IDA Y VUELTA POR LA RUTA DEL KOLESTEROL
(Palabras, frases, diálogos, que se oyen, que se escuchan, que se dicen, por el camino. Verdades, mentiras, cumplidos, confesiones.... Matrimonios, parejas, solitarios... Con bastón, con nietos, con un perro... Voces, susurros, silencios....Ecos de un aquí y un ahora, de lo cotidiano, de la vida....)
-Siempre me están con que vaya, pero yo donde estoy mejor es en mi casa. ¿Sabes lo que peor llevo cuando voy a casa de mi hijo? Pues que todas las noches le den al perro un yogur desnatado.//
-Ya sé que en otros sitios hay cisnes y ocas, pero estos patos son nuestros patos, forman parte de nuestro escenario, no sé si será verdad que se han comido a las ranas, pero ya son una cosa nuestra, del pueblo.//
-Es cierto que la rima es un auténtico corsé para el verso, pero no lo es menos que más de una vez, cuando buscas esa palabra que le falta al soneto, te encuentras maravillado con esa pieza única por rima y por concepto.//
-Borja, haz el favor de estarte quieto, ya te he dicho que esta tarde se van mis padres a pasar el fin de semana a Laredo.
-Bueno.//
-Ahora, de repente, me ha venido a la cabeza. Esta noche he soñado que íbamos paseando, como ahora, y nos cruzábamos con tus padres, con mi hermana, con nuestro hijo, iban todos juntos, en grupo. No parecía que hubieran muerto, hablaban y se reían.//
-Tenías que irte a la cama más pronto.//
-Jagoba, kontuz. Etorri hona, mesedez!
-Su padre le baja la bicicleta del camarote, cree que con eso ya lo ha hecho todo y ya puede marcharse con la cuadrilla de chiquiteo.//
-¿Ya volvisteis de Cambados ? ¿Qué tal por allí?
-Bueno, ya casi lo tenemos olvidado. Va a hacer dos semanas que volvimos.
-¿Los hijos también estuvieron?
-Los hijos, los hijos. , llevan dos semanas con unos amigos de vacaciones en Cuba.//
-Pues le dijeron, te tienes que tomar esto-le dieron una receta-, y tienes que ir tal día a tal hora al oncológico de San Sebastián. Luego no fue nada, pero del susto tuvo que estar siete días en la cama.//
-Tú el día que vas al gimnasio, ¿vienes luego a correr?
-He estado una semana con molestias en la rodilla derecha, pero si no, sí.
-Yo lo que he tenido es una tendinitis en el tendón de Aquiles. Bueno,voy a apretar un poco más. Agur //
-¡Adiós Carmen! ¡Qué bien te veo!. ( Esta mujer lo que ha perdido el último año, y ese pañuelo en la cabeza no puede significar nada bueno).//
-Pues si hay que bajar a segunda se baja, o a tercera o a regional, pero lo que no se puede hacer, no se puede hacer.//
-Yo pongo el pimiento, la cebolla y el calabacín, muy picadito, en la sartén, y antes de que coja color lo mezclo con la patata cocida. //
-Yo creo que Vicente se ha jubilado ya, me ha parecido verle en el puente con una bolsa de plástico llena de pan, echándole migas a los patos.//
-Pues te sienta muy bien.
-Fue una cosa que me dio. Lo vi en el escaparate y sin pensármelo dos veces entré y lo compré, no sé ni cómo lo hice, siempre suelo ir con mi hija.//
-No digo que no vaya a ir más con un hombre, pero comprometerme otra vez, Santo Tomás, una y no más.//
-Pues yo ni con pastillas bajo de los 240, dice el médico que debe ser cosa genética, pero antes, como no se enteraban. ¡Con lo que me ha gustado a mí siempre todas las cosas del cerdo!.//.
-Vaya corte de pelo.
-Fíjate que le dije que me cortase solamente un poco las puntas, pues nada, que si me favorecía más llevarlo corto, que se lleva así; al final me hizo lo que quiso... //
-Mira qué orgulloso va el abuelo con su primer nieto. ¿Cuánto tiempo tiene?
-Seis meses.
-Se parece a vosotros, ¿verdad?
-No sé. En el genio no, yo creo que a la otra abuela.//
-A mí la televisión me aburre, siempre los mismos; cuánto mejor la radio, sobre todo cuando llama la gente y cuenta sus cosas, qué de desgracias por el mundo//.
-¿No puedes ir algo más rápido? Ya sabes que dicen que si no se dan una serie de pasos por minuto, el paseo no sirve para nada.
-Bueno, déjame, cada uno tiene su ritmo. Además yo, cuando camino, voy también pensando.//
-Bueno casarse no se ha casado, han hecho lo que hacen ahora, han pedido una hipoteca y se han ido a vivir a un piso nuevo a Luyando.//
-Ramón, ¿quieres hacer favor de atender a lo que digo y dejar de prestar atención a lo que dice la gente?//
Ramón Martín
SESENTA Y CINCO AÑOS Y UN DIA
Cuando esta mañana ha sonado el despertador a la misma hora de siempre, no lo he parado enseguida, he dejado que la vibración, durante unos segundos cosquillease mi mano; luego, aunque no tenía por qué, me he levantado.
