DOS POR UNA
No tenía más de diez años. Era domingo por la tarde, y aún mantenía intacta la propina de mi abuela. Me había adelantado unos metros a mis padres, que caminaban lentamente como siempre. Sabía que me vigilaban. En el paso subterráneo del metro había un vagabundo. Le miré, y una repentina honestidad invadió mi mente infantil como un impulso involuntario. La certeza más firme dirigió mi mano y la introdujo en el bolsillo. Agarré la enorme moneda de 500 pesetas y la deposité, satisfecho, en el platito sucio que había junto a aquel pobre hombre. Caminé despacio hacia delante. Al poco rato noté la mano de mi padre alborotándome con suavidad el pelo. Mi madre me subió en brazos y me dio un beso. Como recompensa, me dijeron, me dieron el doble, dos monedas de 500. Exactamente como yo había planeado.
Pablo David Pérez Rodrigo
MI CORRESPONDENCIA
Envío cartas en blanco para que sepan que no tengo nada que decir.
Pablo David Pérez Rodrigo
BAZAR DE IMÁGENES
Cuando estuve con Oscar y Dani en Amsterdam en 1996 encontramos una tienda apartada y pequeña que nos llamó la atención porque tenía por escaparates un par de espejos curvos, de esos que deforman la imagen. Agachándonos, alejándonos, inclinándonos hacia un lado u otro nos vimos como monstruos finísimos de cabeza hinchada o como enanos ovalados. Jugamos a acertar lo que vendían dentro: las aberraciones que nosotros mismos habíamos creado en el espejo; o tal vez un clon de cada persona cuyo aspecto cambiaría según la posición desde la cual se le mirase; creo que no fui yo quien sugirió que podría existir un punto desde el cual la imagen que te devuelven esos espejos es la reproducción perfecta de cómo tú deseas verte, y que eso y no otra cosa es lo que vendían allá adentro. Antes de marcharnos me coloque en frente de la tienda, mirando a uno de los espejos y tomé una instantánea del reflejo de aquel lugar.
A mi esposa y a mí nos asombra aquella foto: en la parte derecha se puede ver al fondo, unos diez metros por detrás de mí, a mi mujer caminando del brazo de su madre. Aquel verano estaban haciendo juntas una gira por Europa. Esto sucedió tres años antes de que nos conociéramos.
Pablo David Pérez Rodrigo
EL OTRO LADO
Me gustaba sacar una foto de Lucía cada día. Al separarnos las repartimos todas: yo me quedé con los anversos y ella con los reversos.
Pablo David Pérez Rodrigo
MI HISTORIA ESCOLAR
A veces de pequeño, cuando tenía mucho que estudiar para algún
examen del colegio, deseaba que algún familiar mío muriera. Pensaba
que de ese modo tendría una buena razón para no seguir estudiando
y que al ir a clase al día siguiente, probablemente acompañado
por mi madre si es que no era ella la que había fallecido, los profesores,
compasivos, me dirían “márchate hijo, no te preocupes por
tu nota”, me dejarían salir y yo me alejaría hacia la calle
lloriqueando por la desgracia mientras mis compañeros se quedarían
en el aula. Entonces, y tal vez por consejo del mismísimo director, podría
tomarme varios días de descanso sin ir a la escuela. Por eso sería
preferible que la muerte sucediera en lunes, para poder coger así más
días de diario. Más tarde, cuando me reincorporara, sería
el centro de atención y seguro que tanto mis profesores como mis compañeros
me tratarían con mucho más cariño. A este pensamiento le
solía acompañar una censura inmediata, “no pienses eso,
no se debe desear la muerte de nadie” y un sentimiento de culpa que sólo
conseguía apagar con varios padrenuestros.
Una madrugada recibimos la noticia de que mi tío Oscar, el hermano de mi madre, con quien solía pasar los veranos y las navidades en el pueblo de Burgos donde viven mis abuelos, había muerto en accidente de tráfico. En seguida comprendí que era posible que yo, que tenía examen de matemáticas a la mañana siguiente, le hubiera matado, y que la única manera de no haberlo hecho era acudir al examen. Así que mientras mi madre hacía las maletas para irnos al entierro y pasar unos días con mis abuelos yo le anuncié, entre lloros, que no me iba a marchar con ella. Al principio ella se negó y para convencerla tuve que mentir. Inventé que no habría recuperación de aquel parcial porque estábamos ya al final de la tercera evaluación y por lo tanto no quedaban fechas disponibles y que si no iba suspendería hasta septiembre, lo que sería la primera falta en mi inmejorable historial escolar.
Pablo David Pérez Rodrigo