el tercer párpado

Hoy me he saltado mi clase de yoga para llevar a Calixto al veterinario. Esta mañana le había salido una especie de telilla en el ojo izquierdo; juraría que ayer no la tenía, me he preocupado. No ronroneaba, se mostraba esquivo, como al acecho. No ha sido fácil palparle el párpado: al retroceder ha volcado su cuenco de leche. Más que un gato parecía un lince.

De siempre me había mostrado reacia a tener animales domésticos, pero Helena me quiere y pensó que me vendría bien, para la depresión. Yo acepté. Mi psiquiatra dice que me ayudará a olvidar —parece que voy ganando peso— pero que no me confíe, que debo seguir trabajando mis afectos. Y tomando dos pastillas al día.

El doctor Gallisá lleva tratándolo desde que era un cachorro, me ha explicado que esa membrana se denomina «tercer párpado»; su misión es proteger el globo ocular. Que la felicidad de un gato se traduce en una mirada viva, brillante, llena de ilusión; si todo se nubla es que algo no va bien. Según sus palabras, la naturaleza está alerta y sabe cómo avisar.

María de Miguel y Gallo


 

elemental

Resolver aquel caso no fue sencillo. Un examen somero de la situación y cierta tendencia a fiarse de las apariencias habrían arrojado como conclusión que aquella figura que ahora reposaba sobre un tronco de fresno correspondía a un lord inglés traicionado, en tan bucólico entorno, por los placeres de la siesta. Pero las siestas son breves y yo detective.

Describo sucintamente el objeto de mis pesquisas. Lucía una gorra de caza calada hasta media frente, lo justo para que aquella visera en ojo de perdiz le otorgara cierto deje británico, por no decir rancio. La cabeza ladeada con leve afectación hacia la derecha —exhibiendo un rictus de sarcasmo— y los anteojos asomándole por entre el bolsillo del chaleco bien podrían confirmar esta presunción, pálpito o conjetura. Por si fuera poco, aquel anular apoyado sobre una Dunhill de boquilla estrecha ostentaba un sello con ínfulas heráldicas, eso sí, más feo que la tiña. Con sorprendente fidelidad, un escudo de armas plasmaba dos cuervos custodiando un mástil de fragata coronado por una bandera con el patronímico Doltish.

Con gran cautela me aproximé a la pipa y comprobé que la capa de ceniza y carbonilla era gruesa, muy gruesa. Con voz engolada afirmé: «éste hombre lleva días muerto».

María de Miguel y Gallo

 

 

biológicas

Desde pequeño mi hermano mostró gran afición por relacionarse con el reino animal. Comenzó diseccionando lombrices en el patio trasero de casa; las prendía con alfileres en una caja de corcho y las abría con una gilette de las que usaba mi padre para afeitarse; después me iba mostrando el intestino y el resto de órganos con cierto aire solemne que había aprendido de las series de cirujanos. Yo observaba con ojos de niño, y me fijaba en el corcho manchado de sangre y en mi hermano ejerciendo de eviscerador.

Con los años se fueron sucediendo colecciones de hormigas, de avispas, de mariposas; mi hermano las enmarcaba para irlas colgando en las paredes de nuestro cuarto. Algunas noches me despertaba con la angustia de ser devorado por una nube de polillas asesinas, pero él encendía la luz y me decía «fíjate, no son más que cadáveres». Y entonces me tranquilizaba.

Los dos cursos de ciencias naturales llenaron la casa de excentricidades, de acuarios tropicales y peces payaso; de rabos de lagartija, de hormigueros marcados con mondadientes para evitar que los pisáramos. La semana pasada mi hermano nos dijo dos cosas: que quería estudiar biológicas y lo de las iguanas. Estábamos cenando y mamá se negó en redondo, no a que estudiara biología, que al fin y al cabo es una ciencia respetable, sino a que hubiéramos de compartir la casa con reptiles. Creo que se pasó toda la semana llorosa, temiendo que un nuevo disgusto lo alejara de casa para siempre. Porque, conociendo a Damián, lo de las iguanas era o todo o nada.

