VIAJE RUTINARIO
Lo primero que hago al levantarme es hacer el café. Saco el cacillo de la cafetera italiana y lo lleno bien. Me gusta muy cargado. Me siento y espero sin dejar de mirar la cafetera, y me imagino en una terraza de la plaza Navona. Luego recojo la cocina, pongo la lavadora y el lavavajillas. Después, paso la aspiradora por la casa y quito el polvo con el plumero, lo paso con cuidado por los cuadros para no descentrarlos y me quedo un ratito contemplando la vista de la avenida Nevsky, el Fontanka helado a la derecha. En la habitación de mi hija le saco brillo con la bayeta a la torre Eiffel. Cuando hago mi cama, estiro bien el edredón nórdico para que no queden arrugas ni caiga más de un lado que de otro. Una vez estuve a punto de viajar a Lourdes con la parroquia pero tuve que cancelar el viaje porque murió mi marido.
Manuel Navarro Seva
EL RELOJ DE ORO
Como todos los abuelos, el mío también tenía un reloj de bolsillo, de oro, con sus iniciales JS grabadas en la tapa; lo compró en Marruecos cuando hizo la mili y lo tenía guardado como oro en paño.
Cuando lo sacaba para limpiar la cadena, que se ponía negra, sus ojos brillaban como el reloj mientras me contaba historias de la mili. Un día me llamó, le dio cuerda, comprobó que andaba y me lo entregó diciendo que lo guardara yo y que se lo diera a mi primer nieto varón.
De vez en cuando limpio la cadena, y le doy cuerda, y lo pongo en hora y compruebo que todavía funciona, y mientras lo hago me acuerdo de mi abuelo José, que hizo la mili en África.
Manuel Navarro Seva
EL SOCAVÓN
Una mañana de un día de Abril, mi calle se llenó de máquinas excavadoras y de obreros con mono azul y casco. Empezaron a abrir zanjas junto a los bordillos de las aceras. Unos días más tarde, las zanjas cruzaban ya la calle; primero, la mitad, interrumpiendo con vallas metálicas el tráfico en un sentido, y después, la otra mitad. La calle fue un pequeño caos circulatorio durante un cierto tiempo.
Cuando se fueron las máquinas y los obreros, todo volvió a la normalidad. Sin embargo, la calle ya no fue la misma. Las cicatrices de la operación quedaron patentes en su piel.
Un día, enfrente de mi casa, junto al quiosco de periódicos, apareció una pequeña curvatura de alquitrán, como un grano infectado. Los coches que pasaban por encima iban arrancándole piedrecillas mezcladas con aquel pus negro y pegajoso. La lluvia, que debía ser beneficiosa para limpiar la herida, por el contrario la agrandaba y ensuciaba más.
Así, ocurrió que la llaga se convirtió en un socavón que llegaba hasta las entrañas de mi calle y cubría una superficie respetable. Los vecinos de mi casa comentamos el asunto y decidimos ponerlo en manos de las autoridades locales. Así que enviamos una carta al concejal de distrito, pero no obtuvimos respuesta alguna y el hoyo siguió agrandándose con el paso del tiempo. Meses más tarde, enviamos otra carta, esta vez al alcalde, y tampoco recibimos respuesta.
Casi un año después, durante el curso de una manifestación contra la guerra, una señora de edad, que iba de la mano de su nieto, metió el pie en el agujero, cayó y se rompió la cadera. Al día siguiente vinieron a taparlo.
Manuel Navarro Seva
LA CUARESMA
Hace muchos años, tuve un profesor de Matemáticas, don Jacinto, que fumaba en clase. Mis compañeros y yo contábamos los cigarrillos que encendía, entre problema y problema, y nunca eran menos de seis. Tenía el profesor unos sesenta años, los dedos índice y corazón de su mano izquierda manchados de nicotina, era muy delgado y vestía traje y corbata, su voz, quebrada y ronca, era como la de algunos actores de teatro.
Cuando se acercaba la Cuaresma, nos decía que iba a dejar de fumar, como cada año. Y, en efecto, así lo hacía desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Resurrección. Nos contaba que lo hacía por devoción y para dar un respiro a sus pulmones.
