el meteorólogo mentiroso
En mis tiempos de estudiante trabajé para una radio local y lo dejé porque me obligaban a mentir: el meteorólogo estuvo un mes de baja y como no encontraban sustituto me asignaron la labor de redactar el pronóstico del tiempo, que era leído cada día en directo. Nunca he tenido la más mínima noción de meteorología, así que tuve que ingeniármelas para, en la medida de lo posible, no engañar a nadie, y se me ocurrió lo siguiente: miraba lo que decía el periódico del día y lo escribía al revés, si anunciaba lluvias yo escribía soles, y viceversa. Una serie de aciertos seguidos en ese sentido me hicieron pensar que tenía el poder de cambiar los designios de la naturaleza. Me consta que los marineros del lugar –vivo en un pueblo costero– me seguían con interés. Pero no, un mal día –y tormentoso– casi cargo a un náufrago en mi conciencia para el resto de mi vida. Llegaron quejas a la emisora, me negué a escribir más pronósticos, se creó mal ambiente y pedí las cuentas. Más tarde el meteorólogo aquel me confesó que no era tal, y que hacía lo mismo que yo pero sin alterar los términos. Así miente cualquiera.
Rubén Bort Navarro
el entierro de billy
Vicente quería un disfraz de indio por su cumpleaños
pero sus padres le regalaron un periquito. Una noche esperó a que todos
durmieran y se deslizó al comedor. Encima de la estufa estaba la jaula
y, dentro, el periquito, que dormía con la cabeza bajo el ala y con una
patita encogida. Este, a pesar de que Vicente no había encendido la luz,
notó su presencia y despertó, haciendo gestos y emitiendo sonidos
comparables a los estremecimientos y estornudos humanos. Vicente abrió
la puerta de la jaula, lo agarró, le arrancó la cola sin maldad,
y lo volvió a dejar dentro. Cuando ya se iba, el periquito empezó
a lanzar gritos sueltos, que le parecieron más propios de un animal grande
que de esa clase de pájaros, y a causa de ello sufrió un pánico
que le hizo contemplar paralizado su agonía, esperando un milagro que
no llegó.
Se puso la pluma en la cabeza y fue hasta el dormitorio de sus padres. Avanzó
silencioso y se detuvo al lado de su madre. La despertó y se puso a dar
saltos en círculo y a gritar como un indio. Se sentía culpable
y no sabía cómo decirle que había matado a Billy, así
que mostró el hecho de esta forma, con deliberada inocencia.
A la mañana siguiente envolvieron el cuerpecito en papel de periódico
y lo pusieron dentro de una caja tapizada en negro que había contenido
una máquina de afeitar eléctrica. Después fueron al huerto
de los abuelos y enterraron la caja con el periquito. Mientras sus padres daban
un paseo de reconocimiento Vicente desenterró el féretro, lo abrió,
e introdujo la pluma que llevaba en el bolsillo, sin atreverse a tocar el envoltorio.
Lo volvió a enterrar y rezó un padrenuestro.
Ruben Bort Navarro
TIZA Y HIERROS
Ana no quería subir sola a la fuente porque tenía miedo. Entonces Mario la acompañó y ya siempre fue así. Todo el verano habíamos estado dibujando con tiza en el suelo, hasta que Ana se marchó a últimos de agosto. Después Mario siguió con la tiza mientras yo buscaba hierros o cantos con los que hendir las junturas de los ladrillos y de los rincones.
Ruben Bort Navarro
GAME OVER O INVISIBLE UN SEGUNDO
Cuando salían las niñas, al atardecer, pasábamos a otros juegos más arriesgados o escandalosos; nos poníamos perdidos, las rodillas y los codos siempre en carne viva, y la ropa hecha jirones. Ellas iban a lo suyo, sin hacernos caso en absoluto. Solían situarse dos de ellas frente a frente, una en cada acera, atadas por una goma que mantenían tensa, adecuando la altura –tobillos, rodillas, etc.– a la dificultad concreta del juego. La tercera, en el centro, jadeaba canciones y enroscaba sus piernas y su cuerpo mientras bailaba y hacía acrobacias. Cuando la goma la apretaba por todas partes, hacía lo mismo para desenredarse: una cosa del todo increíble. Las otras esperaban su turno, sentadas en los alrededores. Cuando entraba un coche o una moto daban el aviso y una de las que hacía de enganche cruzaba la calle hasta reunirse con la otra y, a veces, se abrazaban. Un día, como sólo eran dos, me ofrecí a ser uno de los soportes, aunque en otras ocasiones había visto que ataban la goma a una reja, y para envidia de mis amigos, accedieron entre risas. El momento temido y deseado por mí no se hizo esperar: al poco un coche dobló la esquina; titubeé un instante: ¿debía yo adelantarme o vendría ella hacia mí? El corazón me cayó a los pies cuando vi que se despojaba de la goma, quedaron los dos en el suelo, y el coche ocultó a su paso, siquiera un segundo, mi cara encendida.
