GIRA, GIRA

Escribo como los alfareros; pongo una frase en el torno, un pedazo de barro sin apenas formas y comienzo a girarlo. Las manos buscan allí dentro intentando encontrar una imagen sin definir, un trozo de alma sin cuerpo al que agarrarse. A veces son ellas las que parecen trabajar sin mí, deshacen solas las palabras y les dan una forma nueva y yo las miro y las dejo hacer. Otras veces me entrometo y les susurro consejos que ellas escuchan, prueban y aceptan, o acaban desestimando. Luego, no sé cuando, ni cómo, las palabras se atropella, se engarzan, se arremolinan y toman vida. Entonces la idea se levanta, girando en el torno con fuerza, y recorre las líneas dejando una estela de letras que ya no necesita... Por último, solo resta ya meterla en el horno, y esperar. Y ahora, si me disculpáis, me voy a lavarme las manos.

Pepe Lillo

 

 

PREDICCIÓN SENTIMENTAL

Estoy muerto sobre el asfalto, boca arriba, una pierna flexionada y la otra recta, los brazos en cruz. La gente me rodea, hablan todos a la vez, van juntando sus cabezas sin dejar que me llegue la luz. El aire escasea aquí abajo, pero ya no lo necesito. Luego se apartan, cada uno se va a lo suyo. Cuando por fin me quedo solo en mitad de la calle, oigo el frenazo y el coche me arrastra bajo su panza, con sus ruedas quietas, chillando y pintando cuatro rayas negras y una roja. El coche se marcha y yo me levanto, retrocedo hacia la acera y la veo pasar. Sí, es muy hermosa, tiene un halo de maga, y se me escapa entre la multitud. Luego sigo retrocediendo hacia mi casa, desayuno y voy leyendo el periódico, al revés, como siempre. Nacionales. Internacionales. Cultura. Bolsa. Deportes. Horóscopos. Hoy va a ser un día importante para usted; puede que la fortuna no le sonría, puede que no encuentre el trabajo con el que siempre soñó, pero en el amor... En el amor una mujer mágica cambiará su vida...

Pepe Lillo

 

 

LA ESCICIÓN

A veces la cabeza se me escinde; no se parte, partir es más fuerte, más brusco... Lo que hace es abrirse en dos mitades, separarse despacio y dejar los dos hemisferios boca arriba y escindidos. El derecho manda sobre la parte izquierda. El izquierdo sobre la derecha. La literatura está en el derecho, por eso narran mejor los zurdos. Las matemáticas en el izquierdo, por eso los banqueros son diestros (y de derechas). Pero cuando a mí se me escinde la cabeza se me confunde todo: los ochos se tuercen y se parten y queda una o en cada hemisferio, los animales se abren en canal desde el recuerdo y se despiezan asimétricos, las mujeres se estiran sin partirse y dejan el pecho a un lado, y el pubis al otro, los hombres se parten, algunos definitivamente, la tierra y el cielo se abren y se confunden, lo hermoso y lo feo se abren y se confunden, lo bueno y lo malo, lo útil y lo inútil, la verdad y la mentira. Y entonces todo se queda así, bamboleándose en el aire, hasta que va adquiriendo sentido. Después me suelo dormir, y dentro del sueño las dos mitades de mi cabeza vuelven a juntarse, y cuando despierto todo vuelve a estar bien.

Hoy me ha pasado; mañana estaré bien. Aunque, no os lo he dicho: nunca vuelven a ajustar correctamente las dos mitades.

Pepe Lillo

 

 

HISTORIAS DESDE LA FARMACIA

Ahogado por el asma y por el calor de agosto, se metía al mediodía bajo la ducha de pie que había comprado del Carrefour y que conectaba a la manguera en la terraza del ático donde vivía. Y allí se quedaba, en calzoncillos durante horas, hasta que la piel arrugada por la edad se le volvía blanca y áspera como la barriga de los lagartos.

Era cubano. Cuando lo conocí vivía con un hombre mucho más joven que él y un perro de lanas negro con manchas blancas que le llegaba al ombligo y que caminaba muy despacio, como un elefante enfermo. Cuando el elefante murió, tuvieron que llamar a varios vecinos para poder bajar del ático los 90 kilos de lana envueltos en una manta hasta la furgoneta que se lo llevó para siempre. Luego el hombre mucho más joven que él también se fue, y Felix, que así se llamaba, no volvió a meter a nadie más en su casa.

