las cartas, y entonces accedió a contarme algunas cosas de él. Nada bueno. Aproveché para preguntarle por el apodo y me dijo que no, que renco venía de renquear. “O sea que era cojo”, dije yo algo decepcionada. “No, hija no. Dejaba la pierna derecha un tanto atrasada a la hora de dar el paso. De chulo que era”. Esa explicación me gustó más, coincidía con la imagen Barba Azul que también me había fabricado.
Lola Sanabria
LA SIESTA
A veces, conseguía escapar de la cama a la hora de la siesta y me sentaba en el suelo, ante una cubeta de aluminio llena de agua. Movía con el dedo índice una pluma de gallo o gallina en la superficie, y vivía una aventura en el Amazonas con el Capitán Trueno y su encantadora compañera Sigrid . Todo terminaba cuando cesaba el cacareo de gallina poniendo un huevo en el corral vecino, la abuela dejaba de roncar en la habitación de al lado, y escuchaba el chirrido del somier cuando mi madre se levantaba.
Lola Sanabria
7 DÍAS (MARTES)
Con los ojos cerrados, formulo un deseo, y entro en la cinta de celuloide de Cayo Largo, dándole la réplica, como Lauren Bacall, a Humphrey Bogart. Me encanta que me dedique una de sus sonrisas de conejo, me encanta verlo acariciarse la barbilla con el pulgar, me encanta que me llame muñeca.
Es mi sueño...eterno.
Lola Sanabria
CARRETERA
Cerca de la carretera que une mi pueblo con otro más grande, hay un edificio de ladrillo sin enlucir ribeteado de bombillas, con un tendedero en el lateral huérfano siempre de ropa, hecho con dos horquillas de madera y una cuerda de nailon. Cuando paso de día con el coche, lo miro de reojo hasta que desaparece tragado por la distancia. Nunca veo a nadie.
Algunas noches de verano, cuando voy con mi marido a cenar a ese pueblo, veo el edificio desde lejos, rabioso de luces de colores que me recuerdan las de mi infancia colgando en la caseta de “El tren de la bruja”. El tendedero lo ha borrado la noche, pero la puerta brilla como si la acabaran de pintar de rojo. Cuando el coche está a su altura, siempre me pregunto qué estará ocurriendo dentro.
Lola Sanabria
GRAMOS DE FELICIDAD
El otro día tocaba revisión médica . Con los tubos de flujos y materias internas en mano, entré en un vagón del Metro donde soporté mal el exceso de personas. Como una lombriz de tierra, el convoy se deslizó por túneles y más túneles hasta llegar a la estación. Ya llegas, aguanta, me dije, a punto de desmayarme. Pero no, quedaba recorrer medio Madrid perforado. Subí escaleras, las bajé, anduve pasillos interminables, bordeé andenes y al final salí a la calle. Ya está, un poco más y podrás tomarte esa taza de café con la que sueñas. Pero no, en la clínica me esperaba otro exceso de personas para la analítica, para el electrocardiograma, para la audiometría , para la visión, para pesarte, medirte; para todo. El café y las tostadas con tomate, ajo y aceite de oliva, con que me desayuné después, me parecieron un lujo.
Lola Sanabria
PASAR EL TRAGO
Suena el despertador, abre el ojo derecho y ve las puertas del armario de par en par. Dentro, el abrigo, el anorak, los pantalones de pana, las faldas hasta los pies, la chaqueta de cuero, los jerseys, los pijamas. Todo un invierno por trasladar. Hace un esfuerzo, se incorpora y se encuentra con la botella de anís vacía sobre la mesilla. ¿Trabajar y a palo seco?. Mejor ni se levanta.
Lola Sanabria
ENCAJES
El boticario de mi pueblo, atendía detrás de unos cristales con una puertecita con ribetes de latón dorado. La abría, cogía la receta, y entregaba los medicamentos después de rasgar con un abridor de cartas las etiquetas de las cajas. Tenía la cara verdosa, como si tuviera las bilis revueltas, los labios amoratados y extraños, y un eterno olor a formol. Cuando sacaba a bailar a alguna chica, ninguna quería acercarse a él. Hasta que llegó el veterinario. Su hija llevaba pegado a la ropa un tufillo medicamentoso que enseguida encajó con el del boticario. Nunca más se separaron. A veces los imagino, desparramando sobre el mostrador de mármol de la botica, pastillas, cápsulas y píldoras de todos los colores y sabores, con los ojos brillantes de excitación.
Lola Sanabria
¿ NATURALEZA SABIA?
A las tres de la madrugada me desperté empapada en sudor. Con el mayor sigilo, para no despertar a mi marido, salí de la habitación y entré en el cuarto de baño. Encima del taburete, aguardaban unos cuantos camisones apilados. Me cambié y volví a la cama. A las cinco, estaba otra vez mojada. Me levanté aturdida y salí dando tumbos y golpeándome con las esquinas. La tercera vez ni miré el reloj, ni me levanté. Dejé que el sudor se secara encima mientras recordaba retazos de la última charla"...Nuestros ovarios ya no producen hormonas suficientes para que un óvulo madure, fracasando la posibilidad de embarazo".