Rubén Bort Navarro
PAR, IMPAR
Cuando no se me ocurre qué escribir abro el diccionario al azar, me fijo en la tercera palabra de la página de la izquierda y lo voy cerrando poco a poco hasta averiguar, con la ayuda de un lápiz o de un separador, cuál es la palabra de la página de la derecha con la que se confunde la mayor parte del tiempo, es decir, cuando el diccionario está cerrado o abierto por otro sitio.
La palabra de la página par figurará en la primera frase del relato y la de la impar en la última, de modo que el texto tendrá, al menos, esa coherencia. Las dos palabras vivirán separadas por las otras que constituyen el relato, como cuando el diccionario está abierto, pero guardarán algo en común, algo que para mí hará que tengan un brillo especial.
Más veces de lo imaginable ocurre que la relación entre ellas va más allá del mero amontonamiento. Recuerdo la penúltima vez: azotea a la izquierda y babel a la derecha. Para que esto se dé el acto de abrir el diccionario tiene que estar libre de toda intencionalidad en ese sentido, lo cual aún no controlo del todo bien.
Una vez escrito el relato, sin embargo, puede ocurrir que una o las dos palabras sobren, como aquello que se muere para que germine otra cosa, o incluso que la palabra de la página par encaje mejor en la última frase, y viceversa o no, y en esos casos me siento desamparado y empiezo otro relato que casi siempre me sale cursi.
Rubén Bort Navarro
LAZOS
Querido diario: Un día más sin novio. Esta mañana he arrancado las fotos y los posters y los he tirado a la basura. He vencido en la garganta y en los ojos un vago sentimiento de nostalgia que sólo ha sido lateral. Después me he depilado el entrecejo; no lo hacía desde el instituto ¿Te acuerdas?
Tengo ahora veinticinco y hace días que no me encuentro bien. Cada día me dan más miedo los cambios, cualquier cambio, a pesar de haber salido airosa de los que me han sido impuestos, cosa que debería tomar como referencia, lo sé. Nunca he entendido lo que es la depresión, y ahora creo que la vengo sufriendo desde siempre sin darme cuenta: es cuando una misma empieza a segregar pegamento. No sé qué voy a hacer contigo.
Rubén Bort Navarro
EL ROCE DE SU CADERA
La noche en que me rozaba intencionadamente, creo, con su cadera, soñé que mascando chicle podía volar; a más empeño y rapidez en mascar, tanto más podía elevarme, pero el onírico (y exasperante) límite vertical estaba fijado aproximadamente en los dos metros de altura. Entretanto, debajo de mí, miles de personas –hombres, mujeres y niños– se desvivían por tocarme los genitales.
Horizontalmente no había problema: yo elegía, con ayuda del chicle, la dirección y la velocidad, y como no era posible salir de allí –yo creo que había millones de personas– se me ocurrió buscarla, por ver si ella también quería meterme mano.
Después de un rato volando, tratando de esquivar aquellas manos perversas y golosas, la encontré, lanzándome vítores entre un grupo de preciosas lolitas que olían a caramelo, a gusanitos y a alcanfor. En sus ojos había un aire de complicidad casi materno, lo cual me animó, no sin cierta aprensión, a reducir revoluciones y descender. De repente todos desaparecimos, excepto ella, que empezó a cuchichear no se qué cosas sobre brezos y camiones; yo pasé a ser un espectador, a cierta distancia; no podía tocarla ni comunicarme con ella; intenté volar otra vez, pero había tirado el chicle a una alcantarilla increíblemente caudalosa; me masqué la manga de la camisa pero no funcionó. La angustia pudo y desperté. Empapado el rostro en sudor y saliva, con un trozo de sábana en la boca, me sonreí aliviado. Tuve que mear sentado. Ese día, después de un año y dos meses, volví a fumar.