A mí me llamaba Fidel, por la barba de tres días que siempre llevo y por nuestras conversaciones sobre el régimen político de su país, que él atacaba sin demasiada convicción después de haber vivido varios años en Estados Unidos. “El capitalismo y el Comunismo son la misma mierda”, acababa diciendo.

Cuando venía a tomarse la tensión, y no había demasiado trabajo en la farmacia. Me contaba su vida de bailarín recorriendo toda América. Decía que había trabajado con la Faraona, y que dejó embarazada en Nueva York a la hija de un magnate maderero que cuando viajó a cuba a conocer a su familia y vio a una negra gorda con delantal, y él le aclaró que no era la criada, sino su abuela, salió corriendo para siempre de su vida. “El sucesor de la Jonson Wood Company, lleva sangre negra en las venas” decía riéndose.

(SEGUNDA PARTE)

- Mire Felix, es como un spray pero sin gas. Lo abre, le da a esta palanca, vacía los pulmones, pone sus labios en la boquilla, y chupa de un golpe todo el aire que pueda. Aguanta un rato con el polvo que acaba de inhalar en los bronquios, y luego va echando el aire, despacio.

- Si hago todo eso me ahogo seguro.

- Si no lo hace es cuando se ahogará. Y tiene que hacerlo bien, tal y como yo se lo he explicado.

- ¿Te he contado lo que me pasó una noche en el Copacabana?

- No sé, cuente.

- Después de viajar por todo Chile y Argentina, llegamos a Brasil. El Copacabana era un teatro fantástico, grande y elegante como ninguno. Y la gente era entendida. ¡Vaya si lo era! Cuando terminé la actuación, entró un empleado del Copacabana al camerino y me dijo que un hombre joven quería entrar a saludarme y a darme la enhorabuena. Le dije que sí. Aquel hombre debía tener unos 20 años recién cumplidos. Nada más entrar se quedó un rato mirándome, callado. “He venido a retirarte”, dijo. “No hace falta que sigas trabajando por ahí”, dijo. “Soy tu hijo...”, dijo. El sucesor de la Jonson Wood Company, allí, plantado, con su sangre negra corriéndole por las venas dentro de su piel blanca, mirándome muy serio, quería jubilarme. ¡Jubilarme mí! Que lo único que he hecho con decencia en este mundo es bailar.

Y cerró los ojos delante de aquella polvera fucsia y, por un momento, me pareció que se elevaba en el aire.

(TERCERA PARTE)


Me tentó durante un tiempo la idea de subir a su casa, con una grabadora, o con un bolígrafo y una libreta y decirle: Félix, usted lleva una historia muy buena dentro de su cabeza, y a mí me gustaría un día escribir. Pero me dio vergüenza decirle que me gustaría escribir. ¿Quién soy yo para ir diciendo por ahí: cuénteme su vida... Verá como la destrozo...? ¿Y que haría un aprendiz de alfarero con un barro de tan buena calidad? ¿Botijos deformes? ¿Macetas sin desagüe? ¿Cuencos ovalados que ni siquiera se mantiene en pie...?

Ayer me entere de que había muerto.

Pepe Lillo

 

 

DIVERTIMENTO

Rasga la superficie del mundo y penetra por aquel agujero. Vuela. Se deja llevar por el viento entre gotas de agua apagada. Ve como la tierra se acerca con hambre y acaba estrellándose contra una depresión negra que sabe a goma. El agua sucia la cubre. Un neumático la pisa y la empuja, salta hasta una tela azul que envuelve a unas piernas que caminan, que aceleran, que ya corren, que atraviesan los charcos y se detienen contra una pared. Otra carrera y suenan unas campanillas. “Llegas tarde”. “Casi llego, la que esta cayendo”. El calor de la estufa la separa de la tela como un cirujano secciona el tejido que mata. El calor la eleva. Vuela contra el techo, roza la campanilla y sale de nuevo a la calle. Ha dejado de llover. Sigue subiendo, subiendo, igual que un globo huido de la mano de un niño. Hasta que encuentra otra vez el agujero por el que entró. Y deja de ser atravesándolo.