"Sudoraciones, sequedad vaginal, osteoporosis, mayor riesgo de infarto, unos kilos más..." Y la psicóloga afirmando que, a día de hoy, no existe ninguna relación entre menopausia y depresión.
Me levanté a primera hora de la mañana con la pregunta de a quién había que matar. En mitad del pasillo, el gato se estiraba plácidamente. Cuando nuestras miradas se cruzaron soltó un bufido y huyó hacia la terraza.
Lola Sanabria
HIJA DE
En una pelea, mi hermana me dijo que yo era adoptada. Pasé mucho tiempo buscando en los cajones de los armarios, en los arcones, incluso entre los muebles viejos del doblado, algún papel que lo acreditara. Ahí lo van a tener, a la vista, se burlaba ella. Hasta que un día mi madre dijo muy enfadada que yo tenía la cabeza muy dura. Mi abuela la miró con socarronería, entrecerró un ojo, y aseguró, señalándola con el dedo:"Tiene a quién parecerse"
Lola Sanabria
LA ARQUETA
Mi padre guardaba el tabaco en una caja de madera que siempre cerraba con llave. Después de echarnos la siesta, la abría y sacaba la petaca y el librito de papel de fumar. Me gustaba observarlo desde la cama. Levantaba entre el índice y el pulgar las hebras, las ponía dentro del papel, lo liaba, y pasaba la lengua por el borde. Mientras hacía todo esto, comenzaba el cuento del ladrón y la granja. Si entraba mi madre, él cerraba la caja, metía la llave en el bolsillo del pantalón y dejaba el cuento sin terminar.
Cuando enfermó, lo abandonó todo y yo me adueñé de la arqueta. Mi madre me dijo entonces con retintín. ¿Has heredado los secretitos. Tenía quince años y un novio que me escribía cartas. Las guardé dentro de la caja. Bajo llave.
Lola Sanabria
NO TE DEJARÉ
La araña tiró su hilo y se deslizó desde el techo hacia la cama. Él murmuró algo en sueños y se volvió hacia su izquierda. La araña se detuvo a la espera de que la respiración se hiciera pesada. Volvió a soltar hilo y se quedó a un centímetro de la cara. "Dilo". Bajó un poco más. "Dilo", y se posó sobre la piel. "Dilo", y acarició con sus patas el dibujo de la boca. Él abrió apenas los labios."Ángela", dijo. "Ángela", repitió en el umbral de la vigilia. La araña recogió hilo rápidamente y volvió a su rincón.
-¿A quién llamas?-, le preguntó la otra mujer que ahora ocupaba su lado de la cama.
Lola Sanabria
EL CAZADOR
La salamanquesa avanzó por la pared hacia la luz. Oculto entre las sombras de la noche, el gato aguardaba. Cuando el reptil se detuvo, el felino se acercó sigiloso, midió la distancia, tensó los músculos y saltó arrastrando a la salamanquesa al suelo. Tumbado sobre el cemento, la mantuvo inmovilizada bajo la zarpa unos instantes, luego la soltó para atraparla con la boca en su intento de huida. Se paseó por el patio con el cuerpo atravesado en las fauces. Volvió a tumbarse y la soltó para detener un nuevo intento de huida con un zarpazo.La inmovilizó, la dejó libre. Malherida, la salamanquesa apenas se alejó unos centímetros. El gato alargó la pata y la atrapó entre sus garras.
El juego finalizó cuando terminó la agonía de la salamanquesa. Después del festín, el gato se relamió, peinó sus patas con la lengua y subió al tejado. El maullido zalamero de una gata lo llamaba desde el tejado vecino.
Lola Sanabria
DESAJUSTES
Después de la escuela, mi madre me daba un canterón de pan y con él me acercaba hasta el molino donde mi padre trabajaba. En el patio, estaban los bidones con el alpechín y los trozos de orujo con las marcas del esparto. Bajo techo, la muela trituraba las aceitunas, los trabajadores echaban la pasta encima de los capachos y un zumo verde y ámbar chorreaba desde la prensa hasta los canales que lo llevaban a los pozos a ras de suelo. Mi padre se acercaba, cogía el pan, lo pinchaba con un hierro, lo metía en el aceite y después en el horno. Salía dorado y con el olor de las aceitunas recién prensadas. Era mi merienda.
A mi padre también le gustaba arreglar radios y relojes. Cuando conseguía echar a andar un reloj de bolsillo, lo dejaba durante un tiempo con la tapa levantada, observando con satisfacción el movimiento de sus engranajes.