Finalmente papá ha consentido; le ha ido construyendo un terrario, con sus redes, su vergel y su sistema de riego por aspersión; allí las iguanas campan a sus anchas, pasean y se aparean ante mis ojos, muy abiertos porque siguen siendo ojos de niño. A veces me distraigo observando a la iguana cruel, la que enfila al grillo y despliega esa lengua como si fuera una alfombra mágica, sin inmutarse. Y ahí queda, el pobre insecto, retorcido entre aspavientos. Luego miro al cielo y siempre me sale un respingo. Cómo son estos animales.

María de Miguel y Gallo

 

 

 

EL HILO

Ese pequeño placer que le invade según el hilo se tensa, sobre sus dedos; esa puntada que va, traspasa, regresa sobre sí misma, como arrepentida, y une los dos abismos y ya no deja ver más allá; el hilo que se relaja, que se vuelve a tensar y se hace invisible, como de aire.

Una línea de sudor serpentea por su sien, se desliza, se evapora antes de rozar el pómulo cuando pega el tijeretazo y contempla su obra. Se deshace de los guantes rojos, el cirujano.

María de Miguel y Gallo

 

 

INMACULADA

Llevo varios días fijándome en él, en esa ropa manchada de sangre que me entrega sobre el mostrador y que yo recojo disimuladamente. La etiqueto con prisas, la doblo enseguida y la empujo hasta el fondo del tambor, y me giro, le relleno el vale y se lo entrego en mano. Yo no pregunto nada, nunca le pregunto nada, pero siempre que lo veo entrar me estiro el mandil, y el vapor me parece neblina, en la tintorería. No puedo dejar de mirarlo mientras suenan las campanillas de la puerta. Quizá me confíe sus prendas como quien confía las pruebas de un delito, quizá ya sea demasiado tarde para decirle que no quiero ser su cómplice, que soy una mujer decente con una vida aburrida, pero decente. Entonces él se despide con su mirada extranjera y un acento blanquísimo, y creo adivinarle una cojera delatora, una cicatriz en la nuca, un deje de mala conciencia según sale de la tienda.

Cuando desaparece de mi vista me asalta el impulso de sacar esa camisa arrugada y roja, esa americana con olor a crimen, pero no me atrevo, y dejo que la lavadora mate las huellas de un mal arrebato, que el recuerdo a forcejeo desaparezca por el desagüe. Esos días llego a casa más animada, y pienso que mi vida ha dejado de oler a alcanfor.

María de Miguel y Gallo

 

 

CAMUFLADO

En cualquier manual de ciencias naturales se describe al camaleón como un verdadero especialista del camuflaje. Yo lo descubrí de forma casual, siendo pequeño; papá solía dejarme solo cuando mamá se iba de concierto; salía en un suspiro y me gustaba curiosear entre los tomos que olvidaba en un buró a medio cerrar. Enseguida me atrapó aquella fotografía que mostraba a un reptil de aspecto estrafalario, con su cabeza coronada de crestas y sus ojos saltones y divergentes, orientados el uno a levante, el otro a poniente.

Hoy he cumplido trece años y se me ha ocurrido buscar aquel libro de zoología y releer el pie de figura: «Camaleón, saurio capaz de variar su color con el fin de pasar desapercibido en su medio, habilidad a la que suma un andar pesado y cierto aire de impasibilidad». Después mamá nos ha llamado a cenar, y papá nos ha dicho en los postres que ya no nos quiere, que está enamorado. Nos deja.

He recordado al camaleón camuflado y quieto, el que ataca por sorpresa a sus víctimas. Según papá nos lo decía su tez se ha ido llenando de células coloreadas, cargadas de pigmentos negros, pardos y rojos. Para cuando ha terminado de hablar su piel mimetizaba por completo el estampado de flores de la mesa. A tal punto que mamá y yo hemos sacudido el mantel por la terraza sin darnos cuenta de que lanzábamos a mi padre al vacío.