En el baño he hecho algo que lo había ido dejando: comprobar todas las posiciones que tiene una sofisticada ducha que compramos hace unos meses.
Para desayunar, antes del café me he frito un huevo como me gustan a mí, casi sin cuajar.
No he tomado el ascensor, he contado los peldaños, ciento sesenta y siete.
Me ha felicitado Julita, la del kiosko, a pesar de la edad, qué bien le sientan esos jerséis ajustados; además del periódico he cogido una revista de coches, quiero ver lo que cuestan esos coches que llaman escarabajos.
En el parque, nada más sentarme en un banco, se me han acercado patos y palomas; quizás reconozcan a jubilados y a niños, que son los que les llevan comida, puede que mañana traiga algunas sobras de pan. He leído el periódico por encima y he tratado de descubrir lo que es un sudoku; detrás de mi un jardinero ha comenzado a cortar el césped, el olor a hierba cortada me ha traído recuerdos que creía completamente olvidados. He llegado tarde a comer.
Ramón Martín
Convergentes
Tengo un hijo psicólogo que trabaja en un geriátrico y que me cuenta historias: Dos hermanos gemelos, solteros, con una predemencia senil, los dos fueron profesores de matemáticas, uno de análisis y otro de geometría. Viven de una forma metódica y rutinaria, sin visitas y sin apenas relación con los demás internos.
Cuando el clima lo permite suelen ocupar un banco algo escondido del jardín y dialogan con un casi imperceptible movimiento de sus labios, durante horas. Mi hijo sintió curiosidad y se sirvió de un artilugio grabador para descubrir sus temas de conversación. Uno de ellos comienza diciendo una fecha: “cuatro de julio de mil novecientos sesenta y tres” y el otro le responde en segundos .”jueves”; éste a su vez le propone : ”diez de marzo de mil novecientos cincuenta” para que el otro, también de forma casi instantánea le susurre : “sábado”.
A veces, además de señalar el día de la semana, mencionan algún acontecimiento que ocurrió en tal fecha: “tres de noviembre de mil novecientos veinte”, “martes, se casaron papá y mamá” o “cinco de octubre de mil novecientos sesenta”, “martes, aprobaste las oposiciones”. Alguna vez, el que suele tener mayor iniciativa y que ejerce un mínimo liderazgo, insiste con alguna fecha: “cuatro de diciembre de ......” y ante el silencio del otro insiste :”cuatro de diciembre...”, hasta que su hermano con los ojos húmedos y apretando las manos contra sus rodillas: “domingo, el día que murió mamá”.
Desde que han instalado un par de pedales estáticos en algunos bancos, para que los ancianos hagan ejercicio aún estando sentados, durante algunos atardeceres la pareja de hermanos, mientras pedalean, puede que rememoren un nebuloso verano de una antigua adolescencia mientras recitan: “Campello”....”Postiguet” ...“Albufereta”...
Ramón Martín Hernández
La lista
Lo veo por primera vez mientras pelo la naranja del postre. Lo han puesto en el pasillo, frente a la puerta de entrada y salida del comedor. Es un folio en blanco todavía. Pienso que será por lo de Nico.
El primero tenía que ser él, el Rubio, no creo que dignifique a ninguna causa el tenerlo como primer firmante; no se le puede negar una adaptación perfecta a su puesto de trabajo de almacenero, la agilidad pasmosa con la que sube por las escaleras de tijera, sus largos brazos hundiéndose entre las estanterías, lo memorizada que tiene la ubicación de todas las piezas con sus referencias y cómo lo estropea todo cuando te coloca sobre el mostrador el artículo solicitado con una sonrisa autosuficiente y estúpida.
Van goteando nombres, gente sin personalidad, incapaces de resistir la menor presión, ellos no aparecen, parece que se reservan. Me cambio de sitio en el comedor, no quiero obsesionarme, mirando cada día las nuevas aportaciones.
Le pregunto a Jaime qué piensa hacer, me dice que se lo tiene que pensar. ¡Qué se lo tiene que pensar! No le entiendo. Procuro evitarle, no quiero que piense que deseo influir en su decisión.
Voy al médico por lo del estómago, me dice si tengo alguna preocupación, le digo que todo el mundo las tiene, me receta unas pastillas efervescentes que no me voy a tomar.
No puedo evitar darme cuenta que se ha llenado el primer folio y un segundo.
A Carmen no quiero comentarle nada, volvería a decirme que no está bien que me aísle, si acaso firmo quiero que sea por mi propia decisión y no por sus razonamientos. Tampoco quisiera firmar el último, sospecharían que lo he hecho por no quedarme solo.
Hoy he visto en el tercer folio el nombre de Laura y Luisa, las administrativas, me ha dolido, las conozco desde hace muchos años, nunca lo hubiera imaginado, no entiendo qué cosas están pasando, las dos, una junto a la otra, como arropándose. Debajo he firmado yo.
