DOS EN UNO
Yo escuché el primer programa de la Ventana de Millas. Iba en el autobús 51 a casa de mi madre para imprimir la segunda entrega de mi proyecto fin de carrera. Escuché a Gemma presentar a Juan José Millas en la nueva sección. Al oír su nombre recuperé el único recuerdo que entonces tenía de él: las primeras líneas de una de sus novelas, ni siquiera sé cual, que Dani me leyó una mañana en la cafetería de la Escuela.
Escuché el programa muchas tardes a través de mi mini-radio portátil, unas veces en el autobús y otras en la pista de atletismo del polideportivo de la Complutense. Aunque por entonces yo ya había dedicado algunas horas a garabatear relatos, nunca se me ocurrió escribirle. Por entonces todo mi poder de expresión estaba destinado a una sola persona: Jessica. Dedicaba casi cada rato libre a inundar su correo electrónico para recordarle mi tristeza y subrayar mi amor por ella.
Creo que deje de oír Las historias de Millas cuando, tras aprobar el Proyecto en febrero de 2001, salí de la Escuela de Caminos de Madrid y empecé de camarero en La Guagua café para ganar algo de dinero mientras buscaba trabajo. Tenia turno de tarde, así que supongo que ya no escuchaba a Millas. No obstante, no recuerdo que eso me causara el más mínimo fastidio.
En mayo empecé a trabajar en una consultoría en la que me daban libre los viernes por la tarde, aunque yo entonces no me di cuenta de para que servía eso y me dedicaba a dormir la siesta al volver del trabajo. Aquel verano Jessica terminó con su novio y regresó a España por dos semanas. Al volver a verla descubrí que yo iría a visitarla a Los Angeles aquellas navidades y que, puesto que ya era mía, dejaría de dedicarle solamente a ella mis palabras.
Aquel enero, cuando volví de mis vacaciones en California, bajé a hacer la compra un viernes por la tarde. Hacia tiempo que no escuchaba La Ventana, así que sintonicé mi mini-radio portátil en el 105.4. Escuché de nuevo la voz de Juanjo Millas. Leía relatos sobre el frío. La historia ganadora aquella semana describía a un hombre que, justo antes de su muerte, se miraba los brazos y veía en ellos las huellas de su pasado, entre ellas “el arañazo enamorado de Marta”. Aquella frase me cautivó. “Para la semana que viene el tema es el dinero”. Y mientras cargaba con las bolsas por la calle San Bernardo me pregunte por qué yo no escribía a ese programa.
En el camino hacia casa me acorde de un episodio de mi infancia: una vez le di mi propina a un vagabundo y mi padre, que me vio hacerlo sin que yo me diera cuenta, enternecido por mi acto, me dio más dinero del que tenia inicialmente. Pensé que era una buena idea para un relato y cuando llegue a casa dejé la compra tirada en el suelo, me apresuré hacia el ordenador, lo encendí y abrí frente a él mi silla plegable. No tardé ni cinco minutos en escribir el primer relato que enviaría a Las historias de Millas. Cuando hice clic sobre el botón de “Envía tu relato” aun estaba temblando. Con los nervios se me olvidó ponerle titulo y tuve miedo de que no lo seleccionaran por ese motivo. Un par de horas mas tarde llame a Jessica, como cada día, y le leí lo que había escrito. Ella me aseguró que ganaría.
Cada día de la semana entré varias veces en la web de la Cadena Ser y mi historia no estaba nunca entre las seleccionadas, que, por supuesto, eran todas mucho peores que la mía. El miércoles por la tarde volví a enviarla, “por si acaso no les ha llegado”. El viernes por la mañana, cuando encendí el ordenador de la oficina y abrí la página de Las historias de Millas la vi allí: “Dos por una. Pablo David Pérez Rodrigo”. El título lo eligieron ellos. La imprimí y se la pasé a todos mis compañeros de oficina, se la envié por correo electrónico a todos mis contactos y por correo interno a todo mi departamento, incluido mi jefe que nunca hizo ningún comentario al respecto. Cuando llegué a casa la recorté, la pegué en la pared de mi habitación y me preparé para escuchar el programa. Marcos y Samuel me acompañaron. Estábamos seguros de que iba a ganar. El hecho de que el programa avanzara y no leyeran mi historia parecía confirmarlo: tenía que ser la ganadora. Finalmente Millas leyó el titulo del premio de aquella semana: “TQS de Héctor Otero”. El tema para la semana siguiente, escribir historias que empiecen con la frase: “Mi madre, durante su embarazo, estaba muy ilusionada con la idea de tener gemelos…”. Ese fue mi consuelo. “La semana que viene gano seguro”. Horas después, Jessica lo confirmó: “Si escribes cada semana, seguro que ganas alguna vez”.