María de Miguel y Gallo

 

 

EL CICLO

El muchacho vestido de gris agoniza, atropellado frente a la luz roja; de su mano entreabierta se desliza un euro que va rodando hacia el carril contrario; recoge la moneda un repartidor de pizzas que acaba de frenar en el semáforo y no ha llegado a ver el accidente; como tiene el tiempo contado, se aleja en su moto con dirección a la calle del Pez, 122, 4º derecha; entrega una cuatro-quesos, un refresco de cola y una ración de patatas paja; se deshace del euro al dar el cambio.

Una estudiante uruguaya, de nombre Damiana, come una cuatro-quesos sin parar de reír con los Simpson; deja las patatas a medias y sale hacia la facultad de humanidades; al atravesar el intercambiador de Moncloa se cruza con un solista que canta «Every time we say goodbye»; ella, de siempre conmovida por Cole Porter, deposita el euro en la funda de su guitarra. El artista le devuelve la sonrisa, pero pronto se apaga; le preocupa la tardanza de su compañero, que toca la armónica y siempre va vestido de gris.

María de Miguel y Gallo

 

 

MANOS

Las manos del médico van palpando con cuidado unos dedos artríticos; examinan falange, falangina, falangeta; presionan nudillos, extienden la palma, la mandan cerrar. Después agarran una pluma y rellenan una receta. Los dedos artríticos la recogen y enseguida se estrechan con los del doctor, agradecidos; se aferran a un bastón, giran el pomo y, una vez en el pasillo, meten la receta bajo la portada de un libro.

En la sala de espera, cuatro manoplas que aguardaban sobre un regazo se incorporan. Dos de ellas, de color verde, son manoplas de voluntario. Las otras dos, forradas de borrego, suponen la protección de diez dedos ancianos frente a los rigores de la Meseta.

Al cabo de unos minutos, y después de que las manos de voluntario hayan guardado libros, estirado mangas y ajustado bufandas, cuatro manoplas traspasan el umbral del ambulatorio en una secuencia que, por lo variada, intentaré describir: una de ellas sobre un bastón, la otra sobre un hombro; una tercera en un bolsillo de plumífero y la cuarta asiendo varias bolsas de supermercado. Se dirigen a la farmacia de Antonio, de donde saldrán con una pomada de corticoides y tres cajas de juanolas. Seguro que luego, en la parada del 16, les da por estrujarse o darse palmadas, quizá contagiadas por el resto de guantes haciendo lo propio al amparo de la marquesina.

Al llegar a casa, las manoplas de voluntario se quedan sobre el sillón, el mismo donde los dedos artríticos ya están abriendo un libro para acariciar, línea a línea, palabras e historias contadas por otros. Mientras tanto, ese par de manos de voluntario —fuertes o suaves, según el momento— abrirán la cómoda, de la que sacarán hule, mantel, dos platos llanos y dos hondos, que hoy toca sopa.

María de Miguel y Gallo

 

 

ANILLOS

Siento pasión por los anillos, salta a la vista a nada que se me trate. Tampoco soy de ponerme muchos, de ir de muestrario; me gusta llevar uno y en el dedo corazón. Va con mi carácter.

De vez en cuando saco el joyero que me dio la abuela y lo vacío. He ido guardando todos los anillos que he lucido a lo largo de mi vida, el sello de la primera comunión, el solitario de pedida, el de coral que me regaló un novio en aquella escapada a Cuba. Entonces me quito la alianza, y los voy colocando, unos dentro de otros. Los observo, concéntricos, como si mi vida fuera una sequoya.

María de Miguel y Gallo

 

 

MÁS ALLÁ, MARMITAKO

Cualquiera que haya visitado un mercado sabe que éste se compone de puestos, unos individuales, otros más espaciosos. Todos ellos están numerados con una placa que figura en la parte superior, sobre el cartel del establecimiento. En el mercado El Ninot, que es el de mi barrio, hay quince calles y ciento doce puestos. Yo suelo acompañar a mi madre los sábados a primera hora; me deja empujar el carro si no hay mucho tráfico y arrimarme a los mostradores para elegir el queso más tierno, la lechuga más verde o la barra menos tostada.