Cuando salgo hacia la parada del autobús me encuentro con Julián, el clásico comercial cuentachistes, que por supuesto firmó de los primeros- firmaría cualquier cosa por hacer amigos-, va hacia el aparcamiento a coger el coche; me da un golpecito en la espalda mientras me dice:
-Ya he visto que te has apuntado, ya verás como nos divertimos. ¿Sabes ese que dice que era...?
Después de una vacilación, le digo que olvidé el pase y me vuelvo rápido a la fabrica, voy hacia el comedor, hacia el pasillo, hacia el primer folio y leo el encabezamiento:
“Excursión a Zaragoza para el puente del Pilar”.
Ramón Martín Hernández
intercultural
M.J. tiene quince años, hace cinco vino con sus padres de algún lugar del norte de África a algún lugar del norte de España; físicamente no es todavía gran cosa, intelectualmente tiene cierta habilidad para el cálculo pero escaso interés por cualquier conocimiento que no sea de tipo práctico-repite tercero de la ESO-, él lo que quiere es ganar dinero cuanto antes, comprar, vender, quizás traficar...
Ha visitado durante unos cuantos días con su padre el pueblo donde nació y a la vuelta ha contado historias.
En el patio le hacen corro sus compañeros de curso, las chicas, que al principio participan, discretamente se alejan, un profesor, también discretamente, se acerca...
-Pues es un pasillo con diez puertas, cinco a cada lado, en
cada una hay una mujer sentada en una silla.
-¿Desnudas?
-Alguna, sí.
-¿Eran viejas ?
-Algo, unos treinta años o así.
-Tú eliges a la que quieres y te metes dentro, bueno, antes has tenido
que pagar tres euros, que allí es mucho.
-¿Tienes que ponerte condón? ¿Llevaste el que nos dieron
el día del SIDA?
-No, lo ponen ellas, es obligatorio
-¿Cuántas veces fuiste?
-Dos, es que la primera vez me puse nervioso.
Algunos chicos no han preguntado nada, pero todos han escuchado
con atención.
-¿No fuiste más veces?
-No, me eché una novia.
De repente M.J. decide cortar la información y sale corriendo hacia el partido de fútbol de todos contra todos. Todavía le sigue alguno pidiéndole a gritos que espere, seguramente para interesarse por alguna última cuestión.
Ramón Martín Hernández
DEGUSTACIÓN
Un gran salón, decenas de masas de mármol blanco diseminadas, cada una con una única silla dispuesta, la luz es tenue, el silencio total; sobre cada mesa, dos manecillas, lahoraria y el minutero, la gente- solitarios- se acercan, se sientan, introducen una ficha y las manecillas comienzan a girar, los clientes las miran fijamente. Quince minutos, treinta, una hora, dos..., personas que sienten la angustia de que el tiempo se les va sin darse cuenta o que el tiempo no acaba de pasar, contaminado por el placer o el dolor, por una compañía agradable o por una edad insoportable, necesitan tener delante una duración claramente establecida para tomar conciencia de las horas y los minutos. A la puerta del salón, en una cartel luminoso, se anuncia : DEGUSTACIÓN DE TIEMPO.
Ramón Martín Hernández
CINCO CHICOS EN UN BANCO
El pequeño pueblo lindaba con la raya de Portugal y tenía una estación donde paraban todos los trenes para que los guardias subieran y mirasen los pasaportes.
Los cinco-Pedro, Toño, Luis, Gúmer y Ramón- éramos los mayores de aquella escuela con aquella entrañable estufa de leña, donde nos daban aquellas raciones de un amarillento queso americano, una leche en polvo con grumos y nos hacían cantar el Cara al Sol.
Sin tener que quedar, sin mirar a un reloj que no teníamos, los anocheceres de invierno nos íbamos a la estación a ver llegar el tren; el tren era azul y tenía en lo alto de su lomo una leyenda dorada: ”OS GRADES EXPRESSOS EUROPEOS”. Sentados en el único banco, con las manos en los bolsillos, sin importarnos el frío, leíamos una y otra vez en unas chapas blancas de quita y pon”: LISBOA - PARIS”.
Rara vez los viajeros bajaban las persianas, cuando lo hacían percibíamos el interior luminoso y cálido de aquellos departamentos. Una chica rubia, en pijama, nos dijo una vez adiós con la mano, yo pensé que sólo quería quitar el vaho del cristal, pero no dije nada.
Ramón Martín Hernández
TRABAJO DE CAMPO EN UNA GRAN SUPERFICIE
Me gusta ordenar, clasificar..., por supuesto nada que signifique clavar un alfiler en el tórax de un insecto o pegar un cromo en un álbum, me refiero a una pura elucubración, desarrollada preferentemente desde el sofá, es por eso que los libros de mi biblioteca guardan un orden perfectamente aleatorio.
