Sección bautizada por Ruben Bort que alberga relatos no seleccionados, de modo incomprensible, en La ventana Millás.
LA SOMBRA DE LA ALETA DE TIBURÓN
(Dedicado a Raquel, que se dejó robar una frase, la última)
Hace años, mi hermana, ensayando pasos de ballet en el comedor le dio una patada al cristal de la puerta del balcón y quedó un boquete del tamaño de su pie, en forma de aleta de tiburón. La rotura fue limpia, de modo que el cristal no se hizo añicos y en el suelo quedó, entero, el trozo desprendido. En el boquete, el tiburón nadaba sólo hacia el este, mientras que si cogíamos y volteábamos el cristal suelto podíamos hacer que nadara en cualquier dirección. Era invierno y un día y una noche se coló el frío por allí y el tiburón nadó a sus anchas entre las manos de mi hermana y las mías. Después, mi madre, con pegamento, encajó el trozo en el boquete y nadó para siempre hacia el este, pues quedó la fisura en el cristal. Pero la sombra de ésta en el suelo, que alguna vez fue el reflejo de la aleta en el agua, era otra cosa: una estalactita; una roca del desierto de las películas del oeste, de esas que se sostienen sobre su parte más estrecha; una especie de huevo de colón con la cáscara intacta; el reflejo de la felicidad, su huella en otra parte.
Rubén Bort Navarro
LA BRUJA
La noche antes de mi primera comunión tuve que dormir con mis padres porque mi cama estaba repleta de regalos. No me estaba permitido estrenar ninguno hasta después de la ceremonia, pero mi padre, que siempre se saltaba sus propias normas, sí había estrenado uno, con más ilusión de la que después puse yo en cualquiera de los otros. Era el Cubo de Rubik. Esa noche yo estaba acostado en medio de los dos y, mientras mi madre dormía tranquila, mi padre, incorporado, manipulaba ese juguete furiosamente; recuerdo que lo comparé a una bruja con su bola de cristal. En algún momento lo convencí de que me dejara probar y no tardé en conseguir para cada una de las caras del cubo un solo color, blanco, azul, rojo, verde, amarillo y naranja. Nunca olvidaré la mirada de asco que me lanzó.
Rubén Bort Navarro
PERDIDO
Era de noche y confundió el camino. No tardó en advertirlo, pero siguió adelante largo rato, como si obstinarse en el error sirviera para algo. Sólo cuando ya era tarde para volver atrás, le asaltó la angustia de saberse perdido; empezó a zigzaguear sin sentido. Luchó sin embargo por conservar la lucidez, y pensó que quizá podía orientarse por las estrellas, pero al observarlas le remató su parpadeo inútil. Si el error persiste, llame al técnico, se dijo, y recordó la llave inglesa iluminada en rojo de la fotocopiadora. El icono. Así la llamó su jefa, a la llave, “¿No ves que el icono está en rojo?” Y él, dale que dale con los botones, y las fotocopias que no salen, “Pero chico, ¿no ves que no salen?” Y allí, en la pequeña pantalla al lado de llave inglesa iluminada en rojo, empezó a parpadear el rótulo: “Si el error persiste, llame al técnico.” Debería haber parpadeado el icono.
Tan absurdo hubiera sido llamar al técnico entonces como ahora, perdido en el monte en plena noche. Así que con los informes a fotocopiar bajo el brazo se dispuso a salir de la oficina, “¿Dónde vas?”, “Voy a ver si hay algún sitio para hacer fotocopias”, “Anda, trae eso”, y le arrebató los informes y dio media vuelta, “¿Llamo al técnico?”, preguntó él, pero ya nadie le escuchaba.
Entonces se quedó quieto; sin saber qué hacer, entretuvo la mirada en las cosas que lo rodeaban, los arbustos, las estrellas, y sintió que quería llorar, “¡Eh, señor técnico! ¡Señor técnico! ¡Por favor señor técnico! ¡Que me he perdido! ¿No me oye? ¡Señor técnico! ¡Que me he perdido!”