Solemos empezar por la pescadería Subirachs; aparco el carro en batería y a veces Manolo me abre la trampilla para que pase al otro lado y vea cómo despieza los atunes, que siempre me miran con cara de susto o con cara de sed, no estoy seguro. A mamá se le tuerce el gesto, dice que luego no hay forma de dormir por la noche. El puesto de Manolo es el 42, sólo tiene 4 m2 y resulta agobiante; también vamos mucho a Frutas Martí, en el 59, y al 112, la tienda de variantes «La pequeña semilla», dos calles más abajo.

«La pequeña semilla» es el pulmón del mercado, allí venden pepinillos, cebolletas y banderillas; si tenemos algo que celebrar pedimos aceitunas rellenas de anchoa (son las mejores), aunque lo normal es que las compremos con hueso y apechuguemos. Cuando hay cola, aprovecho para escaparme y visitar a Manolo. A veces me habla de cosas extrañas, de parejas de hecho como el marmitako y el fuego lento; otros días me cuenta películas sobre cámaras refrigeradas que esconden fiambres, sobre pescaderos que desaparecen dejando como único rastro un delantal verdinegro y un machete a medio afilar. Y es que a Manolo le encanta fantasear, yo lo entiendo, que de alguna forma hay que evadirse cuando uno se pasa los días embutido en 4 m2.

María de Miguel y Gallo

 

 

BARRIGONA

Su favorita era la barrigona. La había rescatado de un anticuario de Yixing, en Taiwán; encargó a un alfarero de confianza que le añadiera dos pies de madera de sándalo. Aquella tetera fue el último regalo que ofreció a su mujer antes de entrar al paritorio.

Confinado a la sala de espera, soportó la incertidumbre a base de té, negro y cargado al principio; verde después. Sus uñas fueron menguando en compañía de aquel perfil rechoncho del que lo mismo salían dragones que nubes en forma de pañal. Cuando regresaron a casa, el joven Mao colocó al niño en la cuna y a la tetera en el centro de la alacena. Con el tiempo, aquella joya de loza se iría estilizando y dando té rojo cada veintiocho días.

María de Miguel y Gallo

 

 

POR UNA DISCUSIÓN

Por una discusión nos conocimos, mi seat dio con la parte trasera de tu mercedes; frenado en seco, pensé yo, embestido a lo bruto, dijiste tú. Estabas nervioso, se te volaron los papeles por el capó del coche; declaración amistosa, pensé yo, parte de accidentes, respondiste. Y te fuiste malhumorado, dando tumbos por el carril bus, y yo —feliz de haberte encontrado— de frente, por el carril del centro. Al cabo de dos semanas ya te había localizado en La Concha; te ponías con tus amigos en la zona de toldos, con un albornoz marinero que seguramente te habría comprado tu madre. Yo te vigilaba desde la línea de marea y a salto de mata, dispuesta a levantarme con la primera ola.

Después vendrían los tres chavales, la niña y los gemelos, yo que siempre soñé con el hijo único. El dúplex en el centro, a mano de todo, me hizo desistir de vivir en el campo, lejos de nada. Ni siquiera me dejaste decorarlo. No me compré el dogo alemán, malvendí la bicicleta, renuncié a los broches de mi abuela, dejé de untar la mayonesa. Han pasado quince años y todavía no me explico por qué te quiero tanto.

María de Miguel yGallo

 

 

LOCO POR LA LIGA

En el mundo de la noche, sólo unos elegidos jugamos en primera. Y es que, pese a mi fachada de gañán de discoteca, colecciono plusmarcas en deportes de interior. Ya lo decía Pelé, que con las mujeres hay que jugar al ataque: en el fondo se mueren por unos calzones.

Apunté maneras desde jovencito, cuando empecé como alevín en categoría regional; de toda mi cuadrilla, era yo el más animado a la hora de hacer los regates entre el sector rosa de Discoflash, que era la boîte más popular de Carabanchel y la única en la que no nos pedían el carné para entrar. En aquella época, ver una curva femenina y pensar en el área de meta era todo uno. Quizá me traicionara el exceso de tiros libres que, las más de las veces, terminaban en golpes francos. Digamos que, como jugador, resultaba poco elegante.

A medida que fui ganando en aplomo y —por qué no decirlo— en galanura, fui adquiriendo versatilidad. Extremo derecho, extremo interior, delantero centro: lo importante era que, con cuatro pases, se pudiera tirar a puerta (sin dar en el larguero, claro).