Así que envié una historia cada semana durante los meses siguientes. Continuaba escribiendo en estado de alteración emocional: apenas podía releer lo escrito y lo enviaba inmediatamente por miedo a que alguien se me adelantara. Una vez tras otra, Millas decidió no seleccionar mis relatos y elegir en su lugar otros siempre muy inferiores a los míos. Marcos apuntó con ironía que si continuaba escribiendo alguna vez me tendrían que volver a seleccionar, aunque fuera por casualidad. Y no se equivocó. A las seis o siete semanas volví a leer mi nombre en Internet.
Por entonces yo me había comprado una pala de paddle y solía encontrarme con Oscar y Dani para jugar los viernes a eso de las cinco. Escuchaba el programa en mi mini-radio portátil mientras viajaba en el 133 desde Plaza de España hasta las pistas de la Complutense. Además, siempre lo dejaba grabando en casa por si acaso leían mi nombre. El 12 de abril de 2002, mientras esperaba apoyado sobre la barandilla, con la pala entre las manos, a que llegaran Oscar y Dani, Millas pronunció por primera vez mi nombre en la radio. Leyó dos cuentos cortos que había escrito sobre los espejos y las fotografías. Aquel día Millas anunció lo de Babelia. La semana siguiente uno de mis clientes me preguntó: “Oye, ¿tu te llamas Pablo David Pérez Rodrigo?, ¿tu no escribirás historias a la Cadena Ser?”. Desde aquel día nos hicimos amigos.
En junio regresé a Los Angeles de vacaciones. Le pedí a Samuel que mientras yo estuviera fuera me comprara El País los sábados, por si acaso. Cuando llegué encontré una de mis historias en la página de Babelia.
La última temporada del programa empecé escribiendo mucho, casi cada semana, aunque raramente mas de una historia. Nunca he tenido demasiado tiempo. Poco más que el fin de semana, y muchas veces ni tan siquiera eso. Si no empezaba la historia antes del lunes sabía que aquella semana probablemente no enviaría nada. El trabajo, las llamadas a Jessica, los viajes, estudiar ingles, el visado, el papeleo para UCLA, cocinar, planchar las camisas, hacer la compra, retorcerme de risa con Marcos. Apenas me quedaban unos minutos robados durante la semana para repasar la historia que había comenzado el fin de semana. La enviaba el martes o el miércoles y visitaba la web de la Cadena Ser cada cinco minutos hasta el viernes. En esa época, algo menos de la mitad de los relatos que escribía eran publicados y la otra mitad no me cabe duda de que no le llegaban a Millas.
El día antes del que habría de ser mi último vuelo a Los Angeles antes de mi traslado definitivo, Millas volvió a leer dos cuentos cortos escritos por mí. Era la semana de “¿Quien soy yo?”. Se lo puse a mi madre en el cassete del coche a la mañana siguiente cuando me llevaba al aeropuerto. “No quiero ni pensar en el día en que te vayas”, me dijo.
A la vuelta de aquellas vacaciones, en enero de 2003, viví mi último triunfo. La mañana del último sábado del mes le pedí a mi madre que parara un momento el coche junto al quiosco. “Solo quiero ver una cosa”. Compré El País, miré la página de Babelia y nada, no vi mi nombre por ninguna parte. Cerré el periódico decepcionado, “No me lo puedo creer”. Y entonces comprendí que había ganado: el único lugar de la página donde no había mirado era en el relato ganador. Efectivamente, volví a abrir el periódico y allí estaba: “Soy yos”. Mi madre y yo pasamos un día perfecto en Cuenca, a pesar de que los dos sabíamos que nos estábamos despidiendo. O tal vez precisamente por eso.
Desde entonces mi participación en La Ventana de Millas fue un continuo declive. No me publicaron varios relatos, pensé que Millas tenia algo contra mí (incluso escribí con nombres distintos, pero no sé como Millas siempre se las arregló para saber que era yo y rechazarme), el espacio cada vez recibía menos atención y duraba menos, yo cada vez trabajaba más y tenía que visitar a más amigos y familiares de los que despedirme. Apenas me seleccionaron dos o tres relatos en los últimos seis meses. La degradación culmino con el inesperado final del programa y mi traslado a Los Angeles en el verano de 2003.
Millas me dejo las paredes de mi habitación cubiertas de relatos míos y vuestros, unos sesenta relatos enviados, diecinueve publicados, un cajón lleno de cintas con programas grabados, la frustración de que Jessica se equivocara y que la historia ganadora nunca fuera la mía, de que no me leyeran ningún cuento largo, sinestesias, economía narrativa, mi propia experiencia, Jaime de Nepas, Rubén Bort Navarro, Francisco Taboada, Ramón Martín Hernández, Josefina H, Albert Rosell, Manuel González Seoane, vender el mono-volumen, la espalda desértica y abandonada, que me pase algo, siempre hay que mirar a otro lugar, un foro de Internet, un cuaderno, una pluma y una historia que contar.
Pablo David Pérez Rodrigo