Unas semanas después de las vacaciones de Pascua, don Jacinto dejó de venir a clase. Nos dijeron que estaba enfermo y, más tarde, el profesor de Química se encargó, también, de sus clases de Matemáticas.
No volvimos a ver a don Jacinto nunca más. El director del colegio nos informó, al comienzo del curso siguiente, de que había muerto de una grave e incurable enfermedad. Ahora sé que lo mató el tabaco pero entonces pensé que quizás no pudo soportar aquella penitencia, y murió de tristeza.
Manuel Navarro Seva
MUNDO, DEMONIO Y CARNE
Tenía yo la edad en que todo empezaba a despertar a mi alrededor, había pasado algo más de un año desde mi primera comunión. Era verano y me sentía feliz; jugaba en la calle a todas horas y sólo me acordaba de volver a casa cuando el reloj de mi estómago daba la hora.
Un día, a la tarde, poco después de la siesta, fui a casa de un amigo. Su madre me dijo que había ido a comprar horchata, que no tardaría en volver y que le podía esperar en el salón de la casa. Yo me senté en el sofá y, poco después, la madre salió de su habitación completamente desnuda, cruzó el salón y se dirigió, sin prisas, hacia el baño. Noté que me ponía rojo, sentí que el corazón golpeaba fuertemente mi pecho como un tambor y que mi pene se ponía duro como nunca lo había sentido hasta ese momento.
Mi conciencia me decía que había algo obsceno en aquello y no paraba de darle vueltas a la idea de que había pecado y que debía de ir a confesarme. Así que, unos días más tarde, durante la misa mayor, me acerqué al confesionario del padre Carmelo, que era el que ponía la penitencia más corta, y le conté, sin demasiados detalles y lo más rápido que pude, lo que me había ocurrido. El me preguntó si había habido tocamientos mutuos, si yo había cometido algún acto impuro, y si había tenido malos pensamientos; fui contestando sus preguntas lo mejor que supe y, finalmente, antes de darme la absolución e imponerme la penitencia, me sermoneó acerca de las tentaciones del mundo, del demonio y de la carne.
Durante mucho tiempo no quise volver a casa de mi amigo y cuando lo veía por la calle con su madre, fingía no verles y cambiaba de camino. Hoy sigo recordando aquel cuerpo joven, hermoso, aquellos pechos que dieron de mamar a mi amigo, aquella mata de pelo negro y rizado que cubría la salida que, un día, utilizó mi amigo para venir al mundo.
Manuel Navarro Seva
POLLO CON ALMENDRAS
Sazono los trozos de pollo con un poco de sal. Leo de nuevo la receta. Corto una cebolla en pequeños trozos y pico un diente de ajo. En una sartén grande echo un chorro de aceite de oliva y pongo los trozos de pollo. Vuelvo a leer la receta. Muevo los trozos de pollo para que se doren uniformemente. El chisporroteo del aceite hirviendo me salpica la mano. Pongo la mano en el chorro de agua fría para aliviar el escozor. Leo la receta una vez más. Pongo a cocer un huevo en un cazo con agua. Creo que el pollo ya está dorado. Paso los trozos a una cazuela. En el mismo aceite hirviendo coloco un higadillo. Vuelvo a quemarme la mano. Paso el higadillo frito a un mortero y le añado catorce almendras (la receta dice doce). Pongo la cebolla en la sartén y separo la yema del huevo cocido de la clara. Añado la yema al mortero junto con las almendras y el higadillo. Lo machaco todo, le añado un poco de agua y lo reservo. Muevo la cebolla y le pongo el ajo picado y un sobre de azafrán tostado. Vierto la salsa sobre el pollo y le añado una taza de agua. Lo dejo a fuego lento.
Hace calor. Abro una cerveza y me tomo la clara cocida, que había reservado, con un poco de sal. Son las dos de la tarde. A esta hora solía comer con Miguel y Pepe en el comedor de la empresa. Abro la olla y pincho el pollo con un tenedor, todavía le falta. Llega mi hija y pregunta qué hay de comida. Vierto la salsa de almendras en la cazuela. Ahora estaría tomando un café en el bar del comedor de la empresa. Cinco minutos más y ya está.
Manuel Navarro Seva
TRABAJO DOMÉSTICO
Mi marido es el cabeza de familia; yo soy el tronco y las extremidades.
