EN REALIDAD, YO DEBERÍA HABER SIDO JUANA DE ARCO

Evidentemente mi infancia transcurrió en colegios de monjas.

Dos de mis preocupaciones de colegio era no saber cómo era el pelo de las hermanas y de donde sacaba el cura la ceniza con la que nos manchaba la frente un miércoles al año.

Una de aquellas monjas me dibujó una cruz con rotulador rojo en cada mejilla por no saberme el Yo Pecador. Fui con ellas hasta casa y regañé a mi madre cuando intentó borrar mis estigmas.

Mentía cuando me confesaba. Quería tener grandes pecados y mucha penitencia.

Cuando no asomaba Juana de Arco cogía monedas de la hucha con la que postulaba para el Domund.

En clase la mayor parte del tiempo lo pasaba mirando por la ventana. Me evadía de tal modo que para llamar mi atención había que tocarme el hombro.

Mis primeros cuentos me los regaló mi abuelo Juan, sólo guardo de él ese recuerdo.

Me escapé dos veces de un internado para volver a casa.

Mi madre era especial.

Mi padre era técnico de cine y nos llevaba algunos sábados por la mañana a ver películas en la sala de visionado del laboratorio, las veíamos a más velocidad de la debida, algunos recuerdos intento que sean igual de rápidos. Él conoció a otra mujer.

Me gustaba forrar el suelo de la habitación de mis hermanos con los cojines del sofá e imaginar que pisar fuera de los almohadones era una muerte segura.

Mis mejores amigos siempre han sido los peores de la clase.

Un verano leí en el horóscopo que iba a jugar al tenis con un príncipe hindú. Le esperé durante todo el mes de agosto.

Estuve un año viviendo con mis tíos en Argelia para alejarme de las amistades que mis padres consideraron perjudiciales. Siempre recordaré de aquel año la voz del Imán por el altavoz recitando el Corán a la puesta de sol.

Escarlata O’hara me robó la frase: “Eso ya lo pensaré mañana”.

Me leí toda la obra de Victoria Holt y su seudónimo (es lo más parecido a las novelas antiguas por entregas. Todos sus libros son monotema: grandes pasiones)

Me enamoré de mi profesor de Matemáticas. También me enamoré de Margerito (El protagonista de la película “Joe y Margerito”).

Estudié Marketing porque era una palabra nueva

Mi voz ha doblado breves escenas de película, también ha sido la voz en off de alguna actriz extranjera en un programa de cine que emitía Tele Madrid.

Me casé. Sigo casada. Victoria Holt mentía.

A estas alturas sigo pensando que cosas como girar la cabeza y adivinar el color del coche que pasa por la izquierda, ver a dos mujeres embarazadas, y decir a la vez en una conversación la misma palabra, me pronostican un buen día.

Cuando el anuncio de coches pregunta “¿te gusta conducir?” Digo que sí.

Me gusta el principio del cambio a piel de gallina mientras leo. También me gusta imaginar las vidas de las personas con las que me cruzo fijándome en los detalles.

No sé si he llegado a tener lo que pone en las tiras de plástico de los paquetes de tabaco: “Veinte momentos Fortuna”.

Me siento muy mayor por fuera y muy pequeña por dentro.

A veces sigo pensando que estoy aquí por algo.

Juana de Arco

 

 

MILLÁS

La primera vez que le oí por la radio contando una de sus genialidades dije: “Qué bien cuenta ése señor lo que percibe” Le seguí escuchando y terminó pareciéndome una persona cercana, de esas que saben que mirando debajo de la cama se puede encontrar más de lo que uno espera. Después me pareció más cercano y le escribí y le conté una historia y le gustó y la metió y mandé más y también las metió y aquello fue mi enganche a una droga dura (y maravillosa).

Siempre he pensado que Millás metía mis historias por pesada. Conmigo tuvo una paciencia infinita. Llevo muy mal corregir, me puede la impaciencia. Millás hizo la vista gorda a miles de faltas, errores gramaticales, errores de contenido: una vez incluso me publicó una historia en la que al final cambiaba el nombre de los personajes..., ha sido cruel, benévolo, sagaz, crítico, permisivo, y el maestro que me enseñó a saber mirar. Tengo, gracias a él lo mejor de aquellas temporadas: cuatro planchas del País, una pluma de Babelia, el recuerdo del vértigo al oírle leer alguno de mis cuentos, y sobre todo el privilegio de haber podido conocer a los nombres que me acompañaron en aquella etapa.

Lloré con el primer relato que me leyó. También he tenido experiencias (extraordinarias) con algunas de las historias que enviaron mis otros yo (algunos ya sabéis eso, creo). No he querido conocerle, quiero seguir imaginando cómo sería el encuentro. En “mi encuentro” él sabe quien soy y se acuerda de lo que leyó, así que prefiero dejarlo así.

Raquel Rodríguez Hortelano

Relatos de Josefina H.