La estrategia tiene sus trucos. Lo fundamental es estar bien entrenado y enseñar el dorsal para que no te pierdan la pista. Ya vendrá después el marcaje, tanto más grato a más complicado. Localizada la presa, antes que nada debe uno comprobar que no haya guardametas en la costa o, si los hubiere, que éstos sean fácilmente esquivables. También debe descartarse la presencia de suplentes con mayores dotes en el medio campo, so pena de arrimarnos al grupo de descenso.

Vencido este preludio, llega la internada propiamente dicha. La clave consiste en encargarse del saque inicial; de frente, si el terreno parece llano, o de banda, si la cosa se presenta brava. Como medida de precaución, aconsejo cautela y pocos tacos, pues no es raro que al principio ellas se muestren a la defensiva y les dé por el despeje, sea de puño o de pie. Que haces una incursión por la banda, te sacan por la esquina. Que intentas el regate, te quedas en fuera de juego. Que tiras a meta, toma saque de castigo. Y a la mínima, amonestación. Ante todo, por más que uno se vea abocado al banquillo, no hay que amilanarse: a las mujeres —lo sé yo— les pirran las prórrogas.

María de Miguel y Gallo

 

 

DE VIOLETA

Mientras a papá se lo lleva el Alzheimer yo le traigo caramelos de violeta. Vienen en caja redonda y sin esquinas, como todo lo bueno. Parece mentira que me siga ocurriendo, ese entrar mío en la confitería engañado por el escaparate, una oda a la perdición; ese bailarme el antojo entre las guindas del Edén y las lágrimas de mora, cómelas, cómelas sin demora, reza el cartel. El tendero me pregunta tras el mostrador y mi dedo señala el tarro de siempre: una mediana, suplico. Agarro la caja y salgo culpable, acaso algo derrotado; las flores de azúcar bandean en su interior derretidas por el agosto, vaya agosto, vienen tan pegadas que no sé qué costará más, si separarlas o masticarlas, pero nada más excitante que dejarse las uñas o los molares en lo que a uno le gusta. Eso mismo le digo a Marta algunas noches, aunque ella se ría y me siga besando.

La residencia queda al final de la rampa, envuelta en la hierba. Papá suele esperarme en el jardín, junto a Nacho, cuando me acerco huele a Varón Dandy, a ganas de verme y a Nescafé. Según le quita las legañas Nacho me cuenta que ya no le hace falta tanta fuerza con él, que lo encuentra más dócil y dispuesto al sí; entonces pienso en la rebeldía como signo de vida, pero ya Nacho le está anudando las playeras y luego me mira y tal parece que quisiera abrazarme, aunque se frene. A fin de cuentas sólo es un enfermero y yo el hijo de un sentenciado. Después papá se remanga, hace rosca con la derecha e intenta abrir la caja, sin maña; Nacho amaga un gesto de ayuda y papá se pone bravo y le aparta el tesoro, que recuerdos le faltan pero carácter no. «Auténticos La Violetera», te acuerdas papá, el deseo lila de antes del cine, pero papá persiste en la rosca hipnotizado por el morado, levanta la tapa y extrae una violeta, la gira sobre la palma y la vuelve a girar. Te acuerdas, papá, las prisas del sábado se hicieron costumbre; aún bailaba el flan sobre la mesa cuando rastreábamos la cartelera para descubrir, invariablemente, que el próximo pase nos venía raspado. Enseguida agarrabas la caja de violetas, las llaves de la vespino y mi entusiasmo, salíamos con el postre a medias y saltábamos de la taquilla del Maravillas al despiste de la sesión, la continua. Esas historias nos desvelaban el destino del viaje antes de conocer su propósito y luego, de vuelta, bajábamos Alcalá con la lengua malva de tanto especular.

En vano. Me apoyo en la silla y papá no contesta. Chupa el caramelo como si chupara un recuerdo, sin memoria; en un respiro se fija en la línea de setos que detiene al jardín. Recorre la arizónica buscando un resquicio, el más allá; un ojo entre el verde que lo abra a la vida, aunque sea otra. Nacho se acerca y le da su pastilla. Papá la guarda en la caja, es redonda y no tiene esquinas.