Manuel Navarro Seva
UNA PAREJA EN LA PLAYA
Cuando salieron del agua, él llevaba el bañador del revés.
Manuel Navarro Seva
UNA CITA
La conocí una tarde de septiembre pocos días después de haber guardado, hasta el verano siguiente, mi uniforme caqui. Su nombre y dirección venían en la página de contactos de un diario vespertino de Madrid.
Cada uno de nosotros (los de la misma tienda de campaña) eligió un nombre y envió una carta. Las respuestas las leímos en voz alta a medida que llegaron; mandamos una segunda carta y luego otras. A mí el juego me atrapó y continué escribiendo en secreto.
Se llamaba Esperanza y su letra era pulcra y espontánea, decía muy bien lo que quería decir, y llegamos a decirnos tantas cosas que no pude resistirme a llamarla por teléfono. Su voz dulce y sugerente acabó siendo para mí tan necesaria como sus ardientes cartas, de manera que continuamos escribiéndonos y llamándonos a diario.
Traté en vano de conseguir su foto y seguí soñando y deseando su cuerpo como el agua; un día cedió al fin a mis súplicas y acordamos una cita. Quedamos en la cafetería Manila, en la Gran Vía, esa tarde de septiembre. Yo con mi camisa de manga corta, de rayas rojas y blancas; ella con un vestido verde punteado con pequeñas flores amarillas.
Cuando llegué, la reconocí sentada en una mesa. La observé furtivamente durante unos minutos y al fin, vencido el impulso de desaparecer, me acerqué y la saludé. Su voz era la misma que me hablaba por teléfono pero su cuerpo no, su cuerpo no era el de la persona adulta que escribía aquellas cartas, debía tener apenas trece años.
Dimos un paseo que duró lo que tardé en fumar un cigarro y me despedí de ella con la excusa de un examen al día siguiente. Tardé algún tiempo en olvidar sus cartas y su voz y el cuerpo que había imaginado, y a veces pienso que cometí un error.
Manuel Navarro Seva
CALDO DE GALLINA
Mi padre fumaba tabaco rubio sin filtro pero después de las comidas se fumaba un cigarro negro de picadura. Caldo de gallina, lo llamaba. Cuando acabábamos de comer, yo me quedaba de pie a su lado mirándole. Sacaba el librito rojo y extraía una hojita de papel blanco, abría la petaca y vertía un montoncito de tabaco en la hojita, que mantenía curvada entre sus dedos de la mano izquierda, lo extendía con el índice de la derecha, y luego, con un movimiento rápido y preciso de las dos manos, lo enrollaba, mojaba el borde del papel con la punta de la lengua, lo pegaba y se colocaba el cigarro entre los labios. Yo pensaba que cuando fuera mayor fumaría Chester como él o, quizá, negro emboquillado. Años después, cuando mi tío José murió de cáncer de pulmón a causa del fumar, lo dejé durante un tiempo.
Manuel Navarro Seva
LA COCHINA
Estoy jugando en la calle. Mi amigo Pascual me lleva hasta la pocilga del tío Pepe y nos quedamos contemplando, apoyados los brazos en la cerca, cómo los cerdos se revuelcan en la suciedad. Una cochina enorme jadea como si estuviera herida. De pronto veo cómo salen de su vientre los cochinillos, uno tras otro. Asustado pienso que las mujeres paren a sus hijos de la misma manera. Pero no era eso lo que mi madre me había dicho. Corro a mi casa y le pregunto a mi madre, una vez más, de dónde vienen los niños. Mi madre, sin mirarme, continúa haciendo la comida y me dice que los trae la cigüeña de París. No volví a preguntárselo.
Manuel Navarro Seva
LA LAGARTIJA
Mi padre padecía de los pulmones porque había trabajado mucho rastrillando el cáñamo y el médico le mandó hacer reposo. Así que en verano vamos a una pequeña casa rodeada de olivos y almendros que tiene un aljibe y un depósito de agua para la ducha. Al lado hay otra casa más grande donde vive gente cuyo nombre he olvidado. Por la noche, después de cenar, salimos a tomar el fresco a la puerta de la casa con los vecinos (aún no hay televisión) y, mientras los mayores charlan, yo miro cómo el gato salta tratando de coger una lagartija que empieza a subir por la pared. En esto, mi padre me dice que baile. Entona una canción: “ya viene el negro zumbón, bailando alegre el bayón…” y yo bailo; y todos aplauden y ríen; corro junto a mi madre y escondo la cabeza entre sus piernas, y mi madre me acaricia el pelo. Luego veo que la lagartija sigue allí arriba y el gato ya no está.
