DE DÓNDE VENGO Y A DÓNDE VOY
Nací en julio de 1955, en el segundo y último piso de una casa separada del mar por una estrecha franja adoquinada, y más allá algunos metros de arena. Imagino que por las noche se oiría el rumor de las olas, aunque no lo recuerdo. En el portal (tardes de lluvia) olía a serrín, porque al lado trabajaba un ebanista en su taller. Se me llevaron de allí, no muy lejos, cuando tenía seis años. Hoy aquella casa sigue en pie, acabo de pasar muy cerca hace un rato. Le han puesto un piso más, y en las grietas que afeaban la fachada han inyectado hormigón. Aguantará. En el bajo contiguo hay un letrero que dice “Carpintería Doval”. Todos hemos ido creciendo a nuestro modo. Lo que ya no hay es mar, se lo han llevado lejos los rellenos; ni hay arena en la otra orilla, ni adoquines.
Mi madre vendía fruta en un local que hacía esquina en la calle Conde Vallellano, una calle con parada de taxis de las de pueblo de antes. Los jueves, hacia las cinco de la tarde, ella me daba un sobre amarillo y yo recorría aquella fila de coches silenciosos (milquinientos, seiscientos, milquinientos, gordini...) recogiendo duros y pesetas. Luego salía corriendo hacia la emisora y después de subir las escaleras entraba jadeando en la penumbra del locutorio de La Voz de Arosa donde Luis Gómez decía ante el micrófono nada más verme llegar: “Y ahora nos llega el donativo de los taxistas de Conde Vallellano”. Le entregaba el sobre con el dinero y me iba pensando que la radio sería algún día mi oficio.
Mi padre era camarero en el Central, un bar de café, copa y partida de tute o dominó (mus mucho más tarde), póquer también con disimulo. Un día me dijeron que mi padre no era un empelado, sino el dueño. Yo fui entonces el hijo del dueño del Central. Todo un título. Aprendí el oficio pronto. Cuando por las noches quedaba sólo tras el mostrador lo probaba todo. Inventé algún cóctel. Lástima no haber tomado nota.
Estudié Magisterio porque la Escuela Normal (se llamaba así, qué culpa tengo) estaba en Pontevedra, cerca. Al acabar hice la mili. Ceuta: poco hachís, mucha amargura, y un amigo inolvidable del que no he vuelto a saber nada (¿dónde estás Paco Morata?). Me casé con Tere; y ella conmigo, claro (siempre le ha gustado mucho, eso es cierto, el olor del serrín). Aprobé las oposiciones. Enseguida llegaron Pablo y Cris. Ahora Pablo (se ha casado con Fátima) es traductor en Ginebra; Cris estudia en Getafe. Los echamos de menos; y ellos un poco a nosotros, dicen riendo (se ríen mucho).
Trabajo en un instituto desde hace cinco años, después de haber pasado casi 20 en la escuela y un par de ellos haciendo el indio en la tele y en la radio, y atendiendo como buenamente podía las urgencias educativas de familias del rural con hijos pequeños que no asistían a la escuela.
Y hasta aquí puedo leer. Lamento no poder presentar unas “memorias” más brillantes, o entretenidas, pero es que... Lo mejor está por venir. Es evidente.
MILLÁS, LA VENTANA Y YO.
Cuando escuché su voz en la SER me llevé un alegrón (seguía a Millás desde hacía un montón de tiempo). Era el otoño de 2000. Comencé a escribir al programa. De entrada sin mucho convencimiento; una semana sí y dos no, o al revés. Al principio la única señal era la lectura en antena de los relatos que él elegía (dos o tres): nunca seleccionó nada mío. Pero siempre consiguió hacer que me sintiera cerca, o eso me pareció a mí. El caso es que yo no estaba dispuesto a perderme ni un programa. Cada observación suya, cada objeción, cada consejo, cada palabra casi... todo me resultaba alimenticio. En febrero de 2001 seleccionó mi primer texto.
Gracias a lo que vino después tengo ahora cinco gruesos libros de cuentos en la estantería del comedor (una semana decidió que yo ganaba), el recuerdo (y alguna grabación) de mis textos en su voz y cuatro planchas de Babelia. Pero eso, con ser mucho (para mí es mucho), no es nada. Lo mejor fue que Millás, para desgracia suya y de mis amigos más pacientes, me dio a entender que si buscas en los lugares adecuados acabarás encontrando algo que contar; y que si no lo cuentas tú tal vez nadie más podrá contarlo. Y que cuando lo estés escribiendo no habrá nada en el mundo que consiga apartarte de esa historia. Y que el lugar en el que uno escribe es el único en el jamás se siente el frío. Lástima que su voz suene ahora tan lejos, débil y algo ajena. Pero lo mejor está por llegar. Y aquí se acaba una historia y tal vez comience otra.
Manuel González Seoane
Relatos de Manuel González Seoane