Sobre mi vida
Nací
bajo el sol de una noche del penúltimo mes, como dice Silvio Rodríguez
en una de sus canciones, y si digo lo de Silvio es para que se me vaya viendo
el color desde el principio, del segundo año de los sesenta (teniendo
en cuenta que el primero siempre es el cero). En aquel entonces, para mí,
Franco era un viejecito adorable que aparecía en las monedas y en el
NO-DO en un balcón, y en los desfiles. Creo que no empecé a odiarlo
hasta después e muerto. Pero antes del odio y de que tuviera una noción
real de las cosas (real, que no verdadera), mi patria era el huerto de mi abuela,
el campo de fútbol de Paulino y el callejón de tierra (digo de
tierra porque me parece que queda bien narrativamente añadirle alguna
cualidad al callejón, porque entonces todas las calles eran de tierra,
todas menos una carretera asfaltada muy larga que partía el mundo en
dos). Por aquella patria de la que os hablo, me dejé la piel, me desangré
entero en la defensa de aquel nacionalismo, luego todo fue ruido; ruido que
aun sigue...
Hasta ahora solo he hablado de tiempo, hablemos ahora del espacio:
El huerto de mi abuela, el callejón de tierra y el campo de fútbol de Paulino, estaban en un pueblo situado a 7 kilómetros de Alicante (número mágico el 7), luego el pueblo fue creciendo y creciendo, cosas del progreso que a mi padre tanto le gusta, y en su crecimiento se fue acercando a la capital y dejando de ser mágico como había sido durante mi época nacionalista. El pueblo, se llamaba San Vicente del Raspeig, quizá se siga llamando así, pero eso es algo que a mi ya apenas me interesa. La verdad es que ya me van interesando pocas cosas, estoy en esa edad que te da en no creer en nada, como decía el Otro; en nada.
Luego vinieron ellas, o vinisteis vosotras, según
el sexo de quien lea esto, pero de eso me vais a permitir que no diga nada,
me lo reservo por si algún día tengo que ir a “Salsa Rosa”
a sacar unos cuartos (nunca se sabe). Y en medio de ellas, comencé a
trabajar en una farmacia y a oler a cloroformo ¿A cloroformo? A angustia,
a monotonía, a desesperanza y a tristeza. Y en medio de la angustia me
licencié en psicología, pero no me atreví a salir de la
farmacia, quizá en el fondo sea como una de esas mujeres que su marido
maltrata y no se atreven a abandonar el hogar. Ruido, ya os digo, todo ruido...
Y entonces llegó Millás...
Sobre la ventana de Millás
...Y entonces reaparecieron los pistoleros de plástico azul, y volvieron a florecer las celindas del huerto de mi abuela, y me inventé una adolescencia como debía haber ocurrido, y una vida más a mi medida. Podría haber sido cualquier otro el que inventara aquel espacio, a mi me hubiera dado igual, por aquel entonces no conocía a Millás, pero fue él. Recuerdo a un operario de telefónica, cuando me fui a vivir al campo, con un rollo de cable en el hombro, subiendo a los postes para clavar en ellos aquel hilo, y venga echar hilo, hasta llegar a mi casa. Por aquel cable que atraviesa el cielo de lo que debía ser mi jardín, y que en realidad es una selva, salieron más de doscientos relatos dirigidos al pobre Millás en una temporada y media, de los cuales un tercio de ellos fueron publicados. Y también entró mucha gente a través de aquel cable: Todos los del margen izquierdo de esta página de Dombodán, y muchos más. Unidos todos por el sueño de contar historias.
Comencé publicando con mi nombre auténtico. El primer relato que envié entró sin dificultad, y me pareció sencillo el juego, luego me fui dando cuenta de lo difícil que iba a resultar aparecer sobre aquel fondo azul. Creyendo que no le gustaba mi nombre, decidí cambiarlo, y así me llamé Pepe Lillo aveces, Rosa Llopis, otras, Emma Sampedro (con m antes de p) algunas, Melquíades y Anónimo en un par de ocasiones. Y un día dijo que el relato “Lagartijas” era el ganador, y mientras lo leía, y yo iba, solo en el coche, anticipando mentalmente las palabras antes de que él las pronunciara... Me transformé en una lagartija de piedra, ajena al Pepe Lillo que había escrito aquello.
Podía haber sido cualquier otro, a mi me hubiera dado igual; pero fue él, el primero que de alguna manera, me dijo (nadie me lo había dicho antes) que había algo que yo no hacía del todo mal.
José Vicente Aracil Lillo