Pepe Lillo

 

 

HISTORIAS VACÍAS

Todas las noches sacaba unos folios, cargaba su pluma, y comenzaba a contar la historia más extraordinaria que jamás se había escrito. Primero buscaba, con ayuda del diccionario, las mejores palabras para construir el escenario: un samovar, un licopodio, una puerta nacarada con adornos de ébano, un salón de té, un fumadero de opio... Luego creaba los personajes; con mimo, con ingenio y, ya de madrugada, colgaba con pinzas las hojas en el tendedero para que el viento del amanecer hiciera su labor. Al día siguiente, las hojas volvían a estar en blanco; sin una palabra, sin una letra, sin ni siquiera una pequeña mancha de tinta en el papel.

Aquella mañana, tras la mirada cotidiana al tendedero, observó que dos palabras seguían adheridas a una de las hojas. Cogió el folio temblando. Eran “piel” y “huesos”. Sin embargo; el galgo al que pertenecían, los caballos, el zorro, y la cacería de la noche anterior, habían desaparecido. Cerró los ojos apretando aquel papel entre las manos y, entonces, por primera vez, sintió el olor. Siguió su rastro nauseabundo en el aire a través del pasillo, hasta la habitación cerrada del fondo. La abrió.

Su perro yacía en un rincón. Debía llevar varios días muerto; miles de hormigas y gusanos entraban y salían de su cuerpo secándole la carne y pegando la piel sobre sus huesos.

Pepe Lillo

 

 

OLVIDO LENTO

Toc toc, toc toc, toc toc... Tengo la cabeza sobre su pecho desnudo. Toc toc, toc toc, escucho, toc toc... Tiene la piel erizada y caliente. Toc toc. Noto sus dedos entrando bajo mi pelo; desde la nuca hasta la frente -mi piel también se eriza-, hasta mis ojos, que se apagan bajo su mano. Toc toc, toc toc... Luego la mano pasa, pero los ojos ya no se abren. Siento su pulgar en mis labios, dibujando el perfil anguloso arriba, redondo abajo. Todo yo soy boca ahora, y me abro, y la engullo entera. Toc toc, toc toc... Caminamos ciegos, con las manos estiradas sobre la piel, abriendo caminos brillantes con los labios, caminos que no veremos, dejándonos guiar por el instinto, sin perdernos nunca. Oigo su respiración acompañando los latidos. Toc toc, toc toc, toc toc. Sus manos bajan arañándome la espalda, luego suben por mi pecho, hasta los pómulos, me abren los ojos y entonces, de repente, el corazón se para... Estoy solo. Me parece seguir oliéndola en el aire después de tanto tiempo. También huele a flores. Pongo el pulgar derecho en mi muñeca izquierda buscando inútilmente los empujones de la sangre en mis venas. Nada que hacer. Estoy muerto. Sigo muerto. No se cuanto tiempo llevo en esta oscuridad rectangular que sabe a cemento y a humedad, ni el tiempo que aun me resta para acabar de olvidarla del todo.

Pepe Lillo

 

 

LA HABITACIÓN DE VINCENT EN ARIES

Es como si la hubiera pintado un niño sin ninguna noción de perspectiva. El suelo parece inclinado. Una mesa, arriba, en un rincón, da la impresión de estar a punto de resbalar por la pendiente del suelo que no existe, que no se atreve a existir porque la razón se lo impide. Los cuadros de una pared lateral se asoman hacia delante, los del fondo no. Esa pared del fondo, la que nace desde lo alto de la pendiente del suelo inclinado, es la más vertical; parece la más razonable, la que sostiene y observa todo el conjunto desde arriba. En ella, entre los dos cuadros que no se asoman, que no se le despegan, hay una ventana alta y brillante, como si la luz se asomara por ella, pero no se atreviera a traspasarla, pues no llega a dibujar sombras detrás de ningún objeto. En la pared de la izquierda, un paño desproporcionado cuelga hasta casi tocar el suelo. Dos sillas inclinadas artificialmente, como si flotaran, como si se retorcieran para mostrarnos el asiento de enea –prefiriendo mostrarlo aunque con ello vulnere las reglas lógicas de la visión de quien observa- y una cama enorme, apunto de echarse a volar, completa el mobiliario de una habitación dentro de un cuadro de colores intensos que, no sé porqué, me hechiza, me atrae, y me dice al oído, muy despacito para que nadie lo oiga, que el mundo, en realidad, es así..