Rubén Bort Navarro
DE SIGNO CONTRARIO
Cuando mi padre se ponía a pensar sacaba un poco el labio inferior, como hacen los niños cuando se enfadan o quieren llorar. A mí también me recordaba a la perra de una vecina que tenía los dientes de abajo hacia afuera. Esa perra es belfa, decía mi padre, que la odiaba, y yo pensaba que él, cuando se ponía a pensar, también era belfo, cosa que no me gustaba en absoluto, aunque nunca lo dije.
Decidí que yo no pondría nunca esa cara, ni siquiera al enfadarme o al querer llorar, de modo que en esos casos, que por lo demás trataba de evitar, lo primero que pensaba era en sujetar mi labio inferior. Ese detalle llegó a afectar al contenido de mis enfados y mis tristezas, a delimitar sus causas y a influir en mi comportamiento más allá del labio. He pensado mucho en ello y a lo largo de mi vida hay decenas de ejemplos de ese tipo y puedo decir que han sido determinantes en la formación de mi carácter y de mi destino. Digamos que lo que soy y lo que me pasa, trae causa de herencias de signo contrario.
Rubén Bort Navarro
GENES / DESTINO
Al poco tiempo de aprender a andar, aprendí a imitar-con gran regocijo de toda la familia- la cojera de mi abuelo, el cual a su vez, los discursos del General, los clavaba.
En el colegio recibí de algún fraile algún bofetón- entonces era legal – por pasarme con la ironía o por acertar plenamente con ella.
Ahora en la cuadrilla y en el trabajo soy el gracioso y tengo claro que no compensa. Por ejemplo, mil veces he oído que el primer paso para conseguir algo de una mujer es hacerla reír, bien, muchas veces he dado ese paso, pero nunca he sabido cual es el segundo. Por no mencionar el prestigio que tienen palabras como serio, callado, reservado...
Decidí cambiar; comencé afeitándome un bigote que me daba un aire levemente chaplinesco y ensayé en el espejo un gesto entre triste y reflexivo.
Cuando llegué a mi puesto de trabajo, me senté en mi puesto y me vieron con aquella pálida mancha debajo de mi nariz y aquella estudiada expresión, las risas fueron generalizadas; salvo en el caso de Luis- alguien que nunca fue receptivo a mi humor- en cuya mirada conmiserativa y en un imperceptible movimiento de sus labios pude leer el mensaje: -Patético.
Ramón Martín
EMOCIÓN
Me gusta moverme entre la gente y los puestos del mercadillo de los jueves. Gitanas de faldones negros hasta los pies y pañuelos hasta los ojos encomiando minúsculos tangas rojos. Vendedores gritando obscenos slogans sobre la lencería para todas las edades, que exhiben en sus manos al paso de las mujeres, más preocupadas éstas por la talla o por el precio. Los posibles clientes dudan mucho , quizás debido a la falta de probadores, hasta que deciden la compra o el abandono sobre el montón cien veces revuelto y manoseado. El pasado jueves vi como una típica ama de casa, cargada con sus dos bolsas de verduras, se acercaba a un puesto de quincalla electrónica y le decía al joven atlético de camiseta blanca que lo llevaba:
-Quiero para mi hija una calculadora, pero me ha dicho que tiene que tener trigonometría y logaritmos.
El joven tomó algunas en sus manos, les tocó algunas teclas mientras miraba la pequeña pantalla y por fin le ofreció una.
-Tome, esta le puede servir.
Quizás debido en gran parte a deformación profesional, al observar aquella transacción no pude por menos de emocionarme y decirme para mis adentros:
¡Dios mío! ¿Será la L.O.G.S.E? ¿Será la E.S.O?
Ramón Martín
DISPERSIONES
Este cuadrado. Este cuadrado tiene las manos atadas, este cuadrado tiene las manos calientes. Acerco el ojo a la llave, la llave a la cuerda, la cuerda a sus manos. Froto la llave, la cuerda se rompe, el cuadrado se llena. Dejo palabras, el cuadrado se marcha, el cuadrado no vuelve. Yo tengo las manos atadas.
Delia Aguiar
DESPEDIDAS
Mi hermano se ha ido a estudiar a China, pero no me preocupa. Volverá dentro de cinco meses.
