PARTO

A simple vista parecía imposible que mi cabeza pudiese salir por aquella minúscula abertura. Mi madre empujaba con fuerza. Yo, en medio de la oscuridad, intentaba colaborar a pesar de que la angustia confundía mi sentido de la orientación. Después de un impulso conjunto noté con alivio que la coronilla estaba fuera. Pero no cedimos hasta que por fin mis ojos se abrieron al otro lado, una vez traspasado por completo el estrecho cuello del jersey.

Manuel González Seoane

 

 

TATUAJE

Llevaba una imagen grabada en la retina; lo confirmó el forense.

Manuel González Seoane

 

 

SITIO DISTINTO

Desde la barriada, en los días de atmósfera limpia se ve el fin del mundo. Las viviendas, adosadas por necesidad, fueron construidas con dinero ganado en la emigración, vendiendo pollos asados en las gélidas calles de Zurich, despidiendo a los clientes en Hamburgo con la mano abierta y un “aféitensen”, o en la mar, navegando en cargueros de bandera noruega, en los que el Varón Dandy era whisky de Malta.

El del butano hace sonar la bocina del camión y con el motor en marcha reparte casa por casa. En el número 14, pegada a la puerta, hay una bombona vacía y mojada por la lluvia que ha cesado hace sólo un instante. El repartidor llama al timbre y nadie contesta. No importa. En el 12, o en el 16, o en el 15, o en la casa amarilla, alguien pagará la bombona nueva. El que paga nunca reclama: si se han olvidado, se han olvidado; si andan mal de cuartos, ya cambiará el tiempo. Y cuando cambie, en los días de atmósfera limpia, volverá a verse el fin del mundo, allá, lejos.

Manuel González Seoane

 

 

DOS VELAS

Por las noches, a eso de las ocho y media, casi siempre se iba la luz. Mi madre sacaba entonces dos velas que guardaba en un cajón del mueble de la cocina. Sentada a la mesa, a mi lado, encendía una cerilla y la aproximaba a la base de la primera hasta que comenzaba a derretirse y desprendía cuatro o cinco goterones que ella hacía caer dentro del cenicero; con un movimiento rápido colocaba el extremo reblandecido sobre el pequeño charco de cera líquida y mantenía una leve presión esperando que enfriara la soldadura; al mismo tiempo, con la otra mano, arrimaba la cerilla al pabilo. Pasábamos los minutos siguientes en silencio, mirando fijamente la llama que parecía crecer por momentos. Cuando llegaba mi padre del trabajo, ella encendía la otra vela.

Manuel González Seoane

 

 

OBSESIÓN

Me pongo el termómetro dos veces al día; la primera en la ducha, la segunda a la hora de comer. Mientras el agua me espabila, sobre todo en invierno, percibo como cada parte de mí se recoloca en su sitio lentamente, y entonces lo hago; se trata de un breve interrogatorio interior: quién soy, dónde estoy, hasta cuándo aguantaré, ¿hoy también?, ¿habrá gel de baño en el más allá?...

En función de las respuestas decido, con que a veces me cuesta salir. El proceso a la hora de comer no es muy distinto: hay algo que yo ignoro común a esos dos momentos, una conexión extraña. Muevo la cuchara para enfriar la sopa y tomo el primer sorbo de vino tinto; es bueno, tiene cuerpo, hace ya rato que pienso en él; ¿pensará él también en mi?; ¿habrá alguien pensando en mí en este instante de masoquismo gastronómico en que me abraso voluntariamente el paladar y la lengua?; ¿es la comodidad lo único que nos mantiene juntos?; ¿hay sopa hirviendo y retrogusto después de la muerte?

Cuando me esfuerzo para entender esta misteriosa conexión encuentro que el termómetro obedece a la soledad: yo siempre como sola aunque a la mesa nos sentemos varios. Pero pienso también que esa es una explicación demasiado fácil. Creo que tengo unas décimas.

Manuel González Seoane

 

 

AYUDA

Cualquier historia que yo pueda contar ha sido contada ya antes, tal vez incluso con las mismas palabras, acaso en una lengua aún por descubrir. Si digo, pues, que un coche la atropelló cuando bajaba a buscar a la librería unos lápices de colores para nuestro hijo enfermo, no estaré inventando nada; si escribo que su agonía fue tan breve que no pude escuchar su último lamento, repito lo que ya otros han dicho; suena ahora un teléfono conocido y la oigo quejarse como otras mujeres inexistentes se han quejado en miles de sueños; y yo me rompo a cada llamada, y lo veo tan triste, a nuestro hijo, tan perdido que parece querer seguirme en esta locura. Y sabido es cómo acaba el relato, excepto si, por el motivo que sea, cayera éste en manos de alguien que jamás hubiera oído semejante historia y decidiera, leyéndolo en este punto, un final distinto, en cuyo caso quizá todo tenga remedio todavía.

Manuel González Seoane

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