EL FANTASMA DEL FIN DE SEMANA

Una fuerza irresistible me obliga los fines de semana, por la noche, a disfrazarme de fantasma. Mis tres hijos mayores, salen a divertirse y me dicen cuando se despiden, que llegarán tarde, que descanse; pero una fuerza me obliga a levantarme de la cama cada vez que me despierto y pienso que debe ser muy tarde. Entonces me levanto a oscuras, sin hacer ruido, para que mi marido y los pequeños no se despierten, voy por el pasillo casi levitando hasta llegar a la habitación de mis hijos, escucho si respira alguno, después voy palpando con sumo cuidado desde los pies de la cama hacia arriba, cama por cama, para saber si han llegado o no.

Me paso la noche con una extraña sensación, yendo y viniendo de mi habitación a la suya, a oscuras, a tientas, con el pelo alborotado y en camisón, preguntándome dónde estarán, con quién y si les habrá ocurrido algo. Cuando los siento llegar, me levanto para ver cómo vienen y ellos me dicen siempre que los asusto, que parezco un fantasma, pero yo me tranquilizo cuando han llegado los tres, aunque nunca vienen juntos. Entonces me voy a la cama y me duermo enseguida porque me deja el disfraz.

Mª Teresa Martín Matos

 

 

LA CAJA

Como no podía dormir del calor que hacía, salí al balcón intentando encontrar un poco de aire fresco. Era noche de luna llena, y los árboles parecían disecados, porque no se movían sus ramas ni sus hojas. Mientras contemplaba la calle, me sorprendió ver a una pareja de unos cincuenta años, a aquellas horas de la noche, bajando la calle con paso decidido y discutiendo en voz baja. Se decían cosas que yo desde un quinto piso no podía oír, pero estaba segura que en algo no se ponían de acuerdo. Al llegar a mitad de la calle se pararon en seco y forcejearon con la caja grande de cartón que llevaba el hombre de la mano. Después de varios movimientos indecisos de la mujer, mirando en todas direcciones, el hombre puso la caja encima del pequeño muro del solar, que había frente a mi casa. Ella la sujetó mientras él saltaba. Después, la cogió y caminó unos metros. No sé que cosas le iba diciendo la mujer, hasta que él se paró y le señaló con el dedo el montículo de tierra y escombros que había bajo sus pies. La mujer asintió con la cabeza, y el hombre hizo un hoyo, metió la caja y la enterró. Volvió a saltar la tapia y se fueron calle abajo.

Yo me fui a mi habitación, pero hasta muy tarde no conseguí conciliar el sueño porque mi pensamiento daba vueltas y más vueltas a lo que había presenciado. A la mañana siguiente, me desperté sudando, era sábado, y a eso de las diez me asomé al balcón para ver dónde habían enterrado la caja. Me costó un poco encontrar el sitio, porque con la luz del día, vi varias piedras, parecidas a una que elegí la noche anterior como punto de referencia. Cuando creí que había localizado el sitio, sentí que alguien doblaba la esquina, miré y los vi otra vez, bajando deprisa por la calle. Miraban hacia todos los lados y cuando llegaron al lugar, el hombre saltó la tapia, desenterró la caja y marcharon con ella calle abajo. Yo me quedé perpleja y sudando en aquella mañana de agosto.

Mª Teresa Martín Matos

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