Rubén Bort Navarro
UN DESCANSO PARA INFINITO
Probablemente está perdiendo el tiempo; sí, lo ha pensado demasiado, y aún sin haberlo pensado estaría perdiendo el tiempo, aunque eso es mejor que no lo sepa. Pero ahí está, haciendo algo que todavía no sabe hacer, algo que cree que sabrá hacer algún día. Sabe que lo ha pensado demasiado, pero no se ha echado atrás como otras veces, utilizando tal cosa como excusa. Ha pensado que por una vez iba a hacerlo bien porque la intención había surgido de un modo accidental, luego que no tenía por qué ser así, que eso era sólo un sueño; luego se ha imaginado la obra bien hecha después de haberla realizado venciendo esa duda, lo cual le añadía un interesante matiz, y finalmente ha pensado que había desaparecido cualquier modo accidental y que era mejor dejarlo. Pero ahí está, y cree no estar utilizando la penúltima decisión como medio.
Rubén Bort Navarro
PASO LIBRE
Las grietas y sombras de cierto adoquín, con las que íntimamente mantenía una viva relación, le sirvieron para urdir una serie de dificultades y trampas, de modo que la oruga y las moscas que había capturado y ejecutado y el tocino que había separado del jamón de su abuela, ya formaban parte de un territorio protegido, cuyo acceso dependía de la superación de una serie pruebas de velocidad, de resistencia y de ingenio.
El niño estaba recostado en medio de la calle, con las piernas dobladas y el antebrazo izquierdo apoyado en el bordillo, y observaba los trabajos de las hormigas. Como suele ocurrir, la última prueba era la más peligrosa, y no pocas habían perdido la vida allí: era un cerco de pegamento de barra, cruzado por un hilito.
De algún sitio surgió la abuela como un fantasma, pues había notado la falta del tocino, y agarró por la camisa al nieto, llevándoselo de allí, mientras emitía una letanía incomprensible.
En unos instantes el pegamento se había secado, pero oruga, moscas y tocino aún permanecieron largo tiempo en el interior del círculo, hasta que las hormigas dejaron de cruzar por el hilito, y empezaron a realizar movimientos eléctricos en torno a los cadáveres de sus hermanas.
Rubén Bort Navarro
NAZARENO
Un año a mi padre no le cupo el traje de nazareno. Mi abuela insistió en que saliera yo a la procesión. Sabía lo mucho que significaba para ella, pero sólo accedí porque nadie iba a reconocerme. Me miraste a los ojos y yo los aparté.
Rubén Bort Navarro
LAPSUS
Ayer debió cruzárseme “urgir” o “amar”, usted sabe, y creo que escribí “hurgar” sin la “hache”.
Rubén Bort Navarro
PEREGRINO
Siendo aún joven caí en una desidia que despiadadamente acabó reflejándose en los otros hacia mí. Mi respuesta fue un alejamiento progresivo y sistemático de casi todo el mundo. Odiaba las mañanas, me levantaba tarde y cansado, con un sentimiento de culpa voraz que sólo paliaba cuando me ponía un chándal para salir a comprar tabaco o cuando me fumaba un cigarro que parecía dejar las cosas en punto muerto.
El verano que sucedió a un otoño me compré un palo y un gorro y viajé a Roncesvalles, desde donde empecé el Camino de Santiago. La solución a mi apatía (y a la de los demás hacia mí) me fue dada milagrosamente: podía ser otro siendo yo mismo.
Rubén Bort Navarro
MIMO
Las parejas pasean y ríen; se cogen y ríen, todo parece natural, espontáneo, y a la vez imposible. Cada día las veo, en los coches, en los bancos, en los portales, en las ventanas... ellas son de vainilla, sus ombligos, sus voces de colores, su trocito de ropa interior, sus miradas de agua potable o de vino rosado, ellos, yo no sé cómo pueden soportarlo.
Para mí era como ser rey (o Dios), y tanto me agarrotaba, me oprimía, hasta la náusea. Y ahora es el dolor de verlas, la flojera de piernas que me delata, la mirada en lontananza, la lágrima que vale unas monedas, que corre la pintura bajando como mercurio, como una araña, que pica hasta en los huesos, que queda inerte en mi mejilla como un diente de plata.