Yo me angustiaba más antes, cuando iba en metro, y me cruzaba con individuos a los sabía que no volvería a ver nunca, pero nunca jamás. Era un malestar parecido al que producen los difuntos, de olvido y abandono, y con la mirada trataba de decirle a la señora del abrigo negro, de despedida, que admiraba el morado de sus ojeras. Al universitario lo mucho que me tentaba su mechón rebelde, a la colegiala que yo también había leído ese libro. Etcétera. Después descubrí que el secreto, era besar a los desconocidos sin que se dieran cuenta, porque me hubieran mirado raro. Cuando estaban de espaldas, plantaba la boca sobre sus abrigos con un ligero roce, y luego respiraba tranquila
Cuando me hice mayor y comencé a pintarme los labios, dejé de hacerlo.
Delia Aguiar
UN GUSANO DE SEDA SOLITARIO Y FALLIDO
El peor error de su vida fue la manera de afrontar los cambios. Siempre fue consciente de ello, como un demente que sabe que lo es, y ciertamente no dejaba de reprochárselo, hundido todo el tiempo entre la melancolía, que derivaba a una suerte de romanticismo donde guarecerse, y los proyectos, cuya función -y eso también lo sabía- no era la de ser completados, sino la de aligerar, al tiempo que eran discurridos, y acaso durante los siguientes treinta o cuarenta minutos, el peso de la mala conciencia. Sabedor de que el cambio impuesto le pedía (le exigía) su colaboración, sabedor de que de lo contrario otro cambio peor le sobrevendría, que acabaría asfixiado allí dentro, envuelto en el sudario pegajoso de sus alas nunca desplegadas. Sabedor, sí, de todo ello, pero absorto, incapaz de asimilarlo, tal vez sorprendido, haciéndose a sí mismo la misma pregunta una y otra vez: "¿Esto me está pasando a mí?"
Rubén Bort Navarro
UN ACCIDENTE SEMÁNTICO
El albatros abandonó las primeras páginas del diccionario y fue tomando altura sobre las albendas, sobre las albeñas, sobre las albercas. Dejó atrás los bochos, los bochinches, los bochornos, y siguió ascendiendo. El viaje era largo; las zuritas vivían al otro lado del mundo y las echaba de menos. Las había conocido en una lámina de aves de una edición antigua de un Aristos, en la que, por error, alguien incluyó a las zuritas entre las palmípedas. El error se rectificó en la siguiente edición y, desde entonces no se habían vuelto a ver.
Después de muchas jornadas de vuelo sin descanso, decidió perder altura y volar a ras de las palabras, ya no podía quedar mucho. Distinguió una transición, un transido, un transigir. Giró su cabeza para mirar el trapecio que había dibujado en uno de los márgenes de aquella hoja cuando, su cuerpo se estrelló contra el trasatlántico. El golpe fue tremendo; ambas palabras quedaron maltrechas y sin sentido. Un trasbordo, un trascantón y una trascendencia corrieron en su ayuda; les echaron agua en la cara, hasta que volvieron en sí. Un milagro, aquello había sido un milagro; las dos palabras seguían íntegras, recordaban su nombre y de donde provenían, gracias a Dios no había sido nada. Poco a poco volvió la normalidad y la muchedumbre se fue dispersando.
En una zona despejada, el trasatlántico aceleró y aceleró hasta remontar el vuelo. Mientras, en el puerto, el albatros soltaba amarras y tocaba la bocina anunciando su partida.
Pepe Lillo (Tema: Un paseo por el diccionario)
DETRÁS DEL AMOR
Me pasé la juventud escribiendo poesías en el otro lado de las hojas que mi madre utilizaba para anotar la lista de la compra. Desde niño me enseñaron a no tirar nada sin que estuviera realmente gastado, a sacar provecho de todo lo que no sirve. Mi padre iba los martes a comprar pescado porque se lo envolvían con el periódico del lunes y, si tenía suerte, le tocaban las hojas que hablaban de fútbol. Mi madre, como Penélope, tejía de día y destejía de noche. Tuve unos guantes de lana que antes habían sido bufada y antes aun, un jersey.
Ayer, buscando entre mis cosas de soltero, encontré uno de aquellos poemas de adolescencia. La hoja estaba manchada de aceite y se transparentaba; las palabras de un lado se intercalaban invertidas con las del otro. En aquel papel convivían en perfecta armonía los ajos tiernos con el amor, el foie-gras con tu corazón, y la luz crepuscular con dos paquetes de canela en rama.