Pero llegó un día en que le costó un gran esfuerzo caminar. Durante un tiempo, el compañero más fuerte lo siguió llevando al trabajo a cuestas, como se lleva a los niños. Sólo para que estuviera allí sentado, decían, vigilando los motores. Hasta que se negó a soportar más el dolor y no se levantó de la cama.
Con las piernas y las manos deformadas por la artrosis, quería seguir arreglando relojes y radios y me llamaba para que yo hiciera el trabajo. Olvidaba que unas manos son sólo herramientas, y que yo no podía ser su cabeza. Tenía menos de sesenta años y su cuerpo lo había jubilado.
En el comedor, continúa un reloj de pared con números romanos, péndulo de cobre brillante y las manecillas detenidas en las doce.
Lola Sanabria
CON UN PAR
Durante la cena, mi hijo le preguntó a su padre por qué la mamá de su amigo Borja trabajaba y yo no. Él dejó un momento de atender al partido de fútbol que daban por televisión y le contestó que en aquella casa era suficiente con que uno trabajara.
Esta mañana, antes de salir, le he dejado una nota a mi marido, sujeta con dos imanes a la puerta del frigorífico.
“Como veo que tú sólo te bastas, durante unos días, no hago las camas, no paso la aspiradora, no limpio el polvo, no friego los suelos, no pongo la lavadora ni el lavavajillas, no tiendo la ropa, no plancho, no hago la compra, tampoco la comida, no enseño Lengua ni Matemáticas, no curo heridas, no llevo ni voy a por el niño al colegio. ME VOY DE VACACIONES.
P.D. Encima del aparador, te he dejado el número de teléfono
de la asistenta de la mamá de Borja por si te ves un poco agobiado. Ella
estará encantada de hacerlo todo. Cobrando, claro”.
Marisa.
Lola Sanabria
SIGMA
Introdujo la cápsula-bobina en la espiga de la lanzadera. Sacó la punta del hilo, con el índice y el pulgar, de la bobina del portacarretes. Tiró de él, lo pasó por el tensor y la palanca tira-hilo y enhebró la aguja. Con la mano izquierda, sujetó el hilo mientras giraba el volante con la derecha, en sentido de marcha, hasta hacer salir el hilo inferior por el orificio de la plaqueta de puntada. Con los dos hilos juntos bajo el prensatelas, colocó las piezas y bajó la palanca. La aguja se clavó en el tejido. Movió el volante hacia ella con un golpe de la mano derecha, al mismo tiempo que flexionaba el pie sobre el pedal. El pie de coser avanzó por el hilvanado dejando tras de sí una hilera de puntadas que cerraban un lado del pernil del pantalón.
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NADA
En septiembre comenzaba el curso. El primer día, la maestra nos iba nombrando de dos en dos para que ocupáramos los pupitres. A mí siempre me ponía de compañera a Rosa. Ni yo le gustaba a ella, ni ella me gustaba a mí. Trazaba una línea con el lapicero para dejar claro cual era su espacio, muy limpio, pues pasaba las mañanas lijando la madera. El mío, en cambio, siempre tenía manchas de tinta y rayas de lapiceros. Lo que más me desagradaba de ella, era su cara blanda y rosácea de lechoncillo. Tenía un plumier de madera de dos pisos y le gustaba abrir la tapa del primero y girarlo para descubrir en el segundo las pinturas de colores Alpino. Y así lo dejaba todo el tiempo, para que yo lo envidiara.
Rosa era la hija del médico y yo creía que eso la hacía invulnerable, pero enfermó y murió. Al poco tiempo nadie en la escuela se acordaba de ella. Y yo tuve una nueva compañera.
Lola Sanabria
EL INQUILINO
El abuelo vivía en un pueblecito de Santander. Cuando se vino a vivir con nosotros, se trajo su caracola. Decía que así podría escuchar el mar. A mi hijo pequeño le entusiasmó la idea. Estaban todo el día pasándose la caracola de oreja a oreja. Los dos aseguraban que eran capaces de distinguir una ola gigante del rizo de espuma entrando en la playa.
Yo estaba muy contenta por lo bien que se llevaban. Un día, el abuelo comenzó a quejarse de que no podía dormir por el ruido que hacía al masticar el inquilino del armario. Le aseguré que allí no vivía nadie, pero mi hijo le dio la razón y dijo que él también lo había oído. Le conté a mi marido lo que ocurría y él intentó convencerlo de que se trataba de una pesadilla, pero el abuelo siguió quejándose.
Abrí el armario unas cuantas veces para que se convenciera de su error. Él continuó con sus quejas. Una mañana, desesperada, volví a abrir el armario y moví la ropa para que viera el fondo pues se empeñó en que se ocultaba allí. Una nube de polillas abandonó el traje de Comunión de la niña. Lo saqué para comprobar, desolada, que los encajes y las cintas de princesa se habían convertido en unos pingajos llenos de agujeros.
Lola Sanabria