Rubén Bort Navarro
UN RELATO SOÑADO
Una multitud agolpada en la puerta de la iglesia indicaba que algo importante estaba a punto de celebrarse. A cierta distancia, detrás de una valla, yo observaba con curiosidad, sin asombrarme el hecho de que allí nunca había habido una iglesia, sino un cine de verano en ruinas. Alguien llevaba una pistola y sonó un disparo que de algún modo todos esperábamos..Un hombre cayó al suelo y el grupo se dispersó con tranquilidad.. Sólo unos pocos quedaron rodeando al hombre, al que, sin embargo, no tardaron en abandonar, lo cual me dolió profundamente. En ese momento, una vieja mal vestida venía hacia mí con intenciones que intuí maléficas. Empecé a correr y ella a perseguirme; corría tanto o más que yo, y los dos lenta y angustiosamente. Yo sostenía en la mano un pequeño camión de juguete, merced al cual me atrapó, pues aunque no pudo dar alcance a ninguna parte de mi cuerpo, sí consiguió agarrar el camión, que yo no solté.
Entonces me apretó los brazos y me dijo que quería ser mi madre. No llegué a llorar. Horrorizado, traté de disuadirla diciendo que yo era imbécil, idiota, que no le convenía ser mi madre, y le ofrecí el camión...
De repente un fragor que la asustó hizo temblar el suelo, las paredes, los árboles, todo, o quizá es que surgió de dentro de esas cosas, que cobraron en su torno un aura incolora, aunque visible. Liberado de la bruja, me encontré saliendo de un pasadizo secreto al ábside de una catedral inefable, monstruosamente gótica, a la manera de los protagonistas larguiruchos de ciertas películas del oeste o de los cuadros de El Bosco.
Rubén Bort Navarro
EN UN BORDILLO DEL CAMINO
En Larrasoaña, sentado en un bordillo, mientras contemplaba la fachada que tenía enfrente, como si un misterio estuviera allí explicado, encendí un cigarro que acentuó aún más mi interés... Me quedé dormido.
Soñé a dos hombres que mantenían una conversación agitada. Uno de ellos era ciego y manejaba con destreza un bastón desplegable, tanto para orientarse como para explicarse a modo de aspaviento. El otro se parecía a Enstein o era él. Avanzaron discutiendo hacia mí, se detuvieron, y el hombre ciego trazó con su bastón una línea en el suelo increíblemente blando..
Después arrancó un hilo de su chaqueta que colocó cortando la línea por la mitad.. Me dijo: “si esta línea es la historia del universo y el hilo representa el tiempo en el que se puede estar vivo y tú estás vivo ¿no es eso señal de que has estado antes y estarás después del hilo? ¿Lo ves? Basta con asombrarte de que estés ahora aquí.”
Por detrás, Enstein, con los ojos como platos, hacía gestos de burla y me indicaba sus labios para que los leyera. Articuló claramente la palabra “humanidad”. Después agarró al ciego del brazo y se fueron, mientras negaba con la voz lo que afirmaba con la cabeza.
Desperté sin entender nada, pero con el corazón acelerado, con la sensación de protagonizar un descubrimiento, de estar muy unido a los dos hombres, y aun permanecí largo rato sentado, repasando y afianzando el sueño en mi cabeza. Encendí otro cigarro, me puse el gorro, cogí el palo y la mochila y fui a buscar albergue. Estaba cansado y hambriento, y al día siguiente tenía que llegar a Pamplona.
Rubén Bort Navarro
R.I.P.
Fui a parar a un pueblecito que parecía abandonado. Decidí no detenerme, pues, pero la visión del pequeño cementerio me hizo recordar a mi madre, y no pude evitar acercarme, ya que desde que murió había perdido el miedo a los fantasmas, y mi relación con todo lo que concernía a la muerte era, por decirlo así, más estrecha y, desde luego, carecía de todo escrúpulo por mi parte.
Lo que más atrajo mi atención fue que en verdad los muertos estaban bajo tierra. En algunas tumbas ni siquiera había un nombre o una fecha, y en ninguna había foto, sólo flores marchitas y cruces informes daban cuenta de algo. La muerte era muerte y nada más. Y así, sin pesadez, respiré profunda y solidariamente el aire puro y seguí adelante con buen ánimo.