María de Miguel Y Gallo

 

 

LA ENREDADERA

Al apoyar sobre mi corazoncillo el verde musgo del diccionario de botánica, germina —enraizado entre hierbabuena— un pensamiento lila que, oliendo a orégano, suena a campanillas. Mi savia Violeta: nomeolvides, botón de oro, pistilo malva, mi siempreviva. Madre de mi selva. Nomeolvides o infundo la cicuta, que sin ti no paso de pachulí y contigo soy boca de dragón silvestre.

María de Miguel y Gallo

 

 

BIENTEVEO

Me consta que hay muchos como mi suegro, dispuestos a defender su castillo hasta el final. Pero un diagnóstico de Alzheimer, hace apenas tres meses, ha trastocado sus planes y nuestra rutina. Un cuarto de menos, una cama supletoria de más y los chavales disfrutarán, no ya de abuelo, sino de abuelo de pueblo.

Siguiendo las recomendaciones del neurólogo, Sergio y yo le hemos ido diseñando varios ejercicios de gimnasia mental. Así ha surgido la idea de las listas con pista, de proponerle cada día, a modo de concurso contra si mismo, recopilar el mayor número de palabras que designen peces de agua dulce, tubérculos comestibles o actrices solteras, por poner un ejemplo.

Como era de esperar, con el grado de dificultad ha crecido la amistad entre mi suegro y el diccionario enciclopédico del salón. Su tarea de hoy ha consistido en anotar nombres compuestos. De pájaros.

El ruido de las cacerolas lo ha traído a la cocina con su listado de sustantivos, a cual más curioso. Ha sido una de las cenas más coloridas que recuerdo, con el abuelo lanzando pájaros sobre el mantel y los niños divertidos intentando cazar al vuelo piquituertos, picofeos, cagaaceites, petirrojos, pechiazules, gallipavos, picapuercos, avefrías, picaflores, chochaperdices y bienteveos, que han salido aleteando por el patio de vecinos tras repostar en la sopa de letras.

María de Miguel y Gallo


RENACUAJOS

Esta tarde se ha celebrado el campeonato; papá me ha susurrado al oído que yo era su favorito y me he crecido, en la piñata. En sus tiempos fue campeón de tala de troncos; aizkolari, como decimos en el País Vasco. Mis hermanos y yo llevamos años intentando emularlo.

Hemos salido todos al mismo tiempo, con las caperuzas bien ajustadas, corriendo hacia nuestra diana como si nos fuera la infancia en ello. Los más pequeños se han quedado atrás; unos han tropezado, otros han errado su camino, en el fondo son unos párvulos. Los demás hemos intuido ese coco descomunal, maduro y apetitoso, y nos hemos entusiasmado, y hemos arremetido a cabezazos, sin ver, dejándonos guiar por ese sexto sentido que nos viene de familia.

De pronto, un golpe certero y un ruido seco. He triunfado. Yo, el primero en quebrar la cáscara, el ganador. Después, el estallido, una especie de fusión nuclear, un calor espantoso. Alguien me ha llamado cigoto y no he entendido nada, que soy de caserío. Espermatozoide, pero de caserío.

María de Miguel y Gallo

 

MOSCA

Soy miope y a veces veo manchas cuando abro los ojos, son como una especie de moscas que se cruzan en mi camino y que se desplazan según giro mis pupilas a derecha e izquierda. Esta mañana se lo he consultado al oftalmólogo; me ha graduado la vista y me ha hecho unas pruebas de agudeza visual: una serie de señales luminosas se iban alternando para determinar mis limitaciones, visualmente hablando.

Me ha dicho que todo está en orden, que debo seguir usando lentillas y que no tengo motivos para preocuparme. Por lo visto, se trata de pequeños desprendimientos de retina que en principio no son graves, sólo desconcertantes. Me ha asegurado que dentro de unos meses no me daré cuenta de su presencia, que esas moscas dejarán de perseguirme cada vez que levante la persiana, pulse un interruptor o mire la tele; ya no aparecerá un punto negro en cada paisaje que descubra, en cada página que lea, en cada sábana que estire; que me tranquilice, que se me pasará.