Estas clasificaciones suelen ser el resultado de atentas observaciones en los más diversos lugares, he aquí, por ejemplo, la que propongo sobre el hombre que acude a las grandes superficies.
a) Habrá que empezar por aquel individuo que las visitó una vez, les pareció un espacio mareante y decidieron no volver. Considero que es un tipo en extinción.
b) Está el que va solo, muy de tarde en tarde, casi siempre a buscar algo para el coche, no se detiene en ninguna otra sección, si acaso, va a tomarse una caña a la cafetería.
c) El que acompaña a su esposa o compañera unos metros detrás, ella lleva el carrito. No participa e la compra, si alguna vez ella le pide opinión bien se encoge de hombros o asiente.
d) Podemos seguir con el que sí participa, llegando a llevar el carrito y discutir sobre diversos productos con su esposa, llegando en algún caso extremo a comprar dos marcas diferentes del mismo producto.
e) Llegamos al que va solo y lleva en una mano el carrito y en la otra una estrecha y larga tira de papel, con una lista interminable de productos que consulta una y otra vez. En algunas secciones se siente perdido, como, por ejemplo, ante el casi obsceno mundo del yogur, se detiene y mira absorto: frutas, sabores, azucarados, bios, naturales, cremosos, desnatados, marcas y fechas de caducidad.
f) Está el que también va solo, sin lista de compra, se detiene a la entrada para observar los productos en oferta, se desplaza con decisión, coge algunos productos sin casi mirarlos, exige un grosor determinado en la charcutería, mira en los cartones de huevos no haya alguno roto.
g) Por fin podemos fijarnos en el individuo probablemente más evolucionado, entra desplazando el carrito hacia un lado y otro, jugando, trata de entretener al niño de tres o cuatro años que va dentro y que cuando ya están frente a las estanterías, señala gritando las bolsas de chucherías que identifica, su papá se detiene y con una técnica paciente y comprensiva, trata de disuadirle, a veces con éxito.
Ramón Martín Hernández
NOSTALGIA ESTIVAL
Me aburren el cielo, la arena y el mar; en ese orden. Considero que las montañas son cosa de buitres y águilas y que la lluvia y la nieve, mejor tras los cristales.
Cuando voy a la playa, (forzado), suelo distraerme observando a la gente desde debajo de mi sombrilla o dando un paseo dentro del agua, (sólo los pies).
Me doy cuenta cómo los niños transparentan en sus juegos el carácter que les acompañará toda su vida, agresivos, generosos, abúlicos , hiperactivos, enmadrados, solitarios, hábiles, creativos....
Me gusta adivinar, cuando una mujer se sienta en mi cercanía, por su vestido, por el diseño de sus gafas, por su edad, si el libro que va a sacar del gran bolso es de Gala o de José Luis Sanpedro.
Escucho frases sueltas, desgajadas de conversaciones de paseantes que pasan a mi lado, frases dramáticas, banales, lugares comunes, frases que son como mínimas piezas de un puzzle con las que puedes reconstruir una historia: “ Lo que pasa es que ya no me quieres”. “ Y de esto ni una palabra a tu padre” “Los médicos también pueden equivocarse”. “¿Tú crees que necesito otra talla?”.
A veces, dada la falta de espacio, despliegan justo delate de ti, toallas, comida, bebida, sillas y mesas plegables, matrimonios que no tienen el bronceado del mar, sino el tono oscuro y mate de la meseta, vienen en autobús a pasar un día en una playa del norte, pasean a turnos, las mujeres con las mujeres, los hombres con los hombres, abren grandes fiambreras repletas de carne empanada y tortilla, beben de una bota que sacan de una nevera portátil, quedan somnolientos en la sobremesa y cuando despiertan, despreciando el reloj de pulsera, miran al cielo para ver la altura del sol. Cosa que también les delata.
Ramón Martín Hernández
LAS COSAS
De siempre me ha conmovido la docilidad de los objetos, digamos de los que tienen dimensión humana. Podemos dejar un libro en una posición tan incómoda como es abierto y con las pastas hacia arriba, sobre una mesa, con el fin de fijar una página y después de un tiempo volvemos y así lo encontramos, esperándonos para que reanudemos su lectura.
Las zapatillas de andar por casa, toda la noche al pie de nuestra cama, cálidas y silenciosas. Los vasos de cristal ofreciéndonos con total transparencia su contenido. Ese hueco, deformado por nuestro cuerpo, del sofá, que nos espera cada sobremesa con su cariño envolvente.
Las cazuelas y sartenes, soportando tan altas temperaturas, para hacer comestibles los alimentos. El paraguas olvidado durante meses a la entrada, que se abre solícito cuando lo necesitamos. La bufanda amigable, que rodea nuestro cuello en un intento de defensa del ataque de gripes y constipados.
Ya sé que no todo es tan idílico; ahí está ese libro que se quedó para siempre en casa de aquel amigo al que se lo prestamos, puede ser que tenga líneas subrayadas en nuestra adolescencia y una fecha y un nombre y hasta quizás una dedicatoria.
El bolígrafo que un día, cansado del menosprecio con el que lo tratamos, olvidándolo en cualquier sitio, mordiéndole sin conmiseración, se suicida abriéndose la tripa en un bolsillo de nuestra camisa y las gafas de cerca, que juegan a esconderse en los sitios más inverosímiles, sitios en los que no hemos estado desde hace tiempo, como en el cuarto de los niños o en el desván, está bien que lo hagan, nos advierten de su imprescindible presencia.