Rubén Bort Navarro
SOLTERA
Ha empezado a llover, Rubén descorre la cortina, escoge un libro del aparador, uno escondido, se dice, se sienta en la butaca, se tapa las piernas con el mantel de la mesa camilla, junto a la ventana, empieza a leerlo; no hay polvo, pero la edición es muy vieja, el olor y las páginas amarillentas lo atestiguan. Cuando va por la página 16, un poco ansioso, lo abre por varios sitios, más adelante, en busca de guiones que indiquen diálogo, sólo quiere saberlo, se desentiende de lo escrito.
Las páginas 228 y 229 se abren por sí solas porque entre ellas hay una postal. En la esquina izquierda, en letra muy pequeña lee Calle y Ermita San Blas. La fotografía es en blanco y negro; reconoce la ermita, el campanario, algunas fachadas; las calles son de tierra, hay carros, animales y un pozo; también hombres, mujeres y niños; parece un día de fiesta, todos miraron a la cámara, las mujeres y los niños con inocencia y curiosidad, los hombres como si lo supieran todo, también los que giran la cabeza porque conducen o montan los carros en la otra dirección.
Pero no, por la acera camina una mujer que da la espalda, parece una sombra, va hacia la ermita, es su madre, aunque él no lo sabe, en ese instante lo lleva dentro.
Rubén Bort Navarro
30 DE JUNIO DE 1997
Diez de la mañana. Acabo de fumarme un cigarro en el cuarto de baño. He arrojado la colilla al váter, y al tirar de la cadena un par de veces ha continuado flotando. No hay modo de saber cuándo va a ocurrir, por qué ocurre, y me hace ponerme a la defensiva. Pero la he dejado allí, hoy me jubilo.
Deditos, como de costumbre, anda frenético por toda la oficina, con los ojos por delante (Dios mío, yo era así), y en veinte minutos tendrá la camisa empapada; el Medallista, a mi izquierda, habla por teléfono, estira la barbilla cuando lo hace, y abre mucho los ojos, yo creo que se pone nervioso; Manolo ha llamado, dice que está enferma.
He empezado a escribir esto que parece un diario y no pienso hacer nada más en todo el día. Quizá sea la primera página de ese libro que tantas veces empecé. A mis 52 años por fin voy a gozar de más tiempo y más tranquilidad. Quiero aprender literatura.
Rubén Bort Navarro
AXIOMA: EL CABLE
El cable arranca de un rincón y asciende sin tocar la pared hasta el techo, donde, fijado con una grapa, cae medio metro, culminando en una estructura del tamaño de un pulgar, metálica y con estrías horizontales, de la que nace un globo de vidrio, en cuyo interior un hierro vertical, que proviene a su vez de aquella estructura, se divide en dos brazos idénticos, a los que hay unido un hilito irregular y sin tensar.
Rubén Bort Navarro
LA OTRA ORILLA
Tenía que cruzar un río. Por una cosa o por otra se me hacía extremadamente difícil, y regresaba cada vez al punto de partida. Miré a mi izquierda y me di cuenta que a unos veinte metros el río estaba seco. Di unos pasos con dificultad hacia allí. Enseguida supe que andando me sería imposible llegar, pero tras una elipsis y un cosquilleo en el estómago aparecí en el sitio oportuno, enfrente del trecho seco.
Empecé a correr hacia la otra orilla, muy nervioso. Cuando estaba a punto de conseguirlo escuché una voz detrás de mí. Era mi madre que me llamaba. Su voz sonaba como si viniera del mundo real y yo la incorporara al sueño, como tantas veces me había ocurrido cuando venía a despertarme de pequeño. Me detuve y traté de prestar más atención a su voz. Distinguí claramente que venía del mundo real, sin embargo, hacía un año que mi madre había muerto. Me invadió una tristeza enorme el hecho de no poder ganar la otra orilla.
Percibí que estaba soñando, abrí los ojos en un acto reflejo, y me pareció que era yo quien hablaba en sueños. El corazón se me salía del pecho y apenas podía respirar. Tardé unos minutos en recuperarme. Después, tuve que levantarme y encender todas las luces de casa.
Rubén Bort Navarro