Gustavo Adolfo Lillo
ALIGRETA
Había mucho donde escoger y me eligió a mí. Duerme abrazado
a mi cuerpo, con la cara escondida entre mi pelo, yo escuchando su respiración
pausada. Muchas noches, me cuenta sus cosas con un susurro de voz que se va
apagando con el sueño; otras, llora hasta bien entrada la madrugada,
y entre un hipo y otro se desahoga conmigo. Me da mucha pena cuando llora porque
no puedo darle más consuelo que el de ser su paño de lágrimas.
Pero también tenemos muy buenos ratos haciendo eso que tanto nos gusta.
Me da los papeles que quiere, es el director de escena, y unas veces soy el
“prota” y otras no; unas veces soy el malo y otras no, según
sea la historia que haya inventado. Nos lo pasamos muy bien juntos. Somos una
buena pareja. Bueno, o éramos, no lo sé.
Esta mañana, ella ha entrado en la habitación y, como siempre,
se ha puesto a revolver sus cosas con la excusa de la limpieza. De pronto ha
reparado en mí, recostado sobre el edredón y la almohada, se ha
acercado, me ha cogido y ha dicho que ya era hora de jubilarme, luego me ha
subido al altillo del armario y ha cerrado la puerta dejándome en la
oscuridad. Todo porque él es un chico de Instituto y yo un perro de peluche
desgastado por los años. Aguardo su regreso con impaciencia porque estoy
seguro de que no me abandonará. Somos amigos.
He oído la puerta de entrada, ahora vendrá a la habitación
a dejar la mochila. Estoy muy asustado.
Lola Sanabria García
LOS ÚLTIMOS DÍAS.
La luz encarnada del semáforo le detiene. Busca entre las cintas, luego saca una y la inserta en la ranura. Mientras va elevando el volumen vuelve a mirar el semáforo. El sonido de un oboe comienza a sosegarle. Mete una marcha y sigue esperando con el pie sobre el embrague. Está destrozado; lo cierto es que últimamente el trabajo le agota. Una paloma se posa sobre el cuello largo del semáforo. La mira atentamente. Podría dedicarse a criar palomas mensajeras; le pediría unas cuantas a Jesús y, entre limpiarlas, cuidarlas y mantenerlas en forma, se le irían los días. Jesús dice que las llevan hasta Portugal, y luego se pasan la tarde mirando al cielo para ver si regresan. Rossini le relaja; siempre le ha gustado ese oboe de Guillermo Tell.
Algunas no regresan nunca; los halcones las atacan y las matan... Aunque también podría dedicarse a la fotografía De joven revelaba en blanco y negro; con aquella lámpara roja y aquellas cubetas llenas de líquidos. Pero hora con las cámaras digitales va todo por ordenador, y a él los ordenadores ...; mejor lo de las palomas.
La luz del semáforo cambia. Suelta el embrague y aprieta el acelerador. Mientras se deja llevar por la música, ve un Audi azul por el retrovisor saltando de un carril a otro, adelantándoles a todos, retándoles. “Seguro que no tiene más de veinte años” se dice a sí mismo; “¡niñatos...!”. Mete una marcha más corta sin apartar la vista del retrovisor, Guillermo Tell comienza a acelerar el ritmo. Cuando está a su altura aprieta a fondo para impedir que se le cuele. Pero el Audi acaba colándose, el conductor le enseña el puño cerrado por la ventanilla, con el dedo corazón señalando hacia arriba y luego desaparece saltando de carril en carril. Guillermo Tell sigue acelerándose, imitando el galope de la caballería; lo detiene y rebobina en busca del oboe. Lo cierto es que no le atrae mucho lo de la fotografía; y lo las palomas tampoco. ¿Qué va a hacer con tanto tiempo? ¡¿Dios mío que va a hacer?!
Pepe Lillo
EN CUBIERTA
Cada noche, desde mi camarote, puedo oír sus pasos.
Rubén Bort
LO FANTÁSTICO
Hay una vez en que lo fantástico es no ver a un Gnomo.
Rubén Bort