Ramón Martín Hernández
CON/PASIÓN
Sólo entro en una iglesia, ahora que tengo tiempo, cuando al pasear por el barrio- este barrio en el que antes nos conocíamos todos-, veo a la puerta un entierro con poco acompañamiento; siento una compasión irreprimible y entro, simplemente para hacer bulto, para que sus familiares y amigos no se encuentren tan solos.
Los muertos, supongo, que son perdedores, ancianos que han sobrevivido penosamente a sus hijos y a los compañeros de la empresa donde trabajaron, emigrantes que quizás eran alguien en sus pueblos, solitarios que no tenían carné de partido ni jugaban al mus.
Las pocas personas que se colocan detrás del ataúd se acercan vacilantes, el oficiante espera nervioso y cuando llega la homilía despacha de manera rutinaria e impersonal la oración fúnebre.
Esta tarde a la salida, una mujer de cierta edad, se ha vuelto hacia mí, ha cogido mis manos entre la suyas, me ha mirado con sus ojos brillantes por las lágrimas y me ha dicho:
-Gracias. Sabia que vendrías. Fuiste el único amor de su vida.
La sorpresa me paralizó y me dejó sin habla. Estoy seguro de que está en un error, pero tengo que mirar con detalle las esquelas.
Ramón Martín Hernández
EL CONCURSO
Hay bastantes compañeros, quizás sea yo el más joven, hay mucha gente, estoy nervioso, menos mal que Él está aquí, a mi lado, me pasa su mano por mi cabeza y mi lomo y me dice: -Lasai, Beltz
De pronto me ordena : “¡Etorri!”, le sigo, nos adelantamos a la gente, hay una mesa y unas sillas donde están sentados unos hombres, uno de ellas toca un silbato y Él me manda : “¡Goazen!”.
Me dirijo por el camino más corto hacia el rebaño pero enseguida me grita “¡Geldi!” y me paro, me pide que vaya por la derecha, oigo su grito varias veces: “¡Eskuin!”, avanzo rápido entre una banderitas rojas y otras verdes, otra vez me manda parar y ahora me grita “Ezkerra” y no entiendo nada.
Llego al rebaño y son ovejas que no conozco, pero Él me pide -¡Aurrera, aurrera!- que las lleve rápido al corral y trato de hacerlo, pero están como dormidas y muerdo a una en una pata y suena el silbato y Él se enfada y grita en el otro idioma, en el que no conozco, y las ovejas se asustan y me pide que me esté quieto y que me siente.
Vuelve a sonar el silbato, ahora un pitido largo, me llama, vuelvo a sus pies y aunque me dice: “Ondo, Beltz, ondo”, sé que está triste, como si algo no le hubiera salido como quisiera.
Ramón Martín Hernández
OTRA CIRUGÍA
Los cotidianos accidentes de tráfico están permitiendo a cirujanos y neurólogos, un exhaustivo conocimiento de los órganos del cuerpo humano y de sus funciones- antes eran las guerras con los obuses y la metralla-, hace unos días y debido a una secuela de uno de estos accidentes, se ha descubierto el lugar que ocupa en el cerebro el centro generador de los sueños.
Quizás cuando se haya completado el mapa del cerebro humano y se sepa de donde fluyen el ansia de poder y la nostalgia al perderlo, el machismo y los celos, la envidia y el miedo, la vanidad y lo que no tiene enmienda, sea posible una cirugía ética que consiga que los hombres y mujeres sean lo que no han conseguido ni los sistemas educativos, ni las religiones ni la trena.
Ramón Martín Hernández
ASOCIAL
En Fuenterrabia se ha suicidado un niño al no poder resistir el acoso de los compañeros. Imagino que hubiera sobrevivido.
Cuando tenía diez años, sus compañeros de curso, a la salida del colegio, le dieron una paliza brutal. Le dolió no saber por qué. ¿Le caía mal al líder de aquel grupo? ¿Creían que era un marica? ¿Creían que era un chivato? ¿Por sus notas?.
Cambió de colegio y fue adquiriendo la convicción de que cuando la gente se une, lo hace para crear un monstruo de decenas, centenas, miles o millones de cabezas, brazos , piernas, con el fin de imponer, sojuzgar, aplastar, vender; disfrazándose de nombres diversos: clubes, naciones, empresas, familias, mafias, partidos, estados, tribus, religiones, sindicatos, clases.
Cuando en la tele oía hablar de "nuestro pueblo", la apagaba y se iba a escupir al lavabo, donde tenía papel higiénico ilustrado con las banderas de todos los países del mundo y de sus comunidades autónomas.
Ahora está en la cárcel; estaba un día, solo, en el extremo de la barra de un bar y se le acercó un tipo, le puso una mano en el hombro derecho y le dijo:
-Tú eres de los nuestros, ¿verdad?.
Le clavó una navaja en el hipocondrio izquierdo.