María de Miguel y Gallo


PALABRAS, ESTRATOS

«En términos geológicos, lo que estáis viendo se conoce como `flysch’ costero. Deberíais saberlo: una secuencia repetida de capas areniscas y margosas». Santiago iba sacando su tabaco prensado y comenzaba a desmenuzarlo mientras los chavales se rifaban las ceras para dibujar los estratos que circundaban el Monte Urgull. El gran centinela verde, lo llamaban. Poco provecho sacarían a sus nociones sobre la Era Terciaria si no eran capaces de distinguir las vetas que escondía su propia ciudad.

Santiago llenó el fondo de la pipa sin apenas presionar el tabaco. «He aquí un gran monoclinal, o lo que es lo mismo, sedimentos paralelos inclinados en igual dirección, interrumpidos de vez en cuando por... trastocamientos tectónicos». Los chavales indicaban con una flecha el nuevo nombre y observaban con asombro la zona de ruptura; articulaban por lo bajini el juego de sílabas para registrarlo en su propio diccionario que, por imaginario y provisional, era toda una leonera. Santiago añadió la segunda capa, con el tabaco más apelmazado. «Mirad cómo se han originado dos laderas contrapuestas; una de ellas siguiendo la pendiente y la otra, más abrupta, cortando la estratificación. Por algo los depósitos arcillosos tienden más a la erosión que los areniscos». Cierto. Algunos saberes cederían a la lija de la vida, pero en la mente de un niño bien podía una palabra equipararse a un diamante. Santiago acabó de llenar la cazoleta y —esta vez sí— prensó la tercera capa de aquel tabaco con aroma a campo. El gradiente estaba asegurado.

«Si algo impresiona de este acantilado, es el pulso entre olas y estratos: se ha recortado a conciencia». Los chavales abandonaron los lápices para correr hacia esa barandilla marcada por la sal; una hilera de palabras, recién salidas del monte Urgull, se extendió hacia ellos a modo de tenderete. Trastocamiento, arcilla, arenisca, monoclinal; al contacto con el sirimiri adquirieron consistencia de calcamonía, volaron entre el alboroto de la cuadrilla y terminaron por adherirse a la capucha del que más trotaba, Gus, al que los años convertirían en geólogo de pro. Cerca, Santiago encendió su pipa y la aspiró contemplando la pleamar que en esos momentos mordía la roca.

María de Miguel y Gallo

 

 

YO A TI TE CONOZCO

Es ya tarde, pasada la medianoche. La cucaracha asciende en diagonal, con sigilo; él golpea dedo a dedo el teclado, inspirado. Al llegar un silencio de punto y aparte, se descubren. Una sombra negra sobre la pared blanca. Una página blanca frente a dos pupilas negras. Ninguno de los dos se mueve. Ni una pestaña. Ni una antena. Nada.

De pronto, un impulso nervioso, un tic imperceptible, el índice que comienza a teclear; corazón, anular y meñique lo siguen mecánicamente. La cucaracha aprovecha la tregua para avanzar, para conquistar palmo a palmo el gotelé. Él mira y teclea, mira y teclea. Ella se apresura, sabe que no puede parar; sortea, primero el desnivel del zócalo, después el enchufe, más tarde su miedo a lo alto. Él mira y teclea.

Perfilado el personaje principal, él se ajusta las gafas y levanta la vista; ella acaba de franquear el póster que muestra el Empire State en todo su esplendor. Ha empezado a correr, primero por las galerías del primer piso, después por la cornisa del segundo; escala desesperadamente, arrastrando su abdomen, coordinando seis patas que parecen ridículas con un rascacielos de fondo. Termina por conseguirlo: corona la antena de radio que brilla en la azotea. Entonces él se incorpora con cuidado, se acerca y le susurra:

—Yo a ti te conozco, Gregoria.

Al oír su nombre, ella se gira y recibe la lluvia de insecticida. Él se sienta, bautiza al protagonista y deja que el anular introduzca el punto final.

María de Miguel y Gallo