Manuel Navarro Seva
EL MONDADIENTES
Mi padre solía llevar en la boca un mondadientes. Cuando terminaba de comer, me decía, Ve a la cocina y tráeme un palillo; yo le llevaba el vasito y él cogía uno; se liaba el cigarro, ponía en un extremo una pelotita de algodón y con la punta del palillo la empujaba hasta que quedaba bien metida, como un filtro. Después de fumarse el cigarro, se ponía el palillo entre los labios, se levantaba de la silla y se iba al casino. Algún tiempo después de su muerte, mi madre regaló toda su ropa al asilo. Pero antes de hacerlo me preguntó si quería algo. Me quedé con un chaleco negro de paño. Nunca me lo he puesto. Lo tengo colgado de una percha en mi armario ropero junto al resto de mi ropa. Un día, me lo pidió prestado mi hijo. Se lo probó. Metió los dedos pulgares en los bolsillos y encontró un mondadientes amarillento.
Manuel Navarro Seva
MI PRIMERA BICICLETA
Cuando llego de la escuela, mi abuelo me dice que mire en el almacén. Allí, junto a la leña, cubierta con una lona, hay una bicicleta Orbea de color rojo; tiene timbre y una bolsita de cuero con la herramienta atada detrás del sillín; es un poco grande para mi edad. Mi abuelo me dice, Es tuya, y me ayuda a sacarla a la calle y a subir en ella. Me da un empujón y comienzo a pedalear tratando de guardar el equilibrio. Es la primera vez que subo en una bici de dos ruedas y tengo miedo de caerme, así que no dejo de pedalear mientras oigo gritar a mi abuelo que pare. Ya apenas le oigo cuando un hombre se interpone en mi camino y me detiene. Vuelvo a casa y mi madre, llorando, le dice a mi abuelo que he podido matarme. Mi padre estaba curándose en el sanatorio y no pudo ver cómo aprendí a montar en bicicleta.
Manuel Navarro Seva
LUIS
Luis tenía diez años más que yo y cuando se marchó, estaba a punto de llegar a dieciocho. Por la diferencia de edad no llegué a conocerle bien, apenas hablaba conmigo, pero yo lo admiraba y cuando me decía algo, era para mí como si lo hubiera dicho Dios. Iba con él a veces a cazar pájaros, me dejaba que llevara yo la escopeta de aire comprimido, y se la daba cuando nos parábamos debajo del eucalipto. Cuando le daba la tos, mi madre se tapaba la cara con las manos y mi padre maldecía. Don Genaro les dijo que lo llevaran al campo, que tenía que guardar reposo. Mi madre, preocupada por el posible contagio, me repetía, Fíjate bien, este es su vaso, esta su toalla. El día que lo llevaron al sanatorio estaba a punto de cumplir los dieciocho. Era mi hermano mayor.
Manuel Navarro Seva
SÓLO AMIGOS
Desde hace tiempo, voy a desayunar al mismo bar de una calle céntrica de Madrid. Compro el periódico en un kiosco que hay en la acera, cerca del bar. A veces tengo que esperar a que abran. Me siento en la misma mesa y pido un café con leche y una ración de churros recién hechos. Corto los churros por la mitad, los mojo en el café con leche hasta que se ablandan y me los llevo a la boca, adelantándola para no mancharme. Abro el periódico y en ese instante llega ella y se sienta a la mesa, a mi lado. Nos saludamos; pide su desayuno y yo le leo los titulares mientras se lo toma. Cuando acaba, me cuenta cómo le ha ido la noche y yo la escucho con el dedo índice entre las páginas cerradas. Luego se levanta, se estira la minifalda, me da un beso en la mejilla y se va a dormir. Yo me quedo leyendo y pido otro café. Hay días que me iría con ella, pero me da tanto miedo.
Manuel Navarro Seva.