Ramón Martín Hernández
EL CUADRADO Y LA CIRCUN.
Primer día de clase tras las vacaciones de verano. El aula huele a cerrado, los chicos entran revoloteando, atropellándose, como una bandada de pardales. El maestro les dice que pongan su nombre en los cuadernos y en los libros nuevos, les deja que hablen entre ellos estableciendo los primeros contactos.
El maestro ve en el encerado, dibujados, un cuadrado y una circunferencia que se quedaron allí olvidados y como es un frustrado dibujante de cómics, no puede por menos que imaginar una historieta entre las dos figuras geométricas, y así, con unos simples bocadillos mentales, la Circun, primero, piensa: "¡Qué tipo más esquinado! , y el cuadrado : "Mira Doña Perfecta, no hay por donde entrarle". Luego, durante una tórrida noche de Agosto- se ven multitud de estrellas por la ventana- el cuadrado inicia el diálogo:
-¿No sientes calor? -mientras, dos de sus vértices opuestos han iniciado una aproximación y pasa a ser un rombo bastante agudo.
Y la Circun:
-Es asfixiante- y el cambio en ella es invertir la curvatura de una de su mitades, la que está precisamente frente al cuadrado, y se convierte en una coqueta media luna.
Sigue el cuadrado, oportunista, señalando con un leve movimiento el borde de la pizarra:
-Quizás nos quede poco tiempo- y aparece un siniestro borrador en un inquietante primer plano.
El maestro sonríe con su extravagante imaginación; le baja de la nube, Cristian, doce años, segundo de la Eso, que con una expresión de conejo sorprendido, le dice:
-Ramón, ¿de qué te ríes?.
El maestro se pone serio:
-No te lo puedo decir, es de segundo de bachillerato.
-Joeeer- y vuelve al rotulador y al cello.
Ramón Martín Hernández
COMPLEMENTARIOS
Caminan de la mano, con pasos cortos, van al Ambulatorio, a por recetas. El perdió ya la memoria, ella la razón, ella sabe que tienen que ir a la calle Argentina número 27 y él sabe que después de la calle Ecuador, está la calle Colombia y luego la calle Argentina y que después del 25 viene 26 y luego el 27. Y llegan.
Ramón Martín Hernández
ALGUNAS COSAS
Mi padre era un ser autoritario con un temperamento difícil y un carácter contradictorio-echaba gotas de orujo en el descafeinado-.
Ya jubilado y viudo vivía con sus hijos; se comprende que no fuera nada fácil para mí dirigirme a él en una ocasión que nos encontrábamos solos en el salón, en los siguientes términos:
-Mire, padre, Vd. tiene una pensión digna, los hijos le quieren-está cuatro meses con cada uno-, los nietos le aprecian, las nueras le respetan; la cabeza la tiene bastante bien, puede jugar al mus y leer su periódico de siempre; pero tiene un problema que le afecta a Vd. y a todos, cuando va al water se moja el pantalón y eso hace que huela, por favor, ¿no podía tener más cuidado?.
Sentado en el sofá, encorvado, sin dejar de mirarse la punta de sus zapatillas de paño de andar por casa, me contestó:
-No es fácil, ¿sabes?
Ahora se cumplen diez años de su muerte y creo que en algunas cosas tenía razón.
Ramón Martín Hernández
UN CUENTO DE CHÉJOV
Su título es Tristeza, lo escribió en 1886, lo leí hace muchos años, ahora lo he vuelto a leer y me ha vuelto a emocionar.
La historia se desarrolla en alguna ciudad rusa, cerca de Viborg, en una noche de invierno.
Intenté comentárselo a mi esposa, pero elegí mal momento, entraba y salía de la sala buscando algo y acabó por decirme: “Ya me lo contarás en otra ocasión, ahora no estoy para cuentos.”
El protagonista es el cochero Iona Potápov que transporta a los pocos clientes que tiene por unas calles nevadas.
Cuando le estaba sugiriendo a mi hija su lectura, le sonó el móvil, se apartó y creo que se olvidó del tema.
El cochero Iona está solo, es un anciano y se le acaba de morir el hijo.
Hace unos días encontré no sé qué motivo para hablar de él a mis alumnos, pero enseguida intuyeron que aquello no podía entrar en un examen de mate y ante el creciente ruido de sus conversaciones privadas tuve que volver precipitadamente a la regla de Ruffini.
Al volverlo a leer me he dado cuenta que mi memoria había modificado algunos hechos, por ejemplo, yo creía que el hijo había muerto en la guerra ruso-japonesa, pero no, murió de fiebres.
A un amigo que me llamó por teléfono, al preguntarme: ” ¿ Qué haces?”, aproveché para decirle: “Pues mira estoy leyendo una recopilación de cuentos...”, en ese momento me cortó y estuvo hablándome durante veinte minutos del Código Da Vinci , que según parece acababa de leer.
Creo que este cuento de Chéjov tiene que conocerlo mucha gente, el cochero Iona necesita contarle alguien que su único hijo ha muerto, lo intenta con algunos clientes, con algún compañero, sin éxito, cuando, ya acostado, sigue sintiendo esa necesidad, se levanta, va al establo y se lo cuenta a su caballo.
