VOCES

Por teléfono, suelen confundirnos. A veces alguien llama y dice: "¿Cristina?", "No, soy Vicente", digo yo, "Ah, perdona Vicente, me había parecido....." Es un autentico calvario. Reconozco que mi voz no es demasiado varonil y que la de Cristina no es lo que se dice excesivamente femenina, pero es evidente que mi voz es la voz de un hombre y la de Cristina es una voz de mujer.

Hay días, que me levanto con bajón, sin ganas de nada, y de repente alguien llama, lo cojo, y me dice "¿Cristina?", entonces empiezo el día planteándome si no tendré demasiadas hormonas femeninas alrededor de mis cuerdas vocales, esos días lo paso fatal, estoy continuamente carraspeando y contesto al teléfono esforzándome mucho en no parecer ella y ser muy hombre, termino realmente agotado.

Cristina lo lleva mejor, cuando a ella la confunden conmigo, suele seguir el juego; habla del partido de ayer si llama Jaime, de lo bien que lo pasamos el sábado cuando ellas se perdieron en las tiendas del centro comercial, incluso comenta la enormidad de las tetas de la nueva novia de Alberto.

Nunca he hablado de esto con Cristina, los dos obviamos el tema. Tampoco sabe que a veces la escucho hablar por teléfono haciéndose pasar por mí, ni que me da envidia cuando cuelga y se queda como si nada. Últimamente me da por pensar que de verdad estamos cambiados. Soy yo el que no tendría que plantearse nada y seguir el juego telefónico de la confusión y ella la que tendría que preocuparse de la imagen de su voz. Así es como deberían funcionar las hormonas, en lugar de estar aquí, envolviendo mis cuerdas vocales con este disfraz de mi mujer al teléfono.

Raquel Rodríguez Hortelano

 

 

GEMELAS

Hay dos letras separadas - debido al orden que rige su naturaleza - que son casi idénticas. La "p" y la "d" son almas gemelas. La "d" tiene la delicadeza de una mujer y la "p" es tan femenina que puede parir palabras. Las dos son letras pares, las dos se hinchan un poco más que las demás cuando se hacen mayúsculas -como si entendieran que cuando crecen es para hacerse aún más principales- igual que un embarazo.

A veces, como sé que son gemelas, me gusta jugar a que no las distingo. Escribo la "d" y la voy girando hasta que la convierto en "p" entonces la "d" comienza palabras que no la pertenecen, puedo escribir: "paréntesis, pausa, perspectiva y puta" Imagino que a la "d", le gusta que la gire y que la convierta en "p", de ésta forma puede desahogarse diciendo una palabrota o palabro (como decía mi abuela), da igual, ambas definiciones empiezan por "p" o por "d" girada, depende del momento, del estado de ánimo de las gemelas y de mi imaginación.

Raquel Rodríguez Hortelano

 

 

TROPIEZOS

Se ha ido la luz mientras leía y sonaba un disco y la tele hablaba; me asomo a la ventana: es un apagón general, espero apoyada en la pared del pasillo; no viene, busco la radio pequeña, no la encuentro, me siento, me muerdo las uñas, me desespero, ¿Por qué tarda tanto en volver? no sé que hacer, me levanto, me doy un golpe con el pico de la mesa, maldigo; recorro la mesa con mis dedos para calcular su espacio y lograr esquivarla cuando vuelva, mis manos la recorren y luego van solas desde la mesa al butacón y de ahí al sofá, después, no tocan nada pero avanzan antes que yo, buscando los límites.

He decidido a tientas adivinar todo mi espacio y mis cosas, para no pensar. Acaricio la madera del mueble del salón: "Ahora tocaré el marco de fotos de plata, y a continuación el cenicero grande", pero desde el marco hasta el cenicero hay mucha más distancia de la que recuerdo, me muerdo el labio y me doy ánimo; hago otra intentona con los demás objetos, vuelvo a fallar, tiro algo al suelo, avanzo y me doy en la pierna con otro pico de la mesa, quizás sea el mismo; es el detonante, rompo a llorar; me siento en el suelo, me abrazo las rodillas y coloco mi cara sobre ellas: "Por favor que vuelva la luz, que vuelva para dejar de tropezarme conmigo, quiero seguir esquivándome y sin luz, no puedo".

Raquel Rodríguez Hortelano

 

 

SÍ QUE ES EXTRAÑO SÍ

Qué raro, anoche soñé contigo, nunca antes había soñado contigo. Estábamos los dos en un banco del parque del Oeste, comíamos pipas tranquilamente, de repente tú te levantaste y echaste a volar. Mientras lo hacías me cagaste encima, en el hombro. Yo te miré con reproche, pero nada, eras una paloma, y las palomas no entienden las miradas de reproche. Esta mañana, cuándo me has preguntado: "¿A que venía anoche esa mirada de reproche?" No he sabido contestarte, y ahora justamente ahora, se me ocurren miles de cosas. Que extraña es la metamorfosis del pensamiento.