Pepe Lillo

 

 

UNA BALADA EN VERANO

Me gusta la tristeza: la lluvia, los colores apagados por la falta de luz, la música lenta, las palabras que se arrastran, las lágrimas, los que pierden, los zapatos abandonados junto a un contenedor de basura, todavía en su caja, o en una caja cedida por otros zapatos (más nuevos), como si su propietario se hubiera encaprichado tanto de ellos, que al final no tuvo corazón para arrojarlos desnudos y separados al contenedor maloliente de los desperdicios.

Tenía un amigo al que no le gustaba escuchar algunas canciones de Serrat porque le ponían triste. “Llueve, detrás de los cristales llueve y llueve...” Prefería buscar entre sus discos (cuando yo tenía amigos lo que había eran discos) alguna canción divertida e intrascendente para superar los apagones que, inevitablemente, tiene la vida (apagones sin quejas que escupirle a nadie; si pudiéramos hacerlo..., al menos el odio es diferente: Está mejor visto). Mi amigo temía a la tristeza. Y luchaba contra ella para intentar vencerla. “Pintaron de azul el cielo y el suelo, se fue cubriendo con hojas...” A mí me gusta dejarme llevar por su cadencia tranquila, por su decadencia azul (triste y azul, igual que los gatos), como un corazón que se para y que no le importa, como las olas que te arrastran sobre el mar mientras vas haciendo la barquita, boca abajo. “Se fue vistiendo de otoño...”. Hasta naufragar...

“No es tan mala” le decía Katerin Herpburn ( o algo así se escribe) a Henrry Fonda en “El estanque dorado” refiriéndose a la muerte. “Créeme, la he visto y no es tan mala”. La muerte es la sublimación de la tristeza. Yo, el más cobarde de todos los hombres -o uno de los más cobardes, tampoco quiero ser en eso el primero-, a lo máximo que aspiro, es a vivir la muerte con lágrimas en los ojos, sin adrenalinas que me aceleren el pulso, a no temerle cuando llegue, a no enfadarme con ella. A aprender a bailar con su figura marchita, mientras algún negro grueso y sudoroso, en un subterráneo con poca luz, canta una canción triste una noche de otoño rebozada de hojas amarillas. Y afuera, llueve...

Pepe Lillo

 

 

FANTASMAS

Las seis. Tengo la cabeza llena de aire, como un globo a punto de estallar. No me duele, solo siento un vacío invadiéndolo todo. Prefiero el dolor, contra el dolor sé qué hacer. Me dormí muy tarde intentando recordar un nombre y sigo sin acordarme. Odio mi mala memoria, siempre ha sido así, pero desde que cumplí los cuarenta se ha agravado aun más. Era el nombre de un actor americano. Es lo que peor llevo, los nombres de los actores americanos. Tom cruis, Kevin Kostner, Robert Deniro, Harrison Ford. Un día se me olvidó Harrison Ford. No me atreví a preguntarle a nadie para que nadie supiera la gravedad de mi dolencia. Cuando lo recordé lo apunte en una hoja y la guardé. Ahora no recuerdo donde la guardé, aunque me acuerdo de Harrison Ford, con miedo, eso sí.