Ramón Martín Hernández
EL ALQUIMISTA ANGÉLICO
Otto de Frahueim vivió en la segunda mitad del siglo XV en lo que hoy es la región de Renania. Cuando su madre le inició en los rudimentos de la religión, se sintió enseguida identificado con el Arcángel San Gabriel.
Desde su adolescencia y sobre todo a partir de su profesión en la Orden de San Benito, tuvo la íntima preocupación de las cotidianas servidumbres del ser humano, un ser al fin y al cabo hecho a imagen y semejanza del Creador; una de las que más le escandalizaba era la evacuación del vientre y la vejiga, con resultados, además, tan poco dignos.
Es por ello que, con la anuencia de sus superiores, dedicó su vida a la búsqueda de una dieta que hiciera que el aparato digestivo no degradara de tal forma los alimentos; destiló rocíos, quintaesenció pólenes, maceró pétalos, estudió el libar de las abejas, los excrementos de los corderos lechales y los jugos gástricos de los buitres.
Consiguió después de algunos años de experimentos y algunos cólicos, con gran satisfacción personal, que cuando iba al retrete se extendiera por el convento un aroma a hierba recién cortada, que su orina fuera como un agua de rosas y que cuando caminaba por el campo, su sudor compitiera con el tomillo y el espliego.
No tuvo discípulos, quizás por la extrema debilidad que sufrió durante los últimos meses de su vida: Sus orejas se afilaron, sus párpados se transparentaron y sus uñas se tiñeron del rojo carmesí de las amapolas.
Ramón Martín Hernández
HUMILLADOS
Era el día 22 de Julio pasado- dos días después de cumplir 60 años, la edad de los Rolling- yo no iba de guiri, no llevaba pantalón corto, no llevaba cámara en bandolera, ni siquiera llevaba una botella de agua en la mano, a pesar del golpe de calor; no soy ni alto ni rubio; eso sí, caminaba por la empinada calle del Amparo del barrio de Lavapies de Madrid mirando los números de las casas en busca de una dirección; de repente noté que una mano se introducía en el bolsillo derecho de mi pantalón- un billetero con cuatro tarjetas y unas fotos-, forcejeé, caí al suelo, grité, y aquel ratero sin llegar yo a verle, desistió.
Algunos vecinos me dijeron que era un conocido chico magrebí.
A la noche, en el hotel, en aquella cama extrañada, me pregunté durante horas de insomnio: “ ¿Por qué a mí? Entre tanta gente por la calle, ¿por qué a mí?”.
Evoqué esas frases tantas veces oídas en los documentales de fauna: “Los depredadores suelen atacar a individuos viejos o enfermos”
Cuando me levanté de la cama, en cuerpo y alma me pesaban todos y cada uno de los años recién cumplidos.
Una cocina minúscula, a la vista la bombona de butano, en la pared un calendario con frutas y un plano del metro de Madrid; una mujer con un velo azul que luego se desdobla y alarga hasta tapar todo su cuerpo da el biberón a un bebé; entra un adolescente moreno y de pelo ensortijado, llorando y hablando casi para sí mismo, en castellano:
-Mamá, era un puto viejo y no he podido, de verdad, un viejo canoso y tripudo que se ha tirado al suelo y ha empezado a chillar como una mujer; tenía ya su cartera entre los dedos, así, y no he podido...
La mujer, sin dejar de mirar al bebé, le contesta en árabe:
-Déjame en paz Fikri con tus historias y vete a la tienda de Omara y dile que te dé media pechuga de pollo, que va a llegar tu padre y no va estar hecha la cena.
p.d. La primera historia es real, la segunda, no sé.
Ramón Martín Hernández
ESOS TIPOS
Estoy harto; me refiero a esos individuos que no han estudiado, pero son capaces de cambiar las bujías y la correa del ventilador. Algunos son, además, nuestros cuñados; sus esposas y madres, que suelen adorarles, no pueden por menos de decir:
-Mi Pepe, no habrá estudiado, pero qué bien ha sabido buscarse la vida.
Algunos tienen un taller de fontanería o de pintura, de albañilería o algún chiringuito donde cobrando la caña a tres euros y haciendo contratos basura a ecuatorianos o a rusos que pueden ser ingenieros aeronáuticos, se forran.
Creo que su triunfo se debe al complejo por no haber estudiado, que les hace tratar de superar a los que sí lo han hecho en todo lo que pueden, por eso tienen un coche más potente y un chalet en la sierra más grande.
Alguna vez, cuando vuelvo de alguna celebración familiar, donde esos tipos suelen proliferar, me dan ganas de quemar mi título de licenciado y la orla con la foto de todos mis compañeros; la mayoría, supongo, dando clases en la ESO, a chicos que no quieren estudiar.
