EL NOTARIO

No me arrepiento de las elecciones que he hecho en la vida, pero a veces creo que pude haber sido un buen músico. Recuerdo la emoción con la que cogía la flauta dulce por la mañana y la impaciencia con la que esperaba el final de la clase de griego para ocupar mi pupitre en el aula de música. Nunca presté demasiada atención al solfeo y jamás logré seguir el compás que marcaba el profesor con su bastón. Lo único que me interesaba era el olor de tu piel y fantasear con desabrocharte la blusa. Sin duda, pude haber sido un gran músico.

Me pasaba las tardes intentando reconciliarme con la flauta y urdiendo planes para seducirte. Por supuesto, nunca los ponía en práctica y, de todas formas, tú siempre te enamorabas de otro. Lo nuestro podía haber sido maravilloso, pero te fuiste.

Aún conservo la flauta dulce, aunque nunca la toco. Como mucho, pongo la radio y hago sonar la alianza contra el escritorio al ritmo de alguna pieza conocida. Sigo siendo incapaz de seguir el compás. Entonces pienso en ti, me digo que podía haber sido un gran músico y lloro un rato.

Pablo González Silva

 

 

COMO CASI TODOS

Como casi todos, fui joven y un poco imbécil. Salía con una mujer mayor que yo. Era una de aquellas ejecutivas de guatas y BMW descapotable. Yo estudiaba alguna carrera, era imberbe y votaba al PC. De Virginia (la señora Diosdado) me gustaban sus maneras indignas y detestaba aquella costumbre de darme lecciones sobre su madurez y mi ingenuidad. Un día me cansé; le dije que su vida había sido como una escalada hacia la cumbre, pero que la mía se parecía a una travesía a nado por el Índico, que por lo tanto de nada me servía su experiencia, y que se metiese sus sonrisitas condescendientes por el mismísimo culo. Decidí que aquello no podía durar, pero fue ella quien me dejó.

Han pasado 15 años. Hoy, al salir de la tienda, casi me tropiezo con ella. Después de todo este tiempo sigue siendo una mujer imponente. Yo me he dejado barba. No llegamos a decirnos nada, pero sé que me reconoció porque se le dibujó una de aquellas sonrisas odiosas cuando, dentro de la bolsa que colgaba de mi mano izquierda, identificó la caja de unas botas de montaña.

Pablo González Silva

 

 

ESPECULACIÓN

Cuando echo de menos a mi familia me miro en el espejo. Veo los ojos de mi madre, la frente de mi padre, los labios de mi hermana, la nariz de todos ellos. Me voy recogiendo pieza a pieza, cada rasgo extenso y antiguo como un continente, cada continente con su contenido. Cuando escribo me miro en el espejo con los labios de mi hermana, con la frente de mi padre, con los ojos de mi madre.

Pablo González Silva