Pero el actor que se me ha olvidado ahora no es ninguno de ellos. Aparecía en una película, “Atando cabos” creo que se llamaba. Un niño inútil crece y se convierte en un hombre inútil para siempre. Ese hombre inútil se casa con una puta hermosa que lo acaba abandonando porque le aburría. En su huída, la mujer tiene un accidente en el coche y se mata y deja al inútil con una niña de cuatro o cinco años que le monta toda clase de cirios a su padre, para no resultarle aburrida. Lloré, me encanta llorar en las películas, ya solo recuerdo las películas donde lloro. A veces pienso que tengo una sustancia en la cabeza que disuelve todo lo que yo veo u oigo. Las lágrimas son un barniz resistente a la corrosión del líquido. “Pip”. Las seis y media, y sigo sin acordarme de él. “American Beauty”, también hizo esa película... Kevin Kostner, Brad Pyt... Ayer vino a la farmacia una mujer que no recordaba el apellido de su marido. Se había juntado hacía poco con él, y al pedirle el nombre para abrirle una ficha, se puso nerviosa y no recordó el apellido. Cuando se fue mis compañeros comenzaron a comentarlo entre risas... “Emma Sampedro, Emma Sampedro, Emma Sampedro...” Yo también me reía.

No tengo antecedentes familiares de la enfermedad, quizá solo sea que últimamente no puedo dormir, que a las dos sigo con los ojos abiertos y a las seis me despiertan los primeros pájaros, unos que cantan como si golpearan un yunque. El nombre pasa por mi mente como un meteorito, tengo que recordarlo antes de que se apague. Kevin Kostner, Brad Pyt... Se ha apagado. No tener memoria es como estar muerto. Quizá sea la falta de sueño sí. Ayer no me dormía porque no recordaba a Kevin Space. ¡Kevin Space! “Pip”. Las siete. Me levanto y escribo en un papel K E V I N S P A C E. Luego lo guardo dentro de un diccionario. Miro entre las hojas del diccionario para ver si encuentro a Harrison Ford, pero no está ahí. ¿Dónde lo guardaría? Debí llorar mientras lo guardaba. Es lo malo de este estado en que me encuentro últimamente, que apenas lloro, quizá por eso se me olvida todo. Me levanto, me meto en la ducha. Kevin Space se masturbaba todas las mañanas en la ducha en “American Beauty”, decía que era el mejor momento del día, que a partir de ahí todo iba empeorando. Yo no lloré en “American Beauty”, pero me gustaría haberlo hecho, quizá con eso valga. Hay una bolsa en esa película que danza en el aire. Cuando la utilicé en una historia que escribí un día, no la recordaba. La bolsa danza en el espacio como una bailarina sin gravedad, y un chico la filma. “Es lo más hermoso que he filmado nunca”, y yo estoy de acuerdo. Dentro de un callejón, delante de una pared sucia, la bolsa sube y baja en una espiral deforme... Pero esta enfermedad que me quita la memoria desde hace tiempo tampoco me permite masturbarme; es como estar muerto. La tristeza es hermosa, la muerte no. Como me gustaría estar triste.

La ausencia de literatura se rellena con el Yo: ¡Y una mierda!. Te equivocas Millás; esto nunca quiso ser literatura, solo es un vómito: la porquería que recorre mi cerebro vomitada sin apenas pensar. Cierro la ducha, me visto y me desahogo sobre una pantalla de cristal. Después me voy al trabajo.

Pepe Lillo

 

 

EL TALLER DE PÁJAROS (historias de un mecánico)

“El pájaro se revolvía en su nido buscando el gusano que acababa de perder” escribe. Se revuelven los pistoleros y las entrañas, no los pájaros, piensa. Pone el cursor sobre revolvía y busca sinónimos oprimiendo el botón derecho: agitaba, meneaba, movía... “El pájaro se agitaba en su nido...” No. El pájaro paseaba en su nido buscando... buscaba en su nido. “El pájaro buscaba entre las plumas del nido el gusano que acababa de perder” ¿Buscaba?: Buscó: “El pájaro buscó entre –el suelo de la palabra pájaro se tiñe de rojo y entonces se da cuenta que de no ha puesto el acento. Retrocede, marca el acento y las quebraduras rojas desaparecen bajo las patas del animal- las plumas del nido el gusano que acababa de perder” Sí, tiene hambre el pájaro, tiene tanta hambre que se vuelve loco buscando aquel gusano, pierde su juicio de pájaro y se sube a lo alto del nido buscando ese maldito gusano que no encuentra. Se desequilibra y cae del nido sin plumas. Sin plumas el pájaro, porque el nido está lleno de plumas entre las que se ha escondido el gusano.