Raquel Rodríguez Hortelano

 

 

SAETAS

He leído un cuento de un hombre que se ponía un hilo rojo en el hombro para que alguien lo viera, se lo quitara y poder así iniciar una conversación. Una vez tuve un hilo rojo en la rodilla, una mujer lo vio, lo confundió con un arañazo y empezamos hablar sobre la delicadeza de la piel humana; me contó que tenía un pelo que crecía para dentro, y que según iba creciendo iba pinchando cada vez más el interior; con el tiempo el poro exterior se cerró y el pelo se quedó ahí dentro, aguijoneando secretamente en su nuevo camino de pelo oculto.

Me dijo también lo fácil que sería acabar con esa punzada que a veces se hacía insoportable, tan solo tendrían que rajar un poco la piel y extraer, pero que por algún motivo nunca se había decidido a dar el paso. Ella tenía un golondrino, yo un hilo rojo que realmente tenía forma de arañazo. Lo llevo en el bolsillo desde aquel día, como el hombre del cuento. A veces topa con alguno de mis dedos, lo enrollo entonces alrededor de la yema y tiro de los extremos intentando que estrangule hasta que no puedo más y suelto, el dedo palpita y se pone morado, es entonces cuando lo saco del bolsillo y me siento un poco mejor.

Raquel Rodríguez Hortelano

 

 

PENSAMIENTOS

Siento rencor cuando la recuerdo, entonces comienza, si no hay recuerdo no hay rencor. Cuando aparece el primer pensamiento sobre ella, al poco llega el siguiente y luego otro y otro más, van llegando solos sin que nadie los llame. Mi distracción favorita entonces, al cabo de un buen rato de pensar, es encadenar los pensamientos hacia atrás, cuál me ha llevado a este y luego a este otro, así intento llegar hasta el primero, el que ha sido más intenso en cuanto a rencor se refiere. El rencor mientras tanto va moviéndose, hacia delante y hacia atrás, más tarde, cuando dejo de pensar, empieza a remitir, vuelve a su letargo hasta que me llegue de nuevo el primer pensamiento.

Raquel Rodríguez Hortelano

 

 

TERMINARÉ PERDIENDO LA PACIENCIA

Coincidíamos en el andén de la estación de Antón Martín para tomar direcciones opuestas; a veces yo llegaba diez minutos antes y él ya estaba allí, lo mismo ocurría si me retrasaba o si llegaba a la hora habitual.

Él solía pasear, mientras esperaba el próximo metro, recorría solo la parte derecha del andén y me miraba desde el final, donde la pared se arranca en un gran bostezo. Yo lo hacía al revés, de forma oblicua: raras costumbres urbanas. Ninguno de los dos cogíamos nuestro tren hasta no ver que el otro estaba allí, nos mirábamos de forma intensa y sesgada; el tren más rápido ahogaba nuestra rutina hasta el día siguiente.

Hace semanas que no le veo, desde que no está he empezado a contar mis pasos según pasean sobre la parte que me corresponde; mientas lo hago no dejo de contar; no sé por qué no puedo dejar de hacerlo; ahora no cojo el tren hasta que todo está perfectamente contado; los pasos del anden derecho de la estación Antón Martín, desde la mitad izquierda hasta el oscuro bostezo, son exactamente treinta y ocho, los asientos de la estación nueve, los del vagón veintiocho, las barras verticales dieciséis, las ventanillas doce, los pasajeros cuarenta, treinta y seis, quince, veinticinco...

Raquel Rodríguez Hortelano

 

 

EL VIENTRE DE LA SERPIENTE

Hace calor, me he subido al castillo de hierro del parque; debajo, a la derecha, perpendicular al columpio, hay un banco de piedra, y sobre él un hombre. Está sentado sobre el respaldo, apoya los pies en el asiento y sus codos sobre las rodillas, las manos permanecen colgadas y flojas al final de sus brazos apáticos.

Tiene la cabeza inclinada, y el sol justo encima; me ha llamado la atención su reloj: es muy gordo. Ahora ha juntado las manos, no del todo, lo suficiente para encajar los dedos. La forma de los brazos unidos se ha hecho sombra, está en el asiento, entre sus pies. Es rara, parece el estómago de una boa digiriendo a un ratón. En el vientre del reptil hay otra cosa, por la forma yo diría que es un reloj, tan gordo como el que lleva el hombre en la muñeca.

Raquel Rodríguez Hortelano

abre la ventana