Ramón Martín
SI LOS ÁNGELES
Me subyugan esa aves que en los atardeceres surcan el cielo solitarias, siguiendo sin titubeos un rumbo bien determinado; como supongo que no buscan otro clima obedeciendo a telúricos mensajes, pienso que seguramente tratan de llegar al nido después de una jornada de caza. No puedo por menos de preguntarme si no habrá de alguna forma en su cerebro una imagen del lugar al que se dirigen, algún tipo de zozobra ante la posibilidad de no encontrar a su pareja, algo parecido a la ilusión por encontrar a unos polluelos. Ya sé que esto es de fábula, pero si los ángeles existieran y nos vieran a los humanos, ¿no especularían de la misma manera?
Ramón Martín Hernández
CLASES O EL LENGUAJE DE LAS FLORES
Tenía una tía abuela viuda de un capitán de la Marina Mercante inglesa que vivía en un piso enorme en la Gran Vía de Bilbao. Mi tía Visi, con el capitán, había recorrido el mundo, había aprendido idiomas y no había tenido hijos.
Los jueves por la tarde mi madre me peinaba y repeinaba, me daba jaboncillo en un remolino rebelde, y me decía:
-Vete a visitar a la tía.
Yo intuía que aquellas visitas eran una embajada que buscaban mantener a toda costa una relación con aquella pariente de la que se decía que poseía títulos y joyas en los bancos. (No tuvo el efecto buscado, pero eso es otra historia.
Cuando llegaba, jadeante porque no tenía edad para subir en el ascensor, mi tía me daba un par de besos y me decía:
-Voy a poner el chocolate.
El chocolate y los bizcochos se los mandaba una cuñada de Londres. También me daba sellos que recortaba de unos sobres coloreados, eran sellos de reinas y jugadores de polo.
Mientras reposaba el chocolate regábamos las plantas con una regadera que tenía dibujada la bandera de la Gran Bretaña, ella iba delante de mí y me presentaba cada planta como si fuera la primera vez: la orquídea Dendrobium, la Aralia del Japón, la Ginura, el Hibisco...
A unas les hablaba en francés, a otras en inglés y creo recordar que a una le dirigía frases de alemán. Nunca me explicó por qué.
Al final descorría los cortinajes del balcón, abría y a los cuatro o cinco tiestos de geranios que estaban allí, al aire libre, los despachaba con dos o tres hisopazos de la regadera con las últimas gotas que quedaban; sin decirles una palabra.
Una tarde me atreví a comentarle:
-¿ Tía, los geranios son sordos?
Me acarició la nuca, dijo algo así como “qué cosas se te ocurren” y la vi sonreírse como para adentro.
Ramón Martín Hernández
EXHIBICIONISTAS
Deben ser una pareja reciente, quizás clandestina. Han alquilado un apartamento frente al mio, seguramente una oferta barata de esas de "Dos días y tres Noches". No bajan del todo la persiana, una noche han dejado una abertura de unos diez centímetros, otra de unos quince. Rectángulos de piel, buscándose incansables, como reptiles, entre las sábanas. Hoy he sabido que si no cerraban la persiana no era por azar o por el calor, hoy la han cerrado completamente; no han querido que fuera testigo de su agotamiento.
Ramón Martín Hernández
EL CEREZO
Ocurrió en los tiempos en los que la radio anunciaba las noticias con clarines victoriosos. Era de Madrid, era mi prima, tenía dos años más que yo y tirabuzones rubios y vino al pueblo.
La abuela me dijo:
- Enséñale a tu prima Luisa como están los cerezos.
Cuando llegamos no se sorprendió mucho, me dijo que en Madrid, en los parques, había árboles gigantescos, de infinidad de países y con unas flores increíbles. Lo que hizo enseguida fue sentarse al borde la poza, quitarse las sandalias, subirse las faldas y meter los pies en el agua. Nada más ver sus piernas blanquísimas me pareció que mi corazón se había colocado entre mis piernas. Por escapar, le dije:
- Ya verás como subo hasta lo más alto de aquel cerezo.
Comencé a trepar, abrazando el tronco todavía tierno y de pronto aquel espasmo, aquel sorprendente placer que me hizo cerrar los ojos mientras, debido a mi temblor, decenas de pétalos olorosos caían sobre mi cabeza. Me quedé paralizado, temeroso de aquella repentina humedad, mientras mi prima chapoteaba en el agua, se reía como una histérica y me decía
- ¿Qué te pasa Martín? Pareces un mono.
Sentí una gran vergüenza, bajé rápido y salí corriendo sin hacer caso de los gritos de mi prima y no paré hasta llegar a la chopera; me senté en un claro, boca arriba, para ver si se secaba aquella oscura mancha.
Me puse a pensar en cosas que había oído en la plaza, en los anocheceres, a los de la cuadrilla del Cosme, a las mujeres mientras hacían punto en el portal, al cura en el confesionario y en el sermón, pero aquello no era sangre ni polvo que según había oído o deducido era lo que echaban las mujeres y los hombres.
Volví a casa pensativo, lentamente, mordisqueando los tallos amargos de la grama de la cuneta, pero aquella tarde inolvidable no llegué a ninguna conclusión que me convenciera.
Ramón Martín Hernández