¿Y los hermanos del pájaro?; ¿han volado ya?, ¿es hijo único? Si hubieran volado el pájaro tendría ya sus propias plumas y solo le restaría desprenderse del miedo a volar, y no se mataría en su caída, que es lo que al fin y al cabo él anda buscando; hablar otra vez de su tema preferido: la muerte. Si fuera hijo único no tendría hambre, estaría gordo. Gordo como él, que se pasa la vida muerto de hambre y engordando. Mareado por el hambre y engordando, con las noches en vela por su estómago vacío y engordando... Su padre tenía razón, siempre la tenía: Tienes la cabeza llena de pájaros... El estómago vacío...

“El pájaro buscó entre los cuerpos de sus hermanos muertos el gusano que acababa de perder...”

Pepe Lillo

 

 

OJOS DE PELO BAYO

Cuenta mi madre que, los domingos, cuando regresaban a casa desde la iglesia, al pasar por delante de aquel caserón rosa de dos plantas, mi abuelo cogía la fusta y golpeaba las ancas del caballo, sin cesar y como con desgana; intentando que no se notara demasiado. Mi abuela, por su parte, unas veces miraba al cielo, y otras se giraba para gritarles cualquier cosa a ella o a alguna de mis tías que viajaban en la parte de atrás del carro.

Mi abuelo había tenido muchos caballos en su vida, pero como aquel bayo ninguno. Por las tardes, después de la última descarga en el puerto, se acostaba sobre la plataforma del carro, cerraba los ojos, y el animal se encargaba de traerlo de regreso a casa. Eran más de 7 kilómetros de caminos de tierra y bifurcaciones que tenía muy bien memorizados, con dos paradas; la del horno de pan, a la entrada del pueblo, y la de aquel caserón rosa de las afueras donde, muchos anocheceres, mi abuelo iba a tomarse unas cervezas y a retozar con mujeres hermosas recién llegadas desde muy lejos.

Pepe Lillo

 

 

DICCIONARIO DE SINÓNIMOS

TREN: Soldados, nieve, sueño, miedo. INDIO: Pantalón corto, brillantina, ríos bajo un limonero, balas, flechas, caballos de plástico azul, vaqueros patizambos. TOMATE: Cañas, sol, tierra, capataz, dolor, sombreros, mujeres encorvadas, pañuelos, sudor. ABUELO: Gallinas, historias de guerra y de amor, tienda de flores, bancales de agua, dalias, caléndulas, crisantemos, tiempo, nidos, cepos, adiós.

PEZÓN: Dolor, urgencia, torpeza, cima, piel, arena, muerte, labios, lengua, caricia, miel. FUTURO: Túnel, derrota, perder, perderse, perdido, desgana. LIBRO: Sueños, mundos, esperanza, huída, respiro, nacer, amar, vivir, sentir, crear.

GUERRA: No, no, no, no, no, no.. MUERTE: Puta, hija de puta, traición, rutina, indiferencia, desamor, irrealidad. BELLEZA: Mar, lluvia, tarde, nube, ojos, canción de grillos, luna, lágrimas, ella.

Pepe Lillo

 

 

LAGARTIJAS

Julián partía los rabos de lagartija y se los comía; lo hacía para impresionarnos. Una vez se metió tres en la boca. Antes de tragarlos la abrió para enseñárnoslos; todavía recuerdo los rabos saltando contra el paladar. Luego comenzó a masticarlos y se los tragó.

Aquella noche no cene. Después de interrogarme mi madre, acabé contándoselo. "No vayas más con él" me dijo, "y por las lagartijas no te preocupes, les vuelve a salir el rabo". Han pasado muchos años. Algunas veces, en verano, recostada en la hamaca después de cenar, observo a las lagartijas en la pared, junto a la luz; atentas cuando se posa algún insecto cerca.

Tienen una paciencia infinita y una puntería infalible. Ayer vi una enorme acechando a un mosquito, parecía petrificada, los ojos fijos en él. Y de pronto un impulso extraordinario de las cuatro patas, un giro seco del cuello y el rostro certero de Julián me miró con el mosquito asomándole por la boca, después se lo fue tragando, poco a poco, hasta desaparecer